Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Alejandro Fernandez Moujan y su documental "Damiana Kryygi".

 

El racismo justificado como una ciencia

El realizador quiso contar la historia de una integrante de la tribu aché que fue capturada y “estudiada” de humillantes maneras en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. “La investigación me permitió corroborar que hubo muchos otros casos”, señala.


 

 Por Oscar Ranzani

En 1896 unos colonos blancos de la región de Sandoa (Paraguay) realizaron una expedición porque, alegaban, los indios aché les habían robado un caballo. Cuando vieron a un grupo de indígenas que estaban comiendo, sin mediar palabras, los balearon para vengarse. Una niña de tres años sobrevivió a la masacre y los colonos se la llevaron y la llamaron Damiana, porque justo ese día era el aniversario de San Damián. Un grupo de antropólogos del Museo de Ciencias Naturales de La Plata de Argentina decidió estudiarla, como si se tratara de un objeto y no de una persona. Hasta que en 1907, cuando Damiana tenía catorce años, fue internada sin causa en el neuropsiquiátrico Melchor Romero, dirigido por Alejandro Korn en aquel entonces. Y fue fotografiada desnuda supuestamente para estudios antropológicos. Damiana murió dos meses después de tuberculosis. Pero su cuerpo siguió siendo investigado. Hasta que cien años después, un antropólogo identificó parte de sus restos en el museo. Y su cabeza fue encontrada en el Hospital Charité de Berlín. En 2010 sus restos fueron restituidos al pueblo originario aché, del Paraguay. Esta historia, que muestra cómo en pos del expansionismo colonial los indígenas fueron sometidos a todo tipo de humillaciones, es la que retrata el documentalista Alejandro Fernández Mouján en Damiana Kryygi, que se estrenará mañana en el Espacio Incaa Gaumont.
La mujer de Fernández Mouján es antropóloga y fue quien le contó la historia de Damiana hace más de diez años. En ese momento, el cineasta quedó impactado pero no tenía en mente realizar un documental sobre el caso. Hasta que en 2010, cuando aparecieron los restos de Damiana y comenzó el proceso de restitución, pensó que entonces sí podía hacer una película. El film cuenta con una profunda investigación de Fernández Mouján y está guiado por la voz en off del director, algo poco habitual en su filmografía. “Me gusta siempre intentar una cosa distinta que no haya hecho, y me gustan los documentales que tienen un relato que te cuenta a través de una voz”, comenta Fernández Mouján en diálogo con Página/12. “Por otro lado, el tema daba para eso porque en la película hay muchas idas y venidas en el tiempo. Entonces, si no había algo que guiara todas las idas a Alemania, Paraguay, del pasado al ahora, iba a ser muy difícil armar una estructura. Entonces, pensé que la voz en off era una buena manera de hacerlo.”

–¿Qué sensación le produjo investigar esos crueles estudios raciales?

–No quiero hacerlo más light, pero hay que ver el contexto, cómo era la antropología de esa época. Ellos creían que las diferencias anatómicas tenían que ver con las diferencias culturales y raciales, cosa que con el tiempo se abandonó. Pero tenían una cierta dosis de crueldad porque, por un lado, para lograr sus ambiciones de hacer contacto con estos pueblos, muchas veces necesitaban enfrentarlos violentamente justamente para capturar individuos y luego estudiarlos. Si no, no los podían estudiar. Ellos se quejaban de que les resultaba muy difícil sacar fotos porque estos individuos no se dejaban, no eran amables, eran reticentes. Imagínese que los tipos los hacían desnudarse, morirse de frío y los humillaban y tenían que tenerlos prisioneros para poder fotografiarlos. Eso implicaba una relación de la ciencia con estos pueblos bastante violenta. En sus escritos deseaban que eso no hubiera pasado, pero de hecho lo aceptaban. Estaban en contra de las masacres pero aceptaban los resultados de las masacres que eran cuerpos para medir, fotografiar y estudiar.

 

–¿Piensa que fue un acto de justicia tardía la restitución de los restos de Damiana?

–No sé si justicia tardía porque tampoco sé si en otro momento se podría haber dado. Lo que pasa es que hubo todo un proceso en la Argentina cuando a partir de la Constitución de 1994 se empieza a reconocer a los pueblos originarios y sus derechos. Y recién Cristina Fernández de Kirchner reglamentó la ley que permite las restituciones. Antes era muy difícil porque no había una ley que obligara a la restitución. Por otro lado, los museos son reticentes a entregar material que consideran valioso y científico. Pero acá hubo un gran trabajo del grupo de guías de La Plata y de la directora del museo de La Plata, Silvia Metrano, que de alguna manera impulsaron esta restitución. Ellos habían iniciado las restituciones de Inacayal y de Mariano Rosas, en la Argentina. Obviamente, uno querría que este proceso no hubiera sido tan doloroso, pero no sé si fue tardío o no. Son cosas que se van dando. Creo que antes no estaban dadas las condiciones y ahora sí.

–¿La investigación le permitió corroborar que el caso de Damiana no fue una excepción?

–Sí, me permitió corroborar que hubo muchos casos. Lo que tiene de particular el caso de Damiana, para los aché fundamentalmente, es que es la primera vez que regresa el cuerpo de un aché muerto. Hay muchos que todavía viven, que fueron secuestrados de niños y cambiados por animales o entregados cuando sus padres fueron asesinados. Pero volvieron vivos. Con este caso, es la primera vez que regresa un aché muerto. Y eso los impactó mucho. Primero, porque ellos, al principio, esperaban que Damiana fuera una persona viva que iba a volver. Después, se dieron cuenta de que no, que era un cuerpo y que murió como hace ciento y pico de años. De alguna manera, simboliza el regreso de todos los aché perdidos que nunca pudieron volver. Son desaparecidos porque no se sabe dónde están, cómo terminaron sus vidas. En general, han sido esclavizados o asesinados en la selva en el anonimato. O sea que, en ese sentido, su restitución fue muy importante para ellos.

 

–¿Cree que, con la excusa del estudio científico, a los miembros de pueblos originarios les vulneraron sus derechos más elementales?

–Sí, claro, porque a ellos se los trataba como objetos. De hecho, en el museo de La Plata hubo prisioneros de la Campaña del Desierto. El cacique Inacayal y toda su familia y varios otros más fueron, como dicen los guías, “prisioneros de la ciencia”. O sea, estaban presos en el museo y trabajaban en el museo. Incluso, se sabe que algunos trabajaron allí diseccionando los cuerpos de otros indígenas. Y cuando morían eran diseccionados y expuestos ellos también. Han trabajado donde estaban expuestos sus parientes, sus iguales.

–¿Esta historia demuestra que en pos de “criterios” raciales se justificaba la expansión colonial?

–Sí, de alguna manera siempre fue de la mano. Pasó en Africa, en Asia, acá. La expansión colonial necesitaba del racismo para justificar aplastar pueblos enteros que eran considerados inferiores y más cercanos al nivel de los animales que a los seres humanos. Entonces, estaba permitido cazarlos, sacarles las tierras, robarles sus hijos, violar a sus mujeres, esclavizarlos. O sea, el racismo fue una teoría que avaló toda la colonización y le dio un contexto ideológico y una justificación a que había pueblos superiores que necesitaban un espacio de expansión sobre pueblos que, según consideraban, no tenían derecho a habitar esas riquezas en la medida en que no las explotaban y no generaban ganancias.
 
 

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