Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

viernes, 28 de julio de 2017

Animacine: Los minions.


DESILUSIÓN AMARILLA

 POR SAMUEL LAGUNAS

Conocí a los minions mucho después de las dos olas amarillas que sacudieron los cines e invadieron las jugueterías en 2010 y en 2013. Los chistes en gibberish (el neoesperanto inventado por las criaturas calvas) que hacían mis sobrinitos me tenían sin cuidado. Fue en 2014, mientras viajaba en un autobús foráneo, que elegí del parco menú que ofrecía la pantalla Gru 2. Mi villano favorito (Despicable me 2, Pierre Coffin y Chris Renaud). Primero los seres unicelulares me hicieron sonreír, después me sedujeron y hacia la mitad de la película me convertí en uno de sus más grandes fanáticos. Una semana más tarde conseguí Gru. Mi villano favorito (Despicable me, Pierre Coffin y Chris Renaud). Consumado fue: los minions se volvieron mis personajes animados preferidos.
Lo que me pareció fascinante fue su comportamiento tribal desinteresado y carente de cualquier forma de empatía inter pares. Las secuencias de slapsticks daban buena cuenta de ello. Otra de sus grandes virtudes en las dos primeras cintas fue su rol secundario; en los últimos años la animación nos ha dado memorables personajes de este tipo: los alienígenas de Toy Story (John Lasseter, 1995), el burro en la primera entrega de Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001) o Dori en Buscando a Nemo (Finding Nemo, Nadrew Stanton y Lee Unkrich, 2003). Además, la presencia de una historia tierna y familiar debajo del previsible antagonismo de héroes y villanos fortaleció las cintas y las hizo entrañables.



En cambio Los Minions, taquillazo indiscutible habiendo recolectado hasta ahora más de 280 millones de dólares, desilusiona en casi todos los momentos al no exhibir ya ninguna de las virtudes previas. Ni siquiera el inicio de la cinta (ese desfile masivo a través de las edades en busca de su villano) funciona pues ya la sobreexhibición del tráiler se había encargado de diluir la sorpresa y, por ende, la carcajada. Solamente las secuencias en la caverna de hielo surten el efecto deseado –el disfrute hilarante– y es que allí aún está la tribu apelotonada y espléndida hasta en su hastío. Después comienza la aventura. Kevin, Stuart y Bob se separan y emigran sin rumbo hasta llegar a Nueva York, luego a Orlando y, finalmente, a Londres. Disminuye la efectividad de la broma y del juego.

LOS MINIONS NO SIRVEN PARA UN PROTAGÓNICO CONVENCIONAL Y ESO ES LO QUE EL GUIÓN DE BRIAN LYNCH INTENTA HACER CON ELLOS: CONVERTIRLOS EN HÉROES, ENCAJONARLOS EN EL ESTEREOTIPO DEL VENCEDOR “PEQUEÑO” Y DE PACOTILLA.

Tampoco hay una preocupación por construir una historia convincente detrás o alrededor suyo. El cliché del robo de la corona de la inmortal reina Isabel II está ambientado entre una plaga de iconos sesenteros –desde el “swinging London” y Abbey Road hasta las Campbell’s soups cans de Warhol– que invitan a la sobreinterpretación. Pero Los Minions no pretende siquiera hacer guiños contraculturales. Sólo intenta utilizar la redundancia y el lugar común como trampolín para conseguir algunos gags memorables (el montaje de la llegada del hombre a la luna es uno de ellos). Sus disparates fallan en varias ocasiones a causa del sentimentalismo –excesivo a comparación de las películas previas– con el que son dotados. Tal vez un antagonista fuerte hubiese podido contrarrestar los yerros pero ni Scarlett Overkill ni su novio Herb logran transmitir demasiado. La antología musical que Heitor Pereira elaboró para la cinta resulta bastante bien, no así la voz en off –inútilmente explicativa– que encuadra la película. Por fortuna, las cápsulas que Pierre Coffin y Kyle Balda intercalan en los créditos finales nos devuelven al comportamiento enajenado y absurdo que hizo de los minions, además de una mercancía bastante redituable, unos seres realmente inolvidables.
Claro que reiremos con Los Minionspero nada más. Las cintas anteriores nos habían traído la lección de que en un mundo de neocons una dosis de indiferencia y alienación eran bastante útiles. Ahora quedará solamente la resaca del consumo.

Fuente: http://cinedivergente.com/criticas/largometrajes/los-minions-2015


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