Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 25 de mayo de 2008

Katharine Hepburn por Manuel Puig


Por Manuel Puig
Viejas en primera clase: una sola, Katharine Hepburn.
Deducción: las consagradas en los años ‘30 son las más duraderas.
Razones: sólo ellas han tenido boom en los años recientes.
Nombres: Rosalind Russell, boom sofisticado con Auntie Mame (Vivir es mi deseo) y agotado muy pronto por su disponibilidad a filmar cualquier cosa. Bette Davis y Joan Crawford, boom terrorífico con Baby Jane, explotado y agotado en secuelas más y más débiles. Las demás, retiradas pero jamás rebajándose a papelitos: Greta Garbo, Luise Rainer, Irene Dunne, Norma Shearer. Dos muertas: Margaret Sullivan y Vivien Leigh.
Las viejas consagradas en los años ‘40: todas haciendo Hello Dolly por las provincias (Betty Grable, Dorothy Lamour) o papelitos en cine (Rita Hayworth, Ava Gardner, Susan Hayward).
Excepción: Lana Turner, tal vez la menos dotada, actualmente estrella del programa de TV más importante de la temporada. Su vida privada le confiere un halo pecaminoso irresistible, parece.
Curioso: las nombradas, que a duras penas resisten, son todas de la categoría “vamp”, surgidas más por belleza que por talento. Las talentosas de los años ‘40 están olvidadas después de retornos fallidos (Dorothy McGuire, Jennifer Jones, Jane Wyman, Joan Fontaine).
Categoría olvidadísimas: las ingenuas de los años ‘50 (June Allyson, Kathryn Grayson, Jane Powell, Ann Blyth).
Mito creciente: Marilyn.


Génesis del boom Katharine Hepburn
Falsa alarma: se la cree terminada en 1962 porque Largo viaje del día hacia la noche (para mí su mejor trabajo) es un fracaso total de taquilla. Se retira a cuidar la salud de su amigo Spencer Tracy.
Films de terror: en pleno auge, Davis y Crawford comienzan a filmar la secuela de Baby Jane.
Por la mitad del rodaje, Crawford pesca un “resfriado”. Deciden esperarla. Crawford se agrava, tiene pulmonía. Davis se regocija: Crawford recibe su merecido por someter a todos (cláusula de su contrato) a la temperatura máxima de 10 grados en el set. Crawford adora el frío y sus sets de filmación son proverbiales heladeras. Se decide continuar con otra actriz. Asombro: se ofrece el papel a todas las grandes menos a K.H. ¿Por qué? Está considerada veneno de boletería. Negativas rotundas de Green Garson y Loretta Young, grandes señoras semirretiradas que se niegan a descender al grand-guignol.





A BORDO DEL HOLLYWOOD-NUEVA YORK EXPRESS

Por Manuel Puig
Declaraciones de Crawford, llorando en el sanatorio: “Davis ingrata no me quiere esperar. Yo la saqué del olvido. Si no hubiese sido por mí, lectora infatigable de libretos y novelas policiales, nadie hubiese descubierto Baby Jane. Yo produje el film y yo la llamé a Davis. Y ahora me van a reemplazar con una de esas dos hermanas que siempre confundo, porque son más bien retaconas y de cabeza grande, desproporcionadas las dos”.

Reemplazo consumado: entre las hermanas Joan Fontaine y Olivia de Havilland, eternas rivales, Davis se inclina por la última, compañera suya en varios films de la Warner. Meses más tarde (1940) se estrena el film. Fracaso. K.H. cambia una mirada irónica con su amigo Spencer.

1967: Spencer Tracy siente una mejoría y acepta filmar ¿Sabes quién viene a cenar? K.H. integra el rubro pero su nombre irá después de Sidney Poitier, por las dudas.

Muerte de Tracy: junto con el auge de Poitier, decreta un éxito arrasador e inesperado para el film.

Entierro: K.H. no aparece, deja el lugar a la esposa de Tracy, de la que él nunca se había separado.

Opinión pública: junto a K.H.

Abril ‘68: Academia de Hollywood da el Oscar a la mejor actriz, K.H.; Oscar más sentimental que merecido. Especie de despedida a la viuda honoris causa de Hollywood.

¿Despedida?: un productor audaz tiene la idea de contratar a K.H., en pareja con un galán joven (Peter O’Toole), para El león en invierno.

Alquimia de estrellas: funciona, y el nombre de K.H. se actualiza, despegándose del de Spencer Tracy.

Boom, boom, boom: abril ‘69, tercer Oscar (el primero es del año ‘33) y cresta absoluta del boom. Todo el mundo la aplaude. Lástima: ya para entonces está filmando la infilmable Loca de Chaillot, de Jean Giraudoux.

Noviembre ‘69: se estrena. Quienes antes la llamaban “personalísima” ahora la llaman “amanerada”. Fiasco.

Pero K.H. no se rinde y se apresta a debutar en teatro, después de 12 años de ausencia, en comedia musical, género nuevo para ella.

¿Por qué? Autor del libreto es Alan Jay Lerner (My Fair Lady), zar de la comedia musical americana después de la desaparición de Rodgers y Hammerstein.

¿Es lo primero que hace Lerner después de My Fair Lady? No, sus dos obras siguientes han sido semifiascos, pero...

Tema: la vida de Cocó Chanel, vida que abarca todo el siglo, fuerte temperamento de mujer, amantes famosos, con boom de diseñadora en los años ‘20, eclipse en los ‘30, retorno y boom en los 50, a edad muy avanzada. En fin, material riquísimo para comedia musical, con choques de épocas y modas y romances y guerras y mucho champagne y Costa Azul y la mar en crucero.

Músico: André Previn, autor de música de fondo para películas, muy en boga por ser el padre soltero del bebé de Rosemary, o sea la divorciada Mia Farrow, bebé que está por nacer en estos días. ¿Talento? Mosterio, como decía Pepe Arias en el Maipo.

Incógnita: siendo productor Frederic Brisson, marido de Rosalind Russell, ¿cómo es que “Greedy Roz” (“Roz la Angurrienta”, como la llaman aquí) se dejó escapar semejante bocado? Hace unos años se la anunciaba para el papel protagónico.

Expectativa: nunca vista. No hay localidades hasta mayo, cuando K.H. dejará el papel a no se sabe quién. Venta anticipada que bate todo record de Broadway.


Noche de estreno

Como en misa: sentados en la platea, recuerdo My fair Lady en Londres, con Rex Harrison y Julie Andrews, derroche de ingenio, de ciencia teatral, después masacrado en el cine. Me preparo para una gran experiencia. La comedia musical americana es a mi entender, actualmente, el único género teatral de verdadera magnitud popular. Pero por desgracia, intraducible. Ni al cine ni a los otros idiomas.

El tout Nueva York: alhajado hasta decir basta y vestido por Chanel (las eminencias sociales Guinness y Radziwill, las eminencias gubernamentales Mrs. Javits, Mrs. Bruce, Mrs. Grant), con la excepción de Rosalind Russell (vestida por Galanos) y Mia Farrow (diseño propio).

Mal augurio: con sorpresa veo en el programa que el director es Michael Benthall, un señor inglés ya decrépito en los años ‘50, cuando surgieron en Londres los tres Peter (Brook, Hall y Wood).

Obertura: no pasa nada, se suceden melodías desabridas, anónimas. Ni sabor parisiense ni americano. La nada.

Se alza el telón: boutique de Chanel, París 1953. El decorado reproduce fielmente el original; la tónica del espectáculo ya está dada: fidelidad.

Fidelidad a Chanel: significa mesura, sobriedad, valores poco funcionales en la comedia musical, que vive del toque subjetivo, de la transposición (grandilocuente en lo posible) de la realidad.

K.H.: aparece en seguida; no, perdón, quien aparece es Cocó Chanel. K.H. desaparece detrás de la caracterización, con un casco en todo momento metido hasta la nariz. Pollera cuatro centímetros por debajo de la rodilla y zapatos de poco taco se suman a un par de piernas bien torneadas pero algo robustas para configurar una silueta pesada. Nada que ver con la K.H. que recuerdo en tantos films.

Voz: estentórea corneta. Impone inmediatamente un clima festivo.

Acción: después de quince años de ausencia, Cocó viejísima decide volver a la costura y convoca a sus secretarios, quienes tratan de disuadirla. Sin resultado. Aparecen las aspirantes a modelos, vestidas con largas faldas acompañadas de Dior y Fath (pleno new look, no sé si recuerdan, cintura de avispa y zapatos ballerina), pero en el escenario no pasa nada, la reconstrucción realista nos deja indiferentes. Es como si en el escenario nos estuviesen proyectando una fotografía de la época, cuando lo necesario era mediante exageración –o lo que fuera– proyectar algo más, el espíritu de la época. A continuación Chanel odia los pollerones de las modelos y diseña los famosos trajes de saco cardigan, mesurados y prácticos. ¿Y qué magia puede tener ese acontecimiento en escena? Ninguna.

Error fundamental: los años ‘50, sus líos, sus bochornos, están todavía muy cerca nuestro, no despiertan nostalgia. Sólo una elaboración muy sutil habría operado el milagro.

Identificación: de Cocó con una de las aspirantes a modelo, provinciana como ella: Cocó le aconseja separarse del periodista celoso que le prohíbe trabajar fuera de casa.

Cocó, vieja cascarrabias, siempre se queda con la última palabra, siempre segura de sí misma, siempre tomando decisiones rápidas.

Solista: K.H. trata de salvar el diálogo con su voz única, pero un solo de corneta puede volverse monótono. Cocó no tiene facetas. Congela a K.H. en una morisqueta cáustica toda la noche.

Escalofrío: en un momento Cocó dice: “Antes la moda se dictaba desde los châteaux, ahora la dicta la calle”, y el autor le regala una canción en que se añoran épocas mejores. La sala explota en aplausos. ¿Dónde me he metido?

Adefesio: teatralmente, lo peor de la noche se produce ya en el segundo cuadro. Cocó queda sola y charla con sus amantes del pasado, quienes le hablan desde sus retratos, proyectados sobre enormes pantallas. Los primeros planos hablan, cantan, están filmados; imágenes tiesas que emiten voces metálicas, sepulcrales. Contraste chirriante con la voz viva de la actriz en el escenario.

Chistes malos: se suceden. Ejemplo. “¿A usted le gusta Nina Ricci?” “No, prefiero a Rina Nicci”.

Independencia: Cocó aconseja a la mujer anteponer la carrera a todo, porque lo mejor de la vida es la independencia. Gol del matriarcado americano. La platea aplaude a rabiar.

Primera mitad: se cierra con los preparativos del desfile, mientras el periodista trata de convencer a la provinciana para que vuelva con él. Cocó explica por qué ella nunca confió en ningún hombre.

Explicación: Cocó sola en su escritorio mira el retrato de su padre, un viajante que murió cuando era niña. Recuerda que el padre le prometió volver para su primera comunión, y la niña lo esperó en vano. Su padre había muerto en un accidente del camino. Con eso el autor nos despacha y la protagonista sigue su camino solitaria hasta el fin. No hay alternativas. Cocó se consagra como el personaje más antiteatral imaginable.

Intervalo: imposible tararear alguna melodía. No existen.

Segundo acto: Cocó debuta, desfile interminable de trajecitos de saco cardigan, tal como los hemos visto durante años por la calle de cualquier ciudad. Efecto teatral nulo.

Gran golpe de suspenso: ¡Los clientes franceses reciben mal el retorno de Chanel! Cocó se siente algo abatida, toma champagne, y aquí por primera vez se empieza a desprender la magia de la gran Katharine que conocemos. Sola en el escenario, con otro matiz en su voz, susurrando apenas, llama al padre muerto y le dice que está sola. Nos hiela la sangre a todos... Pero la orquesta ataca y ella empieza a cantar y el hechizo se quiebra, porque K.H. no es cantante, y preocupada por no desentonar pierde tensión y todo al diablo otra vez.

Final feliz: en eso estamos cuando procedentes de Nueva York llegan cuatro representantes de sendas tiendas. Compran por una fortuna la colección de Cocó para reproducción masiva. Bailan una cuadrilla. K.H. hace algunos pasos con gracia infinita, pero qué poquito dan por cinco. Eso es todo lo que bailará por la noche. Ni dos minutos.

Bochorno: el libretista se burla de la moda masiva. Porque llega a quien lo merece y no. Muy bien Lerner; diez puntos en Educación Democrática. El público aplaude a rabiar.

Una nube: Cocó ha salido con la suya, nuevamente dicta la moda. Pero la protegida se le acerca y le dice que vuelve con el periodista, porque no puede vivir sin él. Cocó se enfada (ojo, no hay el menor indicio de lesbianismo) y la protegida dice: “Pero no será él quien mande, estaremos en un plano de igualdad”. Cocó responde: “Eso para la mujer es bajar un escalón”. Fin. Cocó queda sola, con su éxito. Y eso es todo. Ni años ‘20, ni ‘30, ni Costa Azul, ni cruceros. Sólo dos decorados, la boutique y el escritorio. Fin. Perdón, todavía falta otro desfile; esta vez, todos los mismos trajecitos cardigan pero en rojo. Una nota de color. El decorador y diseñador Cecil Beaton habrá quedado agotado después de alarde tal.

Yo acuso: al libretista Lerner por dar una versión de la señora Chanel chata y odiosa. No es posible que exista sobre la Tierra un ser tan falto de interés.

Conclusión: Cocó es el anti-Hair, musical de vanguardia que les comentaré en la próxima.


Breve entrevista con K.H.

Excepción: me recibe (10 minutos) porque vengo desde tan lejos; no verá a nadie por un mes. Exhausta después de tanto preparativo. Además está grabando el L.P. de la obra. Lo que será eso.

Temblores: míos. Espero que la secretaria me lleve al camarín. K.H., una admiración que dura desde que tengo uso de razón. Pienso que estará furiosa con el espectáculo, ella que fue la rebelde de Hollywood, que se enfrentó a productores, que llevó la vida menos convencional. Seguramente odiará este himno al convencionalismo que es Cocó. La secretaria me llama; en el camino le pregunto si K.H. está contenta con la obra. La secretaria me dice que sí, que trabajar en escena le ha devuelto la vida, que está feliz.

K.H.: perenne camisa de hombre con el cuello levantado, sin calzar dentro de los pantalones. Viene de la casa con el casco de leopardo puesto, el que saca en el primer cuadro de la obra. La cara gastadísima, nunca he visto una piel más irritada, parece inflamada, un gran sabañón. Los ojos son verde claros, siempre húmedos, supersensibles. Pestañas postizas cortas, único maquillaje que trae. Para salir a escena se pintará los labios. Eso es todo.

No me animo a decirle que no me gustó la pieza, me parece tan cansada, tan vulnerable en cierto modo. Ha dado tanto de sí, merece el mayor respeto. Hablamos de tonterías; me dice que sus films preferidos son Mujercitas para los años ‘30, La mujer del año para los ‘40, La Reina Africana para los ‘50 y Largo viaje del día hacia la noche para los ‘60. Tal vez le hubiese gustado discutir sobre Cocó, pero no me animo. Creo que la secretaria tiene razón: K.H. ha depuesto las armas, ha envejecido y comulga con la línea torpemente conservadora del espectáculo. Y ya tiene que vestirse para salir a escena, será la primera matinée de la temporada. Un público diferente, de clase media suburbana.

Matinée: expectativa renovada y feroz. Esas mujeres que durante 40 años han elevado a K.H. a la categoría de símbolo –la fea que gusta; la “tabla” que enamora; la flaca con personalidad, palabrita clave de los años ‘30 y ‘40– la esperan. Katharine, estímulo y consuelo.

¿No tengo nada bueno que decir sobre Cocó? Pocos aplausos durante la matinée, pero al aparecer K.H. para el saludo final el público explota en una ovación, y se produce lo nunca visto en Broadway, la concurrencia íntegra se pone de pie para aplaudir a K.H., a la viuda de Spencer Tracy, a la solterona de Locura de verano, a la suegra blanca de Sidney Poitier.

Es una historia de amor entre público y actriz, cuatro décadas de romance.

Este retrato está incluido en Estertores de una década, Nueva York ’78 de Manuel Puig. (Editorial Seix Barral).

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