Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Homenaje a King Kong (parte 4)

Crítica del "New York Times"

3 de marzo de 1933

Por Mordaunt Hall


Un film fantástico en el que un simio monstruoso usa automóviles como proyectiles y hace alpinismo en un rascacielos.




En el Radio City Music Hall y en el RKO Roxy, que tienen una capacidad combinada de 10.000 espectadores, la máxima atracción de este momento es un film fantástico titulado King Kong. La historia de esta película fue iniciada por Edgar Wallace y terminada por Merian C. Cooper, quien con su viejo socio, Ernest B, Shoedsack, es el responsable de la producción. Se trata de un intento de dar al espectador una concepción vívida de las terribles experiencias que viven un productor de películas de selva y sus asociados cuando capturan un mono gigantesco de unos quince metros de altura y lo llevan a Nueva York. La narración está elaborada de un modo decididamente impresionante que recuerda lo que se hizo en la vieja película del cine mudo The lost world (El mundo perdido)

Por medio de sobreimpresiones, planos trucados y una variedad de hábiles ángulos de cámara, los productores llevan a cabo una historia ajustada y brindan suficientes emociones para cualquier aficionado a ese tipo de narraciones.




Aun cuando hay batallas realistas entre monstruos prehistóricos en la isla que Denham, el cineasta, insiste en visitar, la excitación llega a su punto culminante cuando el enorme simio llamado Kong es traído a nuestra ciudad. Imaginaos a una bestia de 15 metros con una muchacha en una garra y subiendo por el exterior del Empire State Building, que después de colocarla en el paramento de un muro, trata de agarrar aeroplanos mientras los pilotos ametrallan el cuerpo de la bestia.

A menudo parece como si Ann Redma, que pasa más calvarios de terror que cualquier otro personaje del film, se fuera a desmayar, pero siempre consigue lanzar un grito. Su cuerpo es como el de una muñeca en la garra de la bestia gigantesca, quien en el curso de sus caminatas por Manhattan destruye una sección del metro elevado y arroja un vagón lleno de pasajeros a la calle. Los automóviles son proyectiles para Kong, quien de tanto en tanto alardea de su invulnerabilidad golpeándose el pecho.

Denham es un personaje intrépido, pero se deduce de que cuando el mono es finalmente muerto, el cineasta ya no quiere saber nada más de proseguir buscando lugares con monstruos extraños. En el episodio inicial está a punto de partir en el barco hacia la isla que algún marinero ha descubierto, pero regresa a tierra para encontrar una muchacha que quiera actuar en la película. Después de un tiempo, descubre a Ann, interpretada por la atractiva Fay Wray y el viaje resulta muy agradable. Por último, a través de la niebla, divisan la isla y Denham, en compañia de los oficiales y los marineros del navío, todos armados, dejan el barco y se van a la isla. Pronto uno se entera de que los salvajes nativos que ofrecen sacrificios humanos a Kong, su super-rey, lo mantienen encerrado en un área rodeada de altas empalizadas. Kong dispone de kilómetros para vagabundear y entablar batallas con los brontosaurios, los dinosaurios y otras enormes criaturas.

En la empalizada hay una puerta. Después de que Denham y sus acompañantes han visto lo suficiente de la isla, Kong logra abrir la puerta pero es capturado mediante el uso de bombas de gas que le arrojan los hombres blancos. No se llega a explicar cómo se las arreglan para ponerlo en el barco, sino que la próxima noticia es que Kong está expuesto en Gotham, presumiblemente el Madison Square Garden.

En ciertos episodios de este film, Kong con Ann en su garra, lleva a cabo sus batallas a veces poniéndola en la rama más alta de un árbol de 20 metros, mientras se ocupa de su adversario. Cuando se lo ve en la exhibición de Nueva York, su aspecto produce un espectáculo impresionante, pero Denham piensa que la bestia no se puede escapar. Los fotógrafos de los periódicos lo irritan mucho con el destello de sus flashes, y después de varias tentativas, consigue romper las cadenas de acero y se escapa. Busca a Ann por las autopistas y calles de Nueva York. Se sube por las fachadas de los hoteles y su cabeza llena el marco de una ventana, agregando sus dientes blancos y boca roja al terror del espectáculo.

No es necesario decir que esta película fue recibida con muchas risitas que escondían el pánico producido. Ayer se sucedieron constantes exclamaciones en el Radio City Music Hall. ¡Qué hombre!, observó una joven cuando el mono forzó la gran puerta de cedro de la isla. Los seres humanos parecen tan pequeños que uno recuerda Los viajes de Gulliver de Defoe, (el autor de la nota coloca erroneamente a Defoe como el autor, cuando en realidad es Jonathan Swift). Un solo paso y esta bestia atraviesa cincuenta metros. Si los edificios dificultan su progreso, los derrumba y allá abajo la gente parece liliputiense.




La señorita Wray pasa su calvario con gran valentía, Robert Amstrong produce una personificación vigorosa y realista de Denham, Bruce Cabot, Frank Reicher, Sam Hardy, Noble Johnson y James Flavin contribuyen al interés de esta historia impresionante.


Extraído de Homenaje a King Kong, de Román Gubern, Cuadernos Ínfimos 41, Tusquets Editor, Barcelona, 1974.

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