Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

jueves, 13 de marzo de 2008

James Dean X Francois Truffaut




Por François Truffaut

La técnica interpretativa de James Dean contradice la de cincuenta años de cine. Cada gesto, cada actitud, cada mímica suya es una bofetada a la tradición psicológica. James Dean no “valora” el texto con forzosos sobreentendidos como Edwige Feuillère, no lo poetiza como Gérard Philipe, no le da un tono astuto como Pierre Fresnay. Al contrario que estos actores que acabo de citar, no se preocupa de dejar claro que entiende perfectamente lo que está recitando o que lo entiende mejor que nosotros. Interpreta otra cosa distinta de lo que dice. Interpreta como de refilón, su mirada no sigue el diálogo, establece una separación entre la expresión y la cosa expresada, como si una persona importante, por un sublime pudor, pronunciara palabras fuertes en un tono bajo, excusándose por tener talento, para no molestar al prójimo.

En sus momentos mejores Chaplin alcanza las cotas más altas dentro del mismo: se convierte en árbol, candelabro o alfombra. La técnica interpretativa de James Dean, más que humana, es animal, y por eso es imprevisible. ¿Qué gesto va a hacer a continuación? James Dean puede volverse de espaldas a la cámara mientras está hablando y acabar la escena de esta forma, puede echar para atrás la cabeza bruscamente o inclinarla hacia el pecho, puede levantar los brazos o extenderlos hacia la cámara, con las palmas hacia el cielo para convencernos, con las palmas hacia el suelo para declararse vencido. En la misma escena, puede adoptar el aspecto de hijo de Frankenstein, de ardilla, de bebé acurrucado o de viejo doblado en dos. Su mirada de miope aumenta la sensación de distancia en la interpretación y el texto con una especie de vaga fijeza, una especie de hipnótico dormitar.

Cuando se tiene la suerte de escribir un papel para un actor de esta clase, un actor que interpreta físicamente, carnalmente en vez de pasarlo todo por la cabeza, el mejor medio para conseguir buenos resultados es razonar abstractamente. Por ejemplo: James Dean es un gato, o sea, un felino, pero sin olvidarse de la ardilla. ¿Qué puede hacer un gato, un león o una ardilla que esté lo más lejos del comportamiento físico del hombre? El gato puede saltar desde gran altura y caer de pie, puede pasar por debajo de un coche sin daño alguno, arquea el lomo y cambia de postura rápidamente. El león camina indolente y ruge, la ardilla salta de rama en rama. Por tanto, a James Dean hay que escribirle escenas en las que ande a cuatro patas (la de las habichuelas), ruja (en la comisaría), se columpie de rama en rama, salte desde muy alto a una piscina vacía y caiga de pie sin hacerse daño. Creo que así es como han trabajado con él Elia Kazan y luego Nick Ray, y espero que lo haga George Stevens.

El poder de sugestión de James Dean es tan fuerte que podría matar todas las noches a su padre en la pantalla con la aprobación de todo el público, tanto del más snob como del más popular. ¡Hay que haber percibido la indignación de la sala cuando en Al este del Edén su padre rechaza el dinero que Cal ha ganado con las habichuelas, un sueldo de amor filial!

James Dean en sólo tres películas se ha convertido en un personaje más que en un actor. Como Charlot. Podríamos titular sus escenas así: Jimmy y las habichuelas, Jimmy y la feria, Jimmy en el acantilado, Jimmy en la casa abandonada. Gracias a la sensibilidad y a la intuición que para los actores tienen Elia Kazan y Nicholas Ray, James Dean ha creado en el cine un personaje muy cercano a lo que es en la realidad: un héroe de Baudelaire.

¿Cuáles son las razones profundas de su éxito? Con el público femenino son evidentes y no necesitan comentario. Con los chicos, se resumen –en mi opinión– al mecanismo de identificación que está en la base de la rentabilidad de las películas en todos los países del mundo. Es más fácil identificarse con James Dean que con Bogart, Cary Grant o Marlon Brando porque el personaje de Dean es más real. Al salir de una película de Bogart, el espectador flexionará el borde de su sombrero pero quizás no sea el momento de pisotearlo. Después de ver un film de Cary Grant, no siempre hay oportunidad de hacer el payaso en la acera. El que acaba de contemplar a Marlon Brando lanzará miradas huidizas y tendrá ganas de maltratar a las chicas de su barrio. Con James Dean, la identificación es a la vez más profunda y más total porque su personaje lleva consigo nuestra propia ambigüedad, nuestras contradicciones y todas las debilidades humanas.

Tenemos que recordar de nuevo a Chaplin, o mejor aún, a Carlitos. Carlitos empieza por lo más bajo para llegar a lo de más arriba. Es débil, novato, está fuera de juego. Se equivoca a la hora de utilizar las cosas y sólo aspira a que no lo maltraten demasiado cuando está en el suelo, humillado, ridículo ante los ojos de la mujer a la que corteja o ante los de la mujer brutal a la que quería corregir. Entonces interviene la astucia que en James Dean es un don innato: Chaplin se venga y triunfa. De repente, se pone a bailar, a patinar, a dar volteretas mejor que nadie, y al instante eclipsa a todo el mundo, triunfa, cambia de decoración y todos los que se ríen están de su parte.

Lo que al principio era inadaptación se ha convertido en superadaptación. El mundo entero, objetos y personas, estaban contra él y se colocan ciegamente ahora a su servicio. Todo esto vale también para James Dean con una sola diferencia importante: nunca observamos en su mirada el menor miedo. James está como ajeno a todo. Lo nuclear de su técnica interpretativa es que ni el valor ni la cobardía, ni el heroísmo ni el miedo tienen sitio en su actuación. Se trata de otra cosa distinta, de una interpretación poética que permite tomarse todas las libertades y desafiarlas. “Interpretación acertada o interpretación falsa” son dos expresiones que no tienen sentido aplicadas a James Dean porque esperamos de él siempre una sorpresa. Puede reír en el momento en que otro actor lloraría y viceversa, porque ha matado a la psicología el día mismo en que apareció en un escenario.

En James Dean “todo es gracia” y en todos los sentidos de la palabra. Ese es el secreto. Dean no lo hace mejor que los demás, lo hace de manera distinta y lo adorna de tal forma que ya estamos cautivados desde ese momento hasta el final. Nadie ha visto andar a James Dean: arrastra los pies o corre (recuerden el comienzo de East of Eden). La juventud actual se reconoce por completo en James Dean, y no por las razones que se suelen esgrimir (violencia, sadismo, frenesí, melancolía, pesimismo y crueldad) sino por otras mucho más simples y cotidianas: pudor sentimental, fantasía en todo momento, pureza moral sin relación alguna con la moral al uso porque es mucho más rigurosa, la afición irrenunciable de la adolescencia por la aventura, embriaguez, orgullo y pena por sentirse “al margen” de la sociedad, rechazo y deseo de integrarse en ella, y por último, aceptación –o negación– del mundo tal como es.

Sin duda, la técnica interpretativa de James Dean inaugura un nuevo estilo de interpretación en Hollywood debido a su enorme modernidad. Por eso es irreparable la pérdida de este joven actor, quizás el más inventivo de la historia del cine, y que –porque era primo hermano de Dargelos– encontró la muerte del joven americano descripta por Jean Cocteau en Les enfants terribles una fría noche de septiembre de 1955: “... el coche patinó, se rompió, se dobló contra un árbol y quedó reducido a unas ruinas silenciosas; sólo una rueda giraba cada vez más despacio como si fuera una ruleta”.
James Dean ha muerto

El 30 de septiembre de 1955 por la noche, desoyendo los prudentes consejos con que le obsequiaban los jefes de la Warner Bros, James Dean se colocaba al volante de su coche de carreras y encontraba la muerte en accidente, en una carretera del norte de California.La noticia, que se supo en París al día siguiente, no suscitó ninguna emoción profunda: un joven actor de veinticuatro años había muerto. Eso era todo. Seis meses después, se han estrenado dos películas y nos hemos dado cuenta de la enorme pérdida que hemos sufrido.James Dean se había destacado hace dos años en Broadway cuando interpretaba el papel de un joven árabe en la adaptación teatral de L’inmoraliste de André Gide. A continuación, Elia Kazan le hacía debutar en el cine dándole de entrada el primer papel de East of Eden (Al este del Edén). Después, Nicholas Ray lo eligió para protagonizar Rebel without a causa (Rebelde sin causa) y, por último, George Stevens lo controló para interpretar Giant (Gigante) en el papel de un hombre al que vemos envejecer desde los veinte a los sesenta años. Su siguiente papel iba a ser el del boxeador Rocky Graziano en Somebody up there likes me (Marcado por el odio) de R. Wise.Durante el rodaje de Giant (Gigante), James Dean se mostró muy interesado en todo y no quitaba ojo a George Stevens y a la cámara. Cuando se acabó la película, confesó a su agente, Dick Clayton, su deseo: “Creo que puedo ser mejor director que actor”. Quería fundar una compañía independiente para no rodar más que los temas que él eligiera. Clayton le prometió hablar con los dirigentes de la Warner Bros. Por entonces, Dean, que no había piloteado su coche durante todo el rodaje por una cláusula de su contrato, se fue a Salinas para participar en una carrera...Accidente: “Creo que voy a hacer una balada en el Spyder” había dicho James Dean a George Stevens (“Spyder” era el nombre de serie de su Porsche). Cerca de Paso Robles, por la noche, su “Spyder” fue alcanzado por otro vehículo que salía de una carretera secundaria y volcó de lado. James Dean murió mientras lo trasladaban al hospital a consecuencia de fracturas múltiples en los dos brazos y de contusiones internas. La mala estrella de James Dean le obligó a pasar por la salida de artistas antes de tiempo.


Este retrato está incluido en "Las peliculas de mi vida"
de François Truffaut
(Editorial Ediciones Mensajero).
Fuente: Diario "Página/12", Supl.Verano12, 26/01/2008.

domingo, 13 de enero de 2008

El Cine Francés 1958 - 1998


"El Cine Francés 1958 - 1998", libro de Esteve Riambau

Un análisis de las circunstancias que rodearon el fin de una tendencia que modificó los módulos del cine.
(Paidós, 1998)
El prólogo del mismo fue escrito por Bertrand Tavernier y reproducimos a continuación:



Dios sabe que no tenía ganas de escribir este prólogo. Tenía la impresión de ser juez y parte, cosa que no me gustaba demasiado. A pesar de que he escrito libros y artículos no tengo espíritu de crítico de cine. No soy más que un cineasta apasionado a quien le gusta compartir sus pasiones.
Ante todo, la expresión "nouvelle vague" me irrita un poco. Este gusto tan moderno por las etiquetas y las siglas delata una influencia del eslogan publicitario. Se toman unos cuantos artistas, se les mete dentro de un mismo cajón y se cree, así, con la idea de algunas ideas generales, definir a una generación a partir de rasgos comunes. Las escuelas cinematográficas que fabrican los críticos son como esas fotos de aula que se hacen al final del año escolar. Entre los alumnos que figuran en ellas, algunos son amigos, otros se detestan o se ignoran. Y, sin embargo, allí están todos juntos y así se fabrica una "promoción". Otra etiqueta, la famosa "qualite francaise", detuvo durante varias décadas cualquier trabajo serio sobre el cine francés de los años 40 y 50. Un rótulo así metía a todo el mundo dentro del mismo saco: el academisismo impersonal Delannoy y brío de René Clément, la dureza tan personal del Clouzot de "Le Corveau".
Volviendo a la "nouvelle vague" , ¿cuáles son los puntos comunes, las relaciones estilísticas, políticas o ideológicas entre Chabrol y Godard, entre Truffaut y Resnais? Hay tantas diferencias entre estos cineastas como entre Jean Vigo y Jacques Becquer. "Adieu Philippine", "Hiroshima mon amour" y "Vivir su vida" son muy distintos entre sí. Un mundo los separa, a veces incluso los opone, como demuestra una muy violenta carta que Truffaut envió a Jean-Luc Godard.
Ciertamente, una parte de esos jóvenes cineastas compartían al principio unas ganas y una necesidad de reaccionar contra un cine francés que se había estabilizado, que se había convertido, a finales de los años 50, a menudo, en "agrio, rancio y repetitivo". Los grandes nombres tambaleaban: Duvivier estaba buscando un segundo o tercer aliento, Carné sobrevivía con dificultades cada vez mayores al ausencia de Prévert. Los films ya no parecían tener nada en común con la vida. Aquello que le faltaba al cine francés de entonces era la chispa, la energía, la pasión. La urgencia. Demasiada comodidad artesanal y, en la dramaturgia, demasiada importancia concedida a la intriga con respecto a los sentimientos, a las emociones; intrigas demasiado pesadas, que a menudo giraban alrededor de una historia de adulterio. Eso es lo que, cinéfilos, mis amigos y yo mismo sentíamos en aquella época, incluso aunque no compartiéramos todas las tomas de posición de Truffaut (contra Ford, por ejemplo). Nos habíamos precipitado sobre el preestreno del Cineclub Universitario de "Sin aliento" seguido de discusiones apasionantes.
Yo sentía tan profundamente ese deseo de renovación que escribí a Truffaut cuando supe que preparaba su primer film.
Yo era alumno del Liceo Henry IV y él me respondió invitándome al plató de "Los 400 golpes". Por fortuna, el jefe de preceptores a quien llamábamos De Gaulle, era cinéfilo y yo obtuve el permiso de "hacer campana" una mañana y poder así, ironía del destino, asistir al rodaje de una escena en la escuela en la que Jean-Pierre Léaud se hace reprender por sus ausencias y también de dos planos en la calle Vaugirard. Muerto de timidez, no me atrevía a dirigirme a Truffaut.
Tuve relaciones muy sólidas con muchos de los cineastas de la "nouvelle vague". No he olvidado las discusiones apasionadas sobre Ford con Godard en las escaleras de Rome París Films, la productora de Georges de Beauregard en la que, siendo agente de prensa, trabajé con Claude Chabrol... fue allí donde defendía apasionadamente "Cléo de 5 a 7", "Pierrot le fou" y "Lola", obras que yo adoraba; donde organicé la proyección de "Pierrot le fou" para Louise Aragón; donde asistí al encuentro entre Godard y Fuller... no he olvidado los largos ratos transcurridos, a la hora del almuerzo (mi único momento de libertad) en "Cahiers du Cinéma" con Eric Romher.
Yo quedé trastornado por "Hiroshima mon amour", emocionado por "Vivir su vida", deslumbrado con "Mi noche con Maud" y otros Rohmer, conmovido por "El carnicero" o "Que la bestia muera", de Chabrol. Pero hubo filmes que no me gustaron, como "Los primos", y encuentro al segundo Godard políticamente discutible, al igual que las obras, mortalmente aburridas, del periodista maoista, mientras que "Sálvese quien pueda" (la vida) o "Pasión" te siguen machacando el corazón.
Yo quedé profundamente marcado por Godard, Chabrol, Truffaut o Romher, por la libertad de tono, la desenvoltura poética, el rechazo a dejarse dominar por la intriga de numerosas obras (como "Disparen sobre el pianista", vista tres veces en dos días), o por las deambulaciones de "Adieu Philippine", esa obra maestra que me parece una de las más importantes de esa década. Muchas películas denotaban un placer de filmar que rompían con toda solemnidad técnica, y los estilos de fotografía impuestos por Raoul Coutard y Henry Decae burlaban ciertas irritantes prohibiciones para explorar nuevos territorios: ¡Ah, los planos nocturnos de "Bob Le Flambeur" o de "Ascensor para el cadalzo"!
Esta libertad de tono podía caer en el vacío. Al romper con la dramaturgia clásica, a veces se desembocaba en obras invertebradas, o en otras en las que, para dinamizar guiones anémicos, sus autores acumulaban paseos por las calles.
Polémico y militante pese a las censuras económicas desde Poirier hasta Zonca ("La vida soñada") cine siempre siempre amenazado por los trusts que monopolizan la difusión y por las imágenes americanas, "el cine francés es un cine a pesar de", como ya decía Henry Jeanson. Pero más vale parodiando a Prévert un cine "a pesar de" que un cine inexistente.


Fuente: "Clarín Cultura y Nación", 30/05/1999

La guerra de los botones, de Yves Robert










Ficha técnica:
Año de estreno: 1961
Director: Yves Robert
Guión: Yves Robert
Música: Jose Berghmans
Nacionalidad: Francesa
Intérpretes:
Jacques Dufilho. (Pdre de Aztec.) Yvette Etievant . (Madre de Lebrac.) Michel Galabru . (Padre de Bacaille.) Michele Meritz, (Madre de Aztec.) Jean Richard . (Padre de Lebrac.) Pierre Tchernia, (Beduino.) Pierre Trabaud. (Maestro de escuela.) Claude Confortes, (Nestor, el cartero.) Paul Crauchet, (Toueguele.) Henri Labussiere, (Campesino.) Yves Peneau, (Prefecto.) Robert Rollis, (Migue.) Louisette Rousseau, (Madre de Bacaille.)

"La guerra de los botones" fue un éxito del cine francés en 1962, el año que se estrenó este clásico.

Argumento

Cada año, los colegiales de Longeverne y los de Velrans, eternos rivales, entablan una guerra con piedras y espadas de madera. Una guerra especialmente animada donde los dos bandos se preparan para la gran batalla. Las dos tropas rivales son comandadas por el gran Lebrac de Longeverne y por Aztec los de Velrans.
En una de esas batallas, los niños de Longeverne cogen prisionero a un muchacho del pueblecito de Velrasns y Lebrac tiene la idea de arrancarle todos los botones de su ropa. Para impedir esta humillación en la próxima confrontación todos los niños irán desnudos.
Con un final antológico, donde los dos jefes de las bandas acaban abrazándose en un reformatorio.
Fue un auténtico éxito entre los más jóvenes de la época, la película mostraba elementos que todos los muchachos de los sesenta querían tener: una cabaña hecha por ellos mismos en el campo, una chica y una aventura bélica de espadas de madera y tirachinas con pandillas rivales.

Los chicos de la película cantaban una canción que se hizo muy popular:

Mi pantalón
Se me rompió
Se me va a ver
Todo el calzón.

Fuente: http://www.teacuerdas.com/nostalgia-cine-botones.htm

Juan Moreira, de Leonardo Favio


Por Gonzalo Aguilar
En 1971, en una conferencia que dicta en Columbia University y que después titula “Eztetyka do sonho”, Glauber Rocha lanza una afirmación sorprendente: “O Povo é o mito da burguesia”.
1 La escandalosa frase, cuando todavía en muchos países latinoamericanos se esperaba al pueblo como al nuevo mesías, era una respuesta retardada a las críticas que le habían hecho Fernando Solanas y la delegación argentina en el Festival de Viña del Mar de 1969, donde se habían presentado Antonio das Mortes (Glauber Rocha, 1968) y La hora de los hornos (Fernando Solanas, 1968). En varias de sus cartas, sobre todo en aquellas que le envia a Alfredo Guevara, por entonces presidente del Instituto cubano de cine (Icaic) , Glauber se había quejado amargamente de las formas directas y testimoniales que estaba asumiendo el cine político.
2 Sin embargo, al decir públicamente que el pueblo era un mito burgués, el director brasileño dividía las aguas en lo que justamente a partir de Viña del Mar se había visto como el nacimiento de un nuevo cine latinoamericano. Frente al pueblo registrado documentalmente en las calles y que se valía del cine como agente del cambio revolucionario característico del Grupo de Cine Liberación, de Jorge Sanjinés o de Miguel Littin, Glauber proponía un cine en el que el pueblo estaba en transe, siempre por venir y siempre en proceso de invención. Había que involucrarse en la creación del pueblo a la vez que se tomaba cierta distancia porque podía suceder, como de hecho había pasado en Brasil en la lucha contra la dictadura militar, que ese pueblo fuera nada más que un espejismo producido por los sectores progresistas.
1 Reproducido en Sylvie Pierre: Glauber Rocha, Campinas, Papirus, 1996, p.135.
2 Glauber Rocha, en una carta de 1972 a Alfredo Guevara, quien había sido el presidente del Festival de Viña del Mar de 1969, le escribe: “Anos depois, em Viña del Mar (não me lembro o ano), fomos surpreendidos pela acusação de Solanas: para ele, e para um grupo de cineastas revolucionários apressados, La hora de los hornos era o verdadeiro cinema revolucionário e nós, os brasileiros, que lutávamos contra uma dictadura implacável, eramos ‘comprometidos com o sistema’. La hora de los hornos, alardeando sua novidade formal, incluía, ironicamente, um trecho de Maioria absoluta, de Hirszman”, en Cartas ao mundo, organización de Ivana Bentes, San Pablo, Companhia das Letras, 1979, p.403.
3 De hecho, cuando Favio encara su opera prima todavía estaba presente en la memoria de la gente de cine el escándalo que había suscitado Shunko (1960) de Lautaro Murúa, que mostraba el estado paupérrimo de una escuela en la provincia de Santiago del Estero y que fue víctima de un contundente rechazo del establishment.
Ambas posturas definen las dos posiciones más fecundas en la relación del cine latinoamericano con el pueblo a fines de los años sesenta. Eran tiempos en el que los realizadores no podían no definir su relación con ese monstruo de mil cabezas que, una vez más, amenazaba con cambiar el rostro de la historia. Leonardo Favio, que nunca llegó a tener la proyección continental de Solanas, Glauber, Littin o Sanjinés, no fue la excepción. Como sus tres primeros films habían sido apolíticos la mutación de su poética debió ser mucho mayor que la de otros realizadores, como Solanas o Littin, que iniciaron sus carreras con un cine comprometido. Esto no significa que sus primeras obras estuvieran exentas de crítica social. En Crónica de un niño solo (1965), por ejemplo, la mirada a cámara que hace Polín al final de la película quiebra la gramática clásica que hasta entonces había sostenido el film e interpela directamente al espectador. Pero el procedimiento, aunque efectivo, habla también de la candidez de la denuncia. O, tal vez, para no hacer un juicio favorecido por el paso de los años, de cómo se consideraba entonces – en un momento en que los medios todavía no ocupaban un lugar protagónico – que la función del cine era mostrar lo que estaba oculto , algo que se consideraba necesario a la vez que provocador.3 El efecto de la obra estaba mediado por su función de mostrar, mientras para el cine político que le sucedería (La hora de los hornos es el ejemplo más contundente) lo que quebraba todas las mediaciones era el imperativo de actuar.
En su segunda y tercera películas (El romance del Aniceto y la Francisca de 1967 y El dependiente de 1969), la estética de Favio había avanzado en una dirección más intimista, con una gran preocupación por las resoluciones formales y con el tratamiento localizado y particular del conflicto social. Aniceto podía sufrir, de hecho sufría, las vicisitudes de un personaje de pueblo, pero sus actos nunca adquirían la dimensión de representar o simbolizar lo popular. Además, y esto será fundamental para la historia de la recepción del cine de Favio, las tres primeras películas se vinculaban antes que con una dimensión continental o una postura popular, con la tradición local y el cine de autor (Leopoldo Torre Nilsson y la generación del 60), que el Grupo de Cine Liberación había cuestionado y denominado Segundo Cine.4 El crecimiento del cine político y la agudización de los antagonismos políticos (en la Argentina la dictadura militar se oponía cada vez más al retorno de Perón) hicieron que Favio debiera replantearse los lineamientos de su poética.
4 “¿Hasta qué punto - se preguntan Solanas y Getino - puede hoy afectar este Segundo Cine, con pretensiones de llegar a capas masivas, el Orden y la Normalidad neocoloniales?”. Ver Fernando Solanas y Octavio Getino: Cine, cultura y descolonización, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973, pp.38-39.
Entre el estreno de El dependiente y el de Juan Moreira se produce un impasse que dura cuatro años y en los que la figura pública de Favio es la del cantante melódico y el militante político antes que la del director de cine. Después de estrenar El dependiente, Favio comienza a explotar su faceta de intérprete musical y protagoniza dos filmes (Fuiste mía un verano de 1969 y Simplemente una rosa de 1971) en los que se revela como una de las flamantes estrellas de la canción melódica. Pese a ser películas muy populares, estaban bien lejos de la inquietud de Favio como cineasta, quien siempre mantuvo ambas actividades –cantante y director de cine– separadas e incontaminadas entre sí. De esa época es también el reconocimiento público de su condición de peronista, que se hace cada vez más relevante a partir de la agudización de la crisis política y del inminente regreso de Perón, que se produciría finalmente en 1972 (Favio, como se sabe, viajó en el avión que lo trajo de regreso y, un año después, fue el locutor oficial del retorno definitivo a Ezeiza que terminó con una masacre llevada a cabo por sectores de la derecha peronista5 ). Durante esos años, Favio anuncia diversos proyectos fílmicos y las revistas de actualidad hasta llegan a hablar de un intento de suicidio por la imposibilidad de concretarlos. De todos esos proyectos, uno habría de ser retomado por Favio en diferentes oportunidades: la vida del anarquista Severino di Giovanni basada en un guión de Osvaldo Bayer. 6 Favio llegó a anunciar el título (Con todo el amor de Severino) pero finalmente se decidió por llevar a la pantalla las aventuras de Juan Moreira, un bandido que asoló la provincia de Buenos Aires a comienzos de la década de 1870 y que se convirtió en una leyenda popular. Es difícil determinar qué elementos definieron el viraje de Favio hacia historias tan diferentes a sus anteriores films como las de Moreira o Di Giovanni. Además de la radicalización política que era parte de la vida cotidiana, dos hechos cinematográficos parecen haber sido decisivos en ese cambio: la nueva tendencia del cine histórico que inaugura Leopoldo Torre Nilsson y la aparición del Grupo de Cine Liberación.
5 Ver el libro Ezeiza (Buenos Aires, Contrapunto, 1985) de Horacio Verbitsky, quien además narra cómo Leonardo Favio salvó la vida de ocho militantes que estaban siendo torturados en el hotel del aeropuerto.
6 En 1975, Favio hizo una sesión de fotos con Rodolfo Bebán encarnando al personaje de Severino di Giovanni aunque pronto se haría evidente que filmar la vida de Severino, el “apóstol de la violencia”, en un año tan agitado como ése era, por lo menos, inoportuno. Severino di Giovanni, uno de los más destacados anarquistas de la Argentina de principios del siglo XX, nació en Italia en 1901, llegó a Buenos Aires en 1923 y fue fusilado por el gobierno militar de Uriburu en 1931.
En 1968 se estrena Martín Fierro de Leopoldo Torre Nilsson, película en la que el propio Favio desempeña el papel del hijo menor de Fierro. El éxito del film tuvo un fuerte impacto en la alicaída producción argentina, que estaba amenazada por la censura,7 la falta de dinero y un Instituto en manos de los grupos más conservadores. Después de algunas fallidas experiencias en el extranjero, Torre Nilsson –quien se había erigido en figura faro de la generación del sesenta y en sinónimo de un cine nacional de prestigio– retorna al país y realiza una obra que satisfacía ansiedades diversas que estaban gestándose entonces en la sociedad argentina. Revisitar el pasado, redefinir el panteón nacional, narrar una historia más auténtica, construir fábulas de identidad nacional son algunos de los deseos que la película de Nilsson venía a complacer. Pese a que se trataba de una pálida adaptación del clásico nacional escrito por José Hernández en 1872, Martín Fierro se transformó en el éxito más grande de la historia del cine argentino hasta ese momento y solo fue superada dos años después por El santo de la espada, también de Torre Nilsson, película adocenada que contaba la historia del libertador José de San Martín y que había sido ‘asesorada’ por varias instituciones militares y por el Ente de Calificación. A partir de entonces, las historias de tema patriótico comienzan a proliferar, y entre 1968 y 1976 se producen más de diez películas de tema nacional ambientadas en el siglo XIX.8 Juan Moreira es una de ellas.
7 Si bien el primer decreto-ley es de 1963, la censura tomó un gran impulso con la ley 18.019, promulgada el 24 de diciembre de 1968 durante el gobierno militar de Onganía. Esta ley creaba el Ente de Calificación Cinematográfica con sólo tres miembros nombrados por el Poder Ejecutivo y un consejo asesor de orientación “occidental y cristiana”. El Ente, además de sus funciones de censura, se atribuía el derecho de revisar previamente los guiones nacionales.
8 Estas son las películas de tema patriótico o gauchesco histórico ordenadas por año de estreno: Martín Fierro (1968) de Leopoldo Torre Nilsson, El destino (1969) de Juan Battle Planas, La frontera olvidada (1970) de Juan Carlos Neyra, Bajo el signo de la patria (1970) de René Mugica, Santos Vega (1971) de Carlos Borcosque, Juan Manuel de Rosas (1971) de Manuel Antín, Güemes: la tierra en armas (1971) de Leopoldo Torre Nilsson, Argentino hasta la muerte (1971) de Fernando Ayala, La revolución (1973) de Raúl de la Torre, La balada del regreso (1973) de Oscar Barney Finn, Yo maté a Facundo (1974) de Hugo del Carril, La vuelta de Martín Fierro (1974) de Enrique Dawi y Los hijos de Fierro (1975 aunque no estrenada hasta 1983) de Fernando Solanas. Podría agregarse por su tema gaucho, aunque transcurra en el siglo XX, Don Segundo Sombra (1969) de Manuel Antín
9 Escribió Hans Ehrmann en la revista Ercilla: “Otro film argentino, Breve cielo, de David Kohon, pasó entre inadvertido y rechazado en Viña, donde a veces se juzgó a los films de acuerdo con su mayor contenido revolucionario, al margen de otros valores” (citado por Aldo Francia en Nuevo cine latinoamericano en Viña del Mar, Santiago de Chile, Sesoc, 1990, p.160).
Fue también en 1968 que Leonardo Favio tomó conocimiento de la existencia de La hora de los hornos, en el Festival de San Sebastián donde presentó El dependiente. En las entrevistas, Favio elogió la película de Solanas y seguramente pensó – no podía dejar de pensar – en la falta de referencias explícitamente políticas de su propio film. Más aún teniendo en cuenta que su título evocaba uno de los significantes más politizados del periodo: la dependencia. Es decir, que Leonardo Favio terminaba su tercer largometraje, constituía una obra coherente y rigurosa, lograba un nivel de calidad en la puesta en escena único para el cine argentino mientras, a la vez, se encontraba con que las historias que contaba estaban desactualizadas. Algo similar a lo que le sucedió a David Kohon con Breve cielo en el Festival de Viña del Mar de 1969 donde, pese a sus virtudes de historia menor, no dejó de ser vista como una obra débil frente al vigor de La hora de los hornos.9
Juan Moreira es la respuesta de Favio al impacto que produjeron ambos acontecimentos.
La historia de la heroización de Juan Moreira está vinculada con la historia de los medios masivos en la Argentina. Bandido convertido en leyenda, su vida fue narrada por el novelista y periodista Eduardo Gutiérrez en las páginas del periódico La Patria Argentina en 1879. En 1874, Gutiérrez había entrevistado a Moreira quien ya era célebre en el campo por sus acciones. Unos años después, Gutiérrez escribe un folletín que inicia lo que Alejandra Laera denominó “novelas populares con gauchos”.10 Desde entonces, Moreira se transformó en un emblema de la cultura popular argentina pero habiendo pasado antes por la prensa urbana: es decir, que Moreira ya no era solamente un personaje rural. El fenómeno del “moreirismo”, estudiado por Adolfo Prieto, muestra cómo los inmigrantes italianos y españoles lo utilizaban –disfrazándose de Moreira en los carnavales– para integrarse al país que los estaba albergando.11 En 1884, los hermanos Podestá inician e l circo criollo, un género profundamente popular que recorre las campañas y cuyo primer título fue justamente Juan Moreira. O sea que después de su difusión en la ciudad, el personaje de Juan Moreira vuelve al campo para resignificar y potenciar su leyenda. Muchos años después, en 1897, se estrena en el Teatro Colón de Buenos Aires Pampa, de Arturo Berutti, primera ópera nacional también basada en la historia de Juan Moreira. Esta composición, alentada por el estilo de Cavalleria Rusticana de Mascagni, tuvo que enfrentar dos dificultades: convertir al gaucho en un personaje lírico y utilizar el italiano que era el lenguaje de la ópera en ese entonces (Juan Moreira pasa así a llamarse Giovanni Moreira). El riesgo del ridículo que estaba implícito en este intento (más allá de que la obra fue bien recibida por la elite en una función de gala a la que asistió el presidente de la nación) fue percibido por los comediógrafos populares. A los quince días de estrenada la pieza de Berutti, en los teatros de vaudeville se montó Moreira en ópera (juguete lírico en un acto y dos cuadros en prosa y verso) de José Antonio Lenchantín donde se burlaban de la compañía de cantantes líricos italianos que llegaban a Buenos Aires para disfrazarse súbitamente de gauchos. Todo estos hechos muestran la vitalidad de una historia que circuló por la cultura popular y la cultura de élite de fines de siglo XIX y que permite historizar el desarrollo de la cultura masiva visual. En el siglo XX, la novela de Gutiérrez fue reimpresa innumerables veces en ediciones populares y el cine tampoco fue ajeno a la seducción del bandido: antes de la versión de Favio, se habían hecho cuatro películas basadas en sus aventuras, dos en el periodo mudo y las otras dos en 1936 y 1948, dirigidas por Nelo Cosimi y Luis Moglia Barth respectivamente.
10 Alejandra Laera: El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres , Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004.
11 Adolfo Prieto: El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, Sudamericana, 1988.
Favio se inclinaba así por un personaje que si bien tiene características transgresoras, posee los contornos típicos de esos personajes como Robin Hood que consolaban una necesidad de reivindicación o de venganza imaginaria de los sectores populares. En este punto es importante la opción de Favio frente a la de Torre Nilsson, en la medida en que Martín Fierro había sido convertido –a principios del siglo XX– en un gaucho-monumento o en un gaucho ejemplar.12 Favio, en cambio, opta por una figura que realiza acciones condenables, lo que no impide que el director tenga una profunda empatía con el personaje.
12 Por supuesto que me refiero al poema de Hernández sino a la adaptación cinematográfica. Otra adaptación –Los hijos de Fierro de Fernando Solanas– de 1975. Ver Romano, Eduardo: Literatura / Cine Argentinos sobre la(s) frontera(s), Buenos Aires: Corregidor, 1991. Borges insistió mucho en varias intervenciones en subrayar el carácter de “gaucho malo” del personaje del poema de Hernández.
El resultado final de Juan Moreria de Leonardo Favio es una representación del pueblo totalmente diferente a la del cine de autor y a la de cine político. Ni la mirada distanciada y fría de quien se siente perturbado por la aparición de las masas en la pantalla (como era habitual en el cine de Torre Nilsson, Manuel Antín, David Kohon) ni la mirada ideológica de un cine que quería hacerse junto al pueblo. La película fue un éxito de taquilla y su recepción, a diferencia de La hora de los hornos, no estuvo signada necesariamente por la política: los spots publicitarios se pasaban con gran aceptación por la televisión (algo impensable para los films políticos, casi todos clandestinos) y hasta la música de Luis María Serra se escuchaba continuamente por la radio (varias parejas de novios la utilizaron para musicalizar su entrada en el atrio). Ir a ver Juan Moreira era como asistir a un western pero nacional. Sin embargo, el film admitía una lectura política. Favio parecía estar haciendo un guiño a los sectores radicalizados de la izquierda peronista y también a los sectores más tradicionales que se sintieron interpelados por la película en una época en que ir al cine era una salida habitual para las clases populares. El éxito de Juan Moreira, entonces, habla de la ambigüedad o la plasticidad del film e inicia la fama de Favio como director que sabía dirigirse a las multitudes, erróneamente proyectada a veces sobre sus primeras obras.
Una lectura retrospectiva en confrontación con La hora de los hornos permite calibrar la representación del pueblo que hace Favio con Juan Moreira. La aparición del pueblo en ambos filmes es totalmente diferente: en la película del grupo de cine Liberación, la irrupción del pueblo disuelve la forma cine. La institución cine es considerada incapaz de albergar el devenir político de las masas. Por eso La hora de los hornos no tiene una forma convencional (cerrada y completa) y fomenta la interrupción exterior. El habitual circuito realización, producción, apoyo Estatal, sala de cine, espectador no solo resulta insuficiente sino que es considerado, políticamente, una reafirmación de las relaciones de dominación. Para que el pueblo se haga presente en la pantalla, Solanas debe abandonar el cine tal como se lo concebía tradicionalmente. Favio, en cambio, no va tan lejos: se mantiene en la institución cine y hasta sabe cómo sacar provecho de la situación. Esto no significa que, al intentar encontrarse con el pueblo (algo que no había hecho en sus anteriores filmes), no establezca una serie de innovaciones: sobre todo, la que consiste en conectar al cine con las artes masivas y populares como la historieta, el radioteatro, los relatos orales, el melodrama, el circo criollo. Un acierto en estas conexiones consiste en que Favio no solo recurre a géneros populares nacionales sino que también incluye géneros de lo que Renato Ortiz denominó “cultura internacional-popular”.13 El western, con sus saloons y sus duelos, ya había mostrado su versatilidad para admitir relecturas y simbolizaciones diversas en las versiones italianas (los films de Sergio Leone y de Sergio Corbucci tenían un gran éxito en esos años en Argentina) y japonesas.14 Al tomar estilemas del western, Favio mostraba una apertura mayor que la de La hora de los hornos en su capacidad para incorporar lo extranjero, sobre todo lo asociado a lo norteamericano que en la película de Solanas era rechazado en masa (la valoración cultural se subordinaba a la estrategia política).15 Es que mientras la inclinación de Solanas por el pueblo es básicamente política, la de Favio es más culturalista. La hora de los hornos organiza a las multitudes atrás del objetivo político de la toma del poder; Juan Moreira las convoca a partir de un proceso de identificación y empatía.
13 Este concepto ha sido propuesto por el brasileño Renato Ortiz en numerosos trabajos. Puede consultarse, entre otros, Mundialización y cultura , Madrid, Alianza, 1997.
14 Per un pugno di dollari (Sergio Leone, 1964) está basada no en un western norteamericano sino en Yojimbo (Akira Kurosawa, 1961), historia de samurais protagonizada por Toshiro Mifune. La asocación no es baladí si se piensa que el primer actor en que quiso Favio para encarnar a Juan Moreira fue, justamente, Toshiro Mifune. Por otro lado, es imposible no ver una influencia de la sonorización de la primera escena de C'era una volta il West (Sergio Leone, 1968) en el duelo de Juan Moreira. En el cine argentino, ya Pampa bárbara (1945) de Lucas Demare y Hugo Fregonese había utilizado tópicos del western para narrar la vida de fronteras en el siglo XIX.
15 En la película de Solanas la cultura norteamericana era impugnada en bloque como lo muestra la inadvertida musicalización de unas escenas de alienación juvenil con la canción “I don’t need a doctor” de Ray Charles, músico que como todo el mundo sabe luchó por los derechos civiles de los negros en los años sesenta (era, además, muy amigo de Marthin Luther King).
16 Para Fanon, el maniqueísmo era un producto de la dominación colonial que no admitía matices: “El mundo colonizado es un mundo cortado en dos […] Regido por una lógica puramente aristotélica, obedece al principio de exclusión recíproca: no hay conciliación posible, uno de los términos sobra”, Los condenados de la tierra, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p.33.
Estas diferencias se expresan también en la puesta en escena. En Solanas, el pueblo es documental, surge como la verdad que viene a arrasar con todas las máscaras, los disfraces y las mentiras neocoloniales. En una producción de dicotomías que encuentra su legitimación teórica en Los condenados de la tierra de Franz Fanon, la película distribuye sus materiales entre lo real (el pueblo captado testimonialmente en lucha) y lo falso (vinculado, a lo largo del film, con las grandes urbes, las clases dominantes, la clase media pusilánime, lo extranjero, el esteticismo).16 En ese encuentro documental, el director no actúa como un observador sino que se mezcla entre las muchedumbres para trazar relaciones horizontales, directas, subrayadas por la espontaneidad de la cámara en mano y del cinema verité. También se mezcla con los sectores antagónicos y, como en la célebre escena del happening del Di Tella, se entrevera y parece mezclarse con ellos. Pero si esta relación horizontal recíproca no se produce es porque la voz en off determina la mirada irónica y escéptica que debe hacerse de estos planos. La cámara no está afuera o distanciada del pueblo, es más bien uno de los agentes para que éste se haga más conciente, más nacional, más real.
En Juan Moreira, en cambio, lo que domina es la ficción. O, mejor, los poderes de la ficción para hacer una leyenda con los materiales de lo real. La hora del pueblo no se juega en la lucha entre la verdad de los oprimidos y las mentiras de los dominadores. Por el contrario, el film de Favio plantea que es necesario actualizar la imaginación colectiva y que el vínculo central entre artista y pueblo no pasa por la verdad sino por la fabulación (algo que se haría mucho más evidente todavía con Nazareno Cruz y el lobo). En este punto, hay que decir que la mirada de La hora de los hornos es más exterior culturalmente desde que trabaja con la idea de alienación e intenta insuflarle contenidos ideológicos a la experiencia popular. Favio, en cambio, trata de plasmar la experiencia popular en su conjunto sin imponerle un programa o una conducta. Pueblo y Sistema –una de las palabras clave del periodo– no son necesariamente refractarios entre sí, como proponía el Grupo de Cine Liberación.
En la planificación de Juan Moreira, Favio vuelve a utilizar un procedimiento central en sus anteriores filmes, pero acá con un sentido totalmente diferente: el picado y el contrapicado. En Crónica de un niño solo este procedimiento posee dos funciones: la primera es expresar las relaciones de jerarquía en las que está envuelto Polín. La seguna consiste en crear imágenes anamórficas que tienden a hacer la imagen más abstracta: el salón en que se reúnen madres e internos –tomado en picado– es un polígono de ocho lados, la celda de la que escapa Polín –tomada en contrapicado– es una superficie casi infinita. En Juan Moreira, en cambio, este procedimiento construye la heroicidad del personaje y si en algunos momentos lo aplasta contra el piso, en otros lo convierte en un gigante. La planificación no deja de utilizar tomas fijas medias ni cámara en mano, como en el encuentro de Moreira con Julián. Con la filmación nerviosa, casi documental e involucrada de la cámara en mano, Favio logra hacer de ese encuentro algo vivo y creíble, lo que lo aleja de los hieráticos encuentros del cine histórico. Pero en los momentos de mayor acción, en los que Moreira lucha por su propia vida, se utilizan planos en picado y contrapicado. El espacio, las cosas y las personas están sujetas a una permanente redefinición de las dimensiones por una puesta en escena que privilegia estos planos violentos y sesgados. De hecho, la imagen final de la película, consiste en una imagen congelada de Moreira que se distorsiona como si la naturaleza de la leyenda dependiera, como sucede en las imágenes anamórficas, del punto de vista de quien mira. Algo similar sucedía en El romance del Aniceto y la Francisca con el cuarto del protagonista, que se percibía con magnitudes muy diferentes entre una toma y otra. Pero en este caso se trata de una huella patética en la que no están involucradas ni la dimensión histórica ni la política. Esta tendencia a la abstracción geométrica también se observaba en Crónica de un niño solo, cuya historia estaba dividida en dos partes sucesivas opuestas entre sí: la del encierro de Polín y la de su huida a la villa miseria en la que vivía. Las puestas en escena de ambas partes también se oponen absolutamente y si la primera se organiza alrededor de la reja, la segunda se expande como la hierba. El espacio del encierro de Polín es medible, divisible, cuantificado y predominan los ángulos rectos. El número no solo le da forma a la imagen sino que define la relación entre los personajes: la película comienza con el celador contando, después sigue el profesor de gimnasia con su “un, dos, tres” y así sucesivamente. Los personajes transitan entre figuras geométricas.17 En la segunda parte, en cambio, predominan los cuerpos informes del río, el pastizal, la hierba y las ramas que no cesan de crecer, de desplazarse y de indeterminar la imagen. En cada parte predomina lo que Gilles Deleuze llamó encuadre geométrico y físico. El acierto de esta división tajante entre diferentes tipos de encuadre radica en que no necesariamente se corresponden con el par encierro y libertad, porque en ambos hay violencia, despojo y opresión.18 La mirada es patética y a la vez social: al acercarnos a Polín (aunque su mirada a cámara después nos aleje), no podemos dejar de observar el funcionamiento de la máquina social como si se tratara de un diagrama o un teorema. Nada de esto sucede en Juan Moreira porque lo que está en juego es la mirada histórica que una narración como la del bandido exige: cómo enlazar el pasado con el presente, cómo construir una constelación en la que ambos tiempos convivan. Como dice Walter Benjamin, “no se trata de presentar a las obras literarias en correlación con su tiempo, sino en el tiempo que han nacido presentar el tiempo que las conoce, es decir el nuestro”.19 En esa huella del presente, lo que se imprime es la cultura popular en su función fabuladora, en su capacidad para inventar mitos. No es una función ideológica (como la narración de La hora de los hornos) ni edificadora (como en las monumentales Martín Fierro o El santo de la espada), sino una función fabuladora porque encuentra en la narración un núcleo que se reactualiza en cada situación de conflicto y que sirve para crear o reafirmar lazos de identificación.
17 La sonorización subraya esta instancia numérica en los silbatos que hacen sonar el celador y el profesor de gimnasia.
18 Para la definición de Deleuze ver La i magen-movimiento (Estudios sobre cine 1), Barcelona, Paidós, 1984.
19 Citado en Susan Buck-Morss: The dialectics of seeing (Walter Benjamin and the Arcades project), Cambridge, MIT Press, 1991, p.338.
Juan Moreira se inclina hacia la idea del pueblo como mito, aunque está lejos de asumir la distancia irónica y sarcástica de Glauber, quien al agregar “burgués” hace explotar uno de los antagonismos centrales del periodo (la burguesía no es pueblo, el pueblo no es burgués). En su valoración positiva de lo popular –esto es: en su populismo– Favio se acerca más a Solanas y ello se debe tal vez a la matriz común del peronismo definido según la célebre frase de John William Cooke: “el peronismo es el hecho maldito del país burgués”.20 Sin embargo, la coincidencia con Solanas es muy superficial. La hora de los hornos encarna el típico populismo latinoamericano de los años sesenta que se alimentaba del nacionalismo y paradójicamente también del marxismo, un pensamiento tradicionalmente legitimista (es decir, no populista). En Favio, en cambio, se trata de un populismo relativo, ya que no se sostiene solamente en una mirada exclusivamente positiva del pueblo (esto es, exterior) sino que se articula alrededor de una contradicción: cómo puede un héroe popular ser también cruel, despiadado y, en ciertas ocasiones, servil. El pueblo no debe irrumpir en el cine sólo porque es un reservorio de antagonismo político sino porque es el único que puede trazar identificaciones pasionales y afectivas fuertes.
20 John William Cooke fue un importante militante peronista que ofició de representante de Perón en la Argentina cuando éste estuvo en el exilio. Fue el referente político más importante de los sectores de la izquierda peronista que surgieron en los años sesenta.
En los noventa, después de más de quince años sin filmar, Favio volvió a reflexionar sobre la relación entre imagen cinematográfica y pueblo. Con Gatica, el mono (1993) no solo había prometido un gran éxito sino representar el drama de uno de los ídolos populares de la época del peronismo clásico. Sin embargo, si bien la película tuvo una considerable cantidad de público, fue estrenada el mismo año que Tango feroz: la leyenda de Tanguito (1993) de Marcelo Piñeyro que arrasó con las boleterías y que anunció la aparición de un nuevo tipo de cine masivo que consistía en la inclusión de componentes estéticos, culturales y económicos de la televisión en el cine. La noción de pueblo se volvía levemente anacrónica, lo que estaba acentuado además porque ya para ese entonces el gobierno de Carlos Menem (1989-1999) había conducido al peronismo hacia el más brutal neoliberalismo. Es decir, en el momento del estreno de Gatica, el mono la nueva situación de la imagen y de la política afectó el sentido del film. Lo que había sido la venganza de Moreira adquiere en este film las formas del resentimiento, y el pueblo como mito deja pasó al pueblo como ruina y memorabilia. Con Gatica primero y con Perón: sinfonía de un sentimiento (1999) después, Favio se transforma en el más grande director argentino de los últimos años en las ceremonias del duelo y la evocación nostálgica de lo que fue. El pueblo que había dejado sus huellas en Moreira ya no está más, pero cuando se trata de reinvertarlo en la pantalla, nadie puede hacerlo como Leonardo Favio.

Fuente: http://www.lafuga.cl/dossier_festivales/en_busca_del_pueblo_leonardo_favio/

Aquel cine de "antes de la revolución"


Octavio Getino


Por Ricardo García Oliveri


El tiempo en que las películas de Hollywood convivían en pie de igualdad con obras de Costa Gavras, Luchino Visconti o Pier Paolo Pasolini.

Está bien que se apele en esta nota, y no en otra, a la expresión. "Antes de la Revolución", después de todo, y aunque viene de lejos, fue título de una película.
Conviene, de todos modos, andar por partes. Cuando dijo, y dejó escrito, que "quien no ha conocido esos tiempos, los de ‘antes de la Revolución’, no sabe lo que es la dulzura de vivir", Talleyrand se estaba refiriendo a una Revolución con todas las letras. Mucho, pero mucho más recientemente, cuando eligió que se llamara así la película que, en 1964, le dio notoriedad (y que, con semejante título, acá no vino ni para remedio), Bernardo Bertolucci estaba hablando de un proceso que no habrá revolucionado el estado de las cosas --técnicamente hablando--, pero que indudablemente las modificó bastante: hoy los italianos viven de una manera diferente --mejor-- que hace treinta años. Y por fin, usar el giro para referirse a la situación argentina por aquellos tiempos, licencia que nos hemos permitido, viene bien simplemente para describir un estado de ánimo. Parecía que desde aquí se venía el mundo abajo y en cambio se estaba empollando, una vez más, la vieja y archiconocida contrarrevolución. Como quiera que sea, cabe el viejo y, esta vez sí, querido ¿quién nos quita lo bailado? Que aquí debe leerse como lo filmado y lo gozado.
En estos días de cines cada vez más chiquitos, en los que se come pochoclo y se bebe coca-cola, nunca alcohol, en la mismísima platea, cuesta imaginarse a una sala como el Gran Rex, la más grande de Sudamérica, esa que ahora ya no da películas porque no rinden y solo se abre para Sandro o las Chiquititas, llena de bote en bote cualquier día de la semana para ver "Sacco y Vanzetti", la película de Giuliano Montaldo con Gian Maria Volonté y Riccardo Cucciola; si hasta la gente coreaba la canción del final que cantaba Joan Baez. Películas absolutamente políticas como "Z", de Costa-Gavras, con Yves Montand, o revulsivas como "MASH", de Robert Altman --donde se revelaron Elliott Gould y Donald Sutherland-- y "El discreto encanto de la burguesía", del genio Luis Buñuel, se eternizaban en la cartelera. ¿En qué otro país del mundo que no sea éste, o en qué otro momento de este país que no sea aquél, podía ser un taquillazo semejante una película de Buñuel quien, por otra parte, ya se había anotado grandes sucesos poco tiempo atrás con títulos de tan hermético contenido como "Viridiana" y "El ángel exterminador"?
Vamos a entendernos. También fue un gran éxito "Love Story", para dar un solo ejemplo. Lo interesante era que los melodramas de Hollywood convivían, en pie de igualdad, con Luchino Visconti y Pier Paolo Pasolini (quien alguna vez le dijo a este periodista que en ningún país del mundo, fuera de Italia, su f ábula política "Pajarracos y pajaritos" --en la que el inefable Totó miraba filosofar a un cuervo y decía "Este es comunista, a éste me lo como"-- había sido mejor entendida y más reconocida); las de tiros y granadas, nunca tantas ni tan estruendosas como ahora, convivían con Ingmar Bergman; las musicales de la MGM, con las del cine polaco (Wajda, Polanski, Zanussi) o checoslovaco (con "Adelaida" y otras del talentoso Vlacil en primer lugar; Milos Forman ya estaba en los Estados Unidos, desde donde venía "Búsqueda insaciable", una de las mejores radiografías de aquella sociedad norteamericana); engendros como "El exorcista", con aquellas rusas tan densas que daban en el Cosmos, con aquel Tarkovsky iniciático de "Solaris" incluido. Mientras los de un bando y los del otro se estremecían con las revelaciones de Coppola en "El padrino" y con el trabajo del gran Marlon, que después... bueno, esa es otra historia. Y se deslumbraban con Liza Minelli y con la historia antinazi de "Cabaret", de Bob Fosse.
Uno de los recuerdos que más atesora el firmante es haber visto "El chacal de Nahuel Toro", la opera prima de Miguel Littin, en el ya inexistente cine Libertador, junto a Leopoldo Torre Nilsson; y después habérselo llevado al Babsy a su programa de radio de trasnoche para comentarla.
Había, en efecto, otro concepto de la amistad, de la solidaridad. Y también había más ganas de vivir, de transmitir, de decirle cosas al prójimo, al cumpa, o como prefiera llamárselo.
Otro filme chileno que tuvo, por aquellos tiempos, su módica repercusión, fue el imperfecto pero tan querible "Voto más fusil". Después, se eternizó en la Sala del Instituto (el instituto era el de Cultura Religiosa Superior; luego, una bomba haría trizas ese lugar en el que monjas y cineclublistas subversivos pudrían la mente de perejiles y tibios... Si aquellos tiempos de "antes de la Revolución" hoy en día no se pueden creer, lo que siguió después, tampoco).
Pero el récord de permanencia pertenece, sin duda alguna, a "La batalla de Argelia", esa increíble obra maestra de Gillo Pontecorvo --de quien, al toque, llegó la no menos valiosa "Queimada"--. La única copia que quedaba se siguió dando, y dando, y dando en las trasnoches del cine Lorange. Cuando, muchos años después, llegó la censura, ya no importó en este caso: de "La batalla de Argelia" no quedaban sino unos girones de celuloide.
La "otra historia" en relación a Marlon Brando, claro está, es la de "Ultimo tango en París", de Bertolucci. Si hasta Antonio Carrizo, que a poco se convertiría en un circunspecto divulgador de las bondades procesistas, jodía en la tarde de Rivadavia con la mantequilla. Si hubiera que elegir un solo símbolo de la época, tal vez no cabría otro más indicado que "Ultimo tango". No a pesar, sino debido a que, conviene no olvidarlo, solo se exhibió un fin de semana. Después fue levantada con cualquier excusa legal, y a Octavio Gettino, que había autorizado la exhibición, le iniciaron juicio.
Otro créase o no: Perón en persona prohibió, de la noche a la mañana durante el feriado de fin de año de 1973, la magistral "Naranja mecánica" de Stanley Kubrick.
Otro más: la distribuidora que había traído "Jesucristo Superstar", de Norman Jewison, fue víctima de un atentado y la película solo llegó a estrenarse en los 80.
Como pasar, pasaba de todo.
Pero con el cine argentino tuvieron que esperar un poco más. Es más, todo esto ya había sucedido cuando le tocó vivir una de las páginas más brillantes de toda su historia.
La producción local venía siguiendo todo este proceso un poco de afuera. No nos referimos a "La hora de los hornos" y las otras del Grupo Cine Liberación, y mucho menos a los trabajos de Raymundo Gleyzer o Jorge Prelorán, sino al cine que el espectador podía ver masivamente en los cines de siempre. No está de más recordar que es durante este período que renacen los filmes históricos, hasta constituir una moda. Los intentos válidos eran aislados y casi nunca terminaban bien ("Mi novia el...", fue uno de los mejores guiones para comedia que se hayan escrito por aquí, pero entre una realización rutinaria y un montón de marchas atrás de corte ideológico, quedó apenas un filme correcto). Una excepción, en todo caso, fue "Juan Moreira", de Leonardo Favio, estrenada en 1973.
Y de repente, se produce una magnífica, increíble eclosión. La culpa la tuvo Cámpora y todo lo que lo rodeó. Claro que en 49 días (los que él estuvo en eso que suele ser llamado "el sillón de Rivadavia") una película no sólo no puede rodarse: ni siquiera puede preproducirse. Ocurrió que había una punta de proyectos en carpeta y así fue como en 1974 se desató un fenómeno que no pudieron parar ni los reaccionarios de por acá ni las distribuidoras norteamericanas, que veían consternadas cómo las películas hechas en el país les tapaban todas las salidas. Las adelantadas fueron "Quebracho", de Ricardo Wullicher, "La Patagonia rebelde", de Héctor Olivera, "La tregua", de Sergio Renán, pero el éxito se contagió a muchas otras. Parecía que el cine argentino se había reencontrado definitivamente con su público y resurgía: como en los 40, pero con una utilidad social mayor todavía. No fue así. Durante el mismo gobierno peronista se nombró a Miguel Paulino Tato al frente del Ente Calificador (sería el único funcionario confirmado por el Proceso militar), quien, muy bien ayudado por algunos colegas, pero también desde afuera, en muy poco tiempo logró que también el cine cayera en el desánimo general.
¿Desde qué momento alguien estaba incubando el huevo de la serpiente?

Ricardo García Oliveri
Fuente: http://www.los70.org.ar/n05/pantalla.htm

domingo, 30 de diciembre de 2007

Para homenajear a Charles Chaplin


A 30 años de su muerte

Biografía

Los padres de Charles Spencer Chaplin eran cantantes y actores de variedades de origen judío que, en su momento, alcanzaron un razonable éxito. Especialmente la madre, Hannah Hili, hija de un zapatero, menuda, graciosa y con una agradable voz. El niño nació a las ocho de la tarde del 16 de abril de 1889 en la calle londinense de East Lane, Walworth. No era un buen momento para la familia. El padre, Charles, había abandonado el hogar en pos de su afición alcohólica, y Hannah se vio obligada a mantener por sí sola a sus hijos Sydney y Charles. Estaba en la cumbre de su carrera artística con el pseudónimo de Lily Harvey, pero comenzaba a fallarle la voz. En 1894, durante una función en Aldershot, su gorjeo se quebró en medio de una canción. El empresario envió a escena al pequeño Charles, de cinco años, que imitó la voz de Lily incluyendo el desfallecimiento final, para gran diversión del público. Ése fue su debut artístico.

El fracaso y la falta de dinero trastornaron la salud mental de Hanna Hill, que comenzó a dar muestras de extravío. Ella y los niños pasaron a vivir en el asilo de la calle Lambeth. Sydney y Charlie asistieron un tiempo a la escuela para niños pobres de Hanwell, sufriendo su severa disciplina y las burlas de los niños más afortunados. En 1896 el estado de Hannah obligó a recluirla en un sanatorio frenopático. Al año siguiente, Charlie se unió a los Eight Lancashire Lads (Los ocho muchachos de Lancashire), un grupo de actores juveniles aficionados que hacían giras por los pueblos. Más tarde formó parte de otras compañías ambulantes, ya profesionales aunque muy modestas. En 1898 murió el padre, mientras Charlie Chaplin era ya un experto actor infantil. En 1901, con doce años, representó el rol de protagonista en Jim, the Romance of a Cockney, y cuatro años más tarde realizó una gira con The Painful Predicament of Sherlock Holmes. El año 1906 fue afortunado para el joven cómico. Se inició con un contrato en el Casey Court Circus como una de las primeras atracciones, y finalizó con otro contrato para la célebre compañía de pantomimas de Fred Karno, en la que también actuaba Stan Laurel.

Los comienzos en Hollywood

A los diecinueve años Charlie vivió el primero de sus numerosos e intensos romances, al enamorarse perdidamente de la joven actriz Hetty Kelly. Con Fred Karno el futuro Charlot había perfeccionado y diversificado sus notables recursos mímicos, y el director lo incluyó en la troupe que realizaba una gira a París en 1909 y al año siguiente otra de seis meses por Estados Unidos. Fue la época en que Mack Sennett obtuvo un gran éxito con sus filmes cortos de bañistas y policías, basados en corridas, gesticulaciones exageradas, palos y peleas con tartas de crema. Sennett adivinaba las posibilidades cinematográficas de la mímica más refinada y compleja de Chaplin, y cuando éste realizó su segunda gira en 1912 lo convenció para que se incorporase a su productora, la Keystone.


Chaplin en A Night in the Show (Charlot en el teatro)

Charlie Chaplin llegó a Hollywood en la primavera de 1913, y comenzó a trabajar en noviembre. El 2 de febrero de 1914 se estrenaba su primera película, Making a Living (Ganándose la vida, también conocida como Charlot periodista). En ese mismo año rodó 35 films de un rollo (cortos de entre doce y dieciséis minutos de duración), escritos y dirigidos por Sennett, el propio Charles u otros directores. Todavía sus caracterizaciones eran sólo esbozos del vagabundo ingenuo y sentimental que le daría fama en todo el mundo, pero como Chaplin interpretaba en cada uno un oficio o situación distinta, se los bautizaría luego como Charlot bailarín, Charlot camarero, Charlot de conquista, Charlot ladrón elegante, etc. El éxito fue arrollador, y en 1915 la productora Essanay le robó a Sennett su estrella por un contrato de 1.500 dólares a la semana. Cifra fabulosa para un cómico de cine mudo, que en Keystone venía cobrando diez veces menos.

Con la Essanay, Chaplin pasó a escribir y dirigir los catorce films que rodó ese año. Tenían ya una duración de dos rollos, una trama más complicada que introducía toques románticos y melancólicos en la receta humorística, y un guión meticulosamente estructurado y ensayado. Chaplin era el protagonista absoluto (en alguno en rol femenino), y en la mayoría de ellos su partenaire era Edna Purviance. Cabe recordar A Night in the Show, The Champion, The Night Out y sobre todo The Tramp (El vagabundo), en la que redondeaba el personaje que luego se conocería como Charlot. Él mismo contaría después que fue escogiendo casi al azar -como lo haría un vagabundo real- el sombrero, el bastón, los anchos pantalones, la chaqueta estrecha y los zapatones. El resultado fue el atuendo más famoso y perdurable en la historia del cine.

La celebridad de Chaplin y su personaje era ya universal (el nombre de Charlot se lo daría en 1915 el distribuidor de sus filmes en Francia), y el exitoso mimo cambió nuevamente de productora en 1916. Con la Mutual realizaría doce películas en dos años, entre ellas The Pawnshop (El prestamista), Easy Street (La calle de la paz) y especialmente The Immigrant (El inmigrante), las tres con Edna Purviance. A principios de 1918 la First National contrató a Charlie Chaplin por la cifra récord de un millón de dólares anuales. Fue también el año de la primera de sus bodas con jovencitas casi adolescentes. Su matrimonio con la actriz secundaria de diecinueve años Mildred Harris, celebrado el 23 de octubre, duraría hasta 1920 y el divorcio le costó a Charles 200.000 de sus preciosos dólares.

También en 1918 realizó una gira para vender bonos de guerra junto a otras dos superestrellas de la época: Mary Pickford (llamada «La novia de América») y el galán acrobático Douglas Fairbanks. Con la First National filmó doce películas entre ese año y 1922, algunas tan clásicas en su filmografía como A Dog Life (Vida de perro) y Shoulder Arms (Armas al hombro). Y también la que se considera su primera obra maestra, en la que cinceló su estilo tragicómico, crítico y sutilmente conmovedor: The Kid (El chico), con Jackie Coogan, la infaltable Purviance y seis rollos de duración. En 1921 regresó por primera vez a Europa para el estreno de esa película y recibió una recepción multitudinaria, al tiempo que la severa crítica europea lo consagró como un genio del cine.


Chaplin en El circo (1927)

Ya en 1919 Chaplin, Pickford y Fairbanks, junto al director David W. Griffith (sin duda otro genio del cine) habían constituido la productora independiente United Artists, pero Chaplin no trabajó para ésta hasta no acabar su contrato con la First National. En 1923, con productora propia, sólida fortuna personal y una suntuosa mansión en Beverly Hills, se sintió al fin con las manos libres para desarrollar sin ataduras su creatividad. Ese año dirigió, sin actuar, la excelente A Woman of Paris, con su admirada Edna y Adolphe Menjou. El multifacético creador tenía ya treinta y cinco años, y el 24 de noviembre de 1924 contrajo matrimonio en México con la jovencísima actriz Lolita McMurray (o Lita Grey), de sólo dieciséis años. La unión duró hasta 1927 y Chaplin obtuvo de ella sus dos primeros hijos (Charles Spencer y Sydney Earle) y pagó un millón de dólares al divorciarse de su Lolita.

En esa época inició la gran trilogía final del personaje de Charlot, rodando en 1925 The Gold Rush (La quimera del oro), de la que en 1942 realizó una versión sonora narrada por su voz y con música propia. Ya en 1927 se estrenó la primera película sonora, El cantor de jazz, con Al Jolson, pero Chaplin seguía fiel al cine mudo cuando en 1928 realizó The circus (El circo), película que él mismo consideraba menos lograda que las que integraban la trilogía, pese a ser un magnífico filme cómico. Por esta película recibió su primer Oscar de la Academia en 1929. Dos años más tarde estrenó City Lights (Luces de la ciudad), paradigma de la ternura y la desolación de su alter ego cinematográfico, con inclusión de escenas sonoras y música de Chaplin.

En 1932 realizó un nuevo y extenso viaje a Europa, donde en una recepción conoció a la actriz francesa Paulette Goddard. Ambos prosiguieron juntos el itinerario de lo que llegó a ser una gira mundial, y al año siguiente Paulette sería su pareja en el último film de la trilogía: Modern Times (Tiempos modernos), una ácida parábola sobre el maquinismo industrial y las miserias del capitalismo.

Al desatarse la guerra y la invasión alemana sobre Europa, Chaplin filmó, en 1940, The Great Dictator (El gran dictador), una divertida y feroz parodia del nazi-fascismo, en la que el actor se desdoblaba en un Charlot transformado en peluquero judío y un Hitler mitómano y paranoico que anunciaba la disposición de Chaplin a encarnar nuevos roles, sin bombín ni zapatones. Lo acompañaba la Goddard, cuyo personaje llevaba el nombre de la madre de Charles (Hannah), fallecida en 1928. Chaplin y Paulette se distanciaron en 1941 y poco después el cineasta se vio envuelto en un proceso por la paternidad de la hija de la actriz Joan Barry, llamada Carol Ann. Condenado en abril de 1942 por violación de la Ley Mann, debió hacerse cargo de la manutención de la niña. El escándalo no le impidió casarse a sus cincuenta y cuatro años, con la hija del insigne dramaturgo Eugene O'Neill, una hermosa joven de dieciocho años llamada Oona, que permanecería a su lado el resto de su vida.

El patriarca de Vevey

Tras rodar Monsieur Verdoux en 1947, Charles Chaplin cayó bajo la ola del maccarthismo que tenía como blanco a intelectuales y artistas de Hollywood. La crítica social que rezumaba su obra, sumada probablemente a su origen judío y al hecho de ser extranjero (nunca se nacionalizó), lo llevaron a comparecer en 1949 ante el inquisicional Comité de Actividades Antinorteamericanas. Al año siguiente, mientras él y su familia viajaban por Europa, se ordenó a las autoridades de inmigración que lo retuvieran a su regreso. Chaplin decidió no volver jamás y se instaló en una lujosa residencia en Corsier-sur-Vevey, en la plácida ribera del lago suizo de Léman, frente a Ginebra. Oona se encargó de liquidar sus asuntos económicos y profesionales en Estados Unidos.

Inglaterra ofreció a su hijo pródigo un sitio para continuar su trabajo. En 1952 rodó en Londres Limelight (Candilejas), magnífica y sentimental rememoración de sus días de cómico ambulante, y dos años más tarde recibió el Premio Internacional de la Paz. Su resentimiento contra Estados Unidos se reflejó en A King in New York (Un rey en Nueva York), filme de 1957 cuyos altibajos no ocultan el corrosivo humor chapliniano. El gran cineasta era ya un anciano patriarcal y vitalista que comenzaba a escribir sus memorias en 1959. A los setenta y ocho años fue padre de su octavo hijo con Oona, Christopher, nacido en 1962, y en 1964 se publicó en Londres su autobiografía, Historia de mi vida.


Chaplin con su última esposa, Oona O'Neill

Ya octogenario, Chaplin tenía todavía ánimo y energías para escribir y rodar una última película, A Countess from Hong Kong (La condesa de Hong Kong, 1966). Pese a contar con dos protagonistas de lujo como Sofía Loren y Marlon Brando, y al propio director en el rol menor de un camarero, el filme no tuvo éxito y quizá no lo merecía. La mano maestra de Chaplin conservaba cierta elegancia, pero el tema era trivial y el estilo claramente anacrónico. El anciano creador debió de advertirlo, porque no volvió a insistir.

Charles Chaplin vivió todavía una década en su refugio de Vevey, rodeado de sus hijos y acompañado por la leal Oona. En 1972 aceptó un breve retorno triunfal a Hollywood, para recibir un Oscar por la totalidad de su obra. En 1976 Richard Patterson rodó The Gentleman Tramp (El vagabundo caballero), inspirada en su autobiografía, que incluía escenas familiares en Vevey filmadas por el director de la fotografía, el español Néstor Almendros. Otro español, el cineasta Carlos Saura, se casó con Geraldine, la hija de Oona más consecuente con el oficio de su padre. Éste murió a los ochenta y ocho años, el día de Navidad de 1977. Dejaba un total de 79 películas filmadas en más de cincuenta años de actividad como actor y director. En la casi totalidad de ellas fue también autor del guión, y del diálogo y la música en las sonoras. Además de las ya mencionadas, cabe agregar Carmen (1916), según la novela de Merimée; The Vagabond (El vagabundo), 1916; A Day's Pleasure (Un día de juerga), 1919; Pay Day (Día de paga), 1922, y The Pilgrim (El peregrino), 1923, entre las más apreciadas por la crítica y celebradas por el público.

Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/monografia/chaplin/

Filmografía (¿completa?) de Charles Chaplin


He aquí todo lo que hemos podido rescatar de su filmografía. Es muy probable que haya muchos más títulos. Creemos que el presente listado es uno de los más completos. Si el lector considera conocer de otros films por favor que nos haga llegar la información.

Filmografía:
Todo por un paraguas (Between Showers) (1914)
Charlot, sufragista (A Busy Day) (1914)
Charlot, camarero (Caught in a Cabaret) (1914)
Charlot y la sonámbula (Caught in the Rain) (1914)
Un amor cruel (Cruel, Cruel Love) (1914)
Charlot, panadero (Dough and Dynamite) (1914)
Charlot, pintor (The Face on the Bar Room Floor) (1914)
El mazo de Charlot (The Fatal Mallet) (1914)
Charlot y el fuego (A Film Johnnie) (1914)
Mabel y Charlot en las carreras (Gentlemen of Nerve) (1914)
Charlot tiene una mujer celosa (Getting Acquainted) (1914)
Charlot, ladrón elegante (Her Friend the Bandit) (1914)
Charlot, extremadamente elegante (His Favorite Pastime) (1914)
Charlot domina el piano (His Musical Career) (1914)
Nueva colocación de Charlot (His New Profession) (1914)
Charlot, prehistórico (His Prehistoric Past) (1914)
Charlot se engaña (His Trysting Place) (1914)
Carreras sofocantes (Kid Auto Races at Venice) (1914)
Charlot, árbitro (The Knockout) (1914)
Charlot, falso dentista (Laughing Gas) (1914)
Mabel y el auto infernal (Mabel at the Wheel) (1914)
Mabel, vendedora ambulante (Mabel's Busy Day) (1914)
Charlot en la vida conyugal (Mabel's Married Life) (1914)
Aventuras extraordinarias de Mabel (Mabel's Strange Predicament) (1914)
Charlot, periodista (Making a Living) (1914)
Charlot, artista de cine (The Masquerader) (1914)
Charlot, conserje (The New Janitor) (1914)
Charlot "régisseur" (The Property Man) (1914)
La pícara primavera (Recreation) (1914)
Charlot y Fatty en el café (The Rounders) (1914)
Charlot, huésped ideal (The Star Boarder) (1914)
Charlot en el baile (Tango Tangles) (1914)
Jes, rival de Charlot (Those Love Pangs) (1914)
Aventuras de Tillie, el romance de Charlot (Tillie's Punctured Romance) (1914)
Charlot de conquista (Twenty Minutes of Love) (1914)
Charlot, portero de banco (The Bank) (1915)
Charlot en la playa (By the Sea) (1915)
Un campeón de boxeo (The Champion) (1915)
Charlot cambia de oficio (His New Job) (1915)
Charlot en el parque (In the Park) (1915)
La fuga de Charlot (A Jitney Elopement) (1915)
Charlot en el teatro (A Night in the Show) (1915)
Charlot, trasnochador (A Night Out) (1915)
Charlot, marinero (Shanghaied) (1915)
Charlot, vagabundo (The Tramp) (1915)
Charlot, perfecta dama (A Woman) (1915)
Charlot trabajando de papelista (Work) (1915)
Charlot, tramoyista de cine (Behind the Screen) (1916)
Charlie Chaplin's Burlesque on Carmen (Charlie Chaplin's Burlesque on Carmen) (1916)
El conde (The Count) (1916)
Charlot, bombero (The Fireman) (1916)
Charlot, encargado de bazar (The Floorwalker) (1916)
Charlot, a la una de la madrugada (One A.M.) (1916)
Charlot, prestamista (The Pawnshop) (1916)
Charlot, licenciado de presidio (Police) (1916)
Charlot, héroe de patín (The Rink) (1916)
Charlot, músico ambulante (The Vagabond) (1916)
El aventurero (The Adventurer) (1917)
Charlot en el balneario (The Cure) (1917)
Charlot en la calle de la paz (Easy Street) (1917)
Charlot, emigrante (The immigrant) (1917)
El bono (The Bond) (1918)
Vida de perro (A Dog's Life) (1918)
Armas al hombro (Shoulder Arms) (1918)
Un día de juerga (A Day's Pleasure) (1919)
Al sol (Sunnyside) (1919)
Vacaciones (The Idle Class) (1921)
El chico (The Kid) (1921)
Día de paga (Pay Day) (1922)
El peregrino (The Pilgrim) (1923)
Una mujer de París (A Woman of Paris) (1923)
La quimera del oro (The Gold Rush) (1925)
El circo (The circus) (1928)
Espejismos (Show People) (1928)
Luces de la ciudad (City Lights) (1931)
Tiempos modernos (Modern times) (1936)
El gran dictador (The great dictator) (1940)
Monsieur Verdoux (Monsieur Verdoux) (1947)
Candilejas (Limelight) (1952)
Un rey en Nueva York (A king in New York) (1957)
Days of Thrills and Laughter (Days of Thrills and Laughter) (1961)
La condesa de Hong Kong (Countess from Hong Kong) (1967)


Montaje:
El circo (The circus) (1928)


Dirección:
Charlot, sufragista (A Busy Day) (1914)
Charlot y la sonámbula (Caught in the Rain) (1914)
Charlot, panadero (Dough and Dynamite) (1914)
Charlot, pintor (The Face on the Bar Room Floor) (1914)
Mabel y Charlot en las carreras (Gentlemen of Nerve) (1914)
Charlot tiene una mujer celosa (Getting Acquainted) (1914)
Charlot, ladrón elegante (Her Friend the Bandit) (1914)
Charlot domina el piano (His Musical Career) (1914)
Nueva colocación de Charlot (His New Profession) (1914)
Charlot, prehistórico (His Prehistoric Past) (1914)
Charlot se engaña (His Trysting Place) (1914)
Charlot, falso dentista (Laughing Gas) (1914)
Charlot en la vida conyugal (Mabel's Married Life) (1914)
Charlot, artista de cine (The Masquerader) (1914)
Charlot, conserje (The New Janitor) (1914)
Charlot "régisseur" (The Property Man) (1914)
La pícara primavera (Recreation) (1914)
Charlot y Fatty en el café (The Rounders) (1914)
Jes, rival de Charlot (Those Love Pangs) (1914)
Charlot de conquista (Twenty Minutes of Love) (1914)
Charlot, portero de banco (The Bank) (1915)
Charlot en la playa (By the Sea) (1915)
Un campeón de boxeo (The Champion) (1915)
Charlot cambia de oficio (His New Job) (1915)
Charlot en el parque (In the Park) (1915)
La fuga de Charlot (A Jitney Elopement) (1915)
Charlot en el teatro (A Night in the Show) (1915)
Charlot, trasnochador (A Night Out) (1915)
Charlot, marinero (Shanghaied) (1915)
Charlot, vagabundo (The Tramp) (1915)
Charlot, perfecta dama (A Woman) (1915)
Charlot trabajando de papelista (Work) (1915)
Charlot, tramoyista de cine (Behind the Screen) (1916)
Charlie Chaplin's Burlesque on Carmen (Charlie Chaplin's Burlesque on Carmen) (1916)
El conde (The Count) (1916)
Charlot, bombero (The Fireman) (1916)
Charlot, encargado de bazar (The Floorwalker) (1916)
Charlot, a la una de la madrugada (One A.M.) (1916)
Charlot, prestamista (The Pawnshop) (1916)
Charlot, licenciado de presidio (Police) (1916)
Charlot, héroe de patín (The Rink) (1916)
Charlot, músico ambulante (The Vagabond) (1916)
El aventurero (The Adventurer) (1917)
Charlot en el balneario (The Cure) (1917)
Charlot en la calle de la paz (Easy Street) (1917)
Charlot, emigrante (The immigrant) (1917)
El bono (The Bond) (1918)
Vida de perro (A Dog's Life) (1918)
Armas al hombro (Shoulder Arms) (1918)
Un día de juerga (A Day's Pleasure) (1919)
Al sol (Sunnyside) (1919)
Vacaciones (The Idle Class) (1921)
El chico (The Kid) (1921)
Día de paga (Pay Day) (1922)
El peregrino (The Pilgrim) (1923)
Una mujer de París (A Woman of Paris) (1923)
La quimera del oro (The Gold Rush) (1925)
El circo (The circus) (1928)
Luces de la ciudad (City Lights) (1931)
Tiempos modernos (Modern times) (1936)
El gran dictador (The great dictator) (1940)
Monsieur Verdoux (Monsieur Verdoux) (1947)
Candilejas (Limelight) (1952)
Un rey en Nueva York (A king in New York) (1957)
La condesa de Hong Kong (Countess from Hong Kong) (1967)


Guión:
Charlot, portero de banco (The Bank) (1915)
Charlot en la playa (By the Sea) (1915)
Un campeón de boxeo (The Champion) (1915)
Charlot cambia de oficio (His New Job) (1915)
Charlot en el parque (In the Park) (1915)
La fuga de Charlot (A Jitney Elopement) (1915)
Charlot en el teatro (A Night in the Show) (1915)
Charlot, trasnochador (A Night Out) (1915)
Charlot, marinero (Shanghaied) (1915)
Charlot, vagabundo (The Tramp) (1915)
Charlot, perfecta dama (A Woman) (1915)
Charlot trabajando de papelista (Work) (1915)
Vida de perro (A Dog's Life) (1918)
Armas al hombro (Shoulder Arms) (1918)
Un día de juerga (A Day's Pleasure) (1919)
Al sol (Sunnyside) (1919)
Vacaciones (The Idle Class) (1921)
El chico (The Kid) (1921)
El peregrino (The Pilgrim) (1923)
Una mujer de París (A Woman of Paris) (1923)
La quimera del oro (The Gold Rush) (1925)
El circo (The circus) (1928)
Luces de la ciudad (City Lights) (1931)
Tiempos modernos (Modern times) (1936)
El gran dictador (The great dictator) (1940)
Monsieur Verdoux (Monsieur Verdoux) (1947)
Candilejas (Limelight) (1952)
Chaplin (Chaplin) (1992)


Música:
Vacaciones (The Idle Class) (1921)
Luces de la ciudad (City Lights) (1931)
Tiempos modernos (Modern times) (1936)
Monsieur Verdoux (Monsieur Verdoux) (1947)
Candilejas (Limelight) (1952)
Smile (Smile) (1975)

Tiempos modernos (1936)










Por Arantxa Bolaños

Tiempos modernos (1) dirigida por Charles Spencer Chaplin (1889-1968) es un largometraje que bien podría definirse como un documento de una época (la depresión) por el retrato que el director hace de la sociedad del momento. Pero, por el tratamiento tragicómico que impera en el film, tan propio del autor, presenciamos no sólo un espejo de la vida de los años 30, sino también la ideología de un autor comprometido con el mundo que le rodeaba.



Esta década, la que prosiguió al llamado "jueves negro", fue llamada la Gran Depresión Norteamericana (y mundial, por extensión ), debido a la terrible crisis que provocó el "crack" a todos los niveles (económico, social, político...): En 1932 el 25% de la sociedad activa estaba en paro y quebraron numerosas empresas. En general hubo una crisis fortísima que afectó sobre todo a las capas más bajas de la sociedad (campesinos, obreros y empleados). Las condiciones de vida eran lamentables. De ciertas condiciones y derechos que habían conseguido los trabajadores en la década anterior (los felices años 20), se perdieron de golpe muchas atribuciones. Y estos sucesos desencadenaron una grave crisis social. Porque la población perdió la esperanza, las calles estaban llenas de desolación. No había trabajo, y el que tenía la suerte de tenerlo era en condiciones infrahumanas (con grandes sobrecargas y exceso de responsabilidad, sin prevención de riesgos laborales, con jornadas de hasta 16 horas diarias...). Un poco como los momentos que vivimos en la actualidad.

Por tanto, en aquellos momentos tan delicados, los estudios optaron por fomentar lo que se ha venido llamando la política de géneros, que consistió en fortalecer y promocionar un cine escapista que infundara un poco de optimismo en el ya decadentismo y negativismo generalizado.

Así crecieron géneros olvidados como el musical, la comedia americana, el horror, y surgieron otros como el de gansters...

Musical: The Jazz singer (Alan Crosland, 1927); Swing Time (G.Stevens, 1937).

Comedia americana: It happened one night (Capra, 1934), You can´t take it with you (Capra, 1938), Una mujer para dos (Lubitsch), Duck Soup (1933).

Gansters: Scarface , el terror del Hampa (H.Hawks, 1932), Las calles de la ciudad (R.Mamuliam, 1931), Soy un fugitivo (M. Le Roy, 1932), Callejón sin salida (W.Wyler, 1937), The Public Enemy (1931)

Fantástico-terrorífico: Drácula (Tod Browning 1931), Frankenstein (J.Whale, 1931), El hombre invisible (J.Whale, 1933), La momia (K.Freund, 1932), Freaks (Tod Browning, 1932)

Esta pérdida de valores será reflejada también por la literatura, y así, escritores comprometidos con la realidad social que se vivía en aquellos momentos, y no la que los films pretendían mostrar (existió además una corriente paralela de cine realista y crítico, como veremos) decidieron expresarla en sus novelas: J.Dos Passos, J.Steinbeck... Así, a través de esta iniciativa y contando con el apoyo de la política del New deal (2) de Roosvelt, muchos cineastas optaron por captar la realidad política en sus films e huir del cine evasivo. Se promocionó la cinta antibélica Sin novedad en el frente (1930, L.Milestone) que, junto con Johny cogió su fusil (1971, Dalton Trumbo) y Apocalypsis Now (1976-1979) componen las tres películas más comprometidas contra la locura , el sinsentido y la crueldad de las guerras. Se criticaron las condiciones de las penitenciarías en Soy un fugitivo (M.L.Roy 1932), F.Lang realiza un alegato en contra del linchamiento popular en Furia (1936), J.Ford llevó a la pantalla la novela de Steinbeck Las uvas de la ira (1940), en la que se narraba la historia de todas las vicisitudes de una familia campesina para sobrevivir...

Pero todo adelanto en la libertad de expresión tiene su contrapartida en un retroceso (provocado por el incansable trabajo de ciertas mentes manipuladoras y retrógradas que controlan a políticos y empresarios a su antojo). Esta vez, llamado Código Hays. Esta censura se implantó en 1934 y alcanzó a cortar escenas y a veces incluso cintas enteras en pos de la "moral" sexual, social , política . Tenía como objetivo la implantación de una moral conservadora, racista, machista, que evitase cualquier atisbo de pensamiento libre. Se prohibía la más nimia crítica de la sociedad americana, del American Way of Life , porque se proponían seguir vendiendo a los demás países el mito de la sociedad de la prosperidad.

Y, por supuesto, estos cambios afectaron a Europa: En Alemania, retornaron muchos de los que antaño emigraron a USA, con nuevas técnicas que elevaron el cine alemán a la categoría de los grandes cines del momento -Stenberg realiza Der blaue Engel (1930)... Pero por muy poco tiempo, ya que la subida de Hitler al poder provocará un nuevo exilio de sus grandes maestros: F.Lang, Pabst, M.Reinhardt, M.Ophüls, P.Lorre, B.Wilder, F.Zinnemann..., que debilitará nuevamente el cine alemán... Como consecuencia, el cine alemán se quedó con los "zánganos" impulsores de la política nazi, que anularía toda creatividad en el cine germánico durante toda la década.

En Francia también se sintió la depresión norteamericana, ya que las productoras estadounidenses habían comprado la industria francesa. Pero a pesar de la "ocupación", el espíritu francés intelectual, inconformista e irreverente siguió en lucha. Así emergen figuras de la talla de J.Vigo (3), R.Clair (4), J.Renoir (5) ...En Gran Bretaña, donde perdura (y perdurará) el cine adscrito a la realidad social, recoge y aflora el cine documental. Aglutinados por el genial Grieerson, impulsor del proyecto, surgen maestros de la talla de Flaherty (relizador de Moana, Nanook el esquimal, Hombres de Arán ...), B.Wright, A.Cavalcanti...

Volviendo a los EEUU, siempre hubo (y habrá) grandes figuras que huyen del llamado cine comercial-escapista y que se resisten a engañar al espectador. Entre estos está, por supuesto, Chaplin. La figura de este genio renacentista (escribía los guiones de sus películas, las dirigía, las producía —montó una productora junto con Douglas Fairbanks, Mary Pickford y D.W.Griffith: United Artist (1919)—, componía la música -una de ellas, la de Candilejas, mundialmente conocida y premiada con un Oscar en 1952????...) no estuvo exenta de controversia y polémica. Como él mismo vivió la penurias de la clase humilde y olvidada de la sociedad no pudo olvidar su niñez a la hora de retratar a los desfavorecidos, y esto Hollywood no se lo perdonó. Aunque permitieron (en principio) que sus largometrajes se exhibiesen debido al buen recibimiento por parte del público y al rendimiento económico que repercutía.

El personaje más famoso de Chaplin fue sin duda Charlot. Con éste gozó de un innegable éxito ya desde sus comienzos, y es debido a este fenómeno por lo que Chaplin pudo salir de la pobreza en la que estaba imbuido. El personaje del vagabundo le ha dado muchas pequeñas obras maestras: como The Kid (1931), City light (1931), Modern Times (1936), A dog´s life (1918), Pay day (1922)... Y casi todas ellas en su etapa muda (menos la última aparición de este personaje, film de transición del director de su etapa muda a la sonora: Modern Times).



El cine sonoro fue un acontecimiento muy importante dentro del séptimo arte. Pero no todo el mundo lo recibía de igual agrado. Mientras el público que presenció The jazz singer (1927) se conmovía con las primeras palabras unidas a la imagen en movimiento (el audiovisual), muchos de los genios en este arte-industria se mostraban reacios a este nuevo invento (6). Esto fue debido a los problemas técnicos que suponía la incorporación de sonido a la imagen y al menosprecio añadido del cine mudo (del que se sentían tan orgullosos sus artistas).

Así René Clair afirmó: «El cine hablado no es lo que nos asusta, sino el deplorable uso que nuestros industriales van a hacer de él».

En Rusia se elaboró un manifiesto encabezado por Eisenstein, Pudovkin en el que deploraban el cine sonoro por el peligro que intuían sobre la libertad creativa del montaje, que estaría sujeta ahora al sonido y no al servicio de la historia. Y Chaplin (7) declaró (8) que «los talkies habían asesinado al arte más antiguo del mundo, al arte de la pantomima» (9) (Historia del cine, Román Gubern, de. Lumen 1989., pág 197)

Por tanto, fue a raíz del acontecimiento de este hito cuando pudo nacer el musical. Este género dependía de la voz, las canciones, y esto sólo fue posible con el sonoro: por ejemplo el film Broadway (1929), o el éxito que alcanzaron Fred Astaire y Ginger Rogers en la RKO con Swing Time (G.Stevens 1937)...

A pesar de la irrupción de esta revolución cinematográfica, había muchos que no sólo criticaron el cine hablado, sino que llevaron sus ideales tan lejos como pudieron. Entre ellos, Chaplin, que siguió haciendo cine mudo hasta El gran dictador (1940), su primera película enteramente hablada. Aunque hizo pequeñas concesiones: Luces de la ciudad (1931), film sincronizado, pero sin diálogos hablados. Tiempos Modernos, en el que, fiel a su postura, mantuvo mudos a los personajes principales y sólo hablaban en ciertas ocasiones los secundarios. (10)

Sin embargo, a pesar de estas desavenencias del cine hablado con ciertas personalidades de la industria que lo denostaron, no debemos pensar que todo fue negativo, de hecho el cine sonoro trajo consigo muchas ventajas, como la irrupción del musical, al eliminar los rótulos consiguió una mayor continuidad narrativa... Aunque algunos mantuvieron su postura de antipatía ante este invento: como Chaplin, que nos recordó que el cine mudo "hablaba" en lenguaje universal, mientras el hablado (en su caso, el inglés) tenía que transcribirse a otras lenguas para su entendimiento en otros países no anglosajones.

Y así es como nació el doblaje y el subtitulado, ambas técnicas que perduran en nuestros días, con una clara supremacía del doblaje (distribuyéndose con exclusividad las películas en versión original subtituladas sólo en los cine de arte y ensayo)...

Sin embargo, este es otro tema, que tiene que ver (una vez más) con la industria cinematográfica (que para rentabilizar su dinero invertido ofrece la comodidad que el mismo espectador poco exigente reclama) y no con la parte artística del cine.

Esta época, en la que se insertan tantos cambios en el cinematógrafo, viene acompañada, o más bien influenciada por los grandes cambios político-sociales. En 1929, se produce el crack en la bolsa de Nueva York. Aquel fatídico "jueves negro" traería como consecuencias (como ya he comentado con anterioridad) una grave crisis económica y social que no se remontaría hasta bien entrada la década de los 40. Y no sólo sufrieron la crisis EEUU, sino que todos los continentes, dependientes de la gran potencia mundial que fue (y sigue siendo, por desgracia) USA, se hundieron con ella.

La década de los 30, fueron, por tanto, la que se ha venido llamando como la Gran Depresión, por el grandísimo alcance crítico que tuvo. Y Chaplin quiso plasmar aquellos acontecimientos en una película.

Por su retrato reivindicativo de las penurias de la sociedad capitalista fue tachado de comunista. Pero esto no es del todo exacto, y él mismo lo rebatirá (aún no se sabe si fue por miedo a los efectos que le acarrearía o si realmente fue sincero al revelarnos sus propósitos): no fue sino un humanista al que siempre le importó el hombre (como individuo y como género). Así que él mismo repetía: esta película no es sino una historia más de su personaje Charlot, el vagabundo, en las condiciones de 1935.

Comienza el film con el vagabundo trabajando en una fábrica en unas condiciones infrahumanas. Se supone que la película es una comedia, pero se respira un ambiente agridulce, que si no fuera por ciertas escenas cómicas (que Chaplin sabía hacer como nadie), estaríamos ante un drama social (que no político). Porque, a pesar de lo que se le ha teñido a Chaplin de rojo, este no es un film propagandístico, sino social (11), y es precisamente el final de la película lo que nos da pie a asegurarlo. Mientras la gran mayoría de las películas militantes tienen como moraleja la "insurrección", la "revolución", la "lucha", este film culmina con una cierta adaptación a este medio hostil.



Nos deja un cierto gusto optimista (no sabemos si fue porque se autocensuró el autor, o si realmente, nos presenta su propia opinión) proveniente de la desaparición de uno de los problemas de la época: la soledad. Charlot ya no está sólo en la lucha por la supervivencia, sino que tiene una compañera, y esta parece ser la única esperanza que nos propone. Pero si analizamos más este final, también podemos percatarnos de una cierta melancolía en el género humano, porque sabiendo lo difícil que es cambiar las condiciones políticas (ya que necesitamos la unión de todos los desfavorecidos) no nos queda otro refugio que cambiar nuestra vida privada: y esta es una conclusión verdaderamente triste (y conservadora).

Charlot empieza, pues, trabajando en una industria de obrero. Las condiciones son penosas: tanto físicas (trabajo continuo durante horas, poco remunerado), como psicológicas (el hombre es tratado como una máquina (12) más en la producción, el trabajo en sí no tiene ningún incentivo, y son tratados de forma vejatoria). Hay en esta parte de la película numerosos gags como el que le pica y al arrascarse provoca la distorsión de la cadena, y otro en el que inventan una máquina (13) para comer, para intentar conseguir el mayor beneficio (ya que la hora de la comida disminuye el rendimiento total).

Trata, en fin, con humor, la vida lamentable de los obreros en las fábricas (la de los trabajadores en los años 30, pero también la de los de ahora, porque por desgracia las condiciones no han cambiado). Por eso está de actualidad este clásico (aunque nunca estuvo anticuado), porque vivimos una época parecida (corrupción política, paro, pobreza, desesperanza en el futuro..., aunque salvando una única diferencia: la fase del capitalismo que presentan una y otra década).

Mientras en los años 30 estaba en los inicios (la emigración a las ciudades de numerosos campesinos que tuvieron que cambiar de oficio a meros obreros (14) de una cadena de montaje y fabricación (15)...), en la actualidad el tremendo paro (sobre todo entre las mujeres) ha traído consigo una grave crisis social (porque la sociedad ha cambiado, los hijos de la sociedad del bienestar de los años 80- en España-que han podido acceder a la cultura, ven como sus deseos están frustrados porque el capitalismo no necesita ideólogos, ni humanistas, ni abogados, ni médicos, ni ingenieros....tan sólo necesita mano de obra barata para que produzca material a consumir).

Y ese capitalismo se encargó de inducirnos y hacernos crecer en el consumismo para que la máquina como-hombres no perezca. Somos los que nos matamos para conseguir un trabajo muy por debajo de nuestra cualificación, para luego malgastarlo en la propia empresa devastadora de ilusiones (16).

Volviendo a la cinta, Charlot, a causa de ese trabajo continuo e inhumano (17), le da un ataque de locura (18) y le tienen que ingresar en un manicomio. Al poco tiempo sale a la calle y se encuentra (una vez curado del ataque de nervios), sin empleo y sin un lugar donde vivir ni nadie a quien acudir. Quizás sea esto por lo que, recordando esta situación en el futuro, sepa valorar la alegría que da tener alguien al lado e intentar superar juntos los problemas.

La intención final era más bien no sólo contra el capitalismo, sino también contra el stajanovismo —más tarde haría otro film contra otro sistema político que aborrecía: el nazismo (19) en El Gran Dictador (20) (1940)—. Bazin recoge varias opiniones sobre Tiempos modernos considerada por él (y luego por la llamada Nouvelle Vague como una obra maestra): «lo es todo menos un film de tesis, y si Chaplin se declara abiertamente de parte del hombre, contra la sociedad y sus máquinas, su afirmación no se sitúa sobre el plano contingente de la política o de la sociología, sino sólo de la moral [...] no es comunismo (21), sino que habla del proletariado porque es también víctima de la sociedad. [...] Pero el fin completo debe más bien ser considerado como una transposición de ese conflicto del hombre con las cosas que ha creado, sirviéndose de la máquina, al nivel de la historia y de la sociedad.» (Charlie Chaplin; Bazin& Rohmer De Orig. Éditions du Cerf, París 1972, de. Castellana: Fernando Torres de., Valencia 1974. Trad, Xavier Aleixandre; pág 32-34)

Charlot es una víctima de la sociedad, y, en otro de los momentos más dramáticos en el que se declina por delinquir porque en la cárcel al menos no pasa hambre, es de una desolación tal que demuestra la crítica acérrima de Chaplin ante la pobreza absoluta. También en otra escena en la que se ve enfrascado en una manifestación (22) y es confundido con el que la lidera tras ser sorprendido sacudiendo un pañuelo rojo...



Más tarde conoce a otra vagabunda con la que compartirá sus casi siempre desgracias y algunas alegrías. Esta está interpretada por la que será su compañera dentro y fuera del rodaje: Paulette Goddard. Con ella vive el hambre, la espera de ella cuando él regresa a la cárcel, el trabajo de él como guarda de seguridad en unos grandes almacenes, el empleo en un garito de espectáculos....

Este es el último trabajo que tiene en el film, ya que deben huir porque ella ha sido identificada como la huérfana que huyo unos meses antes cuando iba a ser recluida en un orfanato. No sin antes mostrarnos las dotes de bailarina de P.Goddard y la burla que hace Chaplin al sonoro en la canción antes mencionada Titina (que es una versión muy personal —en la que mezcla varios idiomas— que hace Chaplin sobre una canción francesa de Leo Daniderff titulada "Le cherche apres Titine". Aquí Charlot, olvidando la letra asignada a su canción, se inventa improvisando un galimatías compuesto por varias palabras en varios idiomas, que apasiona al público a pesar de no entender la letra.



Y llegamos al final de la historia, marcado por un tremendo humanismo: por una carretera se ven marchando juntos a Charlot y a la huérfana en busca de un futuro mejor. Ella, en un momento de debilidad, entra en desesperación, pero él la anima a continuar con esperanza...La vida ya no será tan difícil si se tienen el uno al otro para superar las gibas que se les vayan presentando.

(1) 1932. Trabaja en el guión de Tiempos modernos. 1935. Termina el rodaje de Tiempos modernos. 1936. Estreno del film en Rivoli Nueva York. 1955. Reestreno de la película (esta vez con éxito de crítica y público)

(2) Denominación que designa el conjunto de medidas sociales y económicas adoptadas por el Gobierno estadounidense en base al programa legislativo formulado por Roossvelt para hacer frente a la depresión económica provocada por la crisis que provocó el crack de 1929, que consistió básicamente en: aumento de los salarios, seguros de desempleo y vejez, precios garantizados para la agricultura, reorganización del sistema bancario..., en resumen un intervencionismo por parte del estado para solventar la grave crisis social. El presidente demócrata Roossvelt (1882-1945) fue el impulsor del proyecto. Fue elegido en 1932, y reelegido tres veces más (1936, 1941 y 1944). Participó en la conferencia de Yalta (junto a Churchill y Stalin), que estableció el nuevo orden mundial después de la II GM.

(3) Con sus maravillosas Zéro de conduite (1933) en la que hace una crítica de la represión ya desde la infancia, que truca la imaginación y la libertad de las mentes abiertas, y L´Atalante (1934),

(4) Fue un director afortunado, ya que pudo realizar sus obras con el consentimiento económico francés. R. Clair también estaba en discordia con el cine sonoro y su primer film sonoro Bajo los techos de París (Sous les toits de París, 1930), hace burla a este invento. Se le ha relacionado con Chaplin en multitud de ocasiones por su paralelismo cinematográfico. Sin ir más lejos Tiempos modernos fue acusada (por Goebbels, en un intento de sabotear la obra de Chaplin e imposibilitar su difusión) de plagio de un film de Clair ¡Viva la libertad! (À nous la liberté!, 1931), algo que le mismo R.Clair negó afirmando su admiración al maestro Chaplin.

(5) Fiel al naturalismo, realiza las obras maestras: La golfa (1931), El crimen de M.Lange (1935), La vie est à nous (1936), como propaganda del PC, Un día de campo (1936), La gran ilusión (1937), La Marsellaise (1937), La regla del juego (1939), La bestia humana (1938)...

(6) Como tanto otros descubrimientos (y no sólo en el cine), nacieron mucho antes de la fecha que data en los manuales. Así, el cine sonoro tuvo su prehistoria en los años de Edison y Pathé, que ya a finales del s.XIX y principios del s.XX sincronizaban las imágenes con discos gramofónicos. Y todo esto ocurrió mucho antes de que un actor blanco embetunado pronunciara las supuestas primeras palabras del sonoro: «Esperen un momento, pues todavía no han oído nada. Escuchen ahora.» (The jazz singer, 1927). Así, esta mediocre película ha pasado a los anales de la historia, a pesar de no ser ni la primera proyección sonora, ni de poderse comparar a la versión de The jazz singer (1980), de Richard Fleischer (una maravilla de historia protagonizada por sir Laurence Olivier y Neil Diamond, que compuso además una deliciosa banda sonora)

(7)"At first Chaplin avoided the challenge of sound operating his own studio, he released only two comedies during the 1930s, City Lights (1931) an Modern Times (1936), both eagerly awaited by contemporary audiences and destined to become film classics" (A World History Of Film , by Robert Sklar)

(8) Chaplin declara una noche en casa de H.G. Welles: «No creo que la palabra sea necesaria, estropea el arte como lo haría una estatua pintada. El cine es el arte de la pantomima, que también puede producirse en el teatro. Con la palabra no habrá ya lugar para la imaginación» (P.Cotes y T.Niklans : Charlot, Nouvelles Éditonsde París, 1951) , recogido en el libro: Historia Ilustrada del cine, Vol. 2 -El cine sonoro , René Jeanne y Charles Ford,. ed.Alianza, 97 Madrid. (Histoire Ilustrée Du Cinema,2 Le Cinemá Parlant, Traductor R.Díaz-Delgado Estévanez, pás 38

(9) Chaplin también llegó a decir que: «el diálogo es el único responsable de la lentitud de la acción» Historia Ilustrada del cine, Vol. 2 -El cine sonoro, René Jeanne y Charles Ford, ed.Alianza, 97 Madrid. (Histoire Ilustrée Du Cinema,2 Le Cinemá Parlant, Traductor R.Díaz-Delgado Estévanez.. Pág. 43.

(10) «Incorporó una partitura musical, compuesta por él mismo con la supervisión de Alfred Newman, y una canción al final, conocida como Titina, cuya letra está formada por una serie de palabras ininteligibles o tomadas de varios idiomas [...] . En realidad, se trataba de una burla al cine sonoro.» (Charles Chaplin, W.C.Taylor, de. Ultramar 1993, pá 75). La TITINA decía lo siguiente: La spinach or la tuko / Gigeretto toto torlo / E rusho spagaletto / Je le tu le twa. / La der la ser pawnbroker / Lusern seprer how mucher / E ses confees a potcha / Ponka walla ponka waa. / Señora ce le tima. / Voulez-vous le taximetre / Le jonta tu la zita / Je le tu le tu le twaa.

(11) A lo largo de la historia del cine numerosos cineastas se han preocupado por transmitir la realidad social en sus films. De hecho, el cine ya nació desgranando los dos "géneros" más importantes: el documental y la ficción. El documental en manos de los Hnos. Lumière y la ficción a través del genial y creativo Mèliés. Después de la prehistoria del cine, ha habido etapas en las que ha predominado un tipo u otro de hacer cine, y otros momentos en los que ha habido lugar para ambos. Dentro del cine occidental (del que siempre hablamos, por desconocimiento de otras cinematografías), el mundo anglosajón (y , en concreto Inglaterra ) ha sido un fuerte exponente en lo que a cine social (derivado del documental) se atañe, influenciados por el cine ruso (Eisenstein...). Así (voy a citar cintas tanto de USA como UK), obras como Metrópolis (Lang, 1926), Drifters (Grierson, 1929), Las uvas de la ira (Ford, 1940), La Ley del silencio (Kazan, 1954), Marty (D,Mann, 1955), los films transgresores de M.Moore, los componentes del Free Cinema ,el cine de K.Loach, y de sus seguidores: S.Frears, M.Leigh, M.Hemman... Y en los países latinos : Muerte de un ciclista (Bardem, 1955), Rocco y sus hermanos (Visconti, 1960), el neorrealismo italiano, Novecento (Bertolucci, 1976), R.Guediguian, los Hnos. Dardenne einnumerables más....

(12) «Es así como el hombre se transforma en un simple "apéndice de la máquina", y su trabajo es una mercancía más en el proceso productivo, que se vende y se compra según la ley de la oferta y la demanda. El trabajo pierde todo carácter humano. No es el hombre el que impone el ritmo a su trabajo, sino todo lo contrario..., es el ritmo de la máquina lo que marca el compás al trabajador. Éste es una pieza más de la maquinaria, del engranaje que se ha puesto en marcha y que nadie puede ni debe parar. Cuando se gasta, se estropea o se muere, todavía hay un gran ejército de reserva que espera a las puertas de las ciudades, en busca de un pan que la tierra ya no les da.» (J,N. García-Nieto en su libro Tiempos Modernos....El control capitalista y la respuesta obrera , colección Primero de Mayo, de. Laia, Barcelona 1975, pág 11)

(13) En 1942, Londres, dice Pierre Bourdan: «Insensiblemente Chaplin se ha elevado y ha elevado con él al personaje del mendigo, del little man, a la altura del problema fundamental que es el destino del hombre... Es el hombre simplemente que lucha contra la máquina, que hoy día amenaza con destruírle», (Le Figaro Littéraire 14 mayo 1949), recogido por: Historia Ilustrada del cine, Vol. 2 -El cine sonoro, René Jeanne y Charles Ford,. ed.Alianza, 97 Madrid. (Histoire Ilustrée Du Cinema,2 Le Cinemá Parlant, Traductor R.Díaz-Delgado Estévanez, pág 43-45.

(14) J,N. García-Nieto en su libro Tiempos Modernos....El control capitalista y la respuesta obrera, colección Primero de Mayo, de. Laia, Barcelona 1975, detalla: "El trabajador primitivo, proveniente del campo, sin pasado industrial, sin tradiciones asociativas, estaba totalmente desamparado frente al poder absoluto del nuevo patrono. Entraba a trabajar con un contrato, cuyas condiciones no tenía posibilidad de discutir y que no le garantizaba ninguna protección de las leyes, sin distinción para hombres, mujeres y niños. Esto forma parte de una larga historia que constará en los anales de los orígenes del capitalismo industrial. Las palabras de John Bell a sus obreros en Chattertond A. de Vigny, recogidas por M.Payet, resumen gáficamente el espíritu que dominaba en el ambiente de trabajo: 'Las máquinas reducen vuestro salario, pero aumentan el mío. Lo siento mucho por vosotros, pero lo celebro por mí. Según la ley, soy justo.' (pág 10). Estas palabras de Bell son muy significativas de la relación entre el capitalismo y el estado, porque sin esta afiliación le hubiese sido imposible haber crecido tanto su poder. Y es significativo que, en la actualidad sean precisamente las grandes multinacionales las que gobiernen el mundo y las que compren (a través de la financiación de las respectivas campañas electorales) a los políticos para que sean estos meros "obreros" suyos en la realización de leyes conforme a sus intereses: el aumento del Capital. De estas eliminaciones paulatinas de derechos es de donde surgirán las movilizaciones sociales, los sindicatos, las huelgas y las manifestaciones. Porque el capitalismo se ha olvidado de uno de los elementos sin los cuales es imposible que funcione el sistema: el hombre. Hay está la fuerza de los obreros, en su unidad (en los pocos momentos en que se ha dado la fuerza de esta unión y la conjunción de intereses organizados se han conseguido sustanciosos logros para esta clase social).»

(15) F.W.Taylor (1856-1915) fue uno de los culpables de estas condiciones laborales: fue el ingeniero estadounidense iniciador de la organización científica del trabajo (Scientific Management), fue el creador de sistemas tendentes a aumentar el rendimiento de las máquinas (taylorismo). Sus teorías, orientadas exclusivamente al acrecentamiento de la producción, descuidaban no sólo los problemas de la distribución y del consumo, sino también, y sobre todo los fisiológicos del trabajador y encontraron por tanto la firme oposición de los sindicatos. Porque no sólo de ciencia vive el hombre; como ya dijo Rabelais: "La ciencia sin conciencia es la perdición del hombre". Taylor intentaba aportar "la armonía en lugar de la discordia", pretendía equilibrar las tensiones entre obreros y patronos, pero se equivocó a la hora de juzgar los intereses de los obreros (porque los de los patronos los clavó: el aumento del capital), que no eran (ni son) tan primitivos como él pensaba (o quería pensar). Trató a los obreros como animales insaciables de dinero e introdujo la retribución a destajo (según producción). Esto conduciría (según él) a la estimulación de trabajador y repercutiría en un aumento del capital para el patrono. Pero se olvidó (otra vez) del trabajador. El ser humano necesita un trabajo digno tanto físico como psíquico, en el que se valore la imaginación, las actitudes de un ser pensante (y no mecánico). Y como nos mostró K.Loach en su genial película Pan y rosas, los hombres necesitamos también las rosas, y no sólo subsistir. Por fin llegaron a unas conclusiones (Taylor y su equipo), tras unir estas primeras tesis teóricas con experimentos reales en fábricas, que son las siguientes: 1º Lo que más estimula al trabajador es la valoración de su trabajo. 2º El descanso es necesario para un mayor rendimiento. 3º El trabajo en grupo mejora el rendimiento total, por cuanto el hombre es un ser social por naturaleza (ya lo dijo Aristóteles). 4º Es muy importante para el trabajador su "prestigio social". 5º Se recomienda la creación de lo que se ha llamado "política de relaciones humanas", porque el sentimiento de pertenencia a un grupo es lo que aumenta la autoestima de los trabajadores y el consiguiente aumento de la productividad añadido. En resumen, la atención hacia los factores psicológicos de los empleados es casi tan importante o más que los factores físicos, por cuanto un buen ambiente de trabajo es fundamental para la productividad. Pero no hay que olvidar que, pese a estas consideraciones últimas (en las que estarían de acuerdo casi la totalidad de los trabajadores), en la práctica (y sobre todo en épocas de aumento de paro, y por lo tanto de mayor demanda que oferta laboral) las empresas se rigen por la ley de la sumisión que provoca el miedo a ser despedido y fácilmente reemplazado. Y el consiguiente poder que produce en el poseedor de los medios de producción, que provoca un libre albedrío a la hora de las contrataciones y despidos del personal.

(16) También puede adaptarse a nuestros tiempos la frase del gran J.L.Godard : «somos los hijos de Marx y de la Coca-cola».

(17) «Charlot lucha y es derrotado por las máquinas, con sus engranajes y sus tornillos; pero también riñe su batalla con los conceptos de la taylorización, de la racionalización industrial, que hacen del hombre otra máquina. Esto es: lucha contra una concepción del trabajo y de la vida humana, contra una concepción del mundo. Contra la fórmula ávida de los businessmen, de los comerciantes, de los industriales, de todo un país estandarizado: 'el tiempo es oro'» (Charlie Chaplin, Manuel Villegas López, De. J.C., Madrid 1990 , pág 262)

(18) Chaplin comenta la escena: leyó en un periódico un artículo en el que se analizaba la intrínseca relación directa entre los hombres que habían trabajado en las cintas transportadoras de Detroit y su posterior degradación como víctimas de las malas condiciones profesionales. Vio también un letrero que decía "Se busca chico para llevar la prensa Wharfdale" y Chaplin narra así su experiencia: «cuando el patrón me condujo hasta la máquina, la ví erguirse ante mí como un monstruo. Para accionarla, yo tenía que instalarme en una plataforma de unos dos metros de altura, y pensé que estaba en los alto de la Torre Eiffel...Me enseñó la palanca y puso el monstruo a media velocidad. La máquina empezó a girar, a gruñir, y a pintar. Creí que iba a devorarme. Los pliegos de papel tenían unas medidas gigantescas, y habrían podido envolverme en ellos. Yo cogía los pliegos con una vara de marfil, los levantaba hacia el otro extremo y los conducía hasta colocarlos ante los dientes del monstruo. Éste los tragaba. Luego, doblaba el papel y lo sacaba de nuevo. El primer día estuve a pique de sufrir un ataque de nervios, hasta tal punto me impresionó el apetito de aquel monstruo» (Charles Chaplin, W.C.Taylor, de. Ultramar 1993, pág. 78)

(19) Chaplin renegó de todos los sistemas políticos-económicos del momento (y viceversa): del nazismo en El Gran Dictador, del capitalismo y stajanovismo en Tiempos modernos, porque era un espíritu fiel al humanismo y, por supuesto a la democracia, pero esa democracia real que hace del pueblo un ente participativo que gobierna verdaderamente y no sólo elige su votación entre sistemas bipartidista (como ocurre en la actualidad). Su modelo político, aunque influenciado por Marx (de hecho el final de El Gran Dictador tiene un parecido sensacional con el final del Manifiesto del partido Comunista, Engels-Marx), es una transposición a la vida moderna de la demos griega. No olvidemos el alto nivel cultural de este cineasta, que se empapó de los clásicos y esto le condujo a admirar las sociedades antiguas y a deplorar la mecanización en pos de la naturaleza y el progreso humano (y no técnico).

(20) Y el final de esta película es tremendamente sobrecogedor y esperanzador, en el que Chaplin expone: «Pensamos en exceso y no sentimos bastante. Tenemos más necesidad de espíritu humanitario que de mecanización. Necesitamos más la amabilidad y la cortesía que la inteligencia. Sin estas cualidades la vida sólo puede ser violenta y todo estará perdido. [...] El odio de los hombres pasará y los dictadores perecerán, y el poder que han usurpado al pueblo volverá al pueblo. ¡Y mientras existan hombres que sepan morir, la libertad no podrá perecer! [...] No os pongáis en manos de esos hombres contra natura, de esos hombres-máquina con corazones de máquina. ¡Vosotros no sois máquinas! [...] ¡Vosotros sois hombres! [...] Soldados, no combatáis por la esclavitud, combatid por la libertad [...] Luchemos por un mundo nuevo, un mundo limpio que ofrezca a todos la posibilidad de trabajar, que de a la juventud un porvenir y resguarde a los ancianos de la necesidad. Prometiendo estas cosas gente ambiciosa se ha hecho con el poder. Pero ¡han mentido! No han mantenido sus promesas , ¡ni las mantendrán jamás! Los dictadores se han liberado pero han domesticado al pueblo. Combatamos ahora para que se cumpla esta promesa. Combatamos por un mundo equilibrado...Un mundo de ciencia en el que el Progreso lleve a todos la felicidad. ¡Soldados! En nombre de la Democracia, ¡unámonos!» (The Great Dictador, 1940)

(21) Él mismo respondió antes estas acusaciones y ante la prohibición del film en Italia y Alemania: «los dictadores parecen creer que esta cinta es pro-comunista. Esto es totalmente falso. En vista de los recientes sucesos, no obstante, no me sorprende su prohibición. Nuestro objetivo era sólo el de entretener. Se trata, en efecto, de mi viejo y entrañable personaje, el vagabundo, en las circunstancias de 1936. Como actor no tengo objetivos políticos. La película surgió de una idea ciertamente abstracta, como un impulso por decir algo acerca de cómo se manipula y canaliza hoy la vida, acerca de cómo los hombres se transforman en simples maquinarias» (Charles Chaplin, W.C.Taylor, de. Ultramar 1993, pág 75)

(22) Y una vez más la historia nos demuestra que es a través de ciertas momentos de lucha cuando se consiguieron ciertas mejoras para los trabajadores. Por ejemplo las huelgas y manifestaciones de la época de Marx (1830 y 1845) contribuyeron al poder del movimiento obrero y a la implantación (por lo menos por escrito) de ciertas normas a respetar.


Tiempos Modernos - Ficha técnica:
EE.UU., 1936. Director, productor, guión y música: Charles Chaplin. Producción: Charles Chaplin Productions para United Artists. Fotografía: Rollie Totheroh y Ira Morgan, en b/n. Dirección artística: J. Russell Spencer y Charles D. Hall. Montaje: Willard Nico y Charles Chaplin. Duración: 87 minutos. Intérpretes: Charles Chaplin (Obrero), Paulette Goddard (Joven huérfana), Henry Bergman (Propietario del café), Tiny Sandford ('Big' Bill), Chester Conklin (Mecánico), Hank Mann (Ladrón), Stanley Blystone (El padre de la joven huérfana), Allan Garcia (Presidente de la compañía), Richard Alexander (Cellmate), Cecil Reynolds (Ministro), Mira McKinney (La esposa del ministro), Murdock MacQuarrie (J. Widdecombe Billows), Wilfred Lucas (Oficial joven), Edward LeSaint (Sheriff Couler), Fred Malatesta (Camerero jefe), Sammy Stein (Operador de la turbina), Ted Oliver (Ayudante de Billows).


Fuente: http://www.miradas.net/2005/n34/clasico.html
mdc Nº 34 - Enero de 2005