Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 13 de enero de 2008

Aquel cine de "antes de la revolución"


Octavio Getino


Por Ricardo García Oliveri


El tiempo en que las películas de Hollywood convivían en pie de igualdad con obras de Costa Gavras, Luchino Visconti o Pier Paolo Pasolini.

Está bien que se apele en esta nota, y no en otra, a la expresión. "Antes de la Revolución", después de todo, y aunque viene de lejos, fue título de una película.
Conviene, de todos modos, andar por partes. Cuando dijo, y dejó escrito, que "quien no ha conocido esos tiempos, los de ‘antes de la Revolución’, no sabe lo que es la dulzura de vivir", Talleyrand se estaba refiriendo a una Revolución con todas las letras. Mucho, pero mucho más recientemente, cuando eligió que se llamara así la película que, en 1964, le dio notoriedad (y que, con semejante título, acá no vino ni para remedio), Bernardo Bertolucci estaba hablando de un proceso que no habrá revolucionado el estado de las cosas --técnicamente hablando--, pero que indudablemente las modificó bastante: hoy los italianos viven de una manera diferente --mejor-- que hace treinta años. Y por fin, usar el giro para referirse a la situación argentina por aquellos tiempos, licencia que nos hemos permitido, viene bien simplemente para describir un estado de ánimo. Parecía que desde aquí se venía el mundo abajo y en cambio se estaba empollando, una vez más, la vieja y archiconocida contrarrevolución. Como quiera que sea, cabe el viejo y, esta vez sí, querido ¿quién nos quita lo bailado? Que aquí debe leerse como lo filmado y lo gozado.
En estos días de cines cada vez más chiquitos, en los que se come pochoclo y se bebe coca-cola, nunca alcohol, en la mismísima platea, cuesta imaginarse a una sala como el Gran Rex, la más grande de Sudamérica, esa que ahora ya no da películas porque no rinden y solo se abre para Sandro o las Chiquititas, llena de bote en bote cualquier día de la semana para ver "Sacco y Vanzetti", la película de Giuliano Montaldo con Gian Maria Volonté y Riccardo Cucciola; si hasta la gente coreaba la canción del final que cantaba Joan Baez. Películas absolutamente políticas como "Z", de Costa-Gavras, con Yves Montand, o revulsivas como "MASH", de Robert Altman --donde se revelaron Elliott Gould y Donald Sutherland-- y "El discreto encanto de la burguesía", del genio Luis Buñuel, se eternizaban en la cartelera. ¿En qué otro país del mundo que no sea éste, o en qué otro momento de este país que no sea aquél, podía ser un taquillazo semejante una película de Buñuel quien, por otra parte, ya se había anotado grandes sucesos poco tiempo atrás con títulos de tan hermético contenido como "Viridiana" y "El ángel exterminador"?
Vamos a entendernos. También fue un gran éxito "Love Story", para dar un solo ejemplo. Lo interesante era que los melodramas de Hollywood convivían, en pie de igualdad, con Luchino Visconti y Pier Paolo Pasolini (quien alguna vez le dijo a este periodista que en ningún país del mundo, fuera de Italia, su f ábula política "Pajarracos y pajaritos" --en la que el inefable Totó miraba filosofar a un cuervo y decía "Este es comunista, a éste me lo como"-- había sido mejor entendida y más reconocida); las de tiros y granadas, nunca tantas ni tan estruendosas como ahora, convivían con Ingmar Bergman; las musicales de la MGM, con las del cine polaco (Wajda, Polanski, Zanussi) o checoslovaco (con "Adelaida" y otras del talentoso Vlacil en primer lugar; Milos Forman ya estaba en los Estados Unidos, desde donde venía "Búsqueda insaciable", una de las mejores radiografías de aquella sociedad norteamericana); engendros como "El exorcista", con aquellas rusas tan densas que daban en el Cosmos, con aquel Tarkovsky iniciático de "Solaris" incluido. Mientras los de un bando y los del otro se estremecían con las revelaciones de Coppola en "El padrino" y con el trabajo del gran Marlon, que después... bueno, esa es otra historia. Y se deslumbraban con Liza Minelli y con la historia antinazi de "Cabaret", de Bob Fosse.
Uno de los recuerdos que más atesora el firmante es haber visto "El chacal de Nahuel Toro", la opera prima de Miguel Littin, en el ya inexistente cine Libertador, junto a Leopoldo Torre Nilsson; y después habérselo llevado al Babsy a su programa de radio de trasnoche para comentarla.
Había, en efecto, otro concepto de la amistad, de la solidaridad. Y también había más ganas de vivir, de transmitir, de decirle cosas al prójimo, al cumpa, o como prefiera llamárselo.
Otro filme chileno que tuvo, por aquellos tiempos, su módica repercusión, fue el imperfecto pero tan querible "Voto más fusil". Después, se eternizó en la Sala del Instituto (el instituto era el de Cultura Religiosa Superior; luego, una bomba haría trizas ese lugar en el que monjas y cineclublistas subversivos pudrían la mente de perejiles y tibios... Si aquellos tiempos de "antes de la Revolución" hoy en día no se pueden creer, lo que siguió después, tampoco).
Pero el récord de permanencia pertenece, sin duda alguna, a "La batalla de Argelia", esa increíble obra maestra de Gillo Pontecorvo --de quien, al toque, llegó la no menos valiosa "Queimada"--. La única copia que quedaba se siguió dando, y dando, y dando en las trasnoches del cine Lorange. Cuando, muchos años después, llegó la censura, ya no importó en este caso: de "La batalla de Argelia" no quedaban sino unos girones de celuloide.
La "otra historia" en relación a Marlon Brando, claro está, es la de "Ultimo tango en París", de Bertolucci. Si hasta Antonio Carrizo, que a poco se convertiría en un circunspecto divulgador de las bondades procesistas, jodía en la tarde de Rivadavia con la mantequilla. Si hubiera que elegir un solo símbolo de la época, tal vez no cabría otro más indicado que "Ultimo tango". No a pesar, sino debido a que, conviene no olvidarlo, solo se exhibió un fin de semana. Después fue levantada con cualquier excusa legal, y a Octavio Gettino, que había autorizado la exhibición, le iniciaron juicio.
Otro créase o no: Perón en persona prohibió, de la noche a la mañana durante el feriado de fin de año de 1973, la magistral "Naranja mecánica" de Stanley Kubrick.
Otro más: la distribuidora que había traído "Jesucristo Superstar", de Norman Jewison, fue víctima de un atentado y la película solo llegó a estrenarse en los 80.
Como pasar, pasaba de todo.
Pero con el cine argentino tuvieron que esperar un poco más. Es más, todo esto ya había sucedido cuando le tocó vivir una de las páginas más brillantes de toda su historia.
La producción local venía siguiendo todo este proceso un poco de afuera. No nos referimos a "La hora de los hornos" y las otras del Grupo Cine Liberación, y mucho menos a los trabajos de Raymundo Gleyzer o Jorge Prelorán, sino al cine que el espectador podía ver masivamente en los cines de siempre. No está de más recordar que es durante este período que renacen los filmes históricos, hasta constituir una moda. Los intentos válidos eran aislados y casi nunca terminaban bien ("Mi novia el...", fue uno de los mejores guiones para comedia que se hayan escrito por aquí, pero entre una realización rutinaria y un montón de marchas atrás de corte ideológico, quedó apenas un filme correcto). Una excepción, en todo caso, fue "Juan Moreira", de Leonardo Favio, estrenada en 1973.
Y de repente, se produce una magnífica, increíble eclosión. La culpa la tuvo Cámpora y todo lo que lo rodeó. Claro que en 49 días (los que él estuvo en eso que suele ser llamado "el sillón de Rivadavia") una película no sólo no puede rodarse: ni siquiera puede preproducirse. Ocurrió que había una punta de proyectos en carpeta y así fue como en 1974 se desató un fenómeno que no pudieron parar ni los reaccionarios de por acá ni las distribuidoras norteamericanas, que veían consternadas cómo las películas hechas en el país les tapaban todas las salidas. Las adelantadas fueron "Quebracho", de Ricardo Wullicher, "La Patagonia rebelde", de Héctor Olivera, "La tregua", de Sergio Renán, pero el éxito se contagió a muchas otras. Parecía que el cine argentino se había reencontrado definitivamente con su público y resurgía: como en los 40, pero con una utilidad social mayor todavía. No fue así. Durante el mismo gobierno peronista se nombró a Miguel Paulino Tato al frente del Ente Calificador (sería el único funcionario confirmado por el Proceso militar), quien, muy bien ayudado por algunos colegas, pero también desde afuera, en muy poco tiempo logró que también el cine cayera en el desánimo general.
¿Desde qué momento alguien estaba incubando el huevo de la serpiente?

Ricardo García Oliveri
Fuente: http://www.los70.org.ar/n05/pantalla.htm

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