miércoles, 18 de abril de 2012

Amarcord, o la exaltación de la vida.


En memoria de Anibal Jorge Sciorra, fallecido el dia viernes 13 de Abril de 2012, lo recordamos, junto a su película más amada.




Por Carmelo Abadía


Cuando comienzo a escribir esto la verdad es que me hallo temeroso. ¿Por qué?, os preguntaréis a buen seguro. Por una sencilla razón: porque voy a hablar de una obra maestra y sobre todo temo ya no el estar a su altura sino que mis pobres líneas ni siquiera reflejen una minucia de lo que esta obra expresa. Así es que primero me voy a persignar y voy a solicitar el auxilio de uno de esos maravillosos santos que adornan las iglesias de cualquier pueblo italiano, que reparten dones sin cuento sin reparar en si es un menestral, un obrero, una vieja ama de casa o una triste prostituta el que de rodillas y con lágrimas en los ojos se lo está rogando. Y no creáis que por tratarse de una película tan italiana no alcanza, como todas las grandes obras del espíritu humano, una dimensión universal, todo lo contrario. Quizás junto a "El río" de Jean Renoir, sea la película o la obra cinematográfica que mejor haya conseguido mostrar el fluir equilibrado, armonioso, pero al mismo tiempo caótico y centelleante de las colectividades humanas. Y eso sí, recordad siempre que la cámara de Fellini no está lejos, ni por encima, para conseguir semejante portento, sino que es próxima, cercana y dotada de corazón, palpita al unísono con la vida que muestra, y esto, amigos, constituye ya un verdadero milagro.


Comenzaremos con unas palabras sobre el autor de esta maravillosa película coral. Federico Fellini es uno de los más grandes directores italianos de la segunda mitad del siglo veinte ya finalizado. Su carrera, a la par que brillante fue muy extensa. Escribió guiones y dirigió unas cuantas decenas de películas. Sus comienzos se hallan muy ligados a Roberto Rosellini, indiscutible maestro del llamado neorrealismo, corriente que hasta el día de hoy sigue siendo fundamental en el cine italiano. Destaquemos el guión extraordinario que el propio Fellini y el igualmente gran cineasta Pier Paolo Pasollini confeccionaron para el film del maestro Rosellini sobre la vida de San Francisco de Asís. Por lo tanto, vemos que nuestro hombre mama y se encuentra implicado en la mejor tradición del cine de su época, e incluso yo me atrevería a decir que del mejor cine italiano de cualquier época. En cuanto a su obra propia, a las películas por él dirigidas, una brevísima enumeración nos servirá de muestra para calibrar la grandeza de su cine: La dolce Vita, maravillosa película protagonizada por Marcello Mastroianni y la desorbitante actriz sueca Anita Ekberg (me pregunto si algún amante del cine no recuerda la escena mítica del baño de esta Venus escandinava ante los atónitos ojos de hombre insignificante de Mastroianni en la fontana de Trevi; por cierto, del apodo del fotógrafo que acompaña al periodista al que da vida el genial Marcello, al cual todos llaman Paparazzo, procede el término genérico que hoy se usa para designar a los fotógrafos de prensa, en especial de la del corazón, hoy tan en boga); La strada, la carretera sería su traducción al castellano, otra obra maestra, por cierto que dificilísima de encontrar hoy en día en cualquier formato para su visionado, protagonizada por Anthony Quinn y la esposa de Fellini y gran actriz italiana Julietta Massina; y por último y para no resultar tediosos, mencionaremos un film que en su tiempo, sobre el final de los años sesenta, causó una gran impresión por considerársele tremendamente avanzado para su época, me refiero a su película Julietta de los espíritus; película a la que por cierto yo siempre he considerado como una obra muy menor del maestro Fellini y un tanto imperfecta, pero que para muchos críticos constituye una obra importante e incluso deslumbrante.


Como hemos dicho, Fellini mama y domina a la perfección el estilo denominado neorrealismo, un tipo de cine sin concesiones formales, alejado del estilo entonces triunfante del cine norteamericano, casi similar por su intención y su forma de rodar al género documental, muy apegado a las condiciones reales de su tiempo, con una cierta tendencia al naturalismo y al compromiso político. No debemos de olvidarnos de la época de la que estamos hablando y del compromiso ideológico que casi todos los grandes artistas del momento mantienen con el marxismo principalmente, con el viejo PCI, el partido comunista italiano, o en raras excepciones con otras ideologías reformistas del tenor del socialismo democrático y con ciertas corrientes cristianas progresistas (curiosamente éste será el caso del gran maestro del estilo, dícese Rosellini; entre los títulos de sus filmes, a título ejemplificador destaquemos: Roma, città aperta; Germania anno zero o Stromboli).


Bueno, pues partiendo de estos comienzos y de esta herencia, que en cierta manera nunca abandonará del todo, Fellini va creando su mundo cinematográfico particular, su propia manera de ver la realidad. Igual trayectoria acometerán otros dos grandes maestros contemporáneos suyos e igualmente geniales como son el ya citado Pasollini (autor de un maravilloso Evangelio según San Mateo) y Luchino Visconti, director por el cual yo tengo una pasión enorme y casi desmedida y sobre cuya obra espero escribir en esta revista un artículo en un futuro, evidentemente si la redactora jefe y Dios, aunque no sé si en este orden o en el contrario, me lo permiten. Vayamos pues hacia el mundo de Fellini.

Definir el mundo de Fellini es tremendamente difícil; y esto por varias razones, pero especialmente por una: su tremenda riqueza. Fellini, al igual que otros grandes cineastas, pongamos el ejemplo de Luis Buñuel, es casi inclasificable. Su estilo es tal, su magia es tan grande, que podríamos decir como decía Carlos Saura sobre el aragonés Buñuel que en torno de él no puede constituirse escuela o haber seguidores, en todo caso malos imitadores. El mundo de Fellini, como el de Buñuel, desborda esos límites estrechos de lo que solemos llamar realidad, traspasa los umbrales de lo onírico, de lo superrealista, del sueño, y a veces de la pesadilla (en el caso de Buñuel efectivamente ocurre tal cosa, pues se trata de un director en el fondo tremendamente emparentado con el barroco español y calderoniano; no así en Fellini, donde la luz y la fuerza de la vida siempre son rotundas y casi jocosas, superando todos los pesares que la existencia humana debe arrostrar, los personales e íntimos y los sociales, históricos y exteriores). Además, y he ahí el maravilloso leit-motiv de su Julieta de los espíritus, en Fellini siempre el más allá y el más acá convergen, se entrecruzan; el misterio que experimenta el abuelo de Amarcord en la niebla cuando se pregunta si la muerte será así necesariamente va acompañado de la adoración espontánea a los culos de las mujeres que experimentan los muchachos protagonistas, pues Fellini es también un rendido adorador de la diosa; frente a la mujer, potencia infinita, divinidad nutricia, seducción absoluta, el hombre es un pobre tipo, un pelele a lo sumo. Quizás no haya habido nunca un director no ya tan feminista, sino venusiano. Cualquier mujer, toda mujer, prostituta o virtuosa matriarca, está investida de la cualidad de lo divino, de lo inabarcable y de lo mágico. Más allá y más aquí; lo divino y lo humano; lo vulgar, e incluso lo soez, y lo excelso; pero no contrapuestos, sino juntos de una manera peculiar: lo soez muestra su lado excelso y lo excelso se ríe de sí y muestra su ridículo; la fealdad alcanza su belleza implícita y la belleza nos presenta sus turbios orígenes; y como colofón todo se recompone y se acepta. Decir vida es decir alegría. Siempre. He ahí el tremendo mensaje, la sensación y el estado de ánimo que impregna su cine. Y más todavía en el caso de la película que hoy vamos a analizar, en el caso de Amarcord, película que incluso podríamos calificar de excepcional dentro de una carrera tan sui generis como la de nuestro director. Amarcord constituye en sí un género, un punto y aparte, como muy poquitas películas que en el mundo ha habido. Pasemos a ella.


Primero una breve ficha técnica. Según los datos de los que dispongo, podemos decir que dicha película fue rodada en el año 1973. Se trata de una coproducción italo-francesa. Fue producida por uno de los más importantes productores italianos de la época, Franco Cristaldi. El guión fue escrito a medias entre el propio Fellini y Tonino Guerra (autor de infinitos guiones para el cine de su época, siendo uno de los más prestigiosos escritores para el cine de aquellos momentos). La dirección corrió a cargo, evidentemente, del propio Fellini. En cuanto a los actores, digamos que no aparece en la película ninguno de esos intérpretes importantes de aquellos momentos del cine italiano, pues existe una intención manifiesta de dotar al film de una carácter coral evidente, para lo cual la presencia de estrellas o de primeras figuras hubiera podido ser contraproducente. Todos los personajes son importantes, pero la película refleja la vida de todos y ninguno de ellos debe aparecer como el centro de la trama. Y a pesar de ello, la calidad de las interpretaciones desborda el nivel de lo sobresaliente. Hay que hacer una alusión fundamental a uno de los elementos del film: la música. La banda sonora, debida al grandísimo compositor italiano Nino Rota, es soberbia, excepcional, quizás una de las mejores que se hayan compuesto para una película, pues su adaptación es perfecta. Realmente la música de la película se compone de dos melodías: una primera, aunque estilizada responde perfectamente al estándar de la música tradicional de bandas, es alegre, chispeante e incluso diríamos que un tanto populachera y se utiliza para remarcar todos los acontecimientos que ocurren en el ámbito de lo colectivo, aderezados con este tremendo sabor a calle y plaza meridional y mediterránea, que suceden en el pequeño pueblo italiano durante los años treinta en que transcurre el film; una segunda melodía, que para mí es la más bella, mucho más sugerente, liviana y repleta de un lirismo que casi exacerba los nervios, a la par que de una melancolía y remembranza increíbles. La música siempre es fundamental en un película de cine, y olvidarlo es cometer un craso pecado. Por una vez podemos decir que hubo justicia en el mundo, pues la película recibió el Oscar a la mejor película extranjera en la edición de estos premios de 1974.


Respecto a la estructura de la película digamos que se trata de una concepción absolutamente cíclica o circular. Los primeros fotogramas de la película nos anuncian la llegada de la primavera a través de la aparición en el pueblecito italiano de los milanos, unas semillas o esporas del cardo, si no recuerdo mal. Y junto a sus habitantes asistiremos al paso completo de las cuatro estaciones, hasta llegar a la conclusión en la siguiente primavera, y por cierto, con una boda, simbología evidente del eterno renacer de la vida. Evidentemente esta concepción de la estructura no cabe achacarla al azar, estamos ante una exaltación, una bendita transfiguración del ciclo de la vida, entendida como un círculo virtuoso, mágico y desbordante de su propia sustancia, y todo ello a pesar de los avatares negativos y dramáticos que intentan enturbiar esta alegría de simplemente ser.


La trama de la película, pudiéramos decir que es inexistente, si por trama entendemos el concepto tradicional o habitual de tal. En realidad en la película la forma de unión de sus elementos consiste en la yuxtaposición, y he aquí otro milagro: al igual que esos heterogéneos tipos que son los personajes de la película, ésta consigue una unidad a base de yuxtaponer en un equilibrio armónico ese aparente caos que nos presenta. Diversidad y unidad, caos y orden, de la misma manera que obra la gran madre Naturaleza. Lo cual tiene su correlato técnico en la utilización de travellings que recorren la calle principal, la calle mayor, del pueblo y la plaza, y en cada escena aparece un tipo, el cual es perfectamente definido, y acto seguido la cámara sigue su recorrido y llega a otro personaje, completamente opuesto del anterior, y la suma de todo ello no es el barullo o el desorden o la entropía sino la sinfonía eterna de la vida, muchas voces que se unen para dar a luz al ser humano en toda su grandeza y dignidad. La última vez que vi la película pude contar hasta aproximadamente once historias, las cuales yuxtapuestas forman el tejido, la malla, de la película. En alguna de ellas aparecen los mismos personajes, en otras diferentes, admitiéndose todas las combinaciones que vienen al caso. Entrar en una enumeración de ellas sería ocioso, así es que por fuerza intentaré dar una visión general, unas cuantas paletadas de pintura que me permitan aproximarme a lo que este maravilloso fresco es. No quiero dejarme en el tintero el significado en italiano del título, pues la palabra "amarcord" pudiera traducirse en español por algo así como "m'acuerdo ", lo que viene a hablarnos sobre el carácter popular y dialectal que en esta película se expresa, e igualmente el subtítulo que la acompaña "mis recuerdos" nos acercan al niño Fellini durante su infancia. Y todos sabemos que cuando somos niños nuestra lengua se parece a eso. De todas las maneras, la infancia siempre será la única patria del hombre.


Pues bien, la acción de la película transcurre en un pueblecito italiano situado a orillas de un precioso mar azul, más bien sobre las costas del Adriático que del Tirreno, durante los años treinta, bajo el régimen fascista instaurado por Benito Mussolini. Los fascistas, que no son otra cosa que los mismos personajes del pueblo que cada cierto tiempo se mudan las ropas habituales por las camisas negras, son presentados como ridículos y caricaturescos; sus uniformes, sus arengas, sus poses, se nos presentan como propias de la opereta. Por lo tanto la visión que del régimen que exaltaba la vieja gloria imperial de Roma se nos presenta no es tanto agria o desabrida, sino más bien esperpéntica y risible. Aquí, como en muchos otros casos, Fellini practica la reducción al absurdo de las ideologías más o menos adventicias y artificiales respecto a la auténtica y propia vida a través del humor y de la risa. Eso sí, siempre dejando a salvo al pobre ser humano que ha puesto sobre su piel los emblemas exteriores de esos absurdos que vienen a explicarnos el sentido de la vida y de las cosas. La Vida, así con mayúsculas, siempre triunfa en Fellini. Pero esas letras mayúsculas no nos deben de llevar a engaño, pues esa Vida no es otra que la más próxima, la más auténtica, la más apegada a las pequeñas cosas que dan cuerpo al mundo en el que vivimos. Por cierto, destacaría enormemente la sátira y la comicidad de los diálogos y de las situaciones en las que se nos muestran en acción a estos "gloriosos" y patéticos individuos. Quien vea esta película por primera vez no dejara de sorprenderse del ingenio y de la capacidad hilarante de los que redactaron el guión de esta película. Voy a ser bueno y no adelantaré nada, ni contaré ninguno de aquellos chistes y absurdos que se suceden, y eso que confieso que de buena gana lo haría. Eso sí, es necesario precisar que la descripción del fascismo no es sino un elemento más de la película, que más bien pertenece a la atmósfera en la que la película se desarrolla que a su esencia. En modo alguno nos llevemos a engaño y creamos que estamos ante una película política o testimonial. Nada más lejos de la realidad que eso.


Vamos a tomar como hilo conductor de la ausente trama a "iragazzi", a los muchachos que acuden y soportan el colegio local, y a los que éste también soporta, pues tampoco es que se trate de unas joyas de escaparate, ni mucho menos. Imaginemos las clases: unos cuantos profesores mal pagados y decadentes, con un aire a siglo diecinueve y a algo rancio, acartonados, que repiten a unos infelices de lo más bruto las declinaciones griegas y latinas, las grandezas de la Roma Imperial y del Sacrosanto Nuevo Estado Fascista, que utilizan la dialéctica hegeliana para hablar de las relaciones iglesia-estado y así continuaríamos la lista de los dislates. Mientras nuestros chicos, sucios, mal peinados, gamberros como ellos solos, pero de un entrañable como no se pudiera imaginar, no piensan en otra cosa que en lo propio de la edad: chicas, sexo y culos y además "se tocan", como les dice el cura cuando van forzados a la confesión semanal; aprovechan las expulsiones de clase para fumarse cigarrillos y una vez dentro de las clases para hacer gamberradas, orinarse a través de tuberías hechas con periódicos enrollados, y sobre todo deleitarse con la maravillosa "delantera" de la profesora de matemáticas, mujer dura y fría con cierto aire de estrella alemana del cine de la época, y a la que todos los muchachos consideran "una leona". He aquí el cuadro de los que nos servirán de anfitriones en este pueblo.


En su compañía vamos a recorrer todo el entramado físico y moral que forma el pueblo, esta comunidad de personas que van llevando su vida adelante a través de todos los avatares que les suceden, tanto propios como impuestos desde fuera, como quizás durante siglos lo hicieron sus antepasados, pues nos encontramos entre pueblos viejos, de sangre latina y celta, tal como nos dice uno de los ocasionales narradores que aparece en la película y que no es otro que el abogado local, un señor de mediana edad, erudito, cultivado, amante de la historia, un tanto retórico, elegante y discreto, y que además conoce la idiosincrasia del lugar a fondo y de nada se espanta. Un pueblo y una raza viejos, en una palabra, al que ya la vida no engaña.


La primera persona que vamos a conocer es una hermosísima mujer, su nombre es Ninola, pero todos la llaman "La Gratisca" o "Gradisca". Verdadera estrella o icono sexual para niños y mayores, auténtica reina de la "passegiata" o paseo ritual de domingos, sábados y demás fiestas, esta mujer de unos treinta años, imitadora entusiasta de las estrellas del cine americano de la época, romántica empedernida, espera desde hace años que aparezca en su vida su Gary Cooper, su Ronald Coldman, y mientras tanto entretiene su existencia entre los rituales locales y la sala de cine. De vez en cuando se le salta alguna lágrima. Todos los muchachos la desean y la persiguen, se enamoran de ella, incluso le gastan bromas, pero sin olvidar que ella viene a ser algo propio de ellos, algo así como un elemento del patrimonio municipal. Hay una escena maravillosa en la película, un sueño sensual de uno de los muchachos, en el que la "Gradisca" aparece hermosísima en la sala del cine, contemplando con un deleite y un romanticismo increíbles escenas de la película Beau Gest, protagonizada por uno de los galanes románticos claves del cine de los años treinta, el Gary Cooper que estará en los Cielos, parafraseando el título de una de las películas de la directora española Pilar Miró, la claridad la inunda, una luz de una transparencia casi imposible de imaginar, las volutas de su cigarrillo se elevan y se confunden con los átomos de luz que provienen del proyector, lleva un vestido blanco y su piel morena y hermosa da un contraste magnífico, y allí al fondo, sobre el blanco y el negro, el rostro del galán, vestido de legionario extranjero francés, mirando al horizonte lejano y seguro de su próxima muerte .... Simplemente excepcional. Cine sobre el cine, influencia del cine sobre la realidad, el cine como vehículo de vida y único referente cultural en una época y en un lugar; podríamos abrir un campo extraordinario de reflexión, pero por razones obvias no podemos entrar por semejantes derroteros. Ahora, simplemente consignar una cosa, la sombra de Fellini es alargada, y si no, una vez vista Amarcord, comparadla, no con ánimo malvado sino positivo, con una maravillosa película italiana muy reciente y estupenda, me refiero a Cinema Paradiso. Vosotros mismos veréis.


En el mismo paseo en el que conoceremos a "la Gradisca", nos iremos encontrando con todo el resto del pueblo: los padres y madres de familia caminando y controlando a sus revoltosas proles; los trabajadores de fiesta; los buhoneros, el músico ciego y medio loco y todos aquellos elementos marginales pero al mismo tiempo totalmente integrados en el funcionamiento de una sociedad sana; los señoritos del pueblo, fanfarrones y desocupados, algunos de ellos perfectos inútiles, vividores todos, en italiano son llamados "i vitelloni" (por cierto que Fellini dirigió una película igualmente fantástica de igual título y protagonizada entre otros por el grandísimo actor romano Alberto Sordi); los atareados burgueses y todos los demás pilares esenciales de la comunidad, incluyendo a los decadentes aristócratas que todavía reciben el título de condes, familia prototípica compuesta del viejo conde, su hermana, todavía más vieja y vestida de monja y una hija pálida y que constantemente fuma. ¡Fresco maravilloso, portentoso y vivo!.


Mención aparte merece la historia que desarrolla la vida de la familia de dos de los muchachos de los que venimos hablando. También podíamos haber tomado a ésta como hilo conductor de nuestro relato, pero no lo hemos hecho, así es que en cierto modo vamos a subsanar semejante grieta con un breve comentario. Se trata de una familia amplia. La madre, la gran madre, pilar y bastión del hogar; el padre, bondadoso, gritón y dramático maestro de obras; los niños, revoltosos y pícaros; el abuelo, viejo y chocante; el tío, inútil y señorito encantador; y el servicio, una chica simpática y completamente perteneciente a la casa. Familia latina, casa llena de gritos, discusiones de sainete, padres que persiguen a hijos para castigarlos, mucho amor, cierta tendencia al melodrama y a la ópera bufa, pero, en el fondo, el hogar que siempre se va a añorar, la madre que siempre se va a llorar, el padre al que siempre se tendrá por el mejor de los hombres .... Nada más.


Mientras voy escribiendo estas líneas cada vez más me doy cuenta de que ni siquiera miles de mis pobres palabras podrían rozar la belleza de las imágenes de esta película. Hacedme caso, dejad de leerme y si podéis, corred a verla. Voy acabando.

En la primera entrega de esta serie de artículos de cine que publica la revista Katharis, si lo recordáis, acababa mi primer artículo destacando una cuantas secuencias de la película. Brevemente haré aquí lo mismo, he elegido solamente cuatro para no resultar excesivamente gravoso, pues este artículo excede ya de las dimensiones de lo que suele ser aconsejable cuando se escribe una reseña de cine. Vamos allá.


Evidentemente y también necesariamente, la primera escena o secuencia a resaltar es la archiconocida que suele denominarse la de "la estanquera de Fellini". En ella se narra la primera experiencia sexual de uno de los chicos protagonistas con la estanquera del pueblo. Esta mujer es una verdadera Venus paleolítica, adornada con un físico excesivo y un par de pechos tremendos. Si toda mujer es inabarcable, en el caso de ésta la verdad es mayor. ¿Quién no recuerda al pobre muchacho congestionado y ahogándose entre semejantes exuberantes pechos mientras la mujer le repite aquello de: ¡chupa, chupa, no soples !?. Escena de una comicidad inenarrable, verdadera joya del género .


La siguiente que voy a destacar es de una naturaleza tremendamente distinta. Podríamos calificarla de metafísica. Es aquélla en la que el abuelo tras salir de casa, se interna en la espesa niebla y se pierde en ella. Mientras tanto el hombre va pensando que quizás aquello sea la muerte, que la muerte sea así, que desaparezca todo y uno se encuentre solo, sin la gente, las casas, los pajarillos ... Una escena maravillosa.

La tercera es aquélla magnífica en la que la gente del pueblo sale en barcas hacia el mar para esperar ver pasar por la noche un transatlántico, el Rex es su nombre. Rodada al cien por cien en estudio, se recrea una noche ficticia en el mar, con unos cielos crepusculares de un rojo púrpura e incendiado extraordinarios, muy similares estos cielos a los que solía utilizar en sus películas el gran maestro John Ford. Estas secuencias acaban con una igualmente portentosa: la aparición en la niebla de las luces del transatlántico y de la maqueta que lo simula. Escena increíble, dotada de una poesía y de una tristeza inigualables.


Y por último, mi favorita. Ni más ni menos que cuando los muchachos acuden en invierno hasta el viejo hotel, donde en verano han visto bailar a los turistas y a demás gente distinguida, entonces comienza a caer la nieve, sopla el viento, y los chicos, poco a poco, como en un trance, se ponen a bailar imitando a los bailarines que vieron en el estío. Entonces suena esa música de la que ya hablé, repleta de lirismo, de añoranza, de poesía, y cada uno de ellos, a cada cual más feo y contrahecho, va realizando sus pasos de baile, todos ellos extraños y extravagantes, pero que por un increíble milagro consiguen la coreografía más maravillosa que imaginarse pueda. Desorden y armonía. Y diciendo esto me repito.


Bueno, amigos cinéfilos, hasta aquí hemos llegado. Para acabar me permitiréis que cite una frase, que quizás no venga en absoluto a cuento, del maestro Fellini. Decía ésta que si una vez y durante unos segundos la gente nos callásemos, quizás el mundo nos descubriría su secreto. Así que eso voy a hacer; ya me callo; mas tan sólo dos palabras: Hasta siempre.

Ficha técnica

Título: Amarcord
Título original: Amarcord

Dirección: Federico Fellini

País: Francia, Italia
Año: 1973
Duración: 123 min.
Género: Drama, Comedia
Calificación: Apta para todos los públicos

Reparto: Pupella Maggio, Armando Brancia, Magali Noël, Ciccio Ingrassia, Nando Orfei, Luigi Rossi, Bruno Zanin, Gianfilippo Carcano, Josiane Tanzilli, Maria Antonietta Beluzzi, Giuseppe Ianigro, Ferruccio Brembilla, Antonino Faa Di Bruno, Mauro Misul, Ferdinando Villella, Antonio Spaccatini, Aristide Caporale, Gennaro Ombra, Domenico Pertica, Marcello Di Falco, Stefano Proietti, Alvaro Vitali, Bruno Scagnetti, Fernando De Felice, Bruno Lenzi, Gianfranco Marrocco, Francesco Vona, Donatella Gambini

Guión: Tonino Guerra
Distribuidora: Warner Bros. Pictures
Productora: F.C. Produzioni, PECF
Departamento artístico: Andrea Fantacci, Italo Tomassi, Massimo Antonello Geleng
Departamento editorial: Adriana Olasio
Departamento musical: Carlo Savina
Dirección artística: Giorgio Giovannini
Diseño de producción: Danilo Donati
Fotografía: Giuseppe Rotunno
Guión: Federico Fellini, Tonino Guerra
Historia original: Tonino Guerra
Maquillaje: Amalia Paoletti, Rino Carboni
Montaje: Ruggero Mastroianni
Música: Nino Rota
Sonido: Oscar De Arcangelis
Vestuario: Aldo Giuliani Danilo Donati Mario Ambrosino, Rita Giacchero

Fuente: Revista Katharsis http://www.revistakatharsis.com/rev_ago_04_sm_cin_02.html

lunes, 9 de abril de 2012

La película olvidada: La costilla de Adán.

'La costilla de Adán', excelente teatro filmado.

Por Adrián Massanet


“Los abogados no deberían casarse con otros abogados”-Kip Laurie

El cine clásico norteamericano comprende, en teoría, las décadas de los 30, 40 y 50 del pasado siglo. En la última de ellas se alcanzó, según muchos, la perfección de este arte en ese país, y después de eso, no ha dado más que tumbos. El neoyorquino George Cukor, tenido por un gran director de actrices, dirigió esta famosa comedia en 1949, con la ya famosa y casi mítica por entonces pareja formada por Tracy y Hepburn.

Comedia bastante disparatada, sin llegar a los niveles de “screwball comedy”, centrada en la guerra de sexos y en el feminismo rampante por aquella época, con dos abogados rivales que resultan ser marido y mujer (algo que es ilegal, pero a quién le importa…), involucrados en un caso de infidelidad que casi termina en tragedia y que va a servir para un discurso que, a día de hoy, queda bastante naif.

Todo comienza con una secuencia que es, ciertamente, magistral, y que demuestra más de lo que el propio Cukor demuestra a lo largo de esta película: que tenía un gran sentido visual. Cinco minutos de cine mudo, con suspense y comedia a raudales, en los que seguimos a una mujer en su plan de vengarse del calavera de su marido, interpretado por un Tom Ewell como siempre espectacular. Cukor se entrega, después de este alarde, a dar todo el protagonismo a Tracy y Hepburn, en una trama que deja bastante que desear.

Lo de Hepburn es un caso de personalidad como no ha existido otra en la historia del cine. Nadie daba un duro por ella como estrella, aunque ya de joven era su talento. Quién podía imaginar que enamoraría al católico Tracy, y a Howard Hugues, e incluso le haría perder la cabeza al lacónico John Ford, una mujer de atractivo físico escaso, pero de energía y vitalidad arrolladoras. Aquí se erige en icono feminista, que no es sino una de las batallas de su vida, mientras despliega sin prejuicios su complicidad y cariño con Tracy, que da un personaje mucho menos atractivo.



Como ejemplo de cine judicial, lo cierto es que la película no es gran cosa. El caso es forzado, poco creíble, y mal desarrollado. El juez incurre en actitudes incomprensibles, como muchos otros personajes, y todo no es más que una excusa poco divertida para lo que verdaderamente importa: el discurso feminista y las situaciones entre la famosa pareja. Además, ya sabemos cómo va a acabar. Es decir, no estamos en algo parecido a ‘Testigo de cargo’ en versión cómica, sino en un conservador vehículo de lucimiento.



Tampoco es gran cosa como creación cinematográfica, aunque a muchos se les llene la boca con este tipo de películas, que no son más que teatro filmado, llamándolas obras maestras y cosas por el estilo. Cukor se limita a poner la cámara sobre un trípode y filmar del modo más correcto posible, sin emplear el punto de vista en ningún momento y con una planificación completamente teatral. Es decir: plano general o plano medio, con los actores generalmente de perfil. Aún así, logra una narración fluida y competente, pero diez años después de, por ejemplo, ‘Lo que el viento se llevó’, que es mucho más dinámica y mucho más visual, pues queda anticuado. El cine evoluciona, por suerte.

Eso sí, la dirección de actores es soberbia. Aunque también es verdad que los actores son, todos, sin excepción, una gozada de profesionales, perfectamente conocedores de los resortes del ritmo interno de la secuencia y de la cámara. Es impresionante cómo dan vida a una secuencia tan ramplona.



Al final, todo queda en un espectáculo light, muy poco inspirado visualmente, con secuencias muy divertidas y llenas de ingenio verbal. Pero Cukor no fue nunca más (ni menos, ciertamente), que un director académico, brillante e impersonal. Nunca fue Hitchcock, ni Hawks, ni Welles. Las obras maestras del cine, las de mayor sentido visual, las firmaban otros. Pero su teatro filmado era siempre interesante.

Ficha técnica


Título: La costilla de Adán
Título original: Adam's Rib

Dirección: George Cukor

País: Estados Unidos
Año: 1949
Fecha de estreno: 18/11/1949
Duración: 101 min.
Género: Romance, Comedia

Reparto: Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Judy Holliday, Tom Ewell, David Wayne, Jean Hagen, Hope Emerson, Eve March, Clarence Kolb, Emerson Treacy

Guión: Ruth Gordon, Garson Kanin
Distribuidora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

Fuentes:http://cine.estamosrodando.com/filmoteca/la-costilla-de-adan/
Blog de cine
.

martes, 3 de abril de 2012

CinemaRock: The Wall, la película de Pink Floyd.

Por Karla Isabel Olivares Ramos


Cuenta la historia de Pink, un cantante de rock que arrastra desde la infancia una serie de traumas debido a la estricta educación que recibió.


Pink es el personaje principal. Está harto del mundo en el que gira su profesión. Termina refugiándose en la droga como única alternativa para romper con el muro que él ha creado a su alrededor. Se trata del recorrido de un niño que pierde a su padre en la guerra y a partir de ahí crece sin afecto. Poco a poco va siendo modelado por una sociedad con la que no comparte nada y que le roba su libertad.

¿Cómo se comunica Pink?

Existe la incomunicación. Pink habita en un mundo donde su único refugio son las drogas. Vive atormentado por los problemas que carga desde su infancia: la muerte de su padre, la sobreprotección de su madre y el sistema educativo que recibió en el colegio. Es un personaje sensible y hasta cierto punto depresivo. Se siente confundido porque fue rechazado dentro de una sociedad que lo pisoteaba y maltrataba; pero después todo cambió.

Su vida giró sorprendentemente cuando se convierte en una estrella de rock. La gente que antes lo odiaba ahora lo adora. Esta sensación confunde y deprime más a Pink, porque no es posible que la gente lo quiera por lo que representa y no por lo que realmente es. Como se puede apreciar, la incomunicación existe, y sólo habrá comunicación del personaje en su entorno cuando haya agresión o violencia. El mundo de Pink es así, no tiene otra manera de reaccionar cuando está bajo la opresión de la sociedad.

¿Qué necesita para cambiar?


Pink es una estrella de rock inglés. Se encuentra encerrado en la habitación de un hotel de Los Ángeles preparándose para un recital. En ese momento comienza a revisar toda su vida: los recuerdos traumáticos de la infancia, las crisis del amor, el sexo, el éxito y la droga como único medio para romper el muro que él mismo ha creado. Está dentro de un torbellino imaginativo y lleno de terror.



De alguna manera, Pink creó esa gran pared para protegerse de los ataques de la sociedad. Ha hecho todo lo posible para mantenerse oculto, de tal forma que las personas no lo puedan ver tal y como es; en realidad nadie puede conocerle. Pink construye esta estructura porque no tiene otro remedio para alejarse, él se encierra en su soledad, en su propio mundo con sus traumas. Todas y cada una de sus acciones las hace implementando un mecanismo de defensa hacia sí mismo y en especial hacia todo lo malo que tiene el mundo.

Romper con el muro y trabajar con la comunicación intrapersonal

Ya lo han rechazado en el pasado, así que prefiere evitar que le vuelva a suceder. Quizás lo que Pink debe hacer es terminar con su sufrimiento y romper por completo el muro. Necesita dejar las drogas y valorarse a sí mismo. Los traumas que tiene de su infancia se deben porque sólo se ha dedicado a escuchar lo que las personas dicen sobre él. Aun siendo una estrella de rock la gente lo conoce por su música, pero desconocen su parte humana.



Pink debe escucharse a sí mismo, trabajar con la comunicación intrapersonal para que él descubra lo que quiere ser, y así es probable que se percate de que se volvió una estrella sólo para agradarle a las personas y tener su aprobación.



"THE WALL": EL MURO LEVANTADO POR LA FEBRIL MENTE DE ROGER WATERS


Por Javier Gómez Espinosa
Ilustración por Annette Elisabeth Rudolph



La obra de Pink Floyd va más allá de su trascendencia musical, dando lugar a una inquietante película en la que se materializan los fantasmas de la soledad.

El descenso a su propio infierno interior de una estrella de rock, atormentada por todo lo que le rodea desde su infancia, es una forma de acercarnos a nosotros mismos, a la soledad y a la incomprensión dentro de la multitud que a todos nos acecha a veces, amenazando nuestra razón. Un viaje alucinado pero tremendamente lúcido sobre el aislamiento y sus consecuencias.

La película y el disco

“Pink Floyd The Wall” (1982) es aparentemente una película basada en un disco, pero en realidad ya había tomado forma en la cabeza de Roger Waters antes de empezar a escribir la música; que se publicase primero el álbum con lo que sería la banda sonora de la historia no deja de ser lógica consecuencia de que Pink Floyd –a pesar de su conocido gusto por la teatralidad y los efectos visuales en escena– eran, en definitiva, un grupo de música.

Además, por un lado, las dificultades de interesar a la industria cinematográfica en un proyecto semejante (la idea era combinar tomas del grupo tocando en directo con las animaciones proyectadas en los conciertos), y la necesidad de grabar y editar material nuevo para poder recuperarse de los desmanes financieros a que se habían visto arrastrados, por otro, les hicieron ponerse a trabajar cuanto antes en las canciones sugeridas por la historia de Waters.



El interés de Alan Parker

Realmente es el director Alan Parker el que da impulso definitivo al proyecto: a raíz de su interés por producir la adaptación de la historia, contacta con Waters para llevarla a cabo. El músico se encarga de elaborar un guión y, junto con Gerald Scarfe –autor de las animaciones y de la portada del disco, que ya había trabajado con la banda anteriormente– elaboran un proyecto visual para captar el interés de los estudios.

Al final, ni el músico protagonizaría el film (lo haría otro músico más joven, Bob Geldof) ni se usarían las imágenes grabadas del grupo en vivo, siendo finalmente Parker quien se hizo cargo de la realización. La situación llegaría a hacerse difícil de sostener, pasando de ser bastante delicada entre ellos hasta acabar siendo desagradable, en palabras de los propios involucrados, que acabaron chocando en bastantes ocasiones, especialmente Parker y Waters.

Con todos estos problemas de fondo, quedaría una historia que funciona con flashbacks y saltos a lo largo de la vida del protagonista, Pink, en la que se intercalan los fragmentos de animación, llegando a superponerse y confundirse en el momento que su cabeza toca fondo. La música sirve de base durante la totalidad del metraje (siguiendo con fidelidad casi absoluta la estructura del disco), ya que apenas hay diálogos.


Más allá del alegato antibelicista

Una serie de circunstancias personales y cercanas le habían llevado a Roger Waters a una situación de rechazo, hastío y deseos de aislarse, imaginando la construcción de un muro para separarse del público. La vorágine de su última gira con el grupo, la progresiva desintegración de su compañero Syd Barrett (miembro fundador de Pink Floyd que había sucumbido al éxito y las drogas), los fantasmas de su propio pasado se agolpaban en su cabeza, y debía darles salida.

Todo ello se ve reflejado de forma insistente en Pink, el protagonista: la pérdida del padre siendo un niño – cosa que realmente le sucedió a Waters, en una Segunda Guerra Mundial que marcó a varias generaciones en Gran Bretaña; la sobreprotección de la madre; la imposición opresiva de crueles profesores en la escuela; la insatisfacción personal, pese a su éxito artístico; y, finalmente, su fracaso sentimental, que desencadena su estrepitosa caída al vacío.

Desde el comienzo, con una canción de fondo sobre un niño del que Santa Claus se olvidó, la cámara nos va conduciendo a rastras por un pasillo gris hasta una habitación de hotel para encontrarnos frente al protagonista, totalmente ausente, delante de un televisor. A partir de ahí van desfilando todos esos recuerdos que se han ido convirtiendo en los ladrillos del muro que le bloquea.

Ladrillos en el muro

Estallidos en el frente, revueltas juveniles y una explosión final seguida del llanto de un recién nacido. “In the flesh?” es el inicio del viaje; muestra los antecedentes y nos introduce junto a Pink en su pesadilla vital; junto a él vamos a ir recorriendo corte por corte esta desasosegante opera rock, viendo la indefensión que le lleva a acorazarse frente al mundo. Ese sentimiento de ser una simple pieza en el engranaje del sistema, un ladrillo más en el muro, ya seas un soldado en la guerra o un colegial atormentado – remarcado una y otra vez por el motivo central musical de la obra, “Another brick in the wall”.

Un primer fragmento animado cargado de simbolismos resume los espantos de aquella guerra, para dar paso a las asfixiantes y crueles escenas escolares. El refugio que la madre le ofrece, lejos de ser una salida, le va aprisionando aún más; tampoco se ve satisfecho al tratar de sustituirla con otra mujer, ni siquiera el alcanzar la fama como artista le aporta nada más que nuevas presiones que aumentan su rechazo y su aislamiento.

Finalmente, su frustración se ve desbordada por la infidelidad de su pareja mientras se encuentra de gira y Pink estalla: destroza la suite del hotel y, asomándose al vacío en un grito desesperado, toca fondo. Vuelven las animaciones para materializar esa obsesión, mezclándose con la imagen real en una habitación de hotel enorme y vacía. Reaparecen los flashbacks del comienzo y el muro aparece ante sus ojos, tangible e infranqueable.



Realidad, delirio y simbolismos

Totalmente rapadas su cabeza y su cara (algo que hizo en la realidad Syd Barrett), en armonía con su vacío interior, Pink pasa del abandono mientras tratan de reanimarle (“Comfortably numb”) al delirio en que confunde la multitud que le aclama sobre el escenario con masas enfervorecidas por el dictador neonazi en que se ve transformado (“Run like Hell”), arengándoles mientras vuelven las imágenes de disturbios y caos, en parte animadas, con los celebres ejércitos de martillos desfilando.



Encerrado en el baño, afronta la escena decisiva: el juicio (“The Trial”) en que grotescos personajes animados desfilan ante el acusado, un minúsculo pelele de trapo contra una enorme pared de ladrillo que se ve acusado de tener sentimientos por un repugnante juez, mientras un maestro, la madre y la mujer concurren como testigos. El muñeco, al fin, reconoce que debió haber dejado una puerta abierta. La orden del juez de derribar el muro hace que se produzca una explosión liberatoria que culmina con un nuevo flashback vital hasta quedarnos en una infancia en tiempo de guerra, quizá una puerta abierta a un nuevo renacer.

Son muchas las obsesiones y esperanzas recogidas en “Pink Floyd The Wall”, y es sin duda singular la manera en que se desarrolló la obra final, conjuntando la expresión musical y visual para lograr el mayor impacto posible en la audiencia. Desde luego, el efecto de una se ve poderosamente reforzado por la otra. En cualquier caso, independientemente de poder atraer más o menos al espectador, es indudable que esta película produce una fuerte impresión en quien la ve, no dejando nunca indiferente.

Todos nos hemos encontrado ante dificultades y desilusiones, y hemos tratado de superarlas; pero hay situaciones que te marcan, dejan una huella que nada logra borrar. Unas con otras, pueden llegar a ser una carga demasiado pesada que la mente no llega a soportar, recurriendo inconscientemente a encerrarse en sí misma para evitarla... pero no sirve de nada. No podemos aislarnos de nosotros mismos.


Ficha técnica ampliada


Título: Pink Floyd: El muro
Título original: Pink Floyd The wall

Dirección: Alan Parker

País: El Reino Unido
Año: 1982
Duración: 95 min.
Género: Drama, Música

Reparto: Bob Geldof, Christine Hargreaves, James Laurenson, Eleanor David, Kevin McKeon, Bob Hoskins, David Bingham, Jenny Wright, Alex McAvoy, Ellis Dale, James Hazeldine, Ray Mort, Margery Mason, Robert Bridges, Michael Ensign, Marie Passarelli, Winston Rose, Joanne Whalley, Nell Campbell, Emma Longfellow, Lorna Barton, Rod Bedall, Peter Jonfield, Philip Davis, Gary Olsen, Eddie Tagoe, Dennis Fletcher, Jonathan Scott, Joanna Dickens, John Scott Martin, Marilyn Thomas, Brenda Cowling, Michael Burrell, Malcolm Rogers, John Broughton, Jon Paul Morgan, Albert Moses, Vincent Wong, Mark Newman, Lucita Lijertwood, Betty Whelan, David Fleeshman, Joanna Andrews, Diana King, Roger Kemp, David Smythe, Keith Wray

Guión: Roger Waters
Distribuidora: United International Pictures (UIP)
Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Goldcrest Films International, Tin Blue
Animación: Alastair McIlwain, Bill Hajee, Carol Slade, Chris Caunter, Gerald Scarfe, Greg Miller, Judy Howieson, Les Matjas, Michael Gabriel, Mike Stuart, Roland Carter, Steve Colwell
Casting: Celestia Fox Margery Simkin
Departamento artístico: Andrew Ackland-Snow, Andy Warne, Arnold Oke, Bernie Hearn, Bob Sherwood, Dave Jordan, David Appleby, Jill Brooks, Jim Morahan, John King, John Wells, John Wilson, Katie Kilroy, Martin Kingsley, Michael Spivey, Terry Apsey, Terry Perks, Tony Rimmington
Departamento editorial: Clive Barrett, Jeremy Gibbs, Leonard Green, Robert Hambling
Departamento musical: Andrew Jackson, Andy Brown, Brian Lintern, David Gilmour, Freddie Mandell, James Guthrie, Jeff Porcaro, Joe Chemay, Joe Porcaro, John McClure, Jon Joyce, Lee Ritenour, Michael A. Carter, Michael Kamen, Nick Mason, Nigel Taylor, Noel Davis, Pink Floyd, Richard Wright, Robert Ezrin, Roger Waters, Stan Farber, Toni Tennille

Dirección artística: Chris Burke, Clinton Cavers
Diseño de producción: Brian Morris
Efectos especiales: Graham Longhurst, Martin Gutteridge
Efectos visuales: Philip Sharpe
Fotografía: Peter Biziou
Maquillaje: Barry Richardson, Martin Samuel, Paul Engelen, Peter Frampton
Montaje: Gerry Hambling
Música: David Gilmour, Robert Ezrin, Roger Waters
Producción asociada: Garth Thomas
Sonido: Alan Paley, Alan Pattillo, Clive Winter, Eddy Joseph, Gordon K. McCallum, Graham V. Hartstone, James Guthrie, Ken Weston, Nicolas Le Messurier, Rowland Fowles
Vestuario: John Hilling, Ken Crouch, Pat Griffiths Penny Rose Penny Rose, Pip Newbery


Fuentes: http://karla-isabel-olivares-ramos.suite101.net/the-wall-la-pelicula-de-pink-floyd-a18699
http://javiergomezespinosa.suite101.net/the-wall-el-muro-levantado-por-la-febril-mente-de-roger-waters-a61910

martes, 13 de marzo de 2012

El imperio de los sentidos.

Hoy empezamos la publicación, de una serie de 5 notas, (con algunos años encima), relacionadas con el cine de Súper 8 MM., si, ya sabemos amigo lector, que este formato no existe más, que fue sustituido por la cinta de Video (VHS), y que este formato también fue sustituido por el Digital, pero nos parece que el cine de Súper 8, generó en la Argentina un movimiento importante en su momento, estamos hablando de la década de 1970 y parte de 1980, y que de este formato han surgido importantes realizadores argentinos, es por eso que hemos rescatado este material, que resulta ser interesante a pesar de los años, léanlo y disfrútenlo.
Los editores.



Roberto Cenderelli.


Por Guillermo Fernández.

Cuando todavía no se han acallado los ecos de la agonía de nuestro cine en paso tradicional, el Súper 8 se empeña afanosamente en continuar sus huellas.

La dispersión cinematográfica del Instituto Goethe de Buenos Aires, colabora ineludiblemente con esa extinción. También hacen lo suyo, realizadores que se ufanan en calcar los modelos argumentales y monierescos del biógrafo industrial, cuando precisamente el cine en paso reducido, nada tiene en común con los medios de producción. Es en nuestro país una actividad marginal.

En el Instituto Goethe, durante varias temporadas, se han proyectado una gran cantidad de films (¿Por qué no decir películas?) que querían producir y produjeron un cambio importante. Algunas de esas películas, reflejaban ideas inusuales para nuestro cine. Desde luego que la conmoción no fue publicitaria, por lo tanto, careció de espectacularidad y de una mayor aceptación para la gente habitué al Súper 8.

Esa no aceptación masiva, no invalidó su aporte casi único para nuestro lenguaje. Si bien es cierto que no todo fue trigo limpio, esa oxigenación dispersó el enrarecimiento cinematográfico.


Camisola (1977)


Se nota en general un rechazo por el cine experimental. En la mayoría de los debates (aún en el Goethe), se manifiesta esta tendencia. Por otra parte, se hace visible (y audible), el poco interés que existe por los problemas del lenguaje, por el estilo, por la firma de los films. Sin embargo, se comprueba (y no por reiterado deja de alarmar) que, en general, hay una aceptación casi unánime por las películas sin firma, sin un estilo particular, casi anodinas, irreconocibles si no se lee en los títulos el nombre del realizador, películas que hacen una reproducción prácticamente mecánica de la realidad.

También se pone de manifiesto el exceso de raciocinio y la poca o ninguna importancia que tienen los sentidos. No se ve ni se escucha, se piensa sobre lo visto u oído.

Esas proyecciones produjeron cierto estremecimiento; se notaba en las conversaciones posteriores a las mismas. Se oscilaba entre el total rechazo o el tímido y discreto elogio. Se manifestaba que eso no era cine, o que ya había sido hecho en 1920 y en muy pocas oportunidades, que las películas estaban realizadas con una no escasa autoridad. Preferentemente en estos casos es mucho más saludable un juicio de adhesión o discrepancia desprejuiciado.


Ultimas cosas sobre la señora Peyi (1978)


Poco importa, si en realidad nos interesa sacarnos la etiqueta (muy latente) de colonia, si esto o lo otro fue hecho por el surrealismo francés o la más reciente ciencia ficción portuguesa. Nuestra propia historia del cine profesional nos demuestra que nuestro andar, nada tiene de semejanza con Hollywood ni con la Nouvelle Vague. La misma tesitura es aplicable al cine de paso reducido.

Por qué entonces, ese empecinamiento en copiar los clichés del cine publicitario, o una narrativa absolutamente perimida del cine en 35 MM. Creo que el camino de un cine que no está profesionalizado (y probablemente no lo esté nunca), es buscar nuestra propia experimentación, con el propósito de enriquecer nuestro propio lenguaje, aun tomando de soslayo técnicas foráneas, pero insertándolas en nuestra propia narrativa. Es probable que muchos entiendan perfectamente a que nos referimos. De lo que sí estamos seguros, es que los brasileños aprendieron muy esta lección, que por otra parte aplicaron todas las cinematografías de avanzada.

No es preciso visitar las “Metrópolis” de “Marienbad” para hacer un cine interesante o importante, pero es necesario no desechar ese aprendizaje. Se puede hacer un cine cotidiano, muy nuestro, muy simple en su estructura narrativa, pero sin olvidar que el cine, sea en 35, en 8 ó en 2 mm, tiene su lenguaje especifico, único, casi intransferible. Mientras no se respete esa premisa, se continuara con un cine mecánico, monocorde, tramposo, desde luego muy entendible, muy dulcificante, pero neutro e inútil.

En algunas salas donde se proyecta Súper 8, parecieran existir varias consignas. Una de las comunes, es tener una confortable veneración por lo visto una y mil veces en el “cine grande”, y una abundante histeria sentimental por el prestigio (no es paradójico) que da lo mediocre.

De cualquier manera no resulta raro esta metodología de aceptación de lo aprobado por largo tiempo, dado que nuestra sociedad privilegia mucho más al triunfador que al luchador.


La fruta en el fondo del tazón (1975)


En el cine profesional se asistió, en varias oportunidades, al siempre renovado mito del Ave Fénix. Cuando el cine estaba “Sin aliento”, en cuatro semanas de filmación Jean Luc Godard le colocó un pulmotor. Ante la alarma de la resurrección, un centenar de afiliados al celuloide se encargó pacientemente de desconectarlo. Con la alianza del tiempo, en parte se lo logró.

Aquí y ahora en el Súper 8, estamos en un peligro similar. Quizá muchos realizadores no alcanzaron la categoría de personajes, pero en el Instituto Goethe la mayoría fueron protagonistas de un proceso único. Las razones que esgrimían con sus películas no eran las comunes, los resultados tampoco.

El Goethe colaboró en la gestación de un movimiento importante. Todo ese alumbramiento puede convertirse en cenizas en muy poco tiempo. En gran parte depende de nosotros continuar, aunque sea independientemente con esa trayectoria. Existe un camino más fácil; hacer del Súper 8 un cine de juguete como el que habitualmente se ve. Y para los que quieran jugar al cine pero como adultos, bueno, tendrán que “m morir con las botas puestas” y seguramente no heroicamente como Gary Cooper.
Es de esperar que los pudores de la razón declinen y que pueda renacer y afianzarse nuevamente “el imperio de los sentidos”.

Fuente: Revista Foco, Número 20, Julio de 1979.

jueves, 8 de marzo de 2012

Carol Reed, la recreación de la atmósfera.

Carol Reed

(Londres, 1906 - 1976) Director de cine británico. Debutó como actor en Londres, en 1924, con la troupe de Sybil Thorndike. Eran tiempos donde sólo había lugar para papeles pequeños; pero tres años después comenzó a trabajar para Edgar Wallace, encargándose de adaptar sus obras a los escenarios.


Reed se sumó a la industria cinematográfica a comienzos de los años treinta, como ayudante del director Basil Dean. Su primera película, Midshipman Easy (1935), ambientada durante la campaña peninsular de la Guerra Napoleónica, ya preconiza la relación con el cine de propaganda. El hecho de que sus primeros títulos -Sucedió en París (1935), codirigida por Robert Wyler y con guión de John Huston; Penny Paradise (1938), sobre los avatares de la fortuna; o El amor manda (1938), protagonizada por Margaret Lockwood, actriz asidua del cine de Reed- fueran producciones de bajo presupuesto, no impidió que comenzara a forjarse una reputación.

Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo la oportunidad de formar parte de la unidad fílmica del ejército británico. Un corto propagandístico titulado A Letter from home (1941); un manual de entrenamiento para nuevos reclutas, The New Lot (1942), y un largometraje documental con guión de Peter Ustinov, The Way Ahead (1944), quedan como algunos de los mejores documentales de los tiempos de guerra. En 1945 codirige con Garson Kanin The True Glory, un relato documental de la invasión aliada de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, recopilada a partir del metraje de casi 1.400 cámaras, y que recibió en 1946 el Oscar al mejor documental.

Su siguiente éxito se tituló Larga es la noche (1947) y se centraba en la caza del líder de una organización irlandesa clandestina. Protagonizada por James Mason y basada en la novela de F. L. Green, prefirió centrarse en los golpes de efecto y los detalles, sin intención de adentrarse en la realidad política del Norte de Irlanda. El montaje fue nominado al Oscar. Su siguiente película, El ídolo caído (1948), volvió a estar cerca de los Premios de la Academia. El hijo de un diplomático es la excusa para retratar la complejidad de la vida adulta desde el punto de vista de los jóvenes. El guión, escrito por Graham Greene, fue nominado junto con el director.


En 1949, y coincidiendo más o menos con la mitad de su carrera, llegó su obra maestra: El tercer hombre (1949). Esta segunda película que Reed hizo para Korda (la primera había sido El ídolo caído) se convirtió en un éxito internacional. Tres de sus cuatro protagonistas habían sido importados de Estados Unidos -Joseph Cotten, Orson Welles y Alida Valli-; el cuarto era Trevor Howard. El tercer hombre, cuya historia también era de Graham Greene, consolidó la reputación del director con un trabajo ambientado en la Viena de postguerra. Tomando a un criminal de guerra con una doble vida y a un escritor americano que se topa con una situación a punto de costarle la vida, Reed creó, con la ayuda de grandes sombras y la música de Anton Karas, una atmósfera propicia para la pesadilla.

El tema de la huida seguirá presente en su trabajo, enlazando vía marítima con El desterrado de las islas (1952), basada en una novela de Joseph Conrad y protagonizada también por Trevor Howard. Después de haberse enfrentado durante varios títulos con las mezquindades y los miedos, presta atención a los sueños en El niño y el unicornio (1955), una fábula que conjuga la fe, la inocencia y la caridad como cualidades redentoras de las clases bajas.


La década de los cincuenta se cierra con dos títulos dispares, con el denominador común de una mujer como catalizador de los fantasmas que arrastran los hombres que giran a su alrededor. Trapecio (1956) adapta la novela The Killing Frost, de Max Catto, permitiendo a Burt Lancaster hacer alarde de su entrenamiento circense. La llave (1958) acude una vez más al escenario de la guerra para mostrar a Sophia Loren pasando de mano en mano, con la ayuda de Michael Caine, William Holden y Trevor Howard.

La década de los sesenta es una de las más variadas en el cine de Reed. Comienza con una comedia, Nuestro hombre en La Habana (1960), la historia de un vendedor de aspiradoras que se introduce en el servicio de inteligencia británico y ha de inventarse las conspiraciones porque parece que nunca ocurre nada. Algo parecido a lo que muchos años después hará Ben Kingsley en La isla de Pascali. Aunque no aparece en los títulos de crédito, Reed se encarga de rodar, dos años más tarde, algunas escenas para Rebelión a bordo (1962).

Un año después reúne a Laurence Harvey, Lee Remick y Alan Bates en El precio de la muerte (1963), en la que un hombre finge su muerte para saldar una deuda con la compañía de seguros. El tormento y el éxtasis (1965) recoge la tortuosa relación entre el pintor Michelangelo Buonarroti y el Papa Julio II, el pontífice obsesionado con dejar obras monumentales que le recordaran después de muerto. Basada en la novela de Irving Stone, le ofreció a Charlton Heston la oportunidad de componer una de sus mejores interpretaciones. La película obtuvo seis nominaciones: dirección artística, fotografía, diseño de vestuario, banda sonora y sonido.

Reed se quitaría la espinita de las simples nominaciones con una incursión en el musical, para la que nuevamente echó mano de la literatura. Oliver (1968), basada en la novela de Charles Dickens, recogió cinco Oscars (dirección artística, banda sonora, sonido, película y director) y otras dos nominaciones al guión y la fotografía. Sus dos últimas películas serían sendas comedias: Un indio altivo (1970), protagonizada por Anthony Quinn y Shelley Winters, y Sígueme (1972), con Mia Farrow y Topol.


Se cerraba así la carrera de Reed cuatro años antes de su muerte. Su legado se centra en el especial tratamiento de las historias, que se desarrollan en escenarios locales, donde lo más importante son los detalles. Su habilidad para recrear atmósfera, para desarrollar la trama y tratar los personajes, hace que muy pocas de sus historias tengan fisuras, si acaso compensadas por la autenticidad de su tono narrativo.


Filmografía

1935- Sucedió en París (“It Happened in Paris”), codirección con Robert Wyler.
1935- Midshipman Easy.
1936- Laburnum Grove.
1937- Dime con quién andas (“Who's Your Lady Friend?”).
1937- Talk of the Devil.
1938- Penny Paradise.
1938- El Amor manda (“Bank Holiday”).
1939- Cuidado con lo que haces (“Climbing High”).
1939- The Stars Look Down.
1939- A Girl Must Live.
1940- Tren nocturno a Munich (“Night Train to Munich”).
1941- A Letter from Home.
1941- Kipps.
1941- Su nombre en los periódicos (“Girl in the News”).
1942- El vencedor de Napoleón (“The Young Mr. Pitt”).
1944- The Way Ahead.
1945- The True Glory.
1947- Larga es la noche (“Odd Man Out”).
1948- El ídolo caído (“The Fallen Idol”).
1949- El tercer hombre (“The third man”).
1951- Men of the Sea.
1952- Desterrado de las islas (“Outcast of the Islands”).
1953- Se interpone un hombre (“The Man Between”).
1955- El niño y el unicornio (“A Kid for Two Farthings”).
1956- Trapecio (“Trapeze”).
1958- La llave (“The Key”).
1959- Nuestro hombre en La Habana (“Our Man in Havana”).
1963- El precio de una muerte (“The running man”).
1965- El tormento y el éxtasis (“The Agony and the Ecstasy”).
1968- Oliver! (“Oliver!”).
1970- Flap.
1972- Follow Me.




Fuentes: www.biografiasyvidas.com/biografia/r/reed_carol.htm
es.wikipedia.org/wiki/Carol_Reed

sábado, 11 de febrero de 2012

Revisitando clásicos: Vértigo, 1958, de Alfred Hitchcock.

Título original: Vértigo

Dirección: Alfred Hitchcock
Producción: Alfred Hitchcock para Paramount
Productor asociado: Herbert Coleman
Guión: Alec Coppel y Samuel Taylor, según la novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac “De entre los muertos”
Fotografía: Robert Burks, ASC
Efectos especiales: John Fulton
Decorados: Hal Pereira, Henry Bumstead, Sam Corner y Frank McKelvey
Colores: Technicolor
Asesor: Richard Mueller
Música: Bernard Herrman, dirección de Muir Mathieson
Montaje: George Tomasini
Sonido: Harold Lewis y Winston Leverett
Títulos: Saúl Bass
Secuencia especial diseñada: John Ferren
Estudios: Paramount
Exteriores: San Francisco
Duración: 123 minutos



Intérpretes:
James Stewart, John “Scottie” Ferguson
Kim Novak, Madeleine Elster y Judy
Barbara Bel Geddes, Midges
Henry Jones, el oficial del juzgado
Tom Helmore, Gavin Elster
Raymond Bailey, el doctor
Ellen Corby, la administradora del hotel
Konstantin Shayne, Pop Liebl
Lee Patrick, un vecino



Por Julio Diz


Hitchcock se identifica completamente con James Stewart.


En 1992, una asamblea de críticos internacionales nombrada para designar a las diez mayores obras maestras del cine votó a Vértigo. Desde su reposición en las salas, en 1983, este film resultó favorecido por una clasificación impresionante. Sin embargo, en 1958, el momento de su estreno, el público quedó algo desorientado. ¿Vértigo fue un fracaso comercial? “Cubrió los gastos”, dirá Hitchcock lacónicamente a François Truffaut.

Es necesario decir que la campaña publicitaria estaba completamente desfasada respecto del contenido del film. En los afiches se prometía un nuevo “thriller romántico”, con dos grandes estrellas en el fondo de una ciudad de ensueño (San Francisco). Ahora bien, el espectador se sumerge desde los primeros planos en un clima totalmente deprimente, y el suspenso se desvanece en las dos terceras partes de la acción. Como Hitchcock había basado su guión en un libro de Boilleau y Narcejac, los críticos de la época insistieron en comparar, en su perjuicio, Vértigo con Las Diabólicas, la película de Henri-Georges Clouzot, estrenada dos años antes según la novela de los mismos autores. En ambos casos, había un falso asesinato y un personaje que sufría de una discapacidad. Clouzot había convertido a la verdadera víctima en un cardíaco. Hitchcock nos muestra a un James Stewart sometido al vértigo. Algunas malas lenguas llegaron a decir que Hitchcock estaba celoso del éxito del director francés, en quien veía a un futuro rival. Es seguro que había estado muy interesado en la novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, a tal punto que había intentado comprarles los derechos. Pero Clouzot había sido más rápido. ¿Boileau y Narcejac lo sabían? ¿Escribieron De entre los muertos, novela que dió origen a Vértigo, para una adaptación a la pantalla? Es lo que afirma François Truffaut y ambos escritores. “Hacia tres años que esperábamos un nuevo gesto de interés por parte del maestro”, explican. Pero la novela se publicó antes de que el gesto se manifestara, y fue la Paramount quien se comunicó con Hitchcock. Este confió primero la adaptación de la novela a Maxwell Anderson, de quien, sin embargo, tenía razones para desconfiar, puesto que su trabajo para, El hombre equivocado le había parecido muy pobre. De hecho, la copia que le entrego fue catastrófica: era imposible extraer algo de ese guion que Anderson había titulado “Sombra, escucho”. Pero Hitchcock tenía tiempo. James Stewart a quien había decidido otorgarle el papel principal, estaba ocupado. Entonces, mientras esperaba, pensaba en el film. Tenía en la cabeza imágenes obsesivas, muy claras. “Esta historia requiere un escenario urbano sofisticado, y de todos los que se conocen en Estados Unidos –se decía-, San Francisco es el que más conviene”. Si bien los personajes no se perfilaban todavía muy claramente, Hitchcock ya había elegido algunos lugares esenciales: un viejo cementerio, un bosque de sequoias, un museo y una misión católica española.



Llamaron a un nuevo guionista. De hecho, Alec Coppel fue impuesto por los dirigentes de la Paramount. El trabajo resultó mucho más lamentable. En ese, momento Vera Miles le anunció a Hitchcock que estaba embarazada y que no podría hacer la película. Después de unos años, el director se había ingeniado para hacer de ella una criatura puramente Hitchcokiana.

Hitchcock, desesperado, tuvo que conformarse con aceptar a Kim Novak, que la sociedad de producción le sugería. Pero la actriz era un tanto caprichosa. “Llego con todo tipo de ideas preconcebidas –recuerda Edith Head, la vestuarista del rodaje-. Se negaba a llevar un tailleur gris y escarpines marrón oscuro, puesto que le acentuaban las pantorrillas que consideraba muy gordas. Entonces, le dije que releyera el guión”. Hitchcock ya no quería seguir perdiendo tiempo. Se abalanzó sobre la estrella en una empresa de desestabilización psicológica. Al hablarle de todo menos de cine, “logró –según Herbert Coleman, el productor asociado- producirle el sentimiento de que era una niña desamparada, ignorante y sin instrucción. Al final del día estaba dócil, obediente e incluso un poco perturbada”. De todas maneras, Hitchcock nunca la querrá, puesto que ella había tenido la desgracia de querer escapar a su influencia. “La señora Novak llego al set con ideas que desafortunadamente me resultaba imposible compartir”, dirá muchos años después, mientras que la opinión unánime fue que ella estuvo excelente en el film.

Durante ese tiempo, ante las lagunas del guion, Hitchcock recurrió a un tercer guionista, Samuel Taylor, un dramaturgo de San Francisco. El, al menos, tendrá conocimiento del terreno, se decía “No leí la novela francesa –recuerda Taylor-. Hitchcock no lo deseaba. Sabía exactamente lo que quería. Pero le faltaba la historia y no había aun verdaderos personajes. Nos pusimos a trazar en líneas generales escena por escena. Me di cuenta de que los personajes necesitaban ser individualizados y humanizados y de que había que darles más vida. Por ejemplo, el siempre tenía en la mente la escena del cementerio. Pero los acontecimientos que conducían hacia ella permanecían completamente vagos e inexplicados”.

Samuel Taylor tomo su trabajo muy seriamente. Recorrió palmo a palmo los lugares señalados para impregnarse de ellos y volvió con personajes sólidos… y un titulo, Vértigo, que le gusto enseguida a Hitchcock.




Hitchcock transforma la novela de Boileau-Narcejac.

Debido a esta nueva manera de trabajar, Hitchcock tomo distancia de la novela de Boileau y Narcejac, de la cual solo conservo a fin de cuentas la idea original. La acción de De entre los muertos se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial en Francia. Que Hitchcock haya suprimido esta alusión histórica no es sorprendente, puesto que el público norteamericano se hubiera desorientado. En el libro el suspenso es total. Solo se descubre la verdad en las últimas páginas. El héroe termina estrangulando a Madeleine al esforzarse por arrancarle confesiones. Ella muere, pero le quedara una horrible duda. “El posaba sus labios sobre su frente pálida y le decía: “Te esperare” –explican los autores-. El mito es más fuerte. Era un suspenso que se perpetuaba mas allá del punto final.”

Al contrario, Hitchcock revela la intriga en los dos tercios del film: Madeleine y Judy son una sola y misma persona. James Stewart fue víctima de una maquinación que apuntaba a hacer desaparecer a otra mujer. Además, hace que muera accidentalmente Madeleine en el último segundo, cuando por fin había dicho la verdad.

El hecho de que el suspenso se haya desplazado en la mitad del film tiene también otra explicación: para Hitchcock, la maquinación cuya víctima es James Stewart no tiene ninguna importancia, porque Vértigo no es un thriller común. Nada que ver con sus películas anteriores, donde la acción desemboca naturalmente en la resolución de un enigma. Aquí, en las primeras imágenes nos sumergimos en un universo oscuro, poblado de fantasmas y de símbolos donde la lógica no tiene cabida. Porque, ¿de qué se trata? Hay una mujer que afirma estar obsesionada por una muerta, y que finalmente se suicida. Un hombre sometido al vértigo que obliga a una desconocida a que se asemeje a la desaparecida. Y, al final, dos seres que ya no saben quiénes son.



Innumerables fueron las interpretaciones psicológicas, filosóficas, psicoanalíticas, incluso esotéricas de este film. Además, Boileau y Narcejac dan una de las claves del film cuando explican lo siguiente: “Retomamos el mito de Orfeo que va a recuperar a su amada en el reino de los muertos. Es a Eurídice a quien nuestro héroe lleva de la mano y trae de ese país de donde no se vuelve”.

El fracaso de del film y el del mito griego son también análogos. Eurídice desaparece en el momento mismo en el que Orfeo iba a lograr traerla al mundo de los seres vivos. “Lo que más me interesaba eran los esfuerzos que hacia James Stewart para recrear a una muerta”, subrayara Hitchcock. Desafortunadamente, nada es simple en este film donde todas las apariencias son engañosas y donde todo se relaciona con todo. Porque esta mujer a la que James Stewart se esfuerza por resucitar modelándola nunca está realmente muerta. La que tiene en sus brazos es la que él conoció, pero con otra identidad. Y cuando James Stewart hace de Pigmalión, retoma el camino que había seguido el hombre que había transformado a Judy en carnada para tenderle una trampa. Un verdadero rompecabezas. El vértigo del cual sufre James Stewart es también al que el director lleva a sus espectadores.




Un guión repleto de referencias autobiográficas.

Por la fuerza de su estructura, por la complejidad de las relaciones entre los personajes, Vértigo toma el aspecto de un testamento donde nada esta dejado al azar, donde cada plano fue programado hasta en sus más mínimos detalles. “Cada elemento de la película –escribe Donald Spoto- está asociado con los demás; cada color, cada accesorio decorativo o de vestuario, por mas minúsculo que sea. Cada palabra del diálogo, cada ángulo de la cámara, cada gesto, cada mirada, tiene un vinculo orgánico con el conjunto.” No es casualidad que la película utilice muchos espejos donde, de reflejo en reflejo, el ojo se pierde. Las asociaciones de ideas brotan: para vencer su vértigo, el héroe debe enamorarse. Algunas secuencias se superponen y el espectador pierde sus marcas. Así, en la gran escena del beso, la cámara gira siguiendo un ángulo de 360 grados. El decorado comienza a cambiar y pasa de una habitación a un monasterio, lugar del drama.”Era para causarle a Scottie el sentimiento de regreso al punto de estabilidad”, comenta Hitchcock.

Se comprende: Hitchcock se adueñó completamente del guión para hacer de él el soporte de sus propias fantasías, Samuel Taylor, el guionista, tuvo conciencia de ello: “De la primera a la última imagen, fue su película, Hitchcock estaba allí en cada instante, y todos los que lo vieron durante la dirección pudieron comprobar como yo hasta qué punto la vivía”. James Stewart también tendrá conciencia de haber interpretado indirectamente el papel del director: “Es un logro incomparable de parte de Hitchcock –explica-. Y puedo decir que era para él un film muy personal en el momento incluso en el que lo estábamos filmando”.

Entre los innumerables rasgos autobiográficos de la película, existe el cuidado muy particular y bastante demoniaco que pone Scottie en vestir de pies a cabeza a Judy de manera que ella se parezca a Madeleine (en los años sesenta, esta escena resultó chocante a las feministas norteamericanas, que vieron en ello una prueba abrumadora de misoginia). Hitchcock también tenía este tipo de preocupaciones. A Tippi Hedren, su actriz de Los pájaros, le ofreció un guardarropa suntuoso. ¡Y Grace Kelly revelo que se interesaba en detalles tan ínfimos como el color de un par de zapatos! Cuando el psiquiatra pronuncia respecto a James Stewart un veredicto inapelable: “melancolía aguda y complejo de culpa”, el biógrafo de Alfred Hitchcock, Donald Spoto, lo interpreta como un auto condena del director. Este último atraviesa una etapa difícil durante la preparación y la filmación de Vértigo. Se enfermó gravemente dos veces y debieron operarlo de una hernia con urgencia.



Cerca de los sesenta años. Está obsesionado por la muerte. De hecho, su obra se teñirá de preocupaciones más graves, y los films siguientes –Intriga internacional, Psicosis, Los pájaros- se sumergen en la misma clase de ambiente.

Hitchcock seguirá conservando una debilidad para Vértigo. A comienzos de los años setenta prohibirá la explotación comercial de la película, bloqueando su difusión tanto en salas como en videocasetes hasta su muerte. Sabía que esa película de una extraña belleza tendría una segunda oportunidad…


François Truffaut, Alfred Hitchcock y Vértigo…

François Truffaut: Vértigo (De entre los muertos) está basado en una novela de Boileau y Narcejac que se titula “De entre los muertos” y que fue escrita especialmente para usted, para que a partir de ella realizara el film.

Alfred Hitchcock: Pero ya era un libro antes de que se compraran los derechos para mí…

F.T. Sí, pero ese libro fue escrito especialmente para usted.

A.H. ¿Usted cree? ¿Y si yo no lo hubiese comprado?

F.T. Hubiera sido comprado en Francia debido al éxito de Las diabólicas. Boileau y Narcejac han escrito cuatro o cinco novelas basadas en el mismo principio de construcción y, cuando se enteraron de que usted hubiera querido comprar los derechos de Las diabólicas, se pusieron al trabajo y escribieron “De entre los muertos” que la Paramount ha comprado en seguida para usted. ¿Qué era lo que le interesaba más en este asunto?



A.H. Lo que me interesaba más eran los esfuerzos que hacia James Stewart para recrear una mujer, a partir de la imagen de una muerta.
Como usted sabe, hay dos partes en esta historia. La primera parte llega hasta la muerte de Madeleine, y su caída desde lo alto del campanario, y la segunda comienza cuando el héroe encuentra a la muchacha morena, Judy, que se parece a Madeleine. En el libro, al comienzo de la segunda parte, el héroe encuentra a Judy y la obliga a parecerse más a Madeleine. Solo al final el lector descubre, al mismo tiempo que el héroe, que se trataba de una misma mujer. Es una sorpresa final. En el film, yo he procedido de otra manera. Cuando comienza la segunda parte, cuando Stewart ha encontrado a la muchacha de cabello castaño, decidí desvelar en seguida la verdad, pero solo para el espectador: Judy no es una muchacha que se parezca a Madeleine, es Madeleine misma. A mi alrededor, todo el mundo estaba en contra de este cambio, pues pensaban que esta revelación no debía producirse más que al final de la película. Yo me imaginé que era un chiquillo sentado en las rodillas de su madre que le cuenta una historia. Cuando la mamá cesa de contar, el niño pregunta invariablemente: “Mamá, ¿Qué sucede después?” Encontré que en la segunda parte de la novela de Boileau y Narcejac, cuando el individuo ha encontrado a la muchacha castaña, ocurre como si no pasara nada después. Con mi solución, el muchachillo sabe que Madeleine y Judy no son más que una misma y única mujer y ahora el pregunta a su madre: “Y, entonces, ¿no lo sabe James Stewart? –No.”


Henos aquí de nuevo ante nuestra alternativa habitual: ¿suspense o sorpresa? Ahora, tenemos la misma acción que en el libro; Stewart, durante cierto tiempo, va a creer que Judy es Madeleine, luego se resignará a la idea contraria a condición de que Judy acepte parecerse, punto por punto, a Madeleine. Pero, por su parte, el público posee la información. Por tanto, hemos creado un suspense fundado en esta interrogación: ¿Cómo reaccionará James Stewart cuando descubra que ella le ha mentido y que es efectivamente Madeleine?

Este es nuestro pensamiento principal. Añado que existe en el film un interés adicional, pues se observa la resistencia de Judy a convertirse de nuevo en Madeleine. En el libro, había una muchacha que no quería dejarse transformar, eso es todo. En la película, hay una mujer que se da cuenta de que este hombre la desenmascara poco a poco. Eso en cuanto a la intriga.

Hay otro aspecto que llamaría “sexo psicológico” y es, aquí, la voluntad que anima a este hombre para recrear una imagen sexual imposible; para decirlo de manera sencilla, este hombre quiere acostarse con una muerta; esto es necrofilia.

F.T. Precisamente las escenas que prefiero son aquellas en las que James Stewart lleva a Judy a la modista para comprarle un traje idéntico al que llevaba Madeleine, el cuidado con que él le elige los zapatos, como un maniático…




A.H. Es la situación fundamental del film. Todos los esfuerzos de James Stewart para recrear la mujer, cinematográficamente son presentados como si intentara desnudarla en lugar de vestirla. Y la escena que más me interesa es cuando la muchacha vuelve después de haberse teñido de rubia. James Stewart no está completamente satisfecho, porque no se ha peinado el cabello formando un moño. ¿Qué quiere esto decir? Quiere decir que esta casi desnuda ante él, pero todavía se niega a quitarse la braguita. Entonces James Stewart se muestra suplicante y ella dice “Está bien, de acuerdo”, vuelve al cuarto de baño. James Stewart espera. Espera que ella vuelva desnuda esta vez, dispuesta para el amor.

F.T. No había pensado en eso, pero el primer plano de James Stewart esperando que salga del cuarto de baño es maravilloso. Tiene casi lágrimas en los ojos.

A.H. Usted recuerda que, en la primera parte, cuando James Stewart seguía a Madeleine en el cementerio, los planos de ella la hacían bastante misteriosa, pues los rodamos a través de filtros de niebla; conseguíamos así un efecto coloreado de verde por encima del brillo del sol. Más tarde, cuando Stewart encuentra a Judy, la hice residir en el Empire Hotel de Post Street porque hay en la fachada de este hotel un anuncio de neón verde, que parpadea constantemente. Esto me permitió provocar de manera natural, sin artificio, el mismo efecto de misterio sobre la muchacha, cuando sale del cuarto de baño; está iluminada por el neón verde, vuelve verdaderamente de entre los muertos. Luego se encuentra a Stewart que la contempla y de nuevo a la muchacha, pero esta vez filmada normalmente, pues Stewart ha vuelto a la realidad. Sea como sea, James Stewart ha sentido durante un momento que Judy era la misma Madeleine y se siente aturdido hasta que descubre el medallón. Entonces comprende que han jugado con él.

F.T. Todo ese aspecto erótico del film es apasionante. Pienso en otra escena hacia el principio, después de que James Stewart rescata a Kim Novak, que se había arrojado al agua. La volvemos a ver en casa de James Stewart, acostada desnuda en la cama. Entonces, ella se despierta y eso nos demuestra que él la ha desnudado, que la ha visto desnuda, y sin que en el diálogo se haga referencia alguna a ello. El resto de la escena es extraordinario, cuando Kim Novak se pasea con la bata de Stewart, cuando se ven sus pies desnudos deslizarse por la alfombra y cuando James Stewart pasa una y otra vez por detrás de ella… Hay en Vértigo cierta lentitud, un ritmo contemplativo, que no se encuentra en sus otros films, a menudo construidos sobre la rapidez, la fulguración.

A.H. Exacto, pero ese ritmo es perfectamente natural, ya que contamos la historia desde el punto de vista de un hombre que es un emotivo.
¿Le gustó el efecto de distorsión cuando Stewart mira en la caja de escalera del campanario? ¿Sabe como se hizo?


F.T. Pensé que era un “travelling” hacia atrás combinado con un efecto de “Zoom” hacia adelante, ¿no es eso?



A.H. Eso es. Ya cuando rodé Rebecca, en la escena en que Joan Fontaine debe desmayarse, quería mostrar que experimenta una sensación especial, que todo se alejada ella antes de su caída. Me acordaba de que una tarde, en el baile del Chelsea Art, en el “Albert Hall” de Londres, me había emborrachado de una manera terrible, y había tenido esta sensación: todo se alejaba de mí. Quise conseguir este efecto en Rebecca, pero fue en vano, pues he aquí el problema: al permanecer fijo el punto de vista, la perspectiva debe alejarse. Pensé en ello durante quince años. Cuando volví a pedir este efecto en Vértigo, solucionamos el problema sirviéndonos de la “Dolly” y del “Zoom” simultáneamente. Pregunté: “¿Cuánto me costará eso? –cincuenta mil dólares-. ¿Por qué? Porque debemos colocar la cámara en lo alto de la escalera y construir todo un sistema de andamios para elevar la cámara, mantenerla en el vacío, establecer un contrapeso, etcétera”. Entonces yo dije: “No hay personaje en esta escena, es un punto de vista. ¿Por qué no construir una caja de escalera en maqueta, ponerla horizontalmente sobre el suelo y hacer nuestra toma de vista: “travelling-zoom” horizontalmente? Esto nos costó más que diecinueve mil dólares.

F.T. ¡Ah, ya, de todas maneras…! Tengo la sensación de que le gusta mucho Vértigo.

A.H. Me molesta por el fallo que hay en el relato. El hombre, el marido que ha arrojado el cuerpo de su mujer desde lo alto del campanario, ¿Cómo podía saber que James Stewart no iba a subir las escaleras? ¿Por qué padecía de vértigo? ¡Pero no había garantías de que fuese a ocurrir así!

F.T. Es cierto, pero yo creía que se ajustaba perfectamente a este postulado… El film, creo, no ha sido ni un éxito no un fracaso, ¿no?

A.H. Cubrió gastos.

F.T. ¿Para usted es, por tanto, un fracaso?


A.H. Supongo que sí. Usted sabe que una de nuestras debilidades, cuando algunos de nuestros films no marcha bien, es acusar al servicio de ventas. Por lo tanto, para respetar la costumbre, critiquemos al servicio de ventas, diciendo “¡Han vendido mal el film!”
Ya sabe usted que concebí Vértigo para Vera Miles. Hicimos ensayos definitivos y todo el vestuario estaba hecho para ella.


F.T. ¿Fue la “Paramount” quien no la quiso?

A.H. La “Paramount” estaba de acuerdo. Lo que ocurrió fue así de sencillo: quedó embarazada, poco antes de rodar el papel que la iba a convertir en una estrella. Luego, perdí el interés por ella, ya no tenía el mismo ritmo.

F.T. Sé que en muchas entrevistas se ha quejado usted de Kim Novak, pero, sin embargo, la encuentro perfecta en la película. Correspondía muy bien al papel, sobre todo a causa de su lado pasivo y bestial.

A.H. La señorita Novak llegó al estudio con la cabeza llena de ideas que, desgraciadamente, no podía compartir. Nunca me opongo a ningún actor durante el rodaje, para no mezclar en ello a los eléctricos. Fui a ver a la señorita Novak a su camarín y le expliqué qué trajes y qué peinados debía llevar: los que había previsto desde hacía varios meses. Le hice comprender que la historia de nuestra película me interesaba mucho menos que el efecto final, visual, del actor en la pantalla en el film acabado.

F.T. Todos estos problemas previos le hacen ser injusto con el resultado, pues le aseguro que a todo el mundo que admira Vértigo, le gusta Kim Novak en el film. No se ve todos los días una actriz americana tan carnal en una pantalla. Cuando la volvemos a encontrar en la calle, en el papel de Judy, con su cabellera rojiza, resulta muy animal debido al maquillaje y quizás también porque bajo su jersey no llevaba sujetador…

A.H. En efecto, no lo lleva, y, además, es una cosa de la que se jacta constantemente.




Hitchcock/Boileau-Narcejac

Pierre Boileau (1906-1989) y Thomas Narcejac (nacido en 1908) forman el tándem de autores de novelas policiales francesas más prolífico del siglo. Una larga carrera marcada por éxitos, desde “Las diabólicas”, que dio origen a la película de Clouzot del mismo nombre, hasta “La dernière cascade” (1985), pasando por “Las lobas” (1973) y, por supuesto, “De entre los muertos” (Vértigo). Cuando Hitchcock decidió tomarse libertades con su obra, tuvo la delicadeza de avisarles a los autores. La escena tuvo lugar en la Plaza Athènèe, un palacio parisino al que el cineasta solía ir. “Ese día –cuentan Boileau y Narcejac- nos tomó a cada uno del brazo y nos dijo que la adaptación de nuestra novela le había planteado problemas, el final especialmente”. Ambos autores comprendieron el punto de vista del cineasta. Pero intentaron explicarle la historia, “subrayando la importancia del tema de la guerra”, Hitchcock no los dejó continuar, y dijo entonces estas palabras: “la guerra… ¡Yo no tuve la suerte de conocerla!”. Boileau y Narcejac entonces dijeron que sí a todo. Para agradecerles, el director sacó de su bolsillo un sobre completamente arrugado y, con un lápiz, dibujó el plano de la última escena, la que se desarrolla en lo alto del campanario. En conclusión, para ambos autores la película y la novela no tienen mucho en común. “No es la misma historia –afirman-, aunque el film, serio, concentrado, a veces un poco solemne, prodigue momentos de una gran belleza. Vértigo es el único film grave de Hitchcock, como si el amor de ese hombre por una mujer marcada por la muerte fuera un sentimiento que prohibiera cualquier sonrisa”. Boileau y Narcejac tampoco reconocieron a su Madeleine en la actuación de Kim Novak: no la encontraron “bastante atormentada por una obsesión mortal”. Luego, escribieron para Hitchcock otro guión… que permaneció por siempre en el fondo de un cajón en Hollywood.


Panorama sobre los actores


Kim Novac

De esta actriz nacida en 1933 se dice que era un “Témpano fracasado”. Al emplearla en Vértigo, Hitchcock probó que esa calificación no se adecuaba en absoluto a la realidad. En 1953 esta antigua modelo obtuvo su primer papel en una película de George Sherman. Luego, aparece en los títulos de “El hombre del brazo de oro”, de Otto Preminger y, poco después, triunfa en “Picnic”, de Joshua Logan, junto a William Holden. El año en que se estrena Vértigo también es la pareja de James Stewart en “Bell, Book and Candle”, de Richard Quine. Cuando Hitchcock filma con ella, Kim Novak ya está en la cima de su gloria. Incluso harán de ella una competidora de Marilyn Monroe. En el transcurso de los años sesenta se la ve en comedias como “Bésame, tonto” de Billy Wilder, donde se encuentra muy cómoda, y en superproducciones como “The great bank robbery” de Hy Averback. A partir de los años setenta la carrera de Kim Novak comenzó a decaer.


James Stewart

Nacio en 1908, James Stewart es uno de los últimos monstruos sagrados de Hollywood, uno de esos héroes de gran corazón que los Estados Unidos adoran. Durante la segunda guerra mundial, en el pináculo de su popularidad, no duda en comprometerse y pasa del grado de simple soldado al de general. En la pantalla, es estupendo en comedias como “Caballero sin espada”, 1939, de Frank Capra, en westerns pro indios como “La flecha rota”, de Delmer Daves, o en “Un tiro en la noche”, de John Ford. No es sorprendente, entonces, que James Stewart haya sido empleado por los grandes directores de Hollywood. Hitchcock ofreció a ese playboy portador de tantos valores positivos, papeles muy diferentes en “La ventana indiscreta”, “El hombre que sabía demasiado” y, sobre todo “Vértigo”.


Henry Jones

Nació en 1912 en Filadelfia y comenzó su carrera con papeles cómicos. Pero también reveló enormes posibilidades en el género siniestro y perverso. En 1956 se lo ve en “La mala semilla” de Melvin Le Roy. También forma parte del reparto de “La bomba de rock and roll”, de Franklin Tashlin, acompañado de grandes estrellas del rock and roll. En los años sesenta, Henry Jones interpreta, con Paul Newman y Robert Redford, “Butch Cassidy”, de George Roy Hill.


Bárbara Bel Geddes

Nació en 1922. Debutó en las tablas de Broadway donde se creó una excelente reputación. Obtiene incluso, en 1945, el premio de los críticos dramáticos. En cine no superó el rango de papel secundario, y en este concepto fue nominada para los Oscar. Se destacan en su filmografía “Atrapados”, 1945, “Sangre en la luna”, 1948, de Robert Wise, y “The todd killing”, de 1971.


La historia

John “Scottie” Ferguson fue obligado a abandonar la policía porque es propenso al vértigo. Gavin Elster, un antiguo compañero, le pide que siga a su mujer, Madeleine. Ella está obsesionada por una de sus parientas que se suicidó hace muchos años. Pasa sus días contemplando su retrato en el museo y visitando su tumba. Scottie logra impedir que se ahogue. La consuela, comienza a interesarse seriamente en ella y, por su amor, se esfuerza por alejarla de sus fantasías. Ella le habla de un monasterio que atormenta sus sueños. Scottie le hace saber que existe realmente. La pareja se dirige allí. Enseguida, Madeleine, corre hasta lo alto de una torre, Scottie no puede seguirla a causa de su vértigo. Entonces, la joven se precipita al vacío. Encuentran su cuerpo destruido sobre un techo. Scottie se repone difícilmente de ese drama. Incluso lo atiende un psiquiatra. Unos meses más tarde, observa a una mujer que le recuerda a Madeleine. Logra abordarla. El espectador se entera, entonces, de que se trata efectivamente de la que él creía desaparecida. Se llama Judy y se hizo pasar por Madeleine para ayudar a Gavin Elster a deshacerse de su mujer arrojándola desde lo alto del campanario. Scottie, intrigado, le pide a la joven que se vista con la ropa de Madeleine, la mujer que amó. Judy se somete a todos sus caprichos porque está enamorada de él. Pero terminará traicionándose al ponerse el collar que tenía el día del drama. Entonces, Scottie la obliga a subir hasta lo alto del campanario. Ella termina confesando la verdad, pero se mata al caer accidentalmente.



Gran repercusión en la crítica

“Si no existe arte más que en la confusión, entonces Vértigo es la mayor expresión de la confusión artística. Confusión intelectual y confusión sexual. Sin duda, nunca Hitchcock liberó a tal punto sus fantasías, sus pulsaciones, su imaginario y su libido. Aquí el gran Hitchcock se deja llevar por la pendiente del más fatal romanticismo y necrofilia. Es la película del loco amor en la acepción surrealista del término. El amor más fuerte que la muerte.”

Michel Boujut, Les nouvelles littéraires, 22 de marzo de 1984

“Una película como Vértigo, que la mayoría de los especialistas de cine juzgó negativamente en el momento de su estreno, fue redescubierta después como una de las obras maestras de Hitchcock. Todos los críticos, todos los teóricos del séptimo arte lo piensan ahora.”

Robert E. Kapsis, Hitchcock, the making of a reputation.

“Desde cualquier punto de vista que se tome el film, todo vuelve allí: Vértigo es una historia de necrofilia. ¿La investigación que realiza el ex inspector James Stewart por cuenta de un amigo? Pretexto, ¿El descubrimiento, en la calle, de una mujer que se parece a una muerta? También pretexto, ¿La solución final, una vulgar estafa? Aún pretexto. El director hace la intriga imposible de resumir, manipula a sus personajes y, como de costumbre, aparece como extra panzón en el recoveco de una escena.”

François Forestier, L’Express, 29 de marzo de 1984

“La puesta en escena está conducida con tal maestría que uno respira como James Stewart, invadido por su obsesión. Hitchcock se atreve a una jugada de póker: revela la solución “racional” del enigma para cambiar de percepción. Y gana la apuesta. Nos incita a asistir con angustia al viaje de Ferguson hasta el extremo de su locura necrofilica que lo lleva a modelar un rostro y un cuerpo de mujer.”

Jacques Siclier, Le Monde, 19 de marzo de 1984.

“Para mí, Vértigo es una obra perfecta sobre el plano formal y de una pureza absoluta. Paralelamente, sus imágenes son de una belleza tan estupenda que el espectador se ve arrastrado al reino de la experiencia hipersensible donde la gente tantea dolorosamente para encontrar cierta estabilidad. Es una película de una madurez y de una profundidad de pensamiento que no dejan de inquietar.”

Donald Spoto, L’Art d’Alfred Hitchcock



Un escritor elige su escena de película favorita

Por Alan Pauls

Vi Vértigo por primera vez de chico, por televisión, pasada a blanco y negro y asediada por un contexto que sin duda no la favorecía. Comparada con Intriga internacional, cuya fachada de película de espías la convertía en un rehén televisivo dócil, incluso obsecuente, Vértigo tenía todo para escandalizar y aburrir (porque hubo un paraíso donde esos dos verbos eran sinónimos) al telespectador axiomático que yo era: psicología, música untuosa, trajes sastre grises, muchos problemas de peinados, cuadros antiguos y ese viejo que balbuceaba con un sombrero en la mano mientras una mujer le desorbitaba los ojos. Reprobé la película y la dejé de lado. ¿Qué pito podía tocar ese bodrio feminoide en un panteón donde reinaban el ridículo deportivo de La carrera del siglo, el glamour ítalo ilegal de Los siete hombres de oro, la ética triangular de Los aventureros, la mujer lingote de Goldfinger? No me di cuenta entonces, pero algo de la película debió quedar de este lado, conmigo, como cuando pegamos una etiqueta en la tapa de un cuaderno escolar y el resto de adhesivo que sobrevive de contrabando en las yemas de dos dedos empieza a besuquear todo lo que tocamos después.

Me di cuenta algunos años más tarde, cuando ya había nuevas autoridades en el panteón y –buscando seguramente alguna bikini que llevarme al baño– tropecé con un artículo sobre Hitchcock en Films & Filming, una revista que se coleccionaba en mi casa y traía (promediaban los años ‘70) portfolios muy serios de chicas desnudas y secuencias de orgías comentadas por los mejores críticos de la época. En una página había tres planos de Vértigo en serie: en el primero, Judy (Kim Novak) y Scottie (James Stewart) están en el cuarto de hotel de Judy; siguiendo las órdenes de Scottie, ella está vestida con el traje sastre gris de Madeleine (la muerta a la que idolatra) y se ha teñido el pelo de rubio; pero hay algo que falta para que deje de parecerse y sea Madeleine: que se recoja el pelo en ese rodete espiralado al que Scottie sucumbió alguna vez; en el segundo (un primer plano de James Stewart), Scottie espera que Judy vuelva del baño en un trance doloroso de ansiedad, con la boca entreabierta y los ojos llenos de lágrimas; en el tercero (contraplano del anterior), Judy, ya peinada como Madeleine, avanza hacia él muy seria, rígida como una poseída, bañada en el famoso resplandor verde, mientras su sombra se proyecta contra la pared del fondo y parece tomar un rumbo propio.

Ahí, en el cine de papel satinado de Films & Filming, vi tres cosas que no había visto: el color, esa morbidez gloriosa y casi física de cuyos generosos intereses sigue viviendo gente bastante original como David Lynch; el plano que venía inmediatamente después, que la revista no incluía pero hacía desear, con el beso extraordinario que corona la metamorfosis de Judy en Madeleine; la película entera –la historia de amor más tortuosa y razonable que haya filmado el cine contemporáneo–, intacta, como la había preservado en mí el olvido (que según Proust es el más poderoso de los conservantes y el único eficaz). El olvido, para ser justos, y la televisión, el medio donde la había visto por primera vez. Gozamos hablando mal de la televisión, y aunque ese goce sea el rasgo que más radicalmente la singulariza (a tal punto que podríamos decir que es del orden de la televisión todo aquello de lo que gozamos hablando mal), a menudo empaña algunos de sus efectos colaterales más benéficos: su función de formalizar el arte, por ejemplo. La televisión, que tenía la indiferencia, la vulgaridad y la voluntad de control necesarias para borrar a Vértigo del mapa, terminó conservándola, al menos para mí, telespectador arrogante y axiomático, como lo que en realidad era: un tesoro radiactivo.

Desde entonces vi Vértigo muchas veces. La enseñé, leí y escribí sobre ella y la adopté para corromper espectadores inocentes. Cada vez que vuelvo a verla (a menudo por televisión, cuando el control remoto literalmente choca contra la belleza de piedra de Kim Novak), cada vez que vuelvo a temblar con la espera de Scottie en ese cuarto de hotel, caigo en la evidencia de que, más que sobre el factor necrófilo o pigmalionesco de la experiencia amorosa, es una película sobre la imposibilidad de ver por primera vez. Sólo se ve demasiado tarde, dice Vértigo: sólo por segunda vez, y algo siempre ya visto. Deja vu. Platónica y fúnebre, esa condición de la visión (y del amor) dice también algo decisivo sobre el modo específico, absolutamente único, en que se da a ver un arte moderno como el cine.

Vi Vértigo por última vez hace algún tiempo. Cumplía años. Mi padre me regaló un ejemplar del diario La Razón del día en que nací. Lo hojeé con una mezcla de nostalgia, curiosidad científica y aprensión, como hubiera mirado a una forma rarísima de hermano gemelo. De todo lo que La Razón dice que sucedió ese día recuerdo sólo esto: que acababan de estrenar Vértigo en un cine de la calle Lavalle.



Fuentes: trelcovsky@yahoo.com.ar
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4743-2008-08-01.html
El cine según Hitchcock, por François Truffaut, Alianza Editorial, 1974