Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Cines de barrio


Sobre cines, templos y participación ciudadana

Por Aldo Barberis Rusca
Yo he nacido en al barrio de Caballito y he pasado toda mi infancia y mi adolescencia en sus calles. El barrio, a pesar de su abigarrada edificación, tuvo puntos referenciales muy fuertes: el parque Rivadavia, con su enorme monumento a Bolívar y el ombú que nos servía de caballo y hamaca a los pibes, el baldío ferroviario de la calle Neuquen donde estaba la cancha de fútbol más grande de la zona, las galerías de Rivadavia y José María Moreno.

Pero sin duda, el lugar que mejor recuerdo es el cine Moreno, que estaba en Rivadavia al 5000, a media cuadra de mi casa.

Ahí vi casi todas las películas de Disney, las de guerra, algunos dramones y muchos dibujitos animados. El boletero era un señor gordísimo que atendía detrás de una ventanilla diminuta y que, por no haberlo visto jamás fuera de ella, se me antojaba que estaba siempre ahí y que no podía salir por la puertita.

El cine Moreno era el típico cine continuado en el que daban tres películas y donde uno entraba en cualquier momento. Ahí iba yo a pasar las largas tardes de las vacaciones de invierno sabiendo que en algún momento el acomodador (que siempre tuvo la misma chaqueta beige con botones metálicos) me traía el paquetito con los "sánguches" que le acercaba mi vieja.

Los jueves a la tardecita llegaba "la combinación", una vieja moto Norton con los rollos atados al tanque de nafta que venían del Cuyo o del Roca y se llevaba otros al Fénix o al Gran Rivadavia. Ahí estábamos mi amigo Osvaldo y yo haciéndonos los giles, mirando el programa y las fotos, porque cuando la Norton llegaba el acomodador nos decía "pibes, si me suben las latas los dejo entrar". Y allá íbamos los dos cargando los rollos hasta la sala de proyección para luego ver la función sentados en el súper pullman, solos, ya que solamente se habilitaba al publico cuando había alguna película importante, sintiéndonos elegidos entre todos los chicos del barrio porque únicamente nosotros dos conocíamos la cara de proyectorista.

El cine de barrio era por ese entonces el entretenimiento popular por definición; al que todos lo pibes, y también de los grandes, teníamos acceso. Era barato, era seguro, y era, por sobre toda las cosas, divertido.

Hoy las cosas han cambiado, los musculosos de las películas de gladiadores ya no habitan las pantallas, los cines ya no tienen los avisos de los comercios del barrio cosidos al telón del escenario y, sobre todo, ya no existen los cines. Al menos no "aquellos" cines populares.

Los otros días pase por la cuadra de cine Moreno, en su lugar hay un par de salas chicas donde pasan los mismos estrenos que en todos los demás y enfrente, justo enfrente, donde estaba el garage Yankee y la librería Fiorentino, en la que pasaba horas eligiendo Bradburys, Asimovs y Hesses, están construyendo un mega complejo de salas con sonido dolby stereo y pochoclo, que ahora es Pop Corn.

Después de casi tres mil caracteres ésta podría ser otra nota nostálgica acerca de una edad de oro que nunca existió. Nada mas lejos de mi intención.

Quienes añoran los cines de barrio son los mismos que hacen encendidos discursos a favor de los almacenes y los comercios chicos, pero compran en Carrefour.

Hoy queremos cines más cómodos, con mejor sonido, pantallas y proyectores, más modernos y con más flexibilidad de horarios. Tal vez lamentemos no poder ver a José Cibrián haciendo de Jesús en una pasión netamente franquista para la Semana Santa, ni tener el placer de escuchar a Gardel en cada 24 de junio. Pero estoy seguro que, de tener la oportunidad de hacerlo, tampoco lo haríamos.

Lo que si es lamentable, es que esos viejos cines se hayan convertido en garajes o templos seudo evangélicos.

Los cines de barrio conservan su poder simbólico como punto de reconocimiento de los miembros de la comunidad barrial y sería una buena medida su recuperación y transformación en generadores de cultura.

Algo de esto está pasando; Mataderos y Parque Avellaneda ya han recuperado sus cines emblemáticos. Villa Urquiza está en proceso de recuperación del 25 de Mayo, un pequeño Teatro Colón que es una verdadera joya arquitectónica cargada de historia y de historias.

Villa Pueyredón tiene, entre otras particularidades, su cine de barrio en Villa Devoto. De hecho el Aconcagua se encuentra, según el catastro, en el barrio vecino aunque la zona sea una especie de tierra de nadie olvidada por unos y otros.

Para quienes tenemos alguna relación con la cultura, para los que creemos que es necesario generar ámbitos de expresión, ver el viejo Cine Aconcagua convertido en templo de una sospechosa iglesia evangélica, nos suena a sacrilegio o, al menos, a desperdicio.

Lo que es indudable es que en todos los casos de cines recuperados, la iniciativa vecinal detonó la respuesta municipal. Los vecinos de Villa Pueyrredón deberíamos pensar por que no tenemos en nuestro barrio ningún centro cultural público y ni siquiera exista inquietud alguna por tenerlo.

La vida de un barrio es su vida cultural y comercial; y resulta evidente que el nuestro no cuenta con una ni con la otra. Esto se hace penosamente evidente al enterarnos que Villa Pueyredón es el barrio más envejecido de la ciudad y, según algunos censos, el único que bajó su cantidad de población.

Sin cines, sin clubes, sin centros comerciales, con muy pocos espacios verdes y, sobre todo, con vecinos muy poco dispuestos a participar o a movilizarse para conseguir que nuestro barrio sea un lugar atractivo para vivir, mas allá de la "tranquilidad" de sus calles, cada vez la decadencia de Villa Pueyredón será mas notoria.

Los políticos no nos toman en cuenta por ser demasiado pocos a la hora de las elecciones, nuestras propiedades se deprecian por estar en una zona con mal servicio de transporte, la gente joven con hijos no viene por no tener colegios secundarios donde mandarlos ni tener una oferta de entretenimiento que permita que no tengan que viajar de noche en busca de diversión.

Es ahora, en vísperas de elecciones, cuando debemos empezar a presionar a los candidatos para obtener alguna respuesta. Pero para eso debemos estar seguros de lo que queremos.

El tema del cine solo es una excusa que pretende que los vecinos mas viejos, no por edad sino por permanencia, recuerden que alguna vez han visto a Gary Cooper esperar un tren maldito que llegaría indefectiblemente a la una del mediodía, "A la Hora señalada", y reflexionen acerca de la época en que podían ir a cine, en que los clubes estaban al servicio de la gente y no de los dirigentes; que a su vez están al servicio de los políticos.

Hoy, el Aconcagua podría ser mucho mas que un cine. En ese ámbito se podría crear un completísimo centro cultural donde los vecinos desarrollen sus gustos artísticos y la memoria del barrio recupere los viejos lugares a fin de terminar de armar su identidad.

El Aconcagua puede ser el punto de partida de la recuperación de un barrio que a casi cien años de su fundación aun hoy hay que referenciarlo, vecino de Urquiza o de Devoto, para que los de "afuera" no crean que esta en el Gran Buenos Aires.

Fuente: elbarriopueyrredon -La web de Villa Pueyrredón- www.elbarriopueyrredon.com.ar/.../nota_1.shtml

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