Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 23 de julio de 2012

Las razones del corazón, Bovary mexicana.



Por Jesús Domínguez López


El corazón tienen razones que la razón desconoce
Blaise Pascal


Arturo Ripstein vuelve a la esencia de sus mejores trabajos con sus personajes habituales, en este particular caso, Emilia, un intenso perfil femenino, el retrato de una mujer que se desgarra las entrañas en aras de una pasión, una mujer obsesa que sufre intensamente el abandono y el desamor, y que refiere irremisiblemente a las mujeres ripstenianas que le preceden, la Coral de Profundo Carmesí (1996), la Lucha Reyes de La reina de la noche (1994), y con enormes paralelismos a la Julia de Así es la vida (2000), en una versión libre, inspirada en Madame Bovary, de Gustave Flaubert.


Se trata de un melodrama, en el mejor sentido del melodrama clásico mexicano, en torno a una hembra desquiciada a causa de una pasión sexual que se extingue en el macho que tiene por amante, una mujer cautiva de sus propias pulsiones sexuales, obsesionada por un deseo con un hombre que no es su marido, a quien finalmente ella no le importa.

Si la Emma Bovary de Flaubert era una mujer infiel, en una época en que la infidelidad era el principal motivo de escándalo y pecado, en el siglo XXI, cuando de tan cotidiano, el engaño y la infidelidad pierden sus dimensiones y ya no constituyen en modo alguno motivos de lapidación social para las mujeres, la Bovary mexicana no está enferma de culpa ni de pecado, sino de frustración. Y no sólo eso, la historia va más allá del deseo sexual insatisfecho y apunta sobre la vaciedad, sobre la carga que constituye una vida que no se desea, un descenso a los infiernos de la protagonista, consumida por una voraz atracción sexual hacia un hombre al que ahoga, a quien asfixia, en una espiral de degradación interminable, al grado de lamer con fruición las sabanas de la cama en donde yacieron como amantes, en un intento febril de atraparlo, de sentirlo, de tenerlo, aun cuando sólo sea a través de los objetos que el amante ha tocado. Se trata de un ama de casa sin vocación, una mujer para quien la maternidad no significa la realización, para quien la hija constituye un lastre que hay que aguantar, con un marido fracasado, conformista, la sombra de un hombre. Una mujer que no se identifica con lo socialmente atribuible a las mujeres.

Con su inconfundible estilo, Ripstein utiliza los planos secuencia habituales en su cine, combinándolos con planos largos y cortos que se engarzan sin cortes a través de fundidos a negro que funcionan independientemente como si de viñetas se tratara, con una puesta en escena minimalista, compacta, y en muchos momentos teatral, con contrapicados que incrementan la atmósfera de miseria humana que permea toda la película.


El manejo de un espacio único, un vetusto edificio, que sólo en algunos instantes permite ver al exterior, cuya presencia matizada con una lóbrega fotografía en blanco y negro, excelente iluminación de Alejandro Cantú, convierte los espacios en atmósferas opresivas y sofocantes. Un encierro, un universo contenido, un entorno que abrasa, devora, y que finalmente consume, coadyuvan a resaltar la condición anímica de los personajes, cuyos secretos se exponen visceral y austeramente. La ausencia de color incrementa los niveles de claustrofobia del escenario, que se circunscribe al departamento en el edificio, los corredores, las escaleras y las azoteas.

Con la participación de pocos actores, casi una película de cámara, Ripstein, implacable, testimonia cómo la angustia femenina se vuelve locura, pasión obsesiva, y ello gracias al excelente guión de Paz Alicia Garciadiego, que ha saturado la historia con diálogos complejos, barrocos, cargados, que remiten al alma de los personajes. El guión se hace sentir, dando lugar al protagonismo de los textos.

La sordidez, simbólicamente representada por espacios húmedos, paredes manchadas, encharcamientos en la azotea, pisos desgastados que la portera friega con inusual insistencia, la silueta de Emilia llorando en la ducha, elementos todos que apuntan al derrumbamiento, a la caída en desgracia de la protagonista; dos días en que una vida se desmorona por medio de la desilusión, el hartazgo y el desplome financiero.

Mención aparte merece la impecable interpretación de Arcelia Ramírez, quien lleva todo el peso de la historia, actuación que contrasta inversamente con la del resto del reparto, que suaviza el impacto de los textos de la enloquecida mujer. Llama la atención la coherencia que alcanza el tono de las relaciones que cada uno de los otros personajes, la hija, la vecina, el marido, el vecino, el amante, la portera, tiene con la protagonista, cada dueto, cada enfrentamiento, da la impresión de una absoluta unidad con aquella.

Sin banda sonora, la realidad no la necesita, no hay score musical como recurso, las lánguidas notas de un saxofón y el lejano sonido de un bolero obligan a recurrir a la fuerza de la interpretación, característica de la imagen sin música. La ayuda de espejos como un recurso para omitir el uso de plano-contraplanos y de metáfora y símbolo para el enfrentamiento de la mujer que se interroga a sí misma sobre el acto de morir en el mismo nivel que el acto de amar, resultan un acierto.

La hija, la amiga, la portera, el marido, el vecino constituirán los distintos espejos ante quienes Emilia enfrentará su propia locura, su soledad, su falta de pertenencia. La relación entre Emilia y su marido Javier dimensiona vidas fuera de toda proporción, mientras para ella significa “haberse jodido” al elegirlo como pareja, para él representa una realidad de la que no tiene sentido escapar, pues, ¿a donde ir? La pasiva y tibia relación, aparentemente vacua hasta entonces, se reconstruye en el encuentro del marido con el amante, una extraña ilusión-realidad que difiere abismalmente de la tradicional relación que pudiera haber entre un marido engañado y el amante de su mujer, sus propias razones tienen para reconocerse.

Las actitudes negadoras, que van desde los estribillos infantiles que la enloquecida mujer recita y grita hasta la patológica incontinencia urinaria, son preludios de lo que se avecina, un desenlace previsible, porque no existe otra salida. Como el personaje de la novela original, la Emma Bovary de este drama mexicano se suicida, en un acto similar a su vida, semejante a su adulterio, a su fracaso, absolutamente carente de sentido, ni siquiera en la muerte encuentra la tan anhelada grandeza.

Al igual que en La reina de la noche, con la ausencia propiciada por la inminente muerte, el espacio se aclara, se ordena, en una suerte de redención, y la cámara permanece en la estancia vacía como único testigo, inclinándose sobre la sabana-mortaja, muda evidencia de la desgracia humana. Sin duda, uno de los mejores trabajos de Ripstein.




Ficha tecnica

Las razones del corazón , México - España, 2011.

Dirección: Arturo Ripstein
Guión: Paz Alicia Garciadiego sobre Madame Bovary de Gustave Flaubert
Fotografía: Alejandro Cantú
Reparto: Arcelia Ramírez, Vladimir Cruz, Plutarco Haza, Patricia Reyes Spindola


Fuente: Portal El espectador imaginario, http://www.elespectadorimaginario.com/las-razones-del-corazan/

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