Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 5 de agosto de 2007

Secretos de una leyenda sueca


Por Alan Riding
cultural@clarin.com
Ingmar Bergman, el legendario director sueco que murió el 30 de julio, se retiró del cine en 1983 para dedicarse a escribir y a la dirección teatral. Según sus propias palabras, también se jubilaba de las entrevistas. Se retractó de esa decisión sólo en raras ocasiones, entre éstas, una entrevista que concedió a The New York Times en relación con un festival de Nueva York en 1995 dedicado a su obra cinematográfica, televisiva y teatral. Esa entrevista salió publicada el 30 de abril de 1995 y se reproduce a continuación.

"Por supuesto que soy autobiográfico", dice Bergman. "Soy autobiográfico de igual manera que un sueño transforma la experiencia y las emociones todo el tiempo". Pero dice que siempre fue así. Desde su infancia, lo que hizo fue siempre jugar con la fantasía y la realidad. "Las puertas entre el viejo actual y el niño siguen estando abiertas, abiertas de par en par", dice Bergman.
"Puedo recorrer la casa de mi abuela y saber exactamente dónde están los cuadros, dónde estaban los muebles, cómo era, la voz, los olores. De noche, hoy mismo puedo ir desde mi cama hasta mi infancia en menos de un segundo. Y tiene exactamente la misma realidad". Su talento, naturalmente, siempre consistió en saber cómo traducir sus recuerdos, de dolor y placer, en arte. "Cuando escribo algo horrible o deprimente, no es que esté deprimido u horrorizado. Simplemente estoy trabajando. Y lo que escribo está muy lejos. Puedo estar en el centro de un drama, oyendo lo que dicen las personas que me rodean. Puedo escuchar exactamente cómo hablan y las veo y simplemente escribo, porque lo que dicen puede resultarme muy impresionante. Pero en general es algo ya pasado".
Ingmar Bergman confiesa que toma tranquilizantes aun para el breve vuelo a Estocolmo desde su casa en la isla de Faro. "Odio viajar. No voy a ningún lado", dice. Por supuesto, como era de esperar del enigmático artista sueco, la cosa no es tan simple. Viajar también altera la vida ordenada y de introspección que lleva en la actualidad. Parecería que hasta los "demonios" que trató de exorcizar en muchos de sus filmes están bajo control.
En su casa, en la isla de Faro en el Mar Báltico, pasa sus mañanas escribiendo novelas, obras y guiones para televisión. Pero desde que dejó de hacer películas en 1983, se alejó deliberadamente de su fama. Parece aliviado de esta distancia de las candilejas. El rodaje de Fanny y Alexander (1983) le llevó siete meses y agotó en él la voluntad de seguir haciendo cine. Quería tiempo para enfrentar los temas inconclusos de su vida sin las interrupciones de la realización cinematográfica.
"Pensé: ahora se acabó. Fue una sensación agradable. Y decidí, como principio, no dar más entrevistas", dice. De este propósito, sin embargo, se apartó. Gracias a la persuasión de Lars Lofgren, el director artístico del Teatro Dramático Real de Suecia, donde Bergman ha montado varias obras, está sentado una tarde en la oficina de Lofgren, mirando con aire resignado un grabador. Viste de manera informal, con un cardigan verde sobre un suéter marrón y una camisa escocesa. Pero, pese a su barba frondosa, su rostro largo y melancólico, no ha cambiado mucho. "Soy muy tímido con las personas que no conozco", dice.
Preocupado por su inglés, pidió una intérprete para más seguridad. Pero también hizo un convenio consigo mismo: en ésta, que describe como "la última entrevista" de su vida, "trataré de ser absolutamente franco", dice.
Se refiere, como más tarde quedaría claro, a que la conversación de tres horas sobre la obra de su vida involucraría sólo una mención periférica de sus más de 45 películas, sus numerosos dramas para TV, las alrededor de 130 obras de teatro y el puñado de óperas que produjo, y el montón de obras, la autobiografía y las novelas que escribió. Es como si todo esto ya hubiera adquirido vida propia o hubiera muerto. Lo que le interesa, son los recuerdos y los sentimientos que todavía le pertenecen y definen su trabajo.
Con todo, pese a ser un hombre que ha revelado tanto sobre sí mismo en sus películas y, más recientemente, en su autobiografía Linterna mágica (1987), no siempre le resulta fácil hablar. Por momentos, se queda callado o suspira profundamente.
"Yo estaba muy enamorado de mi madre", dice unos minutos después de iniciada la entrevista. "Era una mujer muy cálida y muy fría. Cuando era cálida, yo trataba de estar junto a ella. Pero podía ser muy fría y expulsiva". A los 19 años, ya en muy malos términos con sus padres, el joven Ingmar abandonó su casa y, después de un breve paso por la universidad, encontró un trabajo menor en la pera de Estocolmo. Fue su presentación con el mundo del teatro. Empezó a escribir piezas teatrales, que ahora califica de "muy flojas" y muy pronto también a dirigir obras en teatros estudiantiles. A los 24, Svensk Filmindustri, una importante productora y distribuidora sueca lo contrató para "pulir guiones" y el cine entró en su vida.
"Fue una buena manera de aprender a escribir guiones porque lo que veíamos era cine estadounidense y lo que admirábamos era su estructura dramática, su forma de contar historias, recuerda. Fue así como aprendí el oficio. Más tarde, cuando adquirí experiencia, dejé esa forma de lado y empecé a hacer las cosas a mi modo".
En un año, uno de sus guiones ya había sido llevado al cine, Tormentos (1944), por Alf Sjoberg, un director sueco muy reconocido en su época y uno de los ulteriores mentores de Bergman. Este éxito le dio a Bergman la posibilidad de dirigir su primera película, Crisis (1946) y enseguida vinieron otras. A mediados de los 50, empezando con El séptimo sello (1957) y Fresas salvajes (1957), las películas que cimentaron la leyenda de Bergman comenzaron a surgir. Enseguida le llegó el reconocimiento: La fuente de la doncella (1960) y Detrás de un vidrio oscuro (1961) ganaron el Premio de la Academia a mejor película extranjera en años sucesivos. Un hecho crucial fue que en 1960 Bergman también comenzara a trabajar con Sven Nykvist, el director de fotografía sueco que filmó 22 de sus filmes.
A lo largo de toda la década del sesenta, definidas por los amargos recuerdos de su infancia, sus filmes reflejaron su visión sombría de la vida y la muerte. A comienzos de los 70, ingresó en otra faceta turbulenta de su vida —sus cinco matrimonios y numerosos romances apasionados — y en películas como Gritos y susurros (1972) y Escenas de la vida conyugal (1973), ahondó en las relaciones hombre-mujer.
"Bergman fue quien incorporó por primera vez la metafísica —religión, muerte, existencialismo— en el cine, dice Bertrand Tavernier, el director francés. "Pero lo mejor de Bergman es la forma en que habla de las mujeres, de la relación entre hombres y mujeres. Es como un minero que excava buscando pureza".
Con Escenas de la vida conyugal Bergman también descubrió la televisión. Y ésta le recordó los cuentos que le leía su madre en la infancia. "Me leía durante una hora, después cerraba el libro y yo tenía que irme a la cama", dice. "Pero yo sabía que el miércoles siguiente estaríamos de nuevo sentados ahí. Y la televisión es para mí una narradora maravillosa. La familia puede reunirse, discutir lo que ve".
Cuando Escenas de la vida conyugal, que originalmente se filmó por capítulos para la pantalla chica, fue transmitida en la televisión sueca, lo sorprendió su impacto. "Tuve que cambiar mi número de teléfono porque la gente me llamaba para consultarme sobre sus problemas matrimoniales".
Pero durante toda su carrera, hacer películas le generó ansiedad. Era una de las razones por las que le gustaba trabajar rápido — "30 días sí, 40 días está bien, 50 días era demasiado". Y fue quizá la principal razón por la que se sintió aliviado al dejar el cine. "Trabajando ocho horas se hacen tres minutos de película y uno sabe que esos tres minutos tienen que ser absolutamente fantásticos. A veces me volvía loco", recuerda.
El teatro, por el contrario, le daba estabilidad. Se sentía fuertemente atraído por los clásicos — Shakespeare, Molière, Ibsen y sobre todo por su compatriota August Strindberg — pero también dirigió obras de Albee, Anouilh, Pirandello y Tennessee Williams. Entre 1952 y 1966 fue sucesivamente director de los principales teatros de repertorio en Gothenberg, Malmo y Estocolmo.
Justamente, mientras estaba ensayando La danza de la muerte, de Strindberg en 1976, lo detuvieron por un breve período acusado de evasión fiscal. Eso le produjo una crisis nerviosa y, aunque el caso no prosperó, se sintió tan traicionado por su país que optó por exilarse en Munich, Alemania. Allí vivió durante nueve años. Una vez más buscó refugio en el teatro dirigiendo 11 obras y haciendo sólo dos largometrajes, entre ellos Fanny y Alexander, que ganó cuatro premios Oscar. Hasta que finalmente volvió a su "casa" en el Teatro Dramático Real, donde había visto por primera vez una obra a los 9 años. Recuerda incluso la ocasión — una matinée de domingo en marzo de 1928 — y el lugar donde se había sentado.
"A veces, en la hora silenciosa de la sala, entre las 4 y las 5 de la tarde, voy y me siento en esa butaca", confiesa. "Sentimental, nostálgico. Pero en realidad he vivido en esta casa toda la vida". Como para volver a anclarse en su país —"este país de compromisos grises y aburridos que amo tanto" — eligió obras de Strindberg, El sueño y Miss Julie entre sus primeras producciones.
"Cuando era joven, me asustaba muchísimo la muerte", dice. "Pero ahora, me parece un plan muy, muy sabio. Es como una luz que se extingue. No hay por qué preocuparse tanto al respecto". Es pesimista. ¿Cómo no serlo estando rodeados de una realidad "tan horripilante e insoportable?", pregunta. Pero no se siente triste. "Si estoy de buen humor, soy un pesimista de buen humor. Y no me autorizo mis depresiones". Sólo ocasionalmente aflora el Bergman oscuro.
"¿Sufrir será parte de nuestra formación como seres humanos?", se pregunta en voz alta. "¿Hay una estructura que no vemos? ¿Sufrir es parte de esa estructura? ¿Hay en ello una verdadera gracia o es una coincidencia?" Suspira. "No estoy listo para hablar de eso", dice. Pero es evidente que la edad lo serenó. Ha encontrado paz en su larga convivencia con Ingrid Karlebo, una mujer rica que, con apenas más de cuarenta, abandonó a su marido en 1971 para casarse con el director. Bergman ve sus aventuras de los primeros tiempos, cuando era muy mujeriego, como "un gran error". Los años de alejamiento de varios de sus nueve hijos también quedaron atrás. Lo fundamental es quizá que a través de los libros que ha escrito en los últimos años, Bergman hizo las paces con sus padres. El tono ferozmente confesional de Linterna mágica marcó el punto de partida. A continuación escribió tres novelas, una sobre sus padres — Con las mejores intenciones, película premiada dirigida por Bille August —, una sobre su padre —Sunday''s Children, llevada al cine por su hijo Daniel— y una sobre su madre —Confesiones íntimas—, cuya versión televisiva fue dirigida por Liv Ullmann.
Esta última fue la más difícil porque implicaba descubrir a una madre distinta, una mujer cuyos sentimientos más íntimos eran reservados para un diario secreto que llevó hasta dos días antes de morir en 1966. Bergman recuerda a su padre leyéndolo con una lupa y dándose cuenta lentamente de que "no conocía a la mujer con la que había estado casado". Con un episodio de ese diario Bergman completó la trilogía.
"Tengo la sensación de que fui muy injusto con mis padres cuando era joven", dice. "Ahora me siento muy satisfecho y feliz de haber hecho esto".
Mira el reloj de la oficina de Lofgren y advierte que pronto tendrá que irse. Hubo una última pregunta: ¿Se convirtió en un analista tan agudo de la conducta humana haciendo terapia? "No, nunca", responde rápidamente. "Si no tuviera mi profesión, creo que estaría sentado en un manicomio. Pero he trabajado sin cesar, y eso fue muy saludable para mí. De modo que no necesité terapia".
Se levanta muy despacio. El director que siempre preparó meticulosamente cada película y cada obra parece haber puesto también orden en su vida. "Haré algunas producciones aquí en este teatro", dice Bergman refiriéndose a sus planes inmediatos "e iré a mi isla para leer libros que no he tenido la paciencia de leer o la paciencia de comprender. Y escucharé música. "Pienso que será una muy buena vida".

(c) The New York Times y Clarín, 2007.
Traducción de Cristina Sardoy

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