Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

viernes, 14 de agosto de 2020

Roma por Alfonso Cuarón.

Alfonso Cuarón estrena Roma en Netflix

Las mujeres y la ciudad


De entre todos los directores de cine mexicanos que Hollywood importó en las últimas décadas, Alfonso Cuarón es quizá el más versátil: en su obra caben la ciencia ficcón de Gravedad o Hijos del hombre, el blockbuster de Harry Potter y la intimidad de Y tu mamá también. Hacía diecisiete años que no rodaba en su país, sin embargo, racha que quiebra con Roma, una película en blanco y negro ambientada en los 70, inspirada por la historia de su propia familia y especialmente la de su madre y su nana de origen indígena, y que lleva ese título por Colonia Roma, uno de los barrios más singulares de la Ciudad de México. Estrenada en Venecia, donde ganó el León de Oro, acaba de cerrar el festival de Mar del Plata y desde el próximo 14 de diciembre se podrá ver por Netflix, en una de las apuestas más fuertes del gigante del streaming.






Todos los caminos que conducen a Roma son autobiográficos. Roma ciudad, Roma progenitora, loba romana o mexicana. Como la Roma de Federico Fellini o la de Adolfo Aristarain, la Roma de Alfonso Cuarón tiene inscripto en el ADN narrativo las bases de los recuerdos personales de su creador. En el caso de la película del cineasta mexicano se trata de una Roma de la infancia, esa zona de la Ciudad de México conocida, precisamente, como Colonia Roma, ubicada casi en el centro de la congestionada metrópolis, destruida y vuelta a erigir. Roma recrea también un país que atravesaba un proceso irreversible de cambio. Y el entretejido familiar que sacudió y abrazó y reconfortó al futuro realizador en aquellos tiempos lejanos. Las mujeres. Dos mujeres. Mamá Sofía y Cleo, la criada. La de arriba y la de abajo. Tal vez a ambas, pero sin dudas a la segunda, está dedicada Roma, el más reciente peón en la carrera de obstáculos de Netflix a la hora de ocupar y dominar los casilleros del prestigio autoral. El estreno mundial de la película tuvo lugar en el Festival de Venecia –donde obtuvo nada más y nada menos que el León de Oro, el premio mayor de la competencia oficial–, ha disfrutado en apenas dos meses de un sinnúmero de exhibiciones en eventos cinematográficos (fue el film de clausura del Festival de Mar del Plata) y tendrá un lanzamiento reducido en salas comerciales en ciudades de los Estados Unidos, México, Canadá y Europa, al tiempo que es presentada libremente en la plataforma, para todos los suscriptores del mundo, desde el próximo viernes 14 de diciembre. Un cambio en las reglas de juego del gigante del streaming luego de una auténtica batalla campal contra el Festival de Cannes, en mayo de este año, que culminó abruptamente cuando Netflix se retiró del juego al negarse a estrenar en simultáneo sus producciones en los cines franceses. Una carrera por el brillo y el renombre que seguramente obtendrá una nueva corona en las inminentes nominaciones a los premios Oscar.

Argentina, sin embargo, no será de la partida de las proyecciones colectivas en la confortable oscuridad de las salas. Una pena, teniendo en cuenta la obsesiva búsqueda formal de una película que realza el placer visual de los negros, blancos y grises: Roma fue rodada en blanco y negro por el propio Cuarón, quien ofició de director de fotografía, con la Alexa 65, una de las más poderosas cámaras digitales del mercado profesional, en busca de resultados visuales cercanos, por momentos, al hiperrealismo, detalle que inevitablemente se perderá en gran medida en las pequeñas pantallas hogareñas. En declaraciones al medio especializado Indiewire unos meses antes de la presentación del film en Venecia, Cuarón dejó en claro algo que, sin duda, se parece bastante a una decisión salomónica: “Roma es una película hablada en idioma español, filmada en blanco y negro e interpretada por un reparto de actores desconocidos. Cuando Netflix nos ofreció formar parte del proyecto mi principal preocupación era no poder llegar a la mayor cantidad de espectadores posible. Ni siquiera lo digo en términos comerciales, sino para asegurarle una larga vida a la película. Tuvimos que pensar cuál era la mejor manera de que el film se viera en salas de cine pero, al mismo tiempo, llegara a una gran cantidad de público alrededor del mundo”. Si se trata o no de “la película más personal de Cuarón”, como se ha repetido hasta el hartazgo desde su primera proyección pública hace poco menos de tres meses, es algo que sólo el paso del tiempo podrá consignar o refutar. El director de Gravedad, Y tu mamá también, Hijos del hombre y Harry Potter y el prisionero de Azkaban ha venido alternado largometrajes multimillonarios con otros de menor escala, filmando en su país natal y en el seno de Hollywood, en idioma inglés y en español (Roma es, sin embargo, su primera producción rodada en México en diecisiete años). De los miembros del selecto grupo de mexicanos de su generación –la de aquellos nacidos en los años 60– importados por la industria de cine de habla inglesa, un seleccionado que también integran Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu, tal vez Cuarón es el que ha demostrado mayor versatilidad e independencia. Y, cuestiones de gusto mediante, talento.


La larga transición


“Es la película más esencial de toda mi carrera”, le dijo al periodista de Indiewire, sin medias tintas. “Es la película que estuve construyendo desde mi debut, Solo con tu pareja, en 1991, y es la primera vez que logro transmitir por completo todo lo que quería transmitir. Es una historia que, bajo muchas formas y con distintas insinuaciones emocionales, ha estado presente desde el momento en el que quise ser director de cine. El noventa por ciento de las escenas surge de mis recuerdos, a veces directamente, otras de manera más oblicua. Se trata de un momento en el tiempo que me moldeó, pero también de una época que moldeó a un país. Fue el comienzo de una larga transición en México.”  


Siguiendo en esa línea íntima, el director confesó que la película fue rodada estrictamente en orden cronológico (algo excepcional en términos industriales) y que las idas y venidas del guion, absolutamente detallado y escrito de antemano, eran comunicadas al reparto de actrices y actores en cuentagotas, jornada a jornada de rodaje, de manera que nunca estuvieran seguros de cómo continuaría la historia. Hace un par de semanas, el realizador explicó a un periodista de la revista The Hollywood Reporter que “cada actor recibía órdenes y explicaciones contradictorias, lo cual implicaba cierto caos en el set todos los días. Pero exactamente así es la vida: caótica. No puedes planear realmente cómo vas a reaccionar ante ciertas situaciones”. En el principio, una mujer baldea el piso de baldosas de la entrada de un garage. Barre y limpia y quita un poco de caca de perro. De pronto, en el agua estancada se refleja el paso de un avión, metáfora visual que permite múltiples lecturas. Sobre el final, luego de algo más de dos horas de proyección, otra aeronave cruzará el cielo, esta vez sin medio acuoso de por medio, nuevamente libre de interpretaciones. Quién se afana en la tarea es Cleo (la debutante Yalitza Aparicio, maestra jardinera de profesión, en una interpretación inolvidable), una de las dos empleadas cama adentro de la familia, una chica de la región de Oaxaca de origen humilde e indígena. No es lo único que suele hacer Cleo durante el día y la noche: también baña a los chicos, los hace dormir, cocina, lava y tiende la ropa. Como cualquiera de las otras criadas de las casas vecinas, con las cuales se cruza a veces en la terraza, medianera de por medio. Su tarea principal, sin embargo, ya sea por obligación, costumbre o una mezcla de ambas cosas, es la de la nana, toda una institución en la sociedad mexicana.


Los patrones de Cleo conforman una típica familia de clase media de buen pasar, aunque más pronto que tarde se hará evidente el terremoto que está a punto de mover los cimientos de aquello que parecía ina- movible. Una separación en ciernes que deja a Sofía (la actriz profesional Marina De Tavira) a cargo de sus cuatro hijos. Aunque, en gran medida, será Cleo quien deberá hacer las veces de dique de contención emocional. Y, en muchos sentidos, adoptar el rol de madre. La relación entre ambas mujeres no es sencilla pero la película deja en claro que las relaciones de poder clásicas entre patrones y criados no están exentas de zonas grises, algunas amorosas, otras algo perversas. Desde un primer momento, Roma intenta acaparar lo minúsculo y lo grandioso, lo íntimo y lo colectivo, lo personal y lo épico. A lo largo y a lo ancho de una trama que recorre los dos primeros años de la década del 70, el film hace hincapié en los pequeños gestos de los personajes –en particular los de la sufrida Cleo– al tiempo que registra indirectamente hechos y circunstancias que los exceden: cambios sociales, desastres naturales y humanos, ciertas decisiones personales que terminan teniendo un efecto drástico en aquellos más cercanos y/o queridos. En Roma conviven el dolor y el cariño, un embarazo no esperado con la masacre de estudiantes de Corpus Christi, la crianza de los hijos con los sacudones de una sociedad con dolores de parto. Pero siempre, en el centro, sin excepciones, está Cleo. En el Festival de Telluride, Alfonso Cuarón presentó el largometraje frente a una sala repleta y expectante, detallando aún más las ligazones personales de la historia y las de los personajes centrales: “Rodamos en los lugares donde las situaciones tuvieron lugar realmente. Logré reunir un 70 por ciento de los muebles que formaban parte de mi hogar gracias a diferentes miembros de mi familia dispersados en todo México. Y logré encontrar un reparto de actores y actrices físicamente parecidos a las personas reales. Todo ello para seguir la historia de ese personaje llamado Cleo, la empleada doméstica de mi casa, la nana. Terminamos formando parte de su familia o ella de la nuestra. El otro personaje, desde luego, está basado en mi madre. Pero el punto de vista es, casi siempre, el de Cleo”.


Memoria emotiva


“Para mí lo más interesante de todo el proceso fue la idea de que, de alguna manera, sueles dar por sentado a la gente que amas. No las tomas como individuos. Tu mamá es tu mamá. Es la persona que te nutrió y lo último que quieres escuchar es algo acerca de su vida sexual. Al trabajar en la historia, tuve extensas conversaciones con la Cleo real. Y al escribir su personaje me vi forzado, por primera vez en la vida, a acercarme a ella como una mujer. Una mujer que proviene de una clase social más desventajada y también de un linaje indígena, en una sociedad montada sobre las diferencias sociales de manera perversa: como en todo el mundo, la raza y la clase están íntimamente ligadas. Así que ésta es la mujer que me crió. Es raro decir ‘madre sustituta’ porque es una palabra extraña. Pero ese es el caso de tantas trabajadoras domésticas o nanas. A veces tienen mucha más presencia en tu vida que la madre biológica.” El punto de vista de Cleo. La mirada de una mujer silenciosa, de voz baja y suave, que alterna el español con el idioma mixtec cuando la comunicación se da exclusivamente con su compañera de trabajo. Es a través de sus ojos que el espectador observa el desarrollo del drama familiar pero, al mismo tiempo, mucho más que eso, de sus propios conflictos personales –hay un novio amante de las artes marciales y también de los actos de desaparición ante situaciones imprevistas– y de aquello que ocurre en las calles, en la sociedad. El concepto de entramado íntimo como ventana al mundo queda graficado a la perfección en una de las escenas más inolvidables de la película, ejemplo de las enormes ambiciones de Roma en su doble rol de retrato y fresco: un evento singular que termina casualmente siendo marco de lo extraordinario. Cuarón utiliza allí la pantalla ancha como una tela de gran tamaño y, en esa y otras instancias, el plano-secuencia en movimiento se transforma en la herramienta cinematográfica indispensable para transmitir emociones (el nivel de atención a los detalles de época es asombroso, pero la cámara nunca se detiene en ellos más tiempo del necesario). En otros, en cambio, el reposo del registro de lo cotidiano ocupa el centro absoluto del interés narrativo. Finalmente, la trama se reserva un par de momentos de enorme emotividad donde el realizador termina de darle forma a la idea de film como memoria emotiva reconstruida, un genuino y sentido canto de amor a esa persona que forjó, cobijó, protegió y nutrió su infancia.




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