Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 24 de julio de 2007

El gato del viejo cine Bristol



Escribe: Alberto García Calderón





Ninguna geografía guarda en su memoria el viejo cine Bristol de la ciudad de Mar del Plata, en la intersección de la hoy peatonal San Martín y la calle Buenos Aires. El lujoso mármol ha sucumbido a las descarnadas garras de un complejo edilicio del mismo nombre, adusto cíclope que ha perdido su único ojo, privando al paisaje costero de una vista otrora ponderable.

De esta manera, el destino, extraño director de escena, presenta todos los días y en función continuada, la irremediable tragedia romántica de un amor imposible entre el mar y la ciudad.

Una coqueta galería, que supo albergar alguna vez a la antigua librería Brecher, permitía arribar a la lujosa sala, espacio custodiado por dos imponentes columnas, al que se accedía a través de un pomposo paño de intenso color borgoña.

Acogedoras sillas de curvo respaldo recibían a los contertulios, al tiempo que magníficas luminarias doradas, acaso resabios del esplendoroso Bristol Hotel, perfumaban a la distinguida concurrencia con una dulce fragancia a "belle epoque".

Comenzada la función, extinguidos los últimos susurros, iniciado el viaje a la sombría privacidad de los sueños, la obsesiva oscuridad presumía la existencia de un gato silencioso. El felino gustaba pasearse entre las piernas de los espectadores, produciendo en su delicado roce imprevistos sobresaltos y no raramente algún equívoco amoroso.

Hoy, que el huracán del progreso ha arrasado con los cines de barrio, el último vestigio que nos queda del cinéfilo felino y de esas majestuosas catedrales de celuloide, es una cifra no censada de gatos, mal llamados callejeros que han pasado a integrar la comunidad de desocupados que asola nuestra ciudad.

Restaurar el respeto por los felinos sin ocupación fija no es sólo el motivo de estas líneas, quizás si lo sea el homenajear en el recuerdo de ese cine olvidado el de otras tantas salas cinematográficas, que han sucumbido a destinos tan inhóspitos a sus antiguos y gloriosos quehaceres, como el de ser ahora templos salvadores de almas sin condena o casas dedicadas a los juegos de azar.

De un modo u otro, lo peor de los verdaderos infiernos es que tienen una pequeña pantalla que proyecta un fragmento del paraíso, aquel que tiene que ver con los lindos recuerdos que jamás se olvidan.

Aún así, hay quien dice que en algunas madrugadas de invierno, cuando la gente duerme y la ciudad esta súmida en una epidemia de melancolía, se ilumina en las tinieblas la pantalla del viejo cine Bristol, mientras un piano asmático carraspea un delicioso vals, danzado por fugitivas gaviotas, hijas del mar y de la noche, las únicas que no han sucumbido a la melodía del olvido.


Seleccionado del diario La Capital de Mar del Plata
Domingo 15 de Julio de 2007

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