Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología, Maestros de la imagen y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Los espias más locos del mundo.

Cuando el autor de historietas escocés Mark Millar –uno de los más influyentes del mundo, autor de Kick Ass– decidió volver a juntarse con el director Matthew Vaughn, esta vez para adaptar su comic Secret Service, era esperable que la colaboración saliera bien, pero el resultado, la recién estrenada Kingsman, sobre insólitos espías británicos, supera las expectativas. Autoconsciente y absurda, artificiosa y orgullosa en su operación de reflexión sobre el género, llena de chistes y supervillanos, la protagonizan Colin Firth, Michael Caine y Samuel L. Jackson y, como explica en esta entrevista Mark Millar, se propone como el espejo demencial de las recientes y muy serias entregas de Bond y del espionaje de oficina según Le Carré.





Por Mariano Kairuz

“Todo empezó en un pub, estábamos con Mark, los dos medio borrachos, quejándonos de cómo las películas de espías se habían vuelto demasiado serias. Quiero decir: Operación Skyfall es buena, pero un poco agobiante, y lo cierto es que los productores de James Bond llevan años intentando seguir el modelo de Jason Bourne. Así que nos dijimos: Hagamos una que sea divertida como las de antes. Y entonces Mark se fue, y escribió Secret Service.” Mark es el escocés Mark Millar, uno de los autores de historietas más influyentes y reconocidos de los últimos años, y el que cuenta la anécdota es el cineasta inglés Matthew Vaughn, director de Kick-Ass (la del adolescente convertido en un súper-antihéroe de la vida real) y de X Men: Primera generación (acaso la más interesante entrada de la saga de los mutantes), quien un par de años atrás renunció a hacer otra de los X Men para llevar al cine Secret Service, y devolverle la diversión al universo de los agentes secretos.
 
Kingsman: el servicio secreto es una demencia bastante salvaje que incorporó al título de la historieta original de Millar el nombre de la paragubernamental agencia secreta británica que, mientras salva al mundo casi todos los días, funciona también como escuela de jamesbonds de apodos artúricos (Lancelot, Galahad, Merlín, Arturo), a cargo de sus espías más infalibles: Colin Firth (el ganador del Oscar por El discurso del rey, usualmente el tipo aburrido de cada película que toca, acá en el punto justo de caballerosidad y heroísmo), Mark Strong (villano del Sherlock de Robert Downey Jr.) y, a la cabeza de la institución, Michael Caine, veterano de asuntos afines.

Nacida como contraprograma para el Bond tipo Skyfall y el regreso al cine del espionaje de escritorio de Le Carré, Kingsman muestra sus cartas de inmediato, con la secuencia de secuestro y rescate de un científico interpretado por Mark Hammill, el actor que se hizo conocido por interpretar a Luke Skywalker en La guerra de las galaxias y nunca hizo nada más (relevante) en su carrera, es decir, toda una referencia pop. El agente que llega a salvarlo con total espectacularidad, es liquidado sorpresivamente por una femme fatale con piernas prostéticas como las de Pistorius, pero afiladas y letales. “Una película (de género) es tan buena como su villano”, se dirán más adelante el espía Harry Hart, alias Galahad (Firth) y el villanesco y ceceante Valentine (Samuel L. Jackson, en su vena más descaradamente tarantinesca), una suerte de Mark Zuckerberg/Bill Gates del Mal, quien prepara un maquiavélico y fascista plan de “limpieza” social a través de una sofisticada y desembozadamente ridícula tecnología celular de avanzada. “Las películas de acción ya no son tan divertidas como antes”, se dirán también, entre Big Macs servidos en bandeja de plata; “se han vuelto demasiado serias”. “¡Dame un plan criminal diabólico e imposible!” El propio Valentine tiene como secuaz y asistente de lujo a Gazelle, la citada morocha de las piernas con cuchillas, interpretada además por una de las malvadas más bellas del cine contemporáneo: la modelo y bailarina francoargelina Sofia Boutella. Autoconsciente y deliberadamente absurda, calculadamente artificiosa y regodeándose en su propia operación de reflexión sobre el género –un poco como Kick-Ass con la fiebre nerd por los súper héroes– Kingsman nos arroja en la cara su operación de rescate del espía cool y sin culpa.

“Nuestro modelo de James Bond es el Roger Moore de La espía que me amó”, le cuenta Millar a Radar en entrevista telefónica. “A los dos nos parece que Daniel Craig es un gran actor, pero sentimos que se ha perdido algo de la diversión. Yo recuerdo la sensación que tenía de salir del cine de ver una de las de Bond de antes: quería ser un espía como 007, matar a los malos. Creo que es lo mismo que pasó con los súper héroes: yo antes quería ser Batman, pero la verdad es que uno no sale de los films de El Caballero de la Noche queriendo ser Christian Bale. Y pasa también con la nueva Superman, que pierde demasiado tiempo tratando de ser oscura, cuando Superman, que es uno de mis personajes favoritos, tiene que ser divertido. Antes Bond mataba a sus enemigos mientras hacía chistes, y los villanos eran tipos enormes y absurdos, y los juguetes tecnológicos y las armas sofisticadas estaban buenísimas, así que ¿quién no iba a querer tener todo eso? Pero el Bond de Craig le dispara a alguien y después llora en la ducha, y de verdad, uno se va del cine queriendo pegarse un tiro. Así que lo que queríamos hacer con Matthew era volver a los tiempos de La espía que me amó, con chistes y personajes interesantes. Hace tanto tiempo que no se ve todo eso que con Matthew ya no nos acordamos cuándo fue la última vez que se hizo ese tipo de películas menos realistas, así que ahora probablemente se sientan como algo fresco de nuevo. Creo que Guardianes de la Galaxia consiguió recuperar ese espíritu el año pasado.”

UN ESCOCES EN HOLLYWOOD


A los 45 años de edad, y al mismo tiempo que los súper héroes y las historietas se han convertido en las dos propiedades más redituables en la industria del cine, Millar se ha transformado en una de las mayores estrellas de ambos géneros, y aunque en los últimos tiempos no le fue mal económicamente –en particular desde que creó su propia compañía, Millarworld, y desde que es coproductor de las adaptaciones al cine de sus historias–, no todos sus aportes han sido debidamente acreditados. Curtido en DC y, con mayor éxito, en Marvel, Millar es el autor de infinidad de historietas de súper héroes ajenos: entre sus trabajos más reconocidos está la saga Red Son, que imagina un Superman alternativo, cuya nave cayó en la Unión Soviética en lugar de Occidente. Su serie The Ultimates, reinvención de la banda de paladines de Marvel conocida como Los Vengadores, sirvió de base para los taquilleros films que se están haciendo actualmente, y ya se sabe que los nuevos 4 Fantásticos tomarán mucho de lo que él escribió, y que El Capitán América 3 estará directamente inspirada en su argumento para la serie Civil War, en la que los hombres-en-calzas deben anotarse en una polémica Acta de Registro de Súper Héroes. Millar no ha sido llamado para participar en ninguno de los guiones basados más o menos libremente en su material, pero él no se queja en absoluto. “Mi trabajo en esas historias terminó hace diez años y está perfecto para mí”, dice. “Reconozco que Marvel es dueña de esos personajes, y lo que yo hice fue un trabajo de encargo. Yo sé que mi trabajo con Marvel me permitió generarme un público que hizo que mis historietas, como Kick-Ass, se vendieran mucho más. De no haber hecho antes The Ultimates, probablemente Kick-Ass se hubiera vendido mucho menos y jamás se hubiera convertido en una película, ya que empieza con un personaje masturbándose. Pero pudimos hacerla y fue muy divertido poner todas esas cosas ahí.” Con Se busca (2008), el film de acción y asesinos profesionales con Angelina Jolie y James McAvoy, Kick-Ass y ahora Kingsman, Millar completa la tríada de su incorporación oficial al cine.

UNA CUESTION DE MODALES


Kingsman tiene otro protagonista, que es de hecho el personaje principal de la historia, pero está interpretado por uno de los actores menos conocidos del film: el galés Taron Egerton. “Son los modales los que hacen al hombre”, le dice el atildado Galahad al joven descarriado Gary “Eggsy” Unwin, un muchacho de los barrios bajos con una tendencia a meterse en problemas. Eggsy es el hijo de un Kingsman que murió en acción en los ’90 y con quien Galahad se siente en deuda. Veintipico de años después de la muerte del padre de Eggsy, y tras haber rechazado una importante compensación económica por su pérdida, la madre del chico vive con éste y un novio matonesco y abusivo en un edificio público para gente de bajos recursos. Enterado de las habilidades físicas del chico, y decidido a honrar la memoria de su compañero muerto, Galahad intenta reclutarlo para la agencia, a pesar de su extracción lumpen y los aristocráticos aires que corren entre sus jefes. “No seas snob”, le espeta al director Arthur, que es nada menos que el mercenario Michael Caine, un actor de conocido origen humilde que alguna vez –con films hoy clásicos como El cerebro del millón de dólares– fue Harry Palmer, en su momento considerado “el James Bond de los pobres”. Dentro de la apuesta de Millar y Vaughn por la fantasía y el entretenimiento desvergonzado, éste es el anclaje más, digamos, “realista”, de Secret Service, historieta y película: el origen de clase del héroe, su educación (un poco a lo Pigmalión, cita explícita del film) y su ascenso. Caballero no se nace, se hace: ésa es la moral del guión de Millar y de su adaptación. “Son los modales los que hacen al hombre.”

“Yo provengo de Coatbridge, una de las partes más pobres del oeste de Escocia. Me crié en uno de estos housing estates (alojamientos del gobierno) como el que se ve en la película, y la razón por la que inventé a Eggsy fue justamente que estaba viendo demasiados personajes como él demonizados en las películas y la televisión”, cuenta Millar. “En mi experiencia, la gente de estos lugares no es ni vaga ni desagradable; algunos son gente educada, y docentes que nunca tuvieron el dinero para comprarse una casa. No es como en los complejos habitacionales que se ven en los dramas del Channel 4 inglés, arquetipos horribles escritos por guionistas de clase media. Y de hecho ya no hay protagonistas de orígenes proletarios, héroes de clase trabajadora como los que hacían a principios de los ’60 tipos como Albert Finney, Caine, Terence Stamp. Los únicos personajes proletarios en TV son esos que hacen fila por horas para que Simon Cowell les suba o baje el pulgar a su antojo, en lugar de gente que trabaja duro para aprender su oficio, que es aquello de lo que se trataba la movilidad social en la posguerra. Hoy todos los actores provienen de las escuelas más exclusivas, yo no tengo nada contra ellos, por supuesto, pero es interesante que ahora tengamos una clase aristocrática de nuevo.”

La transformación del protagonista de Kingsman también reconoce una inspiración jamesbondiana: la historia de cómo Terence Young, director de El satánico Dr. No (y otros títulos de 007) tomó al algo rústico Sean Connery y lo dotó de estilo: lo llevó a su sastre, al peluquero, al casino y a los mejores restaurantes, le enseñó a caminar, vestirse y hasta a comer. En la película Eggsy es blanco de las burlas de sus petulantes compañeros de la escuela de aspirantes a Kingsmen, en su mayoría muchachos de familias adineradas que provienen de colegios prestigiosos como Eton. Para ellos, alguien como Eggsy es un grasa sin posibilidades de trascender en este mundo. Para Galahad, es necesario sacarle la gorrita y enseñarle a vestirse como en Savile Row, una de las sastrerías más refinadas del universo, que sirve de fachada a la sede ultrasecreta de los Kingsma (una cueva tipo C.O.N.T.R.O.L., del Superagente 86, pero con un toque más Patrick McNee, paraguas y todo), pero cree que todo el mundo puede ser educado para integrar sus filas. “Después de la guerra, en el Reino Unido tuvimos una gran inversión del gobierno socialista, que significó educación gratuita para todos”, le dice Millar a Radar. “El país se vio transformado; no importaba qué tan pobre fueras, tenías una oportunidad para que te fuera bien en la vida, como cualquier otro. Pero luego, en los ’80, hubo un recorte financiero, particularmente con Margaret Thatcher, y se destinó menos dinero a la educación universal. Yo simplemente quise escribir sobre eso, sobre cómo tenés que esforzarte más para trascender tus orígenes humildes.” En la historieta, el personaje del espía-tutor que el film convierte en Galahad es el tío del protagonista, y también proviene de las residencias públicas, y tanto Millar como su ilustrador –el legendario Dave Gibbons, el mismo de Watchmen– se propusieron mostrar “cómo éste inspiraba a su sobrino para que realizara el mismo viaje”.



 

“Uno está acostumbrado a ver el mundo brillante de series como Downton Abbey y los ambientes horribles que muestran films como Trainspotting”, dice finalmente Millar. “Con Matthew hablamos de filmar un universo en el que ambas cosas puedan coexistir. Pero sin olvidar nunca que al tipo que paga tres o cuatro dólares por un comic (o unos diez) por la entrada al cine, lo primero que hay que ofrecerle es un buen entretenimiento

Extraido de Diario Pagina 12, Suplemento Radar, numero 963, 22/2/15

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