Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 5 de agosto de 2007

Michelángelo Antonioni: El hombre que sabía mirar


Por Diego Lerer
Parece increíble, pero es real. Menos de 24 horas después de la muerte de uno de los más grandes cineastas de la historia, Ingmar Bergman, falleció otro realizador tan extraordinario y legendario como el sueco: el italiano Michelangelo Antonioni. El cineasta murió el mismo día que Bergman, pero a la noche, tras un paro cardíaco (en 1985 sufrió una embolia que le paralizó parte del cuerpo y le impedía hablar). Tenía 94 años y su esposa, Enrica Fico, estaba a su lado. No tenía hijos.
Con películas inolvidables como La aventura, El eclipse, Blow Up y El pasajero en una carrera no demasiado prolífica, el realizador fue el prototipo del cineasta moderno, utilizando los recursos cinematográficos de una manera inconfundible para pintar un mundo de seres desconectados, para hablar de la soledad, la angustia y la alienación. Su estilo -austero, seco, alejado de las formas narrativas clásicas- ha creado una escuela, que se ve tanto en el cine asiático como en el llamado Nuevo Cine Argentino.
Antonioni nació el 29 de setiembre de 1912 en Ferrara. Tras graduarse en Ciencias Económicas en la Universidad de Bologna empezó a trabajar como crítico de cine en el periódico de su pueblo natal. En 1940 empezó sus estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografia y dos años después ya escribía un guión junto a Roberto Rossellini. Pocos meses después iría a Francia a trabajar como asistente de Marcel Carné.
En los años 40 realizó una decena de cortos (entre los que se destaca el documental Gente del Po) antes de debutar en el largometraje con Crónica de un amor, de 1950. Con un tono cercano al policial, Antonioni cuenta aquí la historia de una mujer que engaña a su marido, quien contrata a un detective para investigarla. Si bien el filme posee algunos rasgos estilísticos y narrativos que luego serían inconfundibles -el tema de la investigación de la vida de la clase alta, narraciones fracturadas-, pasarán unos años para que el cineasta termine de romper con las convenciones del neorrealismo.
Las amigas (1955) y, especialmente, El grito (1957) irían perfeccionando ese estilo que explotaría en La aventura (1960), esa hoy incuestionable obra maestra que dejó pasmados a los espectadores en Cannes. En El grito la historia de un trabajador de una fábrica se va armando de a retazos, a partir de su separación matrimonial, su fuga y su malogrado retorno al hogar. Si bien aquí lo personal tenía un contrapeso en lo social y político, Antonioni va destilando su forma: la manera de filmar los paisajes desérticos y semivacíos, la preferencia por las composiciones casi pictóricas y la desdramatización de las situaciones y actuaciones.
La aventura lo convierte en un autor reconocido mundialmente. A partir de la historia de una mujer que desaparece en una isla en medio de un viaje en barco, el filme propone una búsqueda más metafísica que policial, en la que se embarca Sandro (Gabriele Ferzetti), su pareja. Esa búsqueda lo unirá a Claudia (Monica Vitti), con la que -pasado el tiempo de infructuosa tarea- iniciará una relación. Pero más allá de lo argumental, lo que sorprendió en el filme en aquel momento (los espectadores, en Cannes, pedían "corte" y se reían en medio de las tomas) fue el tratamiento que Antonioni hacía del tiempo y el espacio cinematográficos, con escenas que duraban más de lo usual y que se detenían en detalles tanto arquitectónicos como de comportamiento.
Es aquí donde empieza a hablarse de Antonioni como un cineasta de la alienación, un retratista de esa enfermedad contemporánea en un mundo en el que las conexiones entre las personas resultan imposibles de concretar. Un par de años después de los abucheos en Cannes, La aventura era elegida como una de las mejores películas de la historia en la ya clásica encuesta de la revista Sight & Sound. Es una de las películas fundacionales de lo que por entonces se llamó "cine moderno".
En La noche (1961) y El eclipse (1962), Antonioni llevaría a extremos aún mayores su investigación en el lenguaje del cine, radicalizando sus propuestas pese a contar con elencos de estrellas como Marcello Mastroianni, Jeanne Moreau y Alain Delon. El filme se centra en unas pocas pero fuertes horas de una pareja en crisis. El es un escritor que presta poca atención a su esposa. A lo largo de una fiesta en la casa de un millonario, ambos descubren inesperadas cosas acerca del otro. La película —Oso de oro en Berlín—, plantea una idea similar a la del anterior filme: retratar la crisis de pareja en un mundo burgués frívolo y vacío. Visualmente, el italiano mantiene su preferencia por filmar modernas estructuras arquitectónicas, impersonales tótems que le sirven de potentes símbolos para sus temáticas preferidas.
El eclipse —premio del jurado en Cannes— cierra esa trilogía sobre la alienación. Aquí, Vittoria (Vitti) deja a su novio por motivos que no sabe explicar. Luego conoce a un agente de bolsa (Delon), con quien inicia una extraña y silenciosa relación. El final abierto —siete minutos de tomas de escenarios vacíos, edificios en construcción y lugares vistos antes, pero sin la aparición de los protagonistas— es considerado uno de los más radicales de la historia.
El desierto rojo mantiene similar temática y protagonista, pero aquí lo primero que llama la atención es la aparición del color. El director no teme pintar escenarios, construcciones y hasta paisajes para darles la tonalidad que desea. El filme transcurre en una zona industrial y su protagonista (Vitti) es una mujer que tiene problemas mentales y se siente alejada de lo que le sucede a su alrededor, incluyendo su marido e hijo. La relación que inicia con un amigo (Richard Harris) tampoco la ayuda a superar esa crisis.
Un contrato que firma con Carlo Ponti lo condiciona a hacer películas en inglés. De ese trío surgen dos grandes obras, Blow Up (1966) y El pasajero (1975) y una fallida experiencia californiana, Zabriskie Point (1970). El primer filme transcurre en pleno Swinging London y, tomando como base el cuento de Julio Cortázar Las babas del diablo, se centra en un fotógrafo de modas que cree descubrir que ha fotografiado, sin darse cuenta, un asesinato. El hombre se obsesiona con el tema buscando detalles en sus fotos y encontrando cada vez más misterios a su alrededor. Un éxito de público y crítica —él fue nominado al Oscar como director y coguionista—, Blow Up es la película más conocida y accesible del director.
En Zabriskie Point, Antonioni quiere ofrecer su mirada sobre la cultura hippie, pero se queda a mitad de camino del fenómeno. De cualquier manera, muchas escenas son pequeñas piezas de arquitectura visual que sólo un cineasta con su ojo podría filmar.
Ese mismo ojo, pero con una mejor historia y una gran actuación de Jack Nicholson, es el que transformó a El pasajero en su última obra maestra. El filme cuenta la historia de un reportero gráfico que toma la identidad de una persona que muere a su lado en un hotel y decide hacerse pasar por él para escapar. De vuelta, pese a la trama con ribetes detectivescos, lo que le interesa es adentrarse en el vacío existencial de este hombre y en su infructuosa búsqueda de identidad. Largos planos secuencia, como el que cierra el filme, quedaron en la historia.
Sus dos últimos filmes (sin contar los fracasados intentos de hacerlo regresar en Más allá de las nubes y el corto de Eros) fueron El misterio de Oberwald (1978) e Identificación de una mujer (1982), parcialmente logrados intentos de volver a sus temáticas.
Antonioni fue un realizador diferente a casi todos. Incomprendido en un principio, hoy es considerado un maestro con una gran cantidad de discípulos que intentan continuar sus exploraciones. Antonioni usó al cine como una herramienta para investigar, contar y trasladar al espectador el mundo tal como él lo veía. Fue un hombre con una visión precisa y preclara, ambiciosa pero controlada, rigurosa pero abierta a investigar en los misterios más inexpugnables. Esos que no se filman, que no se dicen, que no se explican. Esos que, aún hoy, siguen sin entenderse.

El recuerdo de sus colegas
La muerte del cineasta Michelangelo Antonioni despertó dolor en el mundo del cine, la cultura y la política. Estas son algunas de las repercusiones:

Martin Scorsese: "No sólo fue uno de los más grandes cineastas de la historia, sino uno de los mayores artistas del siglo XX".

Paolo Taviani: "La grandeza del cine italiano estaba en su variedad de géneros y estilos. Convivían Risi y Fellini, Antonioni y Visconti. Y todos contribuían a hacerlo grande. La obra de Antonioni se convirtió, ahora, en la más imitada del mundo, especialmente en Oriente. Si ves un filme asiático pensás: 'Parece Antonioni'. Lo he amado, estudiado y siempre lo he considerado inasible".

Dino Risi: "Si bien no estábamos hechos el uno para el otro, porque teníamos muchas diferencias, con Antonioni se va un monumento del cine. No era fanático suyo, pero algunas películas me gustaron mucho. Especialmente Blow Up".

Por Diego Lerer
Fuente: diario "Clarín"
Más información: www.clarin.com

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