Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Cabo de miedo, el angel vengador.



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Cabo del miedo, de Martin Scorsese

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“¿Estás ahí, abogado?”
- Max Cady
Concluido el rodaje de "Buenos muchachos" (‘Goodfellas’, 1990), a Scorsese se le ofreció la posibilidad de filmar un ambicioso proyecto que había pasado por las manos de Steven Spielberg, sobre una novela de Thomas Keneally, titulada ‘El arca de Schindler’... Así mismo, Spielberg planeaba rodar en pocos meses un comercial remake de ‘El cabo del terror’ (‘Cape Fear’, J. Lee Thompson, 1962). Scorsese sentía que ese proyecto le era muy querido a su amigo Spielberg, y renunció a él, proponiendo un intercambio de planes. Como todos sabemos, ‘La lista de Schindler’ (‘Schindler’s List’, 1993) le proporcionó a Spielberg su primer Oscar como director y un sinfín de parabienes críticos. Bastante antes, Scorsese estrenaría este nuevo encargo, el último antes de encadenar una trilogía de proyectos personales que, para quien esto firma, es su gran obra maestra como director.
De la floja y muy envejecida película de Thompson, Scorsese ideó una versión mucho más abstracta e interesante, que, sin embargo, hay que situar bastante por debajo, en inspiración y ejecución, respecto a las películas que la rodean, las anteriores y las posteriores. Este relato de venganza y angustia, basado originalmente en una novela de John D. MacDonald, podría haber caminado al lado de la inigualable ‘Taxi Driver’ (id, 1976) en lo que tiene de retrato de una obsesión enfermiza por parte de un personaje tan extremo, interpretado además por el mismo actor. Pero se queda en un brillantísimo ejercicio de estilo, realizado con la extraordinaria pericia de un director tan experimentado y deslumbrante como Scorsese, que se entrega sin complejos al género del suspense más hiperbolizado. Pero se le escapa el tono a ratos, como se le escapa el personaje de Cady y el espíritu final de la película. Con todo, estamos hablando de un filme de trazas notables.






Hitchcock y Laughton son una ausencia
Sin ser un gran admirador de la película precedente, la intención de Scorsese era la de realizar uno de sus viajes estéticos y temporales, con los que recuperar parte de las esencias de un cine ya desaparecido, mezclado con una mirada moderna, en una suerte de equilibrio formal. No todo le sale bien al director en ese esfuerzo. Los sensacionales títulos de crédito de los míticos Elaine y Saul Bass (quienes diseñarían las secuencias de apertura de cuatro películas consecutivas del director), sumados a la música, a cargo de Elmer Bernstein, versión de la partitura de la primera película, obra del por entonces ya fallecido Bernard Herrmann, buscan situarnos en un cierto espíritu hitchcockiano al que accedemos sin demasiado esfuerzo, siempre dependiendo del grado de cinefilia del espectador. Pero nunca sentiremos tan a gusto a Scorsese como lo estuvo Hitchcock en sus obras maestras, pues se le percibe ceñido a unos preceptos que diluyen en parte su personalidad artística.




Con la primorosa fotografía de Freddie Francis, uno de los más legendarios operadores de la segunda mitad del siglo XX y director él mismo de filmes de terror, y con el diseño de producción de Henry Bumstead, no en vano director artístico de ‘De entre los muertos’ (‘Vertigo’, Alfred Hitchcock, 1958), asistimos al martirio de la familia Bowden, cuyo padre, el abogado Sam Bowden (Nick Nolte, quien ya trabajara poco antes para Scorsese en ‘Apuntes del natural’), traicionó a un cliente suyo, Max Cady (un a ratos genial, a ratos insoportable Robert De Niro), enterrando un documento que podría haberle librado de catorce años de cárcel por violación de una menor. Cady saldrá de la cárcel pasado ese tiempo y, claro, planeará una brutal venganza contra el abogado y su adinerada familia. Eso incluye a su mujer, la diseñadora Leigh Bowden (interpretada con suma elegancia por la gran Jessica Lange), y a su hija adolescente (una sensual y formidable Juliette Lewis, en su primer papel importante en el cine).
En ‘Cabo del miedo’ se alterna lo genial con lo vulgar, sin pausa, hacia un salvaje clímax final que conecta visual y temáticamente con los títulos de crédito iniciales, y que propone un alucinante viaje por los infiernos de la culpa, el odio y la sexualidad reprimida. El principal problema, entre varios, de este feroz relato, es que comienza siendo la historia del abogado que no cumplió con su deber, pero termina siendo la historia de un sujeto casi inmortal con el que es imposible identificarse. El drama de Sam Bowden no es el centro de las preocupaciones de Scorsese y del guionista Wesley Strick, y todo acaba desdibujándose, cuando podría haberse convertido en una potente tragedia criminal por la que discurriera una reflexión sobre la burguesía y la familia tradicional, sobre los vaivenes de un matrimonio complejo con una hija difícil. Todo eso queda más o menos expuesto, pero eclipsado por la necesidad de pasmar y conmocionar al espectador con las astucias y malabarismos de un psicópata tatuado con reminiscencias del Robert Mitchum de ‘La noche del cazador’ (‘Night of the Hunter’, Charles Laughton, 1955).




Un Robert Mitchum que, irónicamente, hizo el papel de Cady en la primera versión, y que al igual que Gregory Peck, que interpretaba al abogado en aquella, hacen sendas apariciones a modo de homenaje en la película de Scorsese. Lo que no se le puede negar al director italoamericano son algunas secuencias magistrales:
1. El diabólico diálogo, repleto de segundas intenciones y dobles significados, entre Danielle y Cady en el teatro del instituto, empleado a modo de metáfora acerca del lobo feroz, y que termina con un juego erótico tremendamente perturbador.
2. La escena de sexo de Sam y Leigh, con el posterior despertar de ella entre fundidos sucesivos a amarillo, naranja y rojo, que anticipan el descubrimiento de Cady en la tapia de la casa.
3. La larga secuencia de tensión en la casa con el detective (Joe Don Baker), esperando la llegada de Cady, aunque termine de manera tan frívola y poco conseguida.
4. El poderoso clímax final, algo alargado, en Cape Fear (región y costa de Carolina del Norte), con algunos planos acuáticos realmente hipnóticos y con la inquietante conclusión en las aguas del río.

Pero Cady queda a años luz de Travis Bickle o de otros psicópatas cercanos en cronología como Hannibal Lecter. En algunas secuencias es un villano fascinante y en otras es un matón tosco y sin más interés que el proporcionar sustos fáciles al espectador. Queda poco creíble, y la intensa caracterización de De Niro no siempre funciona como él querría. Su oportuno disfraz de mujer, su plano invertido mientras habla con Danielle o su supuesta inmaterialidad, difuminan bastante su presencia, y terminan convirtiéndole en un malo de opereta, en uno más de los muchos “psycho-killers’ que proporcionó el cine durante los años ochenta y noventa. A su lado, Nick Nolte realiza una de sus menos recordadas y más brillantes composiciones, aunque siempre en segundo plano.






Conclusiones
Film con momentos muy buenos, y con otros que desmerecen al autor de ‘Uno de los nuestros’. Fue su mayor éxito comercial hasta la fecha, por lo que el esfuerzo no resultó del todo una pérdida de tiempo, por mucho que no pueda considerarse entre sus grandes obras maestras. Parece mentira que sea el mismo director de la insuperable adaptación de Edith Wharton que llevaría a cabo dos años después y que, al menos a juicio de quien esto firma, marca el inicio de su plenitud absoluta como artista. Pero de esa hablaremos en pocos días.


Extraído de Blog de cine

Simplemente "El secreto de sus ojos".


"Sencillamente una obra maestra"



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Empiezo a detestar la expresión Obra Maestra. Se usa con demasiada complacencia y, a menudo, con insuficiente modestia o quizá exceso de coraje. También debería ser empleada con algo más de conocimiento. El término alude a películas en las que la diferencia entre lo buscado y lo encontrado es inexistente. Y no sólo a eso, también a dramas que convocan una tensión psíquica y emocional extrema en el espectador, a la vez que extraen de él lo mejor y lo peor de su interior. Nada más y nada menos. Una de las películas de este año que merece tal calificativo es, a mi juicio, y sin ninguna duda, la cuarta realización de Juan José Campanella.

Decía el director que gana mucho más dinero con un solo episodio de la inigualable serie de televisión ‘House M.D.’, para la que ya ha dirigido tres episodios, que con cualquiera de sus películas. Puede que sea cierto. Pero aunque su gran tríptico televisivo es digno de elogio, en la memoria de los cinéfilos de todo el mundo va a quedarse, y para siempre, ‘El secreto de sus ojos’, un melodrama impredecible, conmocionador y apasionante, muy intrincado, pero resuelto con sencillez y precisión admirables. ¿La película del año?
Tuve la oportunidad de ver esta noble película hace pocos días, durante el último Festival Internacional de San Sebastián. Yo estaba allí, y puedo atestiguar que, justo antes de los títulos de crédito, ya comenzó una atronadora ovación que es, o eso se decía, una de las más inolvidables que ha conocido una película en ese certamen. Y he de reconocer que, dada la respuesta colectiva unánime ante ese visionado, tenía mis dudas de que fuera, en verdad, tan magnífica. Pero la he vuelto a ver y es cierto. No sólo es magnífica, además, es bellísima.

Campanella ya había conocido un éxito masivo con el estupendo melodrama ‘El hijo de la novia’, en la que ya mostraba sus armas como buen director de actores, competentísimo realizador y sensible y habilidoso guionista. Sus otras películas conocidas, ‘El mismo amor, la misma lluvia’ y ‘Luna de Avellaneda’ (entre una filmografía no muy extensa, no tuvieron una respuesta tan global, aunque eran tragicomedias bastante interesantes. En todas ellas el protagonista fue Ricardo Darín, quien de nuevo repite en esta última, y que está, a falta de otra palabra mejor, espectacular.



Pero es que todos los actores, hasta el último del extenso reparto, están increíbles. Nunca vimos más guapa y fascinante a Soledad Villamil, y Guillermo Francella borda el precioso personaje sanchopancesco de Sandoval, tan importante en esta historia de perdedores cuyo pasado sentimental quedó unido para siempre con el profesional, y cuyas heridas nunca caducan sino que supuran fantasmas imposibles de redimir si no es con una investigación policial interminable y angustiosa.
De modo que se trenzan, de manera magistral, una historia romántica y una historia criminal, que se alimentan y se repudian mutuamente, y el director se mueve entre ambos tonos como pez en el agua, sin perder jamás el control de la historia, capaz de armar la atmósfera precisa a cada momento, y dando muestras de un nervio narrativo inusitado. Los que ya la hayan visto recordarán un plano secuencia (lógicamente trucado, pero no por ello menos meritorio), que tiene lugar en un estadio de fútbol, que será el decorado de una persecución memorable. Pero es la excepción, porque despliega una elegancia y una contención que no aspiran a impresionar al espectador, sino a conmoverle.

Hay secuencias truculentas, otras muy tensas. Pero en ninguna de ellas Campanella se entrega a lo morboso ni a lo efectista, sino que persigue solamente la verdad y la emoción más primaria, más noble. Este cineasta se convierte, de manera incontestable, en un maestro del melodrama y del cine negro, de la ironía y de la convocatoria más sincera a las lágrimas que dentro de una sala de cine nos liberan del propio pasado, de los propios fantasmas, pues nos coloca un espejo, hermoso y libre, en el que desahogarnos y sentirnos vivos de nuevo.



'El secreto de sus ojos', el Amor

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Dicen que las más grandes historias hablan sobre el amor. Durante siglos y siglos, poetas, pintores, escritores, cineastas y demás artistas, han intentado representar dicho sentimiento, en un vano deseo de encerrarlo en expresiones. Si hacemos un repaso a la historia del cine, vemos que infinidad de películas —la inmensa mayoría— cuentan en su columna vertebral con el amor como principal motor de sus relatos. Y si no centramos únicamente en aquellas que lo han tratado de frente, la lista puede ser de lo más variopinta. Juan José Campanella ya nos había ofrecido alguna historia en la que el amor cobra vital importancia; tanto ‘La hija de la novia’ —la película que le hizo famoso—, como ‘El mismo año, la misma lluvia’ —estrenada en nuestro país a raíz del éxito de la antes mencionada—, o ‘Luna de Avellaneda’, contenían en sus tramas aproximaciones al tema de las relaciones amorosas.
Ahora, Campanella —que también ha logrado ganarse cierto prestigio como director de series de televisión americanas—, va más lejos con ‘El secreto de sus ojos’, sin duda alguna, una de las mejores películas que se han estrenado en este 2009. Con la apariencia de un thriller, excelentemente construido y narrado, el director se adentra en los recovecos de lo único que realmente merece la pena en este mundo: el amor.




‘El secreto de sus ojos’ narra la historia de Benjamín Espósito, quien acaba de jubilarse después de haber pasado prácticamente toda su vida profesional como empleado de un Juzgado Penal. Ahora, para matar el tiempo libre que tiene, decide escribir un libro en el que narrará una experiencia vital de su pasado. En el año 1974, el juzgado en el que trabajaba es encargado de investigar un caso de violación y asesinato, en el que Espósito se vio envuelto de forma muy directa, al llegar a conocer al marido de la asesinada, y conmocionarse por la capacidad de amarla que tenía éste, y al que ayudará en todo lo posible para encontrar al asesino.
Un argumento de thriller, en el más puro estilo clásico, en el que Campanella apuesta fuerte yendo más allá, narrando una de esas historias atemporales en la que la mirada del cineasta, apoyada en las miradas de sus personajes, desviste a los mismos en un relato, que con gran sutileza, y amor por lo que narra, respira verdad por cada minuto de su metraje. Como ya había hecho con anterioridad, el director argentino, hace explotar con enorme sencillez —que no simpleza— emocionalmente al espectador, en un duro e inolvidable viaje, en el que la verdadera historia se halla tras los ojos de los personajes que componen la película. Ojos tras los cuales se ocultan secretos, pero que no pueden mentir. Amores secretos y reprimidos, amores incondicionales, amores destructivos, amores muertos, son los mostrados por los ojos que en el film se cruzan miradas de verdad, motivaciones de todo lo hecho por los personajes.
Campanella siempre coloca su mirada a la altura de la de sus protagonistas, a los que trata con mimo y delicadeza. Su puesta en escena, de latente sobriedad, a veces apoya emocionalmente lo narrado. En cierto momento clave del film, una de las incógnitas al misterio de encontrar un asesino, es revelada mediante una emocionante definición sobre la pasión —palabra ligada al amor sin ningún tipo de duda—, en la que Campanella alza la cámara, para en el siguiente cambio de plano, bajarla desde lo más alto en un impresionante travelling, seguido de un falso —pero muy eficaz— plano secuencia que funciona como catarsis emocional. Grandilocuencia que se da la mano con la sencillez más pasmosa, que muestra la envidiable capacidad de Campanella para narrar, llegando a una elegancia que hacía tiempo no se veía en una pantalla de cine.




Puede que ‘El secreto de sus ojos’ resulte un poco larga, cayendo un poco en el subrayado en su parte final, pero incluso eso puede tomarse como algo bueno. Campanella está enamorado de los personajes, como si no quisiera soltarlos, y en un bloque final lleno de revelaciones, el director se la juega poniendo sobre la mesa mucho más de lo esperado. Con una sola secuencia —la sorpresa argumental del film, pelín previsible— Campanella derrumba sin prejuicios todas nuestras creencias sobre la justicia y la venganza, y enfrenta las distintas consecuencias que un amor sentido durante mucho tiempo puede provocar. Los secretos salen a la luz, algunos son horribles, y otros simplemente no van a ser fáciles, y en una maravillosa escena final, Campanella cierra la puerta tras el personaje central, para hacer íntimo por fin lo que todos ya sabíamos.
Ricardo Darín, Soledad Villamil, Pablo Rago, Javier Godino y Guillermo Francella, en verdadero estado de gracia, logran a lo que todo intérprete aspira, que veamos un personaje y no un actor. Todos a merced del amor, la verdadera motivación de cada uno de sus actos, y Campanella jugueteando con ellos, demostrando que dicho sentimiento puede producir al mismo tiempo algo bello y horrible. Dentro de muchos años, nadie recordará films muy taquilleros de este año, pero cuando se haga un repaso a la presente década, ‘El secreto de sus ojos’ se alzará como uno de los títulos más importantes de nuestros días, como la magistral película que es.


Extraído de Blog de cine.

Nuestras estrellas: Elsa Daniel (1938-2017).

Elsa Nilda Gómez Scapatti,​ conocida como Elsa Daniel (San Lorenzo28 de septiembre de 1938-Buenos Aires25 de junio de 2017),​ fue una actriz argentina de cinetelevisiónradio y teatro de notable trayectoria entre mediados de los años 1950 y comienzos de la década de 1970.


Trayectoria

Una de las más notorias jóvenes actrices del «nuevo cine argentino» de la década entre 1955 y 1965, fue elegida Miss Sonrisa Colgate en un concurso de la época, donde fue descubierta por el productor Salvador Salías. Comenzó a filmar en la película El abuelo, realizando más de treinta apariciones en filmes entre 1954 y 1987.
Conquistó el estrellato como ingenua en filmes de Leopoldo Torre Nilsson como La casa del ángel, La caída y La mano en la trampa. Fue la musa de Torre Nilsson y de su mujer —la guionista y escritora Beatriz Guido— antes de la irrupción de Graciela Borges.
También trabajó en El romance del Aniceto y la Francisca de Leonardo Favio.
Estuvo casada por corto tiempo con el director de cine Rodolfo Kuhn, quien la dirigió en dos de sus películas y con quien tuvo a su hija Roberta Kuhn.​ En 1987 tuvo un romance con José Wilker.
Sus últimas actuaciones fueron en programas cómicos de televisión, donde se destacó con el personaje de La Pochi en la serie Matrimonios y algo más.
En 1980 sufrió un grave accidente automovilístico del que se salvó.
En 1987 se retiró de la actividad artística y se dedicó a organizar fiestas.​
En homenaje a su trayectoria, en 2003 le fue conferido el premio Cóndor de Plata.​ El actor Duilio Marzio le hizo entrega del premio José Podestá, otorgado por la Asociación Argentina de Actores.

Filmografía

  • El abuelo con Enrique Muiño y Mecha Ortiz, 1954
  • Vida nocturna de Leo Fleider (1955).
  • El juramento de Lagardere de León Klimovsky, 1955
  • Graciela de Leopoldo Torre Nilsson, 1956
  • La casa del ángel de Leopoldo Torre Nilsson con Lautaro Murúa, 1957
  • Isla brava de Mario Soffici, 1958
  • Un centavo de mujer de Román Viñoly Barreto, 1958
  • La caída de Leopoldo Torre Nilsson con Duilio Marzio y Lautaro Murúa, 1959
  • La mano en la trampa de Leopoldo Torre Nilsson con Francisco Rabal, Leonardo Favio y Maria Rosa Gallo, 1961
  • La novia de Ernesto Arancibia, 1961
  • Los inconstantes de Rodolfo Kühn con Gilda Lousek y Alberto Argibay, 1962
  • Las furias de Vlasta Lah con Olga Zubarry, Alba Mujica, Mecha Ortiz y Aída Luz.
  • La cigarra no es un bicho de Daniel Tinayre, 1964
  • Un momento muy largo (1964) dir. Piero Vivarelli
  • Cosquín, amor y folklore (1965) dir. Delfor María Beccaglia
  • Viaje de una noche de verano (1965) Varios directores.
  • El romance del Aniceto y la Francisca de Leonardo Favio con Federico Luppi y Maria Vaner, 1967
  • Ufa con el sexo de Rodolfo Kuhn con Héctor Pellegrini, Marilina Ross, Iris Marga y Nacha Guevara, 1968
  • Amor y un poco más de Derlis Beccaglia con Gilda Lousek y Olga Zubarry (inédita) (1968).
  • Psexoanálisis de Héctor Olivera con Norman Briski, Jorge Barreiro, Libertad Leblanc, 1968
  • La balada del regreso de Oscar Barney Finn con Ernesto Bianco, Maria Vaner y Adrián Ghio, 1974
  • Los chantas de José Martínez Suárez, 1975
  • Comandos azules de Emilio Vieyra, 1980
  • Buenos Aires Tango de Julio Saraceni y Jorge Briand, 1982




Televisión

  • 1961: Obras maestras Philco / Obras maestras policiales.
  • 1966/1967: Tres destinos (TV) de Maria Herminia Avellaneda con Graciela Borges, Rodolfo Bebán, Emilio Alfaro, Marcela López Rey y María Aurelia Bisutti.
  • 1967/1968: Su comedia favorita.
  • 1968: Elsa, Elsita, Elsona.
  • 1970/1977: Matrimonios y algo más (TV) de Hugo Moser.
  • 1977: Identidad.
  • 1973: Mi hijo Rasputín
  • 1978: Una promesa para todos.
  • 1980: María, María y María.

Teatro

  • 1982: María de los dos.
  • 1980: Hay un hombre en mi cama.
  • 1979: Mujeres.
  • 1974: 30-3o.






La vida después del éxito


Elsa Daniel y María Duval fueron distinguidas por sus trayectorias

Por Adolfo C. Martinez

María Duval y Elsa Daniel transitaron rutilantemente por la pantalla argentina en las décadas del cuarenta y del cincuenta. Ambas fueron las ingenuas de comedias blancas y las tensas protagonistas de dramas profundos, cosecharon lauros y ascendieron hasta la cúspide del éxito popular. Pero no sólo esto asocia a las dos actrices ya que ambas, y en la plenitud de sus medios expresivos, decidieron dejar sus aplaudidas carreras y desaparecer de la notoriedad.

Las dos, también, mantuvieron a distancia al periodismo y, en los últimos tiempos, sólo reaparecieron en algunos actos que reunían a aquellas entrañables figuras de la pantalla nacional.

Sus nombres, sin embargo, siempre estuvieron presentes en la memoria colectiva y de sus colegas de la Asociación Argentina de Actores quienes, en una cálida y reciente ceremonia, las distinguieron con el Premio Podestá a la Trayectoria Honoraria.

Tanto María Duval como Elsa Daniel procuran todavía hoy poner distancia entre ellas y los cronistas que desean lograr alguna entrevista. "Nosotras -dicen breve e incansablemente- ya no somos noticia", y con simpática firmeza eluden preguntas y esquivan a los fotógrafos. Sin embargo las dos pudieron ser unidas por LA NACION y, en diálogos que prometían brevedad por parte del cronista, se convirtieron en una larga y nostálgica charla por gentileza de las actrices que retornaron con cierta melancolía a un pasado de esplendor en la que ambas fueron rutilantes estrellas.

"Ser galardonada por la Asociación Argentina de Actores -dice María Duval- es para mí una emoción enorme. Y como ese premio se da a la trayectoria, la felicidad se multiplica y se acrecienta en una etapa de mi vida en que el mundo del espectáculo me parece tan lejano y tan bien guardado en el arcón de mis momentos más felices."

"No esperaba esta distinción -apunta Elsa Daniel-, ya que mi presente está muy alejado de aquellos años de actriz, de aquellos momentos en que todo era regocijo y felicidad... Que los actores todavía recuerden mi existencia ya es un sobrado premio.




-¿Qué motivo las impulsó a dejar sus carreras artísticas en pleno éxito?

María : -En mi caso yo dejé de actuar cuando me casé, hace ya treinta y tres años. La decisión me la impuse y no me la impuso mi marido... Necesitaba dedicarme a mi hogar y la actuación gasta muchas horas que yo puse a disposición de mi esposo, de mi casa y, después, al cuidado de mis hijos. No me arrepiento de haber dejado la carrera, y mucho menos si pienso en que la vida me premió con la enorme felicidad que logré hasta hoy.

Elsa : -Por mi parte, yo quise retirarme cuando el éxito todavía me sonreía y no esperar a que el tiempo me marcase con el olvido. No sé si hice bien o mal, pero ya no vale el arrepentimiento. Lo que ahora estoy viviendo a través de este premio Podestá y del recuerdo de mucha gente que todavía me conoce y reconoce mi trayectoria es lo que tengo en la actualidad. A ello debo sumarle el amor de mi hija Roberta, y con todo ello me acerco mucho a la felicidad.

"La memoria -dice María cuando decide repasar sus inicios en el cine- me lleva a mi adolescencia, cuando deseaba ser actriz de teatro y recitadora. Sin embargo, estos planes cambiaron cuando el crítico de cine Chas de Cruz convocó a un concurso para nuevas figuras que intervendrían en el film "Canción de cuna", de Gregorio Martínez Sierra. Corría el año 1941, me presenté, salí elegida, y "Canción de cuna" se convirtió en mi primera película. Mi emoción no tuvo límites cuando Catalina Bárcena, una de las grandes actrices de la época, me felicitó por mi trabajo... Desde aquel primer paso en el cine protagonicé veintiuna películas... Recuerdo que me llamaban la Diana Durbin argentina y hasta me comparaban con Mary Pickford por encarnar a jóvenes huerfanitas. ¡Qué tiempos inolvidables!"

"A principios de la década del cincuenta -rememora Elsa- fui elegida Miss Sonrisa y con este título y la gran ayuda del empresario Salvador Salías me transformé en una de las ingenuas que poblaban la pantalla nacional. Todo fue muy rápido y sorpresivo y desde "El abuelo", mi primera película, me dediqué a filmar esos temas tan de moda en el cine de aquellos años."

-¿Qué preponderancia tuvo su encuentro con Leopoldo Torre Nilsson?

-Una preponderancia total. En 1956 me convocó para el papel central de "Graciela", al que siguieron "La casa del ángel", "La caída", "La mano en la trampa". Con estas películas recorrimos el mundo, participamos en festivales y se fue edificando una nueva cinematografía nacional muy distinta a la ya instalada en el gusto del público.




-¿Es verdad que muchos periodistas europeos la comparaban con Ingrid Bergman?

-Exageración periodística -una tímida sonrisa esconde mucho de modestia-, pero algunos diarios de Europa me habían bautizado así, creo que imbuidos de la temática de mis personajes en las películas de Torre Nilsson.

- María, ¿cuáles fueron los últimos trabajos de su carrera?

-En 1944 actué en la obra teatral "No es cosa para chicos", junto a Osvaldo Miranda y Roberto Airaldi, y posteriormente rodé "Historia de una mala mujer", al que considero mi mejor film; "Cita en las estrellas" y "El extraño caso de la mujer asesinada". Después llegó mi casamiento y las luces y las sombras del cine y del teatro se transformaron en tranquilidad hogareña.

"Mis últimos trabajos tuvieron que ver con la televisión -dice Elsa-, y concretamente con el programa "Matrimonios y algo más", donde encarnaba a la Pochi, un personaje que duró mucho tiempo en la memoria del público. Posteriormente, y como en el caso de María, mi casa fue mi refugio y mi tranquilidad".

Y María Duval y Elsa Daniel se alejan del cronista con la cortesía de haber abierto sus corazones a secretos bien guardados. Sus rostros que transitaron tanto la pantalla de plata son, hoy, inolvidables símbolos de una cinematografía que perdurará por actrices que, como ellas, supieron brindarse con pasión y talento a las más entrañables criaturas de ficción.



Fuentes: https://es.wikipedia.org/wiki/Elsa_Daniel
http://www.lanacion.com.ar/556287-la-vida-despues-del-exito

jueves, 7 de diciembre de 2017

Viviendo el 32 Festival de cine de Mar del Plata.

El paraíso perdido

Álvaro Aponte Centeno presenta hoy su película en Competencia Internacional.

Los seres humanos somos un mar de exilios. ¿Cómo se retrata el dolor de aquello que dejamos atrás? ¿O por aquel lugar impávido que no nos da la bienvenida? Álvaro Aponte Centeno elige para su primer largometraje ese universo hostil que se despliega ante los ojos cansados de los recién llegados. Y lo hace en los hermosos paisajes de Puerto Rico, desplegando con gran maestría la sordidez de la crisis de la inmigración actual.

 



Es en el contraste que radica la potencia narrativa de El silencio del viento, que tendrá su premiere mundial en el Festival. Con planos de gran belleza visual y escenarios naturales paradisíacos, Centeno logra advertir tragedias individuales y grupales desde el mismo nervio del conflicto.


Las olas inmigratorias, el trabajo esclavo, la desorientación, el negocio ilegal de ocultar a los exiliados, las identidades que se pierden, se hilan a partir de un personaje adusto que contiene en sus silencios y en sus breves palabras la puesta en abismo del horror. El silencio del viento propone una discusión urgente sin artilugios ni medias tintas, y ahonda, a partir de un sólido guion, en las limitaciones culturales, idiomáticas e identitarias que desatan una gradación de violencia latente.


Agustina Salvado
 
Fuente: www.mardelplatafilmfest.com/es/noticia/el-paraiso-perdido/971
 

martes, 28 de noviembre de 2017

Viviendo el 32 Festival de cine de Mar del Plata.

«EL CINE ME SALVÓ LA VIDA»

En la sala Dauphine del Gran Hotel Provincial, el director francés cautivó el corazón de todo el público presente y analizó el rol del cine en su historia personal, su ética como realizador y sus 60 años de carrera. Con un auditorio repleto, Lelouch demostró por qué sigue siendo una de las leyendas del cine mundial y un maestro con muchísimas lecciones para enseñar.

Con una retrospectiva de tres títulos bajo el brazo, y un largometraje recién terminado -la maravillosa Chacun sa vie- el director Claude Lelouch arribó a la 32° Edición y brindó la primera de las Charlas con Maestros, del tradicional ciclo del Festival. Presentado por el periodista Pablo de Vita, la pasión y el talento de Lelouch se expresaron a lo largo de toda la conversación, que se inició con sus razones sobre su amor cinematográfico.

“El cine es la gran historia de mi vida”, expresó. “Mi madre me escondía en las salas de cine, escapando de la Gestapo. El cine me salvó la vida”, confesó a sus fanáticos y seguidores. El anhelo por querer iniciar sus experimentaciones artísticas lo hicieron enfrentar el fracaso en el mundo escolar. Lelouch estaba decidido, y su familia lo intuía. “Me escapaba de las clases para ir al cine. Mi padre dijo: 'Si fracasa, le compraré una cámara. A ver cómo le va con eso'. Hice todo lo posible para que me vaya mal”


Así fue que, después de un primer viaje decepcionante a Estados Unidos en busca de imágenes, terminó en la Unión Soviética sin dinero en los bolsillos, pero con la bendita cámara en la mano. Ese periplo lo llevó hasta las puertas de un estudio de filmación donde el soviético Mijail Kalatozov rodaba Pasaron las grullas, que se convirtió en su película de formación. Y su vida cambiaría para siempre.

Amante de la verdad y de la improvisación, Lelouch alentó a las jóvenes generaciones a actuar con libertad, ya que es allí “donde radica el perfume de la verdad”. Los sucesos del Mayo Francés modificaron su modo de ver y pensar el cine, y fue así que se permitió otros modos de encarar el trabajo de puesta en escena. “Yo no sabía cómo iba a terminar Un hombre y una mujer, lo fui sabiendo cuando la filmaba. Así es la vida, ese es el actor invisible”, comentó. Y, en honor a su metodología de lo espontáneo, agregó: “El azar es la persona que me ha dado los mejores consejos. Me condujo por esos lugares donde mi inteligencia tenía miedo de ir”.

Con 60 años de carrera y más de 47 películas en su haber, Lelouch es una marca indeleble en el cine francés. Su presencia en esta edición fue festejada por un público cautivado no sólo por su pura cinefilia sino por su calidez y su honestidad. Sus recuerdos sobre su primer premio en la historia de su vida -para Una chica y los fusiles, obtenido, ni más ni menos, que en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en 1965- cargaron de emoción a todos los presentes. “Yo era un director joven, desconocido, tenía 25 años. 50 años más tarde, aquí me tienen de nuevo, para recordar ese premio que me hizo tan feliz”.
Ezequiel Vega



Fuente: Newsletter del 32 Festival Internacional de cine de Mar del Plata.

James Dean y su mítico Porsche.


El mito del Porsche 550 Spyder de James Dean: por qué es famoso el Little Bastard
James Dean murió al volante de su Porsche en un accidente callejero; el Pequeño Bastardo, como lo llamaba el actor, cobró fama por acarrear ésa y otras desgracias posteriores. ¿Estaba maldito o todo fue una fábula?

Por Pablo Vignone





Dos décadas antes de ser investido por George Lucas con la sabiduría de Obi-Wan Kenobi en Star Wars, Sir Alec Guinness ya demostraba que la Fuerza estaba con él dándole dotes de visionario. "Este auto parece siniestro; me temo que si lo conduces vas a estar muerto en una semana", exclamó el actor británico al observar el reluciente Porsche 550 Spyder que más tarde sería bautizado como el Pequeño bastardo. El destinatario de la profecía era un joven colega, propietario de la máquina, a la que pretendía acelerar hasta las 150 millas por hora. El episodio ocurrió en la puerta del restaurante Villa Capri, en Hollywood.

Seis días más tarde, el 30 de septiembre de 1955, el Porsche era una retorcida masa de acero y su temerario dueño estaba muerto.
Ya es una cursilería afirmar que el joven James Byron Dean (1931, Marion, Indiana) murió tan rápido como vivió. Solo dejó tres películas (Al este del paraíso, Gigante y Rebelde sin causa) y sólo corrió tres carreras, entre marzo y mayo de ese año. Iba camino a disputar la cuarta cuando sufrió el accidente en el que perdió la vida. La historia de ese vehículo sigue sumergida en la controversia.

El Porsche 550 Spyder gris, chasis N° 0055, motor de 4 cilindros y 110 HP N° 90-059, caja de velocidades de 4 marchas N° 10-046, había sido entregado al agente de la marca en California, Johnny Von Neumann, en julio de 1955. Y no era el auto que Dean pretendía para seguir su carrera.
El actor había conducido su Porsche Speedster de 1500 cc en Palm Springs (ganó una serie a 6 vueltas y fue 3° en la final), en Bakersfield (3° en la serie, 9° en la final) y en Santa Bárbara (abandonó por problemas con un pistón). Dejó de competir por un tiempo por decisión de la Warner Brothers, que lo tenía contratado, mientras filmaba sus últimas dos películas. Pero quería algo más potente para su reaparición en las carreras de autos sport para aspirantes a pilotos profesionales, que eran furor en los aeródromos de California. El coche ideal para ese sueño no era un Porsche, sino un Lotus.

El Lotus IX, producido en Hornsey, al norte de Londres, por la incipiente compañía de Anthony Colin Bruce Chapman -quien manejó uno de ellos en las trágicas 24 Horas de Le Mans de 1955- era sumamente exitoso en las carreras del Sports Car Club of America (SCCA), de manera que Dean encargó uno al importador, Jay Chamberlain.

Pero Chapman ya había comenzado a producir el Lotus X, del que solo se fabricaron 6 ejemplares, y fue uno de ellos el que compró el actor, sin motor ni caja, porque planeaba colocarle un impulsor Offenhauser y una caja MG. Pero, la llegada del coche inglés a California, prevista para junio, se demoró para septiembre, de manera que Dean cambió sus planes y adquirió el 550 Spyder.
Una versión asegura que el envío desde Inglaterra arribó después del accidente mortal; otra, que llegó antes, pero que no había tiempo de colocarle motor y caja para competir. El Lotus pasó de mano en mano, corrió entre 1956 y 1962, y volvió al Reino Unido en 1979. Su actual propietario, Peter Morley, lo hizo restaurar por el especialista Mike Brotherwood: este año lo completará con un motor Offenhauser y una caja MG como quería Dean. Los Lotus X cuestan hoy unos 250 mil euros; este ejemplar podría alcanzar el millón.

El Little Bastard

Dean entregó su Porsche 356A cotidiano como parte de pago del 550 Spyder, que recibió el 21 de septiembre. Lo bautizó Little Bastard, que era como a él lo apodaba su amigo Bill Hickman, un famoso doble de Hollywood (dobló a Steve McQueen en las fascinantes persecuciones automovilísticas del film Bullit en 1968) y se anotó en la carrera del 1° de octubre en el aeropuerto de Salinas. Había elegido el número 130 para competir.
Su nuevo dueño planeaba transportarlo a la carrera a bordo de un tráiler remolcado con una rural Ford, pero al cabo eligió ir ablandándolo desde Los Ángeles hasta Salinas, acompañado por su mecánico, Rolf Wütherich, alemán como Von Neumann. Wütherich trabajaba para Porsche desde 1950 y la firma lo había enviado a asistir al concesionario californiano. Hickman viajaba detrás conduciendo la rural con el tráiler vacío.

El accidente se produjo el 30 de septiembre a las 17.45, en el desolado cruce de las carreteras 466 y 41, cerca del pueblito de Cholame, cuando el plateado Porsche, bañado por los rayos del sol poniente, se volvió invisible. "Nunca lo ví venir; sólo lo ví cuando ya era demasiado tarde", declaró Donald Turnupseed, el conductor del Ford Custom Tudor modelo 1950 que lo embistió en la trompa. El Porsche nunca frenó: se calculó que viajaba a 90 mph (casi 145 km/h), aunque un documental del Channel 5 inglés de 2005 argumentó que la velocidad en el momento del impacto era de 70 mph (unos 112 km/h); el Ford frenó a lo largo de los últimos 30 metros antes de la colisión.

"Destinos fatales Aunque no estaban vinculados de manera alguna al 550 Spyder, no deja de ser curioso que los coprotagonistas de Dean en Rebelde sin causa, que terminó de filmarse justo antes del accidente"
Dean murió a bordo de la ambulancia que lo trasladaba a un hospital, con el cuello roto y severas contusiones en el pecho, consecuencia del impacto con el volante. Tenía 24 años. Su mecánico fue arrojado del auto y acabó con tremendas heridas en el rostro, que durante meses le impidieron hablar. Salvó su pie izquierdo de la amputación gracias a la gestión de Von Neumann, quien lo trasladó a una clínica en Los Ángeles para que lo atendiera un especialista alemán.

No contó su versión del accidente sino hasta muchos años más tarde, para Christophorus, el house-organ de Porsche: "Jimmy no estaba manejando especialmente rápido, al motor había que ablandarlo, el velocímetro oscilaba entre 60 y 100 mph. Yo me sentía muy seguro con él", relató. Turnupseed resultó ileso.
La muerte de Dean conmocionó a la industria del cine; el estreno de Rebelde sin causa, a fines de octubre de 1955, convirtió a su desaparecido protagonista en un ícono americano, eternamente joven. También perdura la historia de los restos del 550 Spyder, el Pequeño Bastardo: según la leyenda, todo aquel que tomaba contacto con ellos era alcanzado por la desgracia. Sin embargo, eso también forma parte del mito.

Verdad o consecuencia

La fábula sobre la maldición se originó en un libro de 1974, Cars of stars (Los autos de las estrellas) publicado por el carrocero californiano George Barris, creador del fantástico Batimóvil de la serie Batman de 1966. En el libro asegura haber comprado los restos del auto siniestrado por US$ 2500 y consigna la siguiente cadena de infortunios:

Al descargarlos en el taller de Barris, los restos cayeron sobre un operario que los maniobraba para bajarlos del tráiler y le quebraron las dos piernas.

Barris vendió piezas de suspensión al doctor Troy McHenry, quien las montó sobre su propio auto. En una carrera en Pomona, en octubre de 1956, McHenry se salió de la pista y chocó contra un árbol. Murió a causa de las heridas.

Un cirujano de Burbank, Williams Eschrich, compró el motor (N° 90-059) y el diferencial, los puso en su Lotus IX, fue a competir a esa misma carrera de Pomona y sufrió un accidente que le provocó heridas graves y acabó con su carrera deportiva.

Un joven que quiso robar el volante del 550 Spyder en el taller de Barris, resbaló y se abrió un brazo con una punta de metal de los restos.

Barris vendió dos de las gomas a un cliente del taller, que las colocó en su automóvil. Una semana más tarde, las dos cubiertas estallaron simultáneamente generando una nueva colisión.

Alarmado por la sucesión de acontecimientos negativos, Barris donó los restos a los CHiPs, la patrulla de caminos de California, para que fueran usados en programas de concientización sobre seguridad vial. La chatarra quedó en custodia en un almacén en Fresno que, como parece no podía ser de otra forma, se prendió fuego. Se quemaron muchos coches, pero los restos del auto no sufrieron grandes daños. Los CHiPs los devolvieron con consecuencias funestas.

Eran transportados en una plancha de regreso al taller cuando, tras un choque, el chofer fue despedido y lo que quedaba del Pequeño Bastardo cayó sobre el infortunado poseedor y lo mató.

En 1960, los restos fueron llevados a una exhibición a Miami, pero acabaron siendo robados del tren en el que regresaban a California.

Hasta aquí, las versiones de Barris. Pero fue Eschrich quien realmente compró los restos. Usó el motor para su Lotus (al que rebautizó como Potus) y en esa carrera de Pomona sólo se despistó cuando era perseguido por Ritchie Ginther (luego piloto de Ferrari y Honda en F 1), sin herirse, aunque con el auto roto ya no volvió a competir.

Fue Eschrich quien cedió piezas de suspensión a McHenry. El auto siniestrado en Pomona, por problemas en la dirección, fue luego adquirido por Barris, quien lo presentó más tarde como el 550 de Dean, tras agregarle las únicas piezas originales que había conseguido: la cubierta trasera del coche y la puerta del pasajero. Esa versión falsa fue la que desapareció en 1960 de regreso a California.
Donald Turnupseed murió de cáncer en 1995. Sobrellevó durante 40 años la carga del accidente, en el que no había tenido oficialmente responsabilidad alguna, sin hablar del caso por miedo a la venganza de un alterado admirador de Dean.

"Un pura sangre de carrera. Producido en Zuffenhausen, el suburbio de Stuttgart donde Porsche fabricaba sus autos desde 1949, el 550 Spyder costaba 6800 dólares en 1955 y era un auténtico pura sangre"
Wütherich jamás se recuperó del accidente. Tras un año internado, retornó a Alemania en 1959, inestable y deprimido. Se hizo navegante de rallies (fue 2° en el de Montecarlo de 1965 con Eugen Bohringer) pero se enemistaba a menudo con sus superiores en Porsche. Sus cuatro matrimonios fallaron, el último de forma dramática tras acuchillar a su mujer. Acabó en un psiquiátrico. Dejó Porsche en 1968 y se mató al volante de un Honda Civic tras estrellarse a alta velocidad contra una pared, en 1981, a 26 años del accidente en Cholame. No se había colocado el cinturón de seguridad.

¿Y qué hay de la chatarra del Pequeño Bastardo? En 2005, a 60 años del accidente, el Museo del Automóvil de Volo (Illinois) ofreció una recompensa de un millón de dólares por los restos, a condición de que una inspección de Barris los declarase auténticos. Al poco tiempo, recibieron una misteriosa llamada de un hombre que dijo que a los 6 años había visto cómo su padre y otros hombres depositaban la chatarra detrás de una pared falsa en un edificio del condado de Whatcom, en el estado de Washington. Pero se negó a dar más pistas hasta firmar un acuerdo por la recompensa y nunca más se supo del tema.
Lo cierto es que el motor del 550 Spyder continúa en poder de Tyler Eschrich, el hijo del doctor, en California; Barris aseguró haber restaurado la puerta del pasajero; murió en 2015. Pero la mayor parte de los restos del auto fueron entregados por Eschrich a un desarmadero en San Fernando, otro suburbio de Los Ángeles, de donde Barris recuperó las dos piezas originales. Fue ahí que se esfumaron. Sin echar maldición alguna.


Fuente: www.lanacion.com.ar/2029866-el-mito-del-porsche-550-spyder-de-james-dean-por-que-es-famoso-el-little-bastard