Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 10 de diciembre de 2013

"El lado bueno de las cosas", la locura de amar.


 


Uno de los datos más llamativos de las nominaciones a los Oscar que se entregarán el próximo 24 de febrero es que, después de más de treinta años, una película vuelve a competir por las estatuillas de mejor película, dirección, guion y las cuatro categorías de interpretación. ‘Rojos’ (‘Reds’, Warren Beatty, 1981) había sido la última, hasta que ha llegado ‘El lado bueno de las cosas’ (‘Silver Linings Playbook’, David O. Russell, 2012).
Gane o no (lo tiene muy difícil pero no imposible), la película ya es un éxito. Ha recibido un buen puñado de premios desde su presentación en el festival de Toronto y lleva recaudados más de 100 millones de dólares en las taquillas de todo el mundo —ocupa el segundo puesto en el actual box office español—, cuando su presupuesto fue de apenas 20. La crítica norteamericana parece haberse puesto de acuerdo en señalar que tiene el mejor reparto del año, y aunque esto me parece una exageración, es evidente que lo mejor de ‘El lado bueno de las cosas’ son las interpretaciones. Russell vuelve a exprimir a sus actores y logra disimular así las torpezas de un relato que es más convencional de lo que aparenta.

Russell firma también el guion de la película, basada en la novela ‘The Silver Linings Playbook’, escrita por Matthew Quick. El personaje central es Pat, un profesor que abandona una institución mental y trata de recuperar el control de sus emociones después de sufrir una crisis al descubrir que su esposa le estaba siendo infiel. Bradley Cooper da vida al protagonista, y lo hace bien, se le ve implicado y reacciona con verosimilitud en la mayor parte del film, pero es un tipo que no encaja demasiado en el perfil del personaje —de hecho, insisten en que Pat ha perdido mucho peso en pocos meses, pero un cambio tan drástico dejaría huella—, es una de las nuevas estrellas de la industria y no hace mucho lo nombraron el hombre más sexy del planeta. Es un triunfador disfrazado (hábilmente) de perdedor.

Pat sufre un trastorno bipolar, ha perdido su empleo, sus antiguos compañeros huyen al verle, su mujer se divorció y tiene una orden de alejamiento contra él, un policía sigue de cerca sus pasos por si vuelve a tener un arrebato violento, y para colmo, tiene que vivir con sus padres, que es poco menos que admitir que tu vida ha sido un fracaso. Pat ha tocado fondo. Pero mira tú por dónde, un día conoce a una chica que está disponible y que también atraviesa una mala racha tras perder a su marido; y no es cualquier joven, es Jennifer Lawrence, otra de las estrellas del Hollywood actual, es habitual verla en revistas y páginas de cotilleos y moda. Del mismo modo que Cooper como Pat, chirría la elección de Lawrence para Tiffany, a pesar de que la actriz maneja perfectamente las claves de su personaje y habla como si los diálogos salieran originalmente de su cabeza.

Quedaría mejor si David O. Russell apostase decididamente por un enfoque cómico y absurdo, ahondando en la idea de que todos estamos un poco locos, nos obsesionamos de forma absurda y necesitamos sentirnos amados, pero no puede hacerlo o no quiere —quizá porque tiene un hijo con el mismo trastorno que el protagonista y/o por presiones de los hermanos Weinstein, expertos en el juego de los Oscar—, optando por acercar la historia al drama, mostrando ligeramente el sufrimiento de Pat y quienes le rodean. Hay escenas donde parece que el cineasta va a retratar con crudeza los diversos problemas en los que están envueltos los personajes, pero no lo hace, solo rasca la superficie.
Porque en el fondo ‘El lado bueno de las cosas’ no es más que una amable dramedia romántica con toques excéntricos pensada para cautivar al mayor público posible, envuelto de forma muy competente. Pat encuentra su medicina en ese nuevo amor y aprende a bailar en tiempo récord —lo justo para que todo salga bien—, su padre —un Robert de Niro más controlado de lo habitual pero lejos de su mejor nivel— se queda en un entrañable maniático, Jacki Weaver está de adorno, Tiffany solo necesitaba otro novio serio, John Ortiz exagera tanto su comportamiento que pierde sentido y Chris Tucker se limita a ser el típico negro gracioso del cine comercial.

Con todo, la película resulta muy entretenida, el reparto logra engancharte y que necesites ver la resolución de la historia, previsible pero no por ello menos acertada —hay un par de escenas estupendas en el convencional tramo final (el error en la ejecución del salto y la lectura de la carta)—, destacando por encima de todo la química entre Cooper y Lawrence, una formidable pareja que repite en el nuevo film de Susanne Bier, ‘Serena’ (2013). Es incomprensible que ‘El lado bueno de las cosas’ aspire a 8 Oscar, estando nominado Russell y no Kathryn Bigelow por su fascinante último trabajo, pero su éxito no tiene nada de raro, divierte y transmite buen humor, nos da una palmadita en la espalda y nos dice que todo saldrá bien. Es justo lo que necesita mucha gente en estos momentos.

Fuente: Otra crítica en Blogdecine

 

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