Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

jueves, 23 de octubre de 2014

Nuevo cine, visto como antes.

Hay algo en la forma de ver hoy las series que me recuerda la relación que alguna vez tuve con el cine como espectador, y que creía perdida para siempre.





Orange is the New Black. Piper, la protagonista, lucha por sobrevivir en la cárcel.Disparatada o no, la idea de que las series de tevé son el nuevo cine ya es casi un lugar común que no se pretende discutir aquí. Pero hay algo en la forma de ver hoy las series que me recuerda la relación que alguna vez tuve con el cine como espectador, y que creía perdida para siempre. Los que fuimos chicos en los años sesenta recordamos una forma de ver cine que, como tantas otras cosas, ha desaparecido. Se llamaba continuado : uno pagaba la entrada en el cine del barrio –había también algunos que daban continuado en la calle Lavalle– y se daba una panzada de películas, tres –y hasta cuatro– al hilo. Cuatro o cinco horas seguidas de cine. Algunas salas las programaban más o menos por género: tres westerns, tres de guerra, tres de terror. Pero otras no eran tan cuidadosas. Recuerdo haber visto una tarde en el York, de Olivos, La otra cara del amor, de Ken Russell, Perdidos en la noche, de John Schlesinger, y Pequeño gran hombre, de Arthur Penn, seguidilla imposible: en cualquier orden que se vean, la primera le parecerá a uno buena y las otras dos, horribles. Es decir: había que elegir bien el programa continuado, una sucesión más o menos sensata o, por lo menos, posible.

Algo de aquellas tardes maravillosas de cine continuado rescato ahora en las series que para algunos son el nuevo cine. No las miro según se van estrenando en en televisión –soy incapaz de esa disciplina horaria–, sino en la computadora, cuando todos o casi todos los capítulos están disponibles. Es ahí que se puede recuperar aquella relación adictiva e infantil con la pantalla. Sólo se puede sentir la falta de una cajita amarilla llena de maní con chocolate para ir devorando con cada capítulo, pero cada uno sabrá encontrar un sustituto. Nada más placentero que llegar al final, ver los créditos pasando lentamente por la pantalla y esperar sin impaciencia unos 20 segundos la presentación del siguiente capítulo, siempre con la misma música. Y así, cuatro o cinco veces. Hasta el cansancio o el hartazgo. En medio de una gripe que me obligó a cinco días de cama, acabo de zamparme de esa manera la buena mezcla de humor, drama y acidez que hay en los trece capítulos de la segunda temporada de Orange Is the New Black.

Y antes, sin gripe, buscando el tiempo, había hecho más o menos lo mismo con la segunda temporada de la extraordinaria House of Cards, con Vikingos y con Lie to me. No sé si las series son el nuevo cine. A mí me divierten como las películas que veía, una tras otra, en la adolescencia.


Extraído de http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/television/Nuevo-cine-visto_0_1181881819.html

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