Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 21 de octubre de 2019

jueves, 10 de octubre de 2019

El planeta de los simios, todo un clásico.


 Por Sergio Benítez


Inmerso en una década convulsa y llena de radicales cambios, el año 1968 quedará para siempre marcado en la historia del s.XX por suponer un antes y un después a nivel social y político tanto a escala mundial como en suelo estadounidense: mientras en el viejo continente las revueltas estudiantiles caldeaban el ambiente en Francia en el mes de mayo y Mao consolidaba su poder gracias a la Revuelta Cultural en China, en tierras yanquis los hippies hacían mucho más ensordecedora su protesta contra la absurda guerra de Vietnam —casi forzando a Nixon a comenzar la retirada de tropas al año siguiente— al mismo tiempo que Angela Davies o los Panteras Negras removían conciencias con el movimiento de liberación racial.





Este caldo de cultivo fue el propicio para que la ciencia-ficción pariera dos de los mejores filmes que nos ha legado la historia del cine, logrando a través de ellos una madurez que hasta entonces se antojaba lejana e inalcanzable para un género que tan sólo una década antes era el caldo de cultivo de innumerables producciones de serie B y al que pocos, muy pocos, llegaban a tomarse en serio —aunque, como ya hemos visto en este ciclo, alguna que otra semilla ya se plantó en dichos años para el salto a la edad adulta de las fórmulas del sci-fi. ‘2001. Una odisea en el espacio’ (‘2001. A Space Odissey’, Stanley Kubrick, 1968) y ‘El planeta de los simios’ (‘Planet of the Apes’, Franklin J.Schaffner, 1968), adaptaciones correspondientes de ‘El centinela’ de Arthur C.Clarke y la novela homónima de Pierre Boulle, sentaban pues las bases para el paso a la edad adulta de un género que —y disculpen la frase manida— ya nunca volvería a ser el mismo.

Arduo fue el camino de la tinta al fotograma



Con los derechos sobre el texto de Boulle en su posesión desde incluso antes de que la novela fuera puesta a la venta, al productor Arthur P. Jacobs le costó, y mucho, convencer a Richard D.Zanuck, el entonces presidente de la Fox, de que la producción de ‘El planeta de los simios’ era un hecho factible y asumible por las arcas del estudio. Y ello se debió inicialmente a que uno de los primeros tratamientos sobre la historia original que estuvo a punto de pasar a fase de rodaje fue el que había escrito el mítico Rod Serling, un libreto en el que, según parece, el creador de ‘Twilight Zone’ derrochaba genio por los cuatro costados pero que Zanuck miró con malos ojos por el coste que supondría la visualización de la avanzada civilización simia que Serling postulaba.
Con Michael Wilson sustituyéndolo, y la sugerencia de Schaffner de hacer la sociedad de monos más primitiva para así reducir costes, a ‘El planeta de los simios’ le quedaba todavía algo de camino por recorrer antes de que la Fox diera la luz verde definitiva, ya que otro problema que se preveía podía acarrear no pocas complicaciones en el set de rodaje era la extensiva y dificultosa labor de maquillaje a la que tendrían que someterse los actores que fueran a interpretar a los simios.





Pero ninguna cortapisa iba a frenar a Jacobs en su firme intención de que la cinta llegara a ser filmada, y con la ayuda de Charlton Heston, Edward G. Robinson, James Brolin y Linda Harrison, el productor organizó el rodaje de una breve escena extraída de un borrador del guión escrito por Serling. Tan efectiva sería dicha secuencia —que puede verse, por ejemplo, en la edición en Blu-ray de la película— que a la Fox ya no le quedarían argumentos para seguir deteniendo un proyecto que, en principio, y tal como se mostraba en la citada secuencia, hubiera servido para reunir a Heston con Robinson tras su participación conjunta en ‘Los diez mandamientos’ (‘The Ten Commandments’, Cecil B. De Mille, 1958) algo que no se produciría hasta cinco años más tarde ante la negativa del veterano intérprete de someterse a las largas sesiones de maquillaje que necesitaría la producción.

Las inevitables comparaciones



Ya comenté en su momento con ocasión de la entrada del especial dedicado a Tim Burton correspondiente al remake de ‘El planeta de los simios’ (‘Planet of the Apes’, 2001) que esa supuesta fidelidad que el filme del cineasta de Burbank guardaba para con el relato de Pierre Boulle era sólo un espejismo sobre el que el libreto de la terna de guionistas de la nueva versión había entrado cual elefante en una cacharrería, quedándose con lo que les había apetecido de lo desarrollado por el escritor francés —más bien poco— e inventando aquí y allá para obtener un monstruo de Frankenstein que poco o ningún parecido guardaba con la novela.
Mayor fidelidad reviste, no obstante, el trabajo que Serling primero, y Wilson después, efectúan sobre los postulados del canon marcado por Boulle, aunque ello no implique, por supuesto, que la adaptación realizada siga al pie de la letra la trama que comienza con una pareja de novios en luna de miel encontrando una botella flotando en el espacio con un manuscrito en el que en un periodista narra la odisea que lo habría llevado a descubrir un mundo en el sistema de la estrella Betelgeuse en el que el orden “natural” de la Tierra se encontraba invertido: los simios dominaban mientras que los humanos, reducidos a su mínima expresión de inteligencia, eran considerados como animales y esclavos.






A partir del momento en el que Ulysse —el nombre del protagonista— y sus tres compañeros llegan a dicho planeta, lo desarrollado por Serling y Wilson no se aleja en exceso de los planteamientos fundamentales de Boulle, y el tratamiento de ambos guionistas sigue en esencia las mismas pesquisas que llevarán a Ulysse al descubrimiento de que el planeta en el que se encuentra estuvo una vez dominado por unos humanos que terminaron dependiendo demasiado de sus esclavos simios.

Un filme atípico para un cineasta atípico



Con disimilitudes que pasan por las diferencias en los avances tecnológicos de la sociedad simiesca, el hecho de que el protagonista sea casi aceptado por sus captores o ese demoledor final que tan bien se acopla a la idiosincrasia de Serling y que se conservó tal cual del trabajo desarrollado por el guionista, esta claro que ‘El planeta de los simios’ no habría sido el mismo filme de haber caído en las manos de otro director menos ecléctico que Franklin J. Schaffner, realizador con una singular trayectoria en la que encontramos títulos tan dispares como ‘Rosas perdidas’ (‘The Stripper’, 1963), las fabulosas ‘Patton’ (id, 1970) y ‘Papillon’ (id, 1973) o la irregular ‘Los niños del Brasil’ (‘Boys from Brazil’, 1978).
En plena conjunción con un diseño de producción magnífico en el que la austeridad era la línea a seguir, y una magistral banda sonora de Jerry Goldsmith a la que dedicaré las últimas líneas de esta entrada, la desnaturalizada dirección de Schaffner consigue desde los primeros minutos de proyección sembrar la inquietud en el ánimo del espectador, careciendo de relevancia cuántas veces se haya podido visionar la cinta y siendo éste carácter de imperturbabilidad lo que mejor habla de la grandeza de lo conseguido por el cineasta.

El vagar por ese desierto sin fin de los tres astronautas, la visión de unos espantapájaros muy inquietantes, el descubrimiento de los humanos, la electrizante partida de caza, el proceso de inversión del orden normal al que vamos asistiendo a lo largo del cautiverio de Taylor —un Heston que derrocha más chulería de la habitual—, las categóricas aseveraciones del doctor Zaius acerca de la naturaleza humana, la visita a la zona prohibida y ese final —¡¡¡qué final!!!— son momentos todos que por mucho que la memoria cinéfila guarde como oro en paño, siguen produciendo un malestar primario que resulta complicado eludir.

El sonido de los monos



Directo responsable de ello es, de nuevo, un Jerry Goldsmith que desde un primer momento quiso alejarse de forma consciente de las sonoridades electrónicas con las que Bernard Herrmann o los Barron habían marcado al género con sus trabajos para ‘Ultimatum a la Tierra’ (‘The Day the Earth Stood Still’, Robert Wise, 1951) y ‘Planeta prohibido’ (‘Forbidden Planet’, Fred M.Wilcox, 1956) respectivamente. Y para ello, lo que hizo el desaparecido genio de la música de cine fue hacerse eco de esa deshumanización con la que Schaffner se había aproximado al filme, reinventándose el compositor los usos tradicionales de la orquesta.
Sólo hay que escuchar la grabación de su trabajo para poder apercibirse de las intenciones del artista: ejecutando los temas de forma antinatural, y con una partitura que carece por completo de una melodía identificable que apele a nuestra humanidad, Goldsmith enhebra una partitura que se concreta a través de ritmos salvajes y aterradores, más enraizados en el dodecafonismo que en los sonidos sinfónicos de la orquesta clásica. Y ningún ejemplo hay mejor de lo que estamos hablando que la brutalidad que dimana de la secuencia de la partida de caza: tras habernos mantenido en suspense durante casi media hora, Schaffner y Goldsmith estallan en un alarido de violencia en el que la sección de metal y un potente cuerno de caza se van alternando con el piano y las cuerdas para enervar hasta al más pintado.

Que Goldsmith compuso con ‘El planeta de los simios’ una de las partituras más revolucionarias y fascinantes de la época es una obviedad. Que en conjunción con las imágenes de Schaffner nos quedó una de las obras maestras indiscutibles del género, debería serlo para cualquiera que alguna vez se haya acercado a tan asombroso despliegue de talento y se haya maravillado en su desarrollo, quedando marcado para siempre por una conclusión que, imitada hasta la saciedad y homenajeada hasta el hastío, nunca ha sido igualada.



Extraído de Blog de cine.

En cartel.


Cate Blanchett y los perfumes.




miércoles, 25 de septiembre de 2019

La pelicula olvidada: ‘¿Arde París?’, 1966




Por Alberto Abuin


‘¿Arde París?’ (‘Paris brûle-t-il?’, René Clement, 1966) se recoge uno de los episodios más recordados de la historia de Francia, la recuperación de la ciudad por parte de la Resistencia y el pueblo francés, cuando en 1944, y ante la llegada de los aliados, los nazis recibieron la orden de un Hitler enfadado y dolido para destruir por completo la ciudad. El título responde a esa voz del führer que, en el plano final, pregunta desesperadamente al otro lado de una línea telefónica, si la capital francesa está bajo las llamas como él ordenó. Un plano que cierra de forma irónica todo un alegato a favor de la libertad, construido muy hábilmente.

La película fue la respuesta francesa a ‘El día más largo’ (‘The Longest Day’, Ken Annakin, Andrew Marton, Bernhard Wicki, 1962), film bélico que recrea el famoso desembarco de Normandía, utiliza un obligado blanco y negro para dar mayor veracidad a lo narrado, y se llena de grandes estrellas interpretando personajes breves. Toda una operación comercial de primer orden que, en el caso del film francés —filmado mayormente en inglés— contó con el prestigioso René Clément, quien ya había mostrado las consecuencias de la gran guerra a través de la mirada infantil en ‘Juegos prohibidos’ (‘Jeux Interdits’, 1952).

‘¿Arde París?’ se eleva como un gran fresco, de enorme poder evocador, de lo sucedido en París en el período clave de poco más de dos semanas. Los aliados han desembarcado en Normandía y avanzan hacia la capital del país, que está tomada por los nazis. A ella llega el General Dietrich von Choltitz —Gert Fröbe en uno de los personajes más tratados en el film—, con órdenes estrictas del alto mando de aplicar la mano dura ante una población que se resiste cada vez con más fuerza. Si es necesario tendrá que arrasar por completo la ciudad —incluido el patrimonio histórico— colocando para ello potentes explosivos en calculados lugares de París.




Lo que más llama la atención de una película como ésta, que recordemos, se ha realizado bajo la batuta de la gran producción con claros y evidentes fines comerciales —además de la transmisión de un mensaje más que claro y que aboga por la humanidad—, es precisamente su intento de alejarse del maistream de la época, logrando un portentoso y vitalista relato que entremezcla con vigor escenas reales y ficticias. Comunión entre el arte y la vida, con no pocos elementos que ayudan a la veracidad, como varias de las escenas que reúnen la terrible realidad con la cotidianeidad de las gentes de París.

Así en la parte final, en la que se concentran la mayor parte de secuencias bélicas —hablamos de una película de 158 minutos—, en una en concreto varios soldados aliados deberán meterse en el piso de una anciana para poder acabar con soldados nazis escondidos tras un muro y disparando a los aliados. Mezclando modales de educación, como saludar a la anciana y besarle la mano, se mezclan con acciones bélicas. El momento es de lo más extraño —los soldados realizan su mortal trabajo mientras la anciana se toma algo sentada al pide su mesa— y combina dos tipos de cotidianeidad bien diferentes, por un lado la vida normal en una casa de París, por otro la muerte, siempre presente en la capital francesa durante los últimos cuatro años.

Un canto a la libertad


Hasta esos momentos, en los que Clément introduce más elementos extraños en la imagen, el film parece un documento gráfico de lo acaecido en esos terroríficos días en los que la traición estaba a la orden del día, y la maldad, pura y dura, se mostraba con la simple premisa, la capital será destruida simple y llanamente como venganza personal de alguien herido en su orgullo. El prodigioso montaje, obra de Robert Lawrence, no ofrece el más mínimo respiro; preciso y alternando varias secuencias, transmite a lo grande, un crescendo narrativo que obtiene su catarsis en el canto del himno La marsellesa, cuando la ciudad es finalmente liberada y el peligro ha pasado.





Las imágenes de ‘¿Arde París?’ van más allá de la crónica disfrazada de ficción cinematográfica, hay en ellas un halo poético —a ello contribuye el uso del formato scope— que, apoyadas en la impresionante banda sonora de Maurice Jarre —otro de los puntos en común con ‘El día más largo’—, ayudan a mostrar a la perfección la elevación del espíritu humano, el de resistir, en contra de la opresión, de la dictadura, del terrorismo, de la maldad en sí. Sirva como ejemplo toda la movilización de ciudadanos que desean combatir al enemigo, o la impresionante petición de ayuda por parte del jefe de la resistencia al ejército americano. Si algo muestra muy bien la película es el trato entre ambos bandos a todos los niveles, desde soldados hasta altos mandos. Unos luchando, los otros decidiendo con falsa educación.



Kirk Douglas, Orson Welles, Jean-Paul Belmondo, Alain Delon, Simone Signoret, Glenn Ford o Charles Boyer, entre otros muchos, prestan sus caras, en casos, a anónimos rostros. Un gran oleo de personajes históricos y otros no tanto, como el punto más alto de una ficción que vista hoy demuestra dos cosas. El mal no tiene límites; y cuando una ciudad —podría decirse también país, nación…— está destinada a perecer bajo ese mal imperante, es deber de otros —en la película los aliados, que aparcan sus planes en la contienda— el ayudarles, no por intereses políticos, sino por la HUMANIDAD.

‘¿Arde París?’ conmueve en lo más profundo con esas secuencias finales, en las que el tempo narrativo parece estirado milimétricamente, en las que las campanas de Notre Dame están a punto de sonar tras cuatro años de silencio. La manos alzadas del pueblo francés liberado junto a las campanas a punto de sonar preceden al instante del canto de La Marsellesa, el cual no emocionaba tanto desde que había sido tarareado con fuerza en un bar de alguien llamado Rick. Unas imágenes poderosas que nos recuerdan que la historia NO DEBE REPETIRSE.


 http://www.blogdecine.com//criticas/anorando-estrenos-arde-paris-de-rene-clement

Julia y el zorro, la nueva película de Inés María Barrionuevo



Lo que queda del día


Se estrena Julia y el zorro, la nueva película de Inés María Barrionuevo, presentada hace dos meses en la sección Nuevos Directores del Festival de San Sebastián y premiada hace unos días en la competencia argentina del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Una mujer, su hija, el duelo, una casona de Córdoba: cierta lógica de ensueño y el aire de fábula sin moraleja marcan este largometraje bello y triste, una reflexión incierta sobre la pérdida.







La película comienza como un cuento infantil sobre un zorro y su cola. En realidad es la historia de Julia, luego de su llegada a la ciudad cordobesa de Unquillo, a una casa abandonada por el tiempo y el olvido, por las voces del pasado que ahora yacen allí como dispersos fantasmas, como recuerdos de un tiempo que se extingue. Y también es la historia del zorro, austero visitante de las noches estrelladas, al que Julia divisa entre la árida vegetación invernal, en busca de comida, o tal vez compañía para el secreto dolor que lo aqueja. La fábula del zorro orgulloso y su cola perdida resuena en el plano vacío como un retazo de un tiempo feliz que se ha ido, como un lazo entre Julia y su hija Emma que parece hoy suspendido, como los últimos ecos de un duelo que nunca se acaba. El segundo largometraje de Inés María Barrionuevo, estrenado hace dos meses en la sección Nuevos Directores del Festival de San Sebastián y premiado hace unos días con una mención especial en la competencia argentina del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, recorre con los opacos colores del invierno el lento viaje que implica toda despedida, de aquello que quisimos, que todavía extrañamos, que solo nos ha dejado el vacío. 






La casona a la que llegan Julia y Emma guarda en sus paredes los rastros de los ocasionales usurpadores, de improvisados humoristas, de los amantes de lo ajeno. La heladera ya no está y de ella solo parece haber quedado el frío que invade los largos pasillos, los inmensos ambientes, la incierta relación que une a madre e hija. Julia es actriz pero su oficio no le sirve para reinventar su propia vida, para hallar en el papel de madre o viuda las coordenadas de ese nuevo presente. Celebrada en el Festival de Berlín de 2014 por su ópera prima Atlántida, Barrionuevo se revela como una cineasta aguda y observadora. Su mirada fragmenta el espacio alrededor de su personaje, asediado por los marcos de las puertas, por los reflejos de las ventanas, por los pálidos colores de la vegetación del invierno. Julia siempre está en tránsito, arrinconada en la cama en la que duerme, partida por el espejo en el que se mira, corrida del centro del encuadre por ese pulso insistente que la muestra desplazada. La aparición de Gaspar, un amigo que ensaya una obra y milita por la conservación del agua potable en el pueblo, apenas parece contagiarla de verdadero entusiasmo, del deseo de volver a bailar luego de una dolorosa operación de rodilla, del ansia de compartir momentos con el mundo vivo luego de la estela trágica de un accidente.  


“Ya no soy joven”, repite una y otra vez esa Julia a la que Umbra Colombo viste de una melancolía amarga e incómoda, en la que su malhumor se entreteje con su deseo latente, con su contenida impotencia, con su amor ahogado. La que sí es joven es Emma, de apenas 12 años, en su temprana adolescencia que le permite evocar el recuerdo de su padre con calidez y cercanía, que se desprende de tabúes y pasa una noche de camping con el chico que le gusta. El impulso de Emma por encontrar su propio rumbo está en los trazos de incipiente autonomía que la definen: la firmeza en su cabalgar, la temprana seguridad en las conversaciones con su madre, el dominio del arte de hacer una tortilla. La joven Victoria Castello Arzubialde le brinda a Emma un rostro de expresiones concisas, exento de estridencias, cuya clave está en las miradas sostenidas y en esa paciente reflexión que parece concentrarse en su mirada. Contener en el espacio esa misteriosa distancia que se agita entre madre e hija es todo un mérito de la directora, como si pudiera sugerir, en esos largos planos de caminatas nocturnas o en los silenciosos desayunos que comparten, el eslabón ausente que las separa.





Julia y el zorro se afirma sobre el tiempo de la espera. Julia espera que la casa se venda, Gaspar que se estrene la obra que ensaya, Emma que actúe el hombre bala que prometen los carteles de un espectáculo local. Pero esas esperas se dilatan indefinidamente: la casa se resiente frente al peso de la intemperie, la obra se interrumpe entre obstáculos e incidentes, el hombre bala se demora hasta una desaparición casi mágica, coronada por el conjuro del zorro y la fábula de la cola perdida. Esos momentos de suspensión del tiempo, de prolongada dilación de las acciones, en los que la cámara parece apartarse del recorrido lineal del relato y asumir la lógica del sueño, es cuando la película despliega el tejido de las emociones, esas que parecen escaparse a toda dimensión de lo visible. Entonces Julia baila un tango pese a las marcas de muerte que la persiguen, interpreta una escena teatral hasta el límite del llanto desgarrador, se masturba en soledad con angustia, se deja seducir por una chica del pueblo, se pierde en los límites del bosque frente a los ojos del zorro que la observa como mágico prestidigitador. 


A diferencia del rigor que regía la puesta en escena de La luz incidente de Ariel Rotter, en la que el duelo se configuraba en un blanco y negro acerado, deudor de las tácitas normas sociales que impulsaban la reconstrucción familiar después de la pérdida, Barrionuevo apaga su paleta de colores pero consagra su libertad más allá de los límites del encuadre, en la profundidad de los exteriores agrestes y silenciosos, en la ambigüedad que asumen los actos de Julia, en la creciente opresión que casi parece percibirse como autoimpuesta. Lo que en la película de Rotter era social, regido por un mundo de ceremonias y convenciones, aquí emana de un interior asediado por miedos e incertidumbres, por un intento de encontrar un rumbo que no está prefijado, que nunca es explícito, que asume la impronta de una fábula sin moralejas. Ni el oficio de Julia, ni la destreza de su cuerpo, ni la experiencia de la maternidad, ni la amistad recobrada terminan de ser los ensayos de una vida que todavía no cobra forma. Es el incierto viaje del zorro, temeroso de las burlas por esa cola perdida y por esa congoja que resulta indecible, el que ofrece el mejor espejo para Julia. Son sus ojos los que asoman en la noche, llenos de temor y secreto desafío. Es su historia, entonces, la que ahora puede empezar a contarse.




Fuente: www.pagina12.com.ar

Animacine: 'April and the Extraordinary World'

Tráiler de una fascinante propuesta de animación francesa.

¿Y si, al final del siglo XIX, los científicos e inventores más brillantes de la Tierra empezasen a desaparecer? Pues esto es lo que pasa en 'April and the Extraordinary World' ('Avril et le monde truqué', 2015), una película francesa de animación basada en la novela gráfica de Jacques Tardi. Está escrita por Franck Ekinci quien también dirige junto con Christian Desmares.
Su trama nos sitúa en el año 1941, en un París alternativo gobernado por Napoleón VI. Una familia de científicos está a punto de descubrir un suero de la longevidad, pero desaparecen antes de conseguirlo, y su hija April queda huérfana, con la única compañía de Darwin, su gato parlanchín. Diez años más tarde, ambos inician una investigación para encontrar a su familia, descubriendo una extraordinaria conspiración que ha conllevado el secuestro de las personas más inteligentes del mundo...

Avril Et Le Monde

Desde su estreno el año pasado, la película ha recibido muchos elogios y algunos premios (estuvo nominada a los César y fue elegida Mejor Película en el Festival de Annecy), y no es de extrañar ya que se trata de un filme de ciencia ficción bastante extraño y original, que destaca por una capacidad de inventiva ilimitada, muy diferente a lo que nos llega de Hollywood.

La versión original del filme fue grabada en francés y en ella podemos oír la voz de Marion Cotillard saliendo de la boca del dibujo animado de April y la de Philippe Katerine dando vida al gato Darwin. En la versión inglesa, Cotillard vuelve a prestar su voz al personaje junto con otros actores famosos como Paul Giamatti, Tony Hale, Susan Sarandon y J.K. Simmons.

La nueva versión de la cinta se estrenará en el IFC de Nueva York el próximo 25 de marzo y su proyección se extenderá por otros cines estadounidenses durante el mes de abril. De momento no hay fecha para España. A continuación, os dejamos con el primer tráiler en inglés. ¿Qué opináis, os anima a ver la película?




Fuente: Blog de Cine.


martes, 10 de septiembre de 2019

Los ensayos de Jennifer Lopez.

Tensión, sudor y moretones, en Estafadoras de Wall Street

sábado, 31 de agosto de 2019

Crítica: Gloria Bell, enfrentandose al rito.

(Chile/Estados Unidos, 2018)
Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Alice Johnson Boher, basado en el guión original de Sebastián Lelio y Gonzalo Maza. Elenco: Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Rita Wilson, Holland Taylor, Sean Astin, Brad Garrett. Fotografía:Natasha Braier. Edición: Soledad Salfate. Compositor: Matthew Herbert. Producción: Sebastián Lelio, Pablo Larraín. Duración: 101 minutos.
Por Eduardo Alfonso Elechiguerra


Cuando repasamos someramente la carrera de Julianne Moore, es fácil notar que ha sido una actriz sin problemas por continuar la tradición que ya inició otra colega en proyectos hermanados. En 1997, fue la figura femenina de la secuela de Jurassic Park, al poner en pausa películas más independientes y seguir los pasos de Laura Dern dentro de la saga jurásica. En 2001, ocupó los zapatos de Clarice Starling que antes ya había calzado la inolvidable Jodie Foster a principios de los noventa. Ahora, Moore reinterpreta a Gloria, personaje con el cual ya Paulina García ganó el Oso de Plata hace unos años. Esto prueba, independientemente de los resultados, que es una actriz que se enfrenta a retos en distintas momentos de su carrera.
Gloria Bell no puede empezar de otra manera: en medio del tumulto de una discoteca, allá de espaldas, está nuestra protagonista entre siluetas a oscuras. Gloria está bañada por una luz de tonos azules y fucsia que la acompañarán durante varios momentos de la película. Uno se ve tentado a pensar que estamos viendo, sea en el rostro de Julianne o en su entorno, un atardecer que nunca termina. No importa que estos tonos estén asociados a la edad avanzada del personaje o a cierto humor frente a la pérdida. Lo fascinante es la manera de retratar una suerte de belleza efímera a medio camino entre lo inasible y la rapidez de los días.
En este sentido, pareciera que la edición apresura fragmentos de la rutina en la vida de Gloria. Las escenas más breves dan la impresión de atropellarse para llegar a las situaciones más complejas como el cumpleaños de su hijo. Pero lo que la editora nos está mostrando son instantes irrecuperables de una mujer que prefiere desahogarse por sí misma a través del canto o el baile. Gloria no se victimiza ni hace grandes discursos para explicarse, a pesar de que notamos su malestar frente al aislamiento de su hijo o la incertidumbre existencial de su hija. Basta, por ejemplo, esa breve escena en el baño de la protagonista donde su madre le abotona el pijama y un llamado cara a cara entre ambas (“madre”, “hija”) para sugerirnos que la encrucijada etaria no se resuelve con un diálogo sensatamente articulado.
La presencia de Moore enriquece la historia con gestos que nos permiten sentir el grado de soledad de su mundo, sin dejar a un lado lo maleable del personaje y una alegría no sólo manifiesta en risas, canto y baile. Cuando ella está por salir del edificio donde vive y con su vestido verde para el matrimonio, hay un gesto particular en la mirada de Julianne que recorre todo su cuerpo como si fuera una inquietud profunda de no saber cómo enfrentar el mundo. No es una incomodidad, ni un temor. Más bien se trata de darle la bienvenida a la incertidumbre sin pretensiones.

La música juega un papel fundamental en toda la película. Canciones como “Alone Again (Naturally)”, cantada y escrita por Gilbert O’Sullivan; “All Out Of Love”, cantada por Air Supply; o “No More Lonely Nights” de Paul McCartney; potencian con cierta melancolía y mucho ritmo la vida de un personaje abocado a la curiosidad y los guiños escondidos en la rutina. Incluso la ya mítica “Total Eclipse of the Heart” permite una catarsis repleta de liberación para el personaje y, finalmente, de humor y lágrimas para nosotros.
Menciones aparte merecen la música compuesta por Matthew Herbert y el uso tan particular de los ringtones y avisos de mensaje de los celulares. Lo primero nos sugiere que estamos ante algo que no termina de llegar, pero Gloria no se amilana con la incertidumbre. Lo segundo parecería una nimiedad en otra época, pero ahora con los celulares entrometiéndose en todas nuestras dinámicas diarias; los teléfonos móviles de los personajes hilan una sub-trama de expectativas y silencios que son un alivio cuando finalmente desaparecen. Una cena clave en este sentido retrata con intuición y pocos elementos las certezas demasiado engañosas de estos artefactos frente a una realidad más palpable: la compañía de una persona.
Al final, siempre está la tentación de comparar el remake con la original. Sopesamos cierta fidelidad entre la primera y la segunda. No nos damos cuenta de que una nueva obra responde a otros códigos así como la actuación de Julianne Moore se separa de la que nos ofreció Paulina García. Hay mucha vitalidad en ambas, pero son dos maneras diferentes de perderse en los recovecos de una época que desea retrasar la vejez y eludir la muerte lo más posible.
Fuente: http://www.asalallena.com.ar

Conoce 'The Proposal'...

...el documental que explora el legado del arquitecto mexicano Luis Barragán

  • por Mónica Arellano


La artista y escritora Jill Magid presenta un documental dedicado a la vida del "artista entre los arquitectos": Luis Barragán, quien es uno de los arquitectos más célebres del siglo XX. A su muerte en 1988, gran parte de su trabajo fue encerrado en un búnker suizo, oculto a la vista del mundo. En un intento por resucitar la vida y el arte de Barragán, la redefinición de límites de "The Proposal" crea una propuesta audaz que se convierte en una obra de arte fascinante en sí misma, un acto de negociación por cable que explora hasta dónde llegará un artista para democratizar el acceso al arte.
Este documental explora diversas cuestiones en torno a las posibilidades y los límites del dentro del legado de Luis Barragán así como plantea diversas: ¿por qué se ocultó en Suiza la obra del arquitecto más famoso de México?, ¿qué pasa después de la muerte del autor?
Dirección: Jill Magid
Producción Ejecutiva: Laura Poitras
Producción: Jarred Alterman, Charlotte Cook y Laura Coxson
Estreno mundial: Festival de Cine Tribeca 2018
Duración: 83 minutos

Fuente: www.plataformaarquitectura.cl

martes, 20 de agosto de 2019

El misterio de las fotos.

Marilyn Monroe: el misterio de las fotos ocultas de su cadáver desnudo.