Julio Diz

Mi foto
Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 17 de marzo de 2015

Entrevista a Julio Chavez.

 "Tengo más dones para la plástica que para la actuación"

Entrevista. Brilla en teatro en el rol de un pintor torturado. Justamente, la pintura es su segunda vocación. Historia de una pasión subterránea.





 Por Miguel Frias


En el taller de pintura de Julio Chávez, un PH antiguo que alquiló a la vuelta del suyo, cerca de la placita Serrano, hay, además de los objetos lógicos de cualquier taller, un sillón y un banquito de plástico: únicos asientos a la vista. “Sentate vos en el sillón.” “No, sentate vos.” “No, sentate vos.” “No, sentate vos.” El diálogo entre el actor y el periodista, así de cortés y absurdo, se repite hasta que Chávez se sienta de prepo sobre el banquito, en gran estado físico, mate en mano, ropa negra, ojotas rojizas. Está muy suelto, sonriente, distendido: más o menos lo contrario de lo que uno intuía. Pero no hay que confiarse. En la charla va a lanzar: “Aun en la fiesta más amable, me gusta tener un rifle al lado”. Epa. Igual, no nos adelantemos ni nos expongamos al generalizado “ustedes los periodistas siempre sacan de contexto”, que suele ser cierto. Volvamos al tema que nos convoca: Chávez en su faceta de artista plástico.

“A los 22 años, cuando ya trabajaba de actor, comenté en una fiesta que quería estudiar pintura. Lo dije por decirlo; no había pensado en dedicarme a eso. Me recomendaron a Nora Dobarro, con la que estudié nueve años, hoy curadora de mi obra. Siete años después conocí a Elena Visñas, que me formó durante 12 o 13 años. Nora y Elena tenían miradas completamente distintas sobre las artes plásticas. Me nutrí de ambas. Me gustaban las dos: les era infiel, como un marido con dos casas. Produje obra y la expuse, por primera vez, en el ‘87. Te diría que la pintura y la actuación son elementos diferentes pero con el mismo erotismo. Si lo relacionamos con lo sexual, en las artes plásticas el polvo se te vuelve autónomo. Se te planta enfrente: podés observarlo, dar un paso atrás. En teatro estás demasiado pegado a lo que hacés, no tenés distancia”.

Por estos días, sus objetos del deseo se fusionan en Red, de John Logan, dirigida por Daniel Barone, en la que interpreta al pintor Mark Rothko. Bueh: no sólo interpreta. Chávez también aportó su mirada y sus ideas en esta suerte de reflexión sobre la condición humana y el sentido del arte. Red le sirvió para retomar la actividad. “Tuve una crisis fuerte en el 2005, 2006. Después de dos o tres exposiciones de pintura figurativa en la Recoleta, me corrí al objeto escultórico. Mostré lo que llamo mueblecitos inútiles en la galería Sonoridad Amarilla. La exposición era bastante importante y creo que buena. Pero sentí que el mundo de la pintura no simpatizaba conmigo. Y que yo no podía correrme del lugar del actor que pinta. Además, me estaba expandiendo mucho como actor. Así que tuve un cierre absoluto del taller y me quedé seis años sin mover un pincel, paralizado. Hace un par de años me di cuenta de que estaba hambriento de producción y apareció la posibilidad de Red. Entendí que en mi interior no había un estudiante de pintura sino un artista plástico.”




 ¿Qué más cambió para que volvieras a las artes plásticas?

Había adquirido mayor autonomía actoral. Sentía una menor necesidad de que la mirada del otro me aprobara. Después de esa exposición, me había quedado enojado. Tenía cierta voracidad de ser aceptado, pero como tuve muchos mimos actorales en la última década, mucha benevolencia, algo se tranquilizó en mí y me permitió que apareciera una nueva necesidad expresiva con lo pictórico, ya no en términos de una guerra con el medio de la pintura; guerra que no tenía y no tiene sentido. Hoy creo que tengo más dones para el mundo de la plástica que para el de la actuación.

¿Los “mueblecitos inútiles” tienen algo que ver con el oficio de tu viejo, que era carpintero?

Mucho. Ahora que tengo mi primer taller de plástica, estoy rodeado de herramientas que eran de él. Me considero muy torpe, muy tosco; empecé el industrial y me tuve que ir porque era un desastre. Todo me salía torcido, como a mi padre, que era un pésimo carpintero. A sus muebles siempre les faltaba algo para estar derechos, siempre algo venía fallado. Mi padre ocultaba las deficiencias y yo pensaba que sus clientes lo iban a matar cuando se dieran cuenta; algunos llamaban insultando. Ahí en lo que mi padre fallaba encontré una expresión. Me gusta trabajar con lo que parece que no se va a sostener. Como dice Cioran: sostenerse en lo inconsistente. Mi padre, que era un hombre inconsistente, está presente en mí, en lo que hago. Cada vez tengo mis manos más parecidas a las de él: me impresiona notarlo al tomar una herramienta.

Te sentís vulnerable ante la mirada ajena, pero elegís actividades de alta exposición. ¿Por qué?

Viste cómo somos de contradictorios, ¿no? Es parte de la batalla. Soy vulnerable. Pero, si bien pueden partirme con bastante facilidad, también tengo mi lado de fortaleza. Me apasiona la astrología. Soy de Cáncer, que es bien metido para adentro. La casa, el hogar, la familia. Un maestro mío de astrología me explicó cosas sobre mi signo. Me habló de una pequeña tribu alrededor de una fogata, en un bosque oscuro e inhóspito, con una abuela que cuenta una historia y todos se sienten protegidos. Tengo ascendente en Leo, y el leonino es el que se sale de la tribu con el escudo de la familia para mostrarle al mundo quién es.

En pintura, la mera palabra “exposición” suena fuerte...

Sí. Es complejo. Como dice Rothko en Red: una obra vive cuando es mostrada y muere también en ese instante. En mis clases hablamos sobre el modo en que relegamos nuestra mirada sobre el mundo para, supuestamente, buscar armonía con ese mundo. Es un problema muy grande y fascinante: esa contradicción de que me importe lo que otros miran y al mismo tiempo tener que cagarme en lo que ven. Hay personas que tienen enorme talento, pero no la fortaleza para bancarse las tempestades del afuera. Van contentos a un taller de pintura, con la tela en blanco, pero a la primera pincelada ya están metidos en el problema. Algunos entran en la batalla; otros, al primer soldado caído dicen no quiero. Yo, en teatro, tuve la suerte de haberlo tenido a Agustín Alezzo antes que a Augusto Fernandes. La mirada tierna de Alezzo me dio confianza. Sin ella no hubiera resistido la mirada de Fernandes. Cuando Fernandes me agarró, yo tenía 26 o 27 años, ya tenía las pelotas para encarar el problema.





¿Qué sentís ante esos artistas a los que no les importa la mirada ajena?

Admiración. Sobre todo si no les resulta indiferente su voz. Les tengo respeto y envidia a los que están en comunión con su sonido y construyen casi sin interferencias. Soy un trabajador y paso que doy, paso en que se me aparece la mirada del otro. Tengo que estar todo el tiempo limpiando mi camino. Es una batalla. Pero me construyo en el interior de esa batalla. Además, ya no sé muy bien qué es “mirada ajena”: si me afecta ya no es ajena. Formo parte de la generación del psicoanálisis: mambo del otro, vos no tenés que sentir culpa, no te hagas cargo, que cada uno se haga cargo. Pero estoy en un punto en que ya no sé muy bien qué es el problema del otro.

Ya que hablás de psicoanálisis, ¿por qué firmabas tus pinturas como Julio Hirsch, tu verdadero nombre, y ahora firmás Julio Hirsch Chávez?

En los ‘70, cuando empecé, era muy común cambiar de nombre. En el conservatorio, cada uno decía cómo iba a llamarse. Además, el Julio Hirsch siempre me dio trabajo. Imaginate en el colegio: Gómez, Fernández, Díaz, Hich, Hitch, Hirsh. Siempre había algo de diferenciación, y se ve que yo estaba con necesidad de escaparme de cierta condena histórica. Le pregunté a mi padre si tenía inconveniente con que me cambiara el apellido. Me dijo que no. Entonces pensé en ponerme Jabes, el apellido de mi madre. Pero mi primera película fue No toquen a la nena y Juan José Jusid me explicó que Julio Jabes tenía muchas jotas. No sé con qué autoridad, si él era JJJ (ríe). Así que quedó Chávez.

Pero en las artes plásticas ahora pasaste de Hirsch a Hirsch Chávez.

Cuando empecé a pintar, me pareció que el Hirsch iba a diferenciarme de mi trabajo como actor. Pero ahora produje un matrimonio y pasé al Julio Hirsch Chávez. Los demás tienen una tendencia a eliminar el Hirsch porque Chávez tiene más popularidad. Ahí ya no me meto, me quedo con el Julio Hirsch Chávez, que une y deja de diferenciar. ¿Quién hace Red? ¿Chávez o Hirsch? Los dos. Si no hubiera estado en el problema de la pintura no podría hacer Red.

Algunos se acercarán a tus exposiciones por la admiración que te tienen como actor. ¿Qué te provoca?

Lo entiendo. En la actuación se establece algo más de tribu, se crean íconos. ¿Qué voy a decirle a quien se me acerca desde ese lugar? ¿Que desearía que se pusiera más en contacto con mi pintura? También pasa al revés. Hay personas que, para no quedar como cholulas, me hablan de pintura sin mencionar nada de mi trabajo como actor. Otras vienen a las exposiciones para ver si me encuentran, para sacarse una foto conmigo. Creo que uno no debe meterse mucho con el espectador; hay que dejarlo hacer su viaje solo.

Mencionaste tu popularidad de los últimos años. Hace poco más de una década hablaban de vos como una revelación y ya llevabas una larga y notable carrera en teatro...

Es verdad. ¿Sabés? Siempre, y en este sentido también me parezco a mi padre, hay alguna fallita que hace que mis estantes no lleguen a estar completos. Eso me gusta. Me gusta no terminar de estar completo. Soy una carenciado. Agradezco esa carencia y la falta de resentimiento. Porque a veces la carencia resiente y eso es un problema. Pero, cuando sentís carencia y fe en tu capacidad de lucha, se forma un buen matrimonio.

Hoy el desajuste podría ser cierta indulgencia hacia vos, la idea de que cualquier cosa que hacés está bien...

Por suerte no es así. Recibo muchos halagos y algunos bifes, que muchas veces me sirven. Soy muy guerrero. Aun en la fiesta más amable me gusta tener el rifle al lado. Estoy tratando de cumplir con algunos temas de la existencia. Uno es cómo se puede vivir dejando de ser tan guerrero: además de guerrero, soy ambicioso. Y mi ambición me dice que ser guerrero no es buen negocio.

Te imagino muy obsesivo, ¿no?

Voy al teatro dos horas y media antes de cada función de Red y paso la obra entera. Veo que las acomodadoras me miran con cara de “este tipo está enfermo, las 5 y media de la tarde de un lindo domingo y él acá, ensayando”. Yo mismo tengo una voz que me dice “podrías evitar esto” y otra que me dice “no señor, la batalla es grande”. Podría ir a cada función como a una fiesta. Llegar una hora antes. Pero me gusta tener al lado la bayoneta, veo todo como una batalla. Aunque, volviendo a la pintura, estoy construyendo desde la no preocupación, me permito signos menos cargados de lo que es mi naturaleza: el exceso de preocupación. Pero, a veces, en busca de la despreocupación uno se termina encamando con la desidia. Y tampoco quiero eso.


Extraído de http://www.clarin.com/viva/revista_Viva-Julio_Chavez_0_1308469354.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario