Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

viernes, 24 de abril de 2015

Estrellas en el cielo: Shirley Temple, (1928-2014).



 


Shirley Jane Temple (Santa Mónica, California, 23 de abril de 1928 – Woodside, California, 10 de febrero de 2014), también conocida (por su segundo matrimonio) como Shirley Temple Black, fue una actriz y diplomática estadounidense que apareció a edad infantil en importantes películas de principios de la década de 1930. Considerada una niña prodigio por su habilidad como actriz y bailarina, su fama declinó al entrar en la adolescencia, aunque siguió activa en el cine hasta finales de la década de 1940.
Nacida en una familia de clase media asentada en el estado de California, estudió desde su niñez teatro, canto y danzas en diversos institutos. A los tres años de edad fue elegida para actuar en diversos cortometrajes para la empresa Educational Pictures y, luego, hacer breves apariciones en largometrajes como Carolina y As the Earth Turns, en papeles no acreditados. Su primer papel protagonista lo obtuvo en 1934 en Bright Eyes, que la consagró. Entre las producciones más destacadas que actuó, siendo niña destacan The Little Colonel, Curly Top, Wee Willie Winkie, Heidi, A Little Princess, The Bachelor and the Bobby-Soxer y Fort Apache, todas estrenadas durante las décadas de 1930 y 1940. Fue dirigida por cineastas como David Butler, Walter Lang o John Ford e incursionó activamente en los géneros tanto dramáticos como cómicos hasta su retiro del cine, en 1949.
Temple también actuó en televisión conduciendo programas propios y haciendo apariciones como invitada hasta mediados de las décadas de 1960. Posteriormente se dedicó a la diplomacia.

Falleció en la noche del lunes 10 de febrero de 2014, a la edad de 85 años, por causas naturales.

Biografía
Carrera
Nadie sabe cuándo Shirley Temple comenzó a hacer películas, ya que los Estudios FOX hicieron un certificado de nacimiento falso. Entre finales de 1931 y 1933 apareció en dos series de cortos para Educational Pictures. Su primera serie, Baby Burlesks, satirizó las películas y política recientes. La serie fue considerada polémica por algunos telespectadores por la representación que en ella se hacía de niños pequeños en situaciones adultas. Su segunda serie en Educational, Frolics of Youth, fue un poco más aceptable e hizo el papel de una irritante hermana menor en una familia suburbana contemporánea.
Mientras trabajaba para Educational Pictures, Temple también interpretó muchos papeles de figurante en diferentes películas. Finalmente firmó con Fox Film Corporation (que más adelante se fusionó con 20th Century Pictures para convertirse en 20th Century Fox) a finales de 1933 después de aparecer en Stand Up and Cheer! con James Dunn. Más tarde, hizo pareja en el cine con Dunn en varias películas







 
 Temple estaría con Fox hasta 1940, convirtiéndose en la actriz más lucrativa para el estudio. Su contrato fue corregido varias veces entre 1933 y 1935, y fue prestada a Paramount para un par de películas exitosas en 1934. Durante cuatro años, figuró como la estrella más taquillera de Estados Unidos. Para mantenerla en su infancia, el certificado de nacimiento de Shirley había sido alterado. Sólo en su duodécimo cumpleaños se dio cuenta de que tenía de hecho trece.

Su popularidad ganó tanto la adulación pública como la aprobación de sus colegas. Incluso con cinco años, el sello de sus actuaciones era su profesionalismo: siempre tenía sus frases memorizadas y sus pasos de baile preparados cuando comenzaba el rodaje. Fue la primera receptora del Premio Oscar especial al Intérprete Juvenil en 1935. Setenta años más tarde, Temple sigue siendo la intérprete más joven de toda la historia del cine en haber recibido este honor. Es también la actriz más joven en añadir las huellas de pies y manos en el exterior del Grauman's Chinese Theatre.
Temple hizo asimismo películas con Carole Lombard, Gary Cooper, Adolphe Menjou y muchos otros. Arthur Treacher apareció como un bondadoso mayordomo en varias películas de Temple.

La capacidad de Temple como bailarina (especialmente como bailarina de claqué) es bien conocida y célebre. Incluso en sus primeras películas bailó y era capaz de hacer coreografías complejas de claqué con cinco años. Fue emparejada con el famoso bailarín Bill "Bojangles" Robinson en The Little Colonel, The Littlest Rebel, Rebecca of Sunnybrook Farm y Just Around the Corner. Robinson también preparó y desarrolló su coreografía para muchas de sus otras películas. Como Robinson era afroamericano, sus escenas cogiendo las manos de Temple tuvieron que ser suprimidas en muchas ciudades del Sur.
Aparte de las películas, hubo muchos productos de promoción, de Shirley Temple durante los años 1930. Numerosas muñecas de Temple, vestidas con trajes de las películas, fueron muy vendidas. Otros artículos exitosos de Temple incluían una línea de vestidos de chica y lazos de pelo. Varias canciones de las películas de Temple, como "On the Good Ship Lollipop" (de Bright Eyes de 1934), "Animal Crackers in My Soup" (de Curly Top de 1935) y "Goodnight My Love" (de Stowaway 1936) fueron populares éxitos de radio. Frecuentemente prestó su imagen y talento para promover varias causas sociales, incluyendo la Cruz Roja.
El papel de Dorothy en El Mago de Oz fue originalmente pensado para Judy Garland. Sin embargo, los ejecutivos de MGM estaban preocupados con el interés taquillero de Garland. Temple fue tenida en cuenta para el papel. No obstante, no pudo aparecer en la película al no haber un acuerdo entre Fox y MGM. Igualmente se rumoreó que fue la inspiración para Bonnie Blue Butler en Lo que el viento se llevó y fue una de las primeras competidoras para el papel en la película, pero era demasiado mayor cuando comenzó se inició el rodaje.





En 1940, Temple dejó la Fox. Combinó las clases en Westlake School for Girls con películas para varios estudios, incluyendo MGM y Paramount. Sus películas más exitosas de ese momento fueron Since You Went Away con Claudette Colbert, The Bachelor and the Bobby-Soxer con Cary Grant y Fort Apache. Se retiró del cine en 1949.
En los años 1950 y 1960, hizo un breve retorno al negocio del espectáculo con dos series de televisión. Shirley Temple's Storybook se estrenó en la NBC el 12 de enero de 1958 y su última emisión fue el 1 de diciembre de 1959. Shirley Temple Theatre -también conocido como The Shirley Temple Show- se estrenó en la NBC el 11 de septiembre de 1960 y su última emisión fue el 10 de septiembre de 1961. Ambos programas mostraban adaptaciones de cuentos de hadas y otros cuentos orientados a la familia. Shirley Temple fue la presentadora y esporádica narradora/actriz en ambas series.




 Familia y carrera como Shirley Temple Black



Con 17 años, Temple se casó con el soldado convertido en actor John Agar (1921–2002) el 19 de septiembre de 1945. Tuvieron una hija, Linda Susan Agar (más tarde conocida como Susan Black) nacida el 20 de enero de 1948. Temple presentó una demanda de divorcio a finales de 1949, siendo el divorcio efectivo el 5 de diciembre de 1950. A principios de 1950, mientras estaba de vacaciones en Hawái, Shirley conoció y se enamoró del hombre de negocios californiano Charles Alden Black (1919–2005) y se casaron el 16 de diciembre de 1950. Juntos tuvieron dos hijos: Charles Alden Black Jr., nacido el 29 de abril de 1952, y Lori Black, nacida el 9 de abril de 1954. Permanecieron casados hasta la muerte de él de un síndrome mielodisplásico con 86 años el 4 de agosto de 2005.

Temple posteriormente se involucró en la política del Partido Republicano, entrando sin éxito en la carrera congresional de 1967 en una plataforma pro-guerra. Consiguió varios puestos diplomáticos, sirviendo como delegada de Estados Unidos en muchas conferencias y cumbres internacionales. Fue nombrada delegada de las Naciones Unidas por el Presidente Richard M. Nixon en 1969. Fue nombrada embajadora estadounidense en Ghana (1974–76). En 1976, se convirtió en la primera mujer Jefa de Protocolo de los Estados Unidos que puso a su cargo todas las ceremonias, visitas y regalos del Departamento de Estado a líderes extranjeros y la coordinación de temas de protocolo con todas las embajadas y consulados de Estados Unidos. Fue embajadora en Checoslovaquia (1989–92) y fue testigo de la Revolución de Terciopelo, sobre la que comentó, "Ese fue el mejor trabajo que tuve en toda mi vida". En 1987 fue nombrada la primera funcionaria honoraria del servicio extranjero en la historia de Estados Unidos por el entonces Secretario de Estado, George Shultz.

Temple apareció en la portada de la revista People en 1999 con el título "Picture Perfect" y más tarde ese mismo año como parte de su informe especial, "Sobreviviendo al cáncer de mama". Apareció en los Óscar de 1997 y también en ese mismo año recibió un Premio Kennedy.
Temple sirvió en la junta directiva de algunas grandes empresas incluyendo The Walt Disney Company (1974–75), Del Monte, Bancal Tri-State y Fireman's Fund Insurance. Sus nombramientos en las juntas de organizaciones sin ánimo de lucro incluyeron el Institute for International Studies en la Universidad de Stanford, el Council on Foreign Relations, el Council of American Ambassadors, el World Affairs Council, la Comisión de Estados Unidos para la Unesco, el National Committee on US-China Relations, la Asociación de las Naciones Unidas y el US Citizen's Space TaskForce.

Recibió doctorados honorarios de la Universidad de Santa Clara y la Lehigh University, una Beca de College of Notre Dame y un Chubb Fellowship de la Universidad de Yale.
Últimas actividades


En 2001, sirvió como asesora para la producción de la red de televisión ABC Child Star: The Shirley Temple Story, basada en la primera parte de su autobiografía.
En 2004, se unió con Legend Films para restaurar, colorear y publicar su primeras películas en blanco y negro, así como episodios de sus series de televisión de 1960, The Shirley Temple Storybook Collection.
El Sindicato de Actores (SAG) anunció el 12 de septiembre de 2005 que recibiría el Lifetime Achievement Award. La Presidenta del SAG Melissa Gilbert declaró:

"No puedo pensar en nadie que merezcan más el premio del SAG Life Achievement de este año que Shirley Temple Black. Sus contribuciones a la industria del entretenimiento no tienen precedente; sus contribuciones al mundo no son menos inspiradoras. Ella ha vivido la vida más extraordinaria, como la brillante intérprete que el mundo llegó a conocer cuando sólo era una niña, a la dedicada servidora pública que ha servido a su país tanto en casa como fuera durante 30 años. En todo lo que ha hecho y cumplido, Shirley Temple Black ha demostrado una gracia, talento y determinación poco común, sin mencionar la compasión y coraje. De niña, estaba encantada de bailar y cantar sus películas y más recientemente como presidenta del gremio he tenido el orgullo de trabajar junto a ella, como amiga y colega, en servicio a nuestra unión. Ha sido una indeleble influencia en mi vida. Fue mi ídolo cuando era una niña y sigue siendo mi ídolo hoy en día".
Shirley Temple murió de causas naturales la noche del 10 de febrero de 2014, a la edad de 85 años en su casa en Woodside, California, rodeada de su familia y seres queridos. Le sobreviven sus tres hijos,
así como nietos y bisnietos.

Extraido de Wikipedia.com

lunes, 20 de abril de 2015

Leviatán, de Andrei Zvyagintsev, un monstruo en el artico.

Relatos salvajes compite en la categoría Mejor Película Extranjera de los Oscar con varias obras notables. Y entre las que tienen posibilidades de quedarse con el premio (además de la polaca Ida) está la controvertida Leviatán, del realizador ruso Andrei Zvyagintsev, que en un pueblo pequeño cerca del Círculo Polar Artico pone en escena la trama de un poder corrupto e intangible que se vincula con la política, las finanzas, el ejército y la Iglesia Ortodoxa.








Por Paula Vázquez Prieto

Entre sus varias acepciones Leviatán remite a una bestia marina nombrada en el Libro de Job del Antiguo Testamento, que oculta bajo su nombre la figura de Satán y amenaza con su seductora animalidad a fieles de tradiciones religiosas que van del judaísmo al cristianismo más ortodoxo. Piedra angular del credo en un peligro latente como impulso de la represión de los deseos y las tentaciones, el Leviatán también fue el título del famoso ensayo del filósofo inglés Thomas Hobbes (cuyo subtítulo reza “La materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil”), publicado en 1651. Mucho se ha discutido sobre el porqué del nombre de la obra de Hobbes y la terrenal encarnación de ese monstruo bíblico en el marco de sus reflexiones sobre el Estado ideal y el contrato social. Quizá sea, como afirman varios historiadores, que la Armada Invencible de los Reyes Católicos al mando de Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga era el peligro misterioso y consistente (como la Moby Dick de Melville) de entonces para una Inglaterra moderna y contradictoria, aquella isla de piratas y parlamentarios que se asomaba a la antesala de la Revolución Industrial con más dilemas que certezas, con más temores que claridades.
 
Hoy, algunas de esas contradicciones, de esos temores y esos monstruos marinos invisibles y ancestrales, aparecen en la última película del ruso Andréi Zvyagintsev, Leviatán, nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera y a la espera del resultado de la premiación por estas horas. Zvyagintsev curiosamente se inspiró para su historia en un suceso ocurrido en Estados Unidos en 2004, cuando un hombre que mantenía una disputa inmobiliaria con el Ayuntamiento de la ciudad de Granby decidió derribar con una máquina niveladora el edificio municipal y ex residencia del alcalde y pegarse un tiro minutos después. Construido como adalid del enfrentamiento entre individuo y sistema por la prensa sensacionalista, el nombre del estadounidense Marvin Heemeyer (conocido en las crónicas periodísticas como Killdozer) llamó la atención del director y tras varios años de pensar el guión trasladó esa tragedia a la helada Murmanks, en la región del Círculo Polar Artico, casi al límite con Escandinavia. En la costa de esa ciudad fundada durante el Imperio Ruso vive Kolya, un mecánico de autos que, junto a su hijo adolescente y su nueva mujer, resiste sin éxito los embates del jefe municipal que quiere quitarle su propiedad con malas artes, derribar su casa familiar y construir allí un moderno shopping. A punto de dictarse la definitiva sentencia de desalojo, recibe una visita de Moscú: la llegada de su viejo amigo Dmitry, compañero militar del pasado, pone en escena traiciones, rencores y el opaco escenario de un poder corrupto e intangible que cobra forma en los vínculos que se tejen entre el poder político, el financiero y la sobreviviente Iglesia Ortodoxa, que funciona como escudo protector de los más espurios intereses.

Profundamente cuestionada por el gobierno de Vladimir Putin en Rusia (sin embargo ha sido elegida por el país para representarlo en la carrera por los Oscar y ha sido financiada por el Ministerio de Cultura), Leviatán tuvo un recorrido internacional más que prometedor: ha sido celebrada en festivales como Cannes, Karlovy Vary, Londres y Toronto entre los más importantes, además de recibir críticas favorables en casi todos los medios de Occidente, estrenos por doquier y gran expectativa frente a la posible bendición de la Academia. Es la cuarta película de Zvyagintsev, quien había saltado a la fama en su país natal tras el suceso de su ópera prima, El regreso, sobre los vínculos entre dos hermanos a partir de la reaparición de su padre, que se alzó con el León de Oro en Venecia en 2003. Aquella película lo había puesto en el ojo público repentinamente y se llegó a hablar del surgimiento de un nuevo Tarkovsky, con quien aseguraban que compartía algo más que el nombre de pila. En 2011 ganó el premio especial del jurado en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes con Elena, y la atención a su figura se hizo creciente. Menudo horizonte aparecía por entonces frente al joven Zvyagintsev; no obstante él parece decidido a aceptar desafíos no sólo cinematográficos, ya que se ha mostrado bastante locuaz en sus entrevistas sobre la relación de su cine con la Rusia de la era Putin. “Rusia es una simulación democrática”, titula suspicazmente el diario español El País, aunque en el interior de la entrevista el director aclara que “la ambientó en Rusia pero podría ocurrir en cualquier país con un hombre oprimido por cualquier gobierno”. La ácida mirada sobre la historia política de la ex URSS, desde Lenin hasta Mijail Gorbachov, que se juega en una escena de tiro al blanco donde corre el vodka como agua y la violencia se exhibe en una gestualidad apacible y cotidiana, se combina con una atenta observación casi heredera de la tradición de Chéjov –aunque por momentos algo subrayada– sobre la realidad contemporánea en tiempos de conspicuas tensiones.

Aunque coquetea con un horror gélido que podría rastrearse en algunas de las escenas de Solaris de Tarkovsky, Zvyagintsev opta por una ligazón directa con un cine menos de género y aspiraciones narrativas que ostensiblemente ha anudado a una preocupación casi ética y espiritual. El riesgo de eso se encuentra en la presencia de sucesivos planos de aparente belleza que afirman su intento de inscribirse en una discusión sobre la vocación testimonial del cine como algo ontológico del dispositivo e insiste en indagar, con mayor o menor precisión, en su potencia poética. El triunfo de lo imaginario del que hablaban varios de los directores emblemáticos de los ’60, como Antonioni o Bergman, no se cifraba en la presencia concreta de sueños y fantasías en la materia de las películas sino justamente en la exploración de aquello que se esconde tras la apariencia de normalidad. La inquietud en la película de Zvyagintsev está en los momentos en los que abandona ese espíritu denunciador de la injusticia y la pompa que la recubre y deja a sus personajes sujetos a sus terroríficos fantasmas que los extinguen del plano, como había ocurrido con Alain Delon y Monica Vitti en esos interminables minutos finales de El eclipse.


Extraido del diario Pagina 12, Suplemento Radar, numero 963, 22/2/15

miércoles, 15 de abril de 2015

Alejandro Agresti y Buenos Aires viceversa.

Por Guillermo Ravaschino
Ilustración Anabel Iannone





Buenos Aires viceversa permite apreciar buena parte de los rasgos, casi siempre atípicos, de la filmografía de Alejandro Agresti. La historia del film es mínima, poco más que una excusa para disparar situaciones y personajes múltiples, entre los que destaca Daniela (Vera Fogwill), una hija de detenidos-desaparecidos que no es necesariamente la protagonista, aunque ocupa más tiempo en pantalla que los demás. La trama, o más bien las subtramas, se nutren de pequeños dramas cotidianos generalmente animados por parejas. Daniela y su novio acomodado (Fernán Mirás), el conserje de telo Damián (Nicolás Pauls) y su chica, el mecánico de televisores que compone Carlos Roffe y su pretendida/pretendiente (una adicta a la televisión encarnada por Mirtha Busnelli) tienen dos cosas en común: tratan de salir adelante con sus vidas –cosa que no les resulta fácil– y son típicamente porteños, lo que bajo la lupa de Agresti implica un amasijo de soledad y fragmentación. Bares, calles, y hasta locales como el andrajoso "TV Service" de Roffe, que se parece mucho al que había en El amor es una mujer gorda (primer largometraje de Agresti), condimentan la porteñidad con un toque de tiempos idos que profundiza la fragmentación.

Agresti ha venido a honrar estos quiebres con los recursos fílmicos correspondientes. Cámara siempre en mano, profusos zooms, desenfoques, un sonido no del todo prolijo y numerosas escenas notoriamente improvisadas (casi se puede intuir la presencia del director unos centímetros fuera de cuadro, dando instrucciones y gesticulando mientras se ruedan las tomas), formas típicas del documental, en suma, instrumentadas para aportar verismo a cada tramo de la historia, un poco en el estilo de tantas películas de Jean-Luc Godard. Claro que Agresti no es Godard, y a falta de la genial, siempre fructífera inspiración del galo, por momentos se extraña la cuota mínima de planificación que hubiera contribuido a exprimir más jugo emotivo a las imágenes.



Una pregunta de Daniela, al promediar el film, imprime a la historia un giro muy interesante. "¿Dónde mierda se puede encontrar belleza en esta puta ciudad?", se interroga la chica, obviamente imbuida de los anhelos del director. A partir de aquí la película se desacelera, moderando los ímpetus documentalistas en favor de planos más largos, que otorgan pleno sentido a cada una de las imágenes. Las situaciones crecen en densidad, el humor se torna más efectivo y hasta aparece el Bocha, un chico de la calle magníficamente interpretado por Nazareno Casero (hijo de Alfredo y tercera revelación del elenco, junto a Fogwill y el filósofo borrachín encarnado por Mario Paolucci). También huérfano, el Bocha encuentra en Daniela a un alma gemela, junto a la que sacará a pasear su soledad por las calles de Buenos Aires. El montaje alterno, a esta altura, ya dejó de ser un simple recurso rítmico para traducir ajustadamente el desamparo de cada cual: los personajes vagan cada uno por su lado, alternándose como espectros frente a la cámara de Agresti, sugestivamente acunados por viejas tonadas de Pescado Rabioso y Sui Generis. Paradójica, felizmente, es este nuevo "orden" de Buenos Aires viceversa el que hace surgir con fuerza la fragmentación de la gran ciudad.





“He vencido el pudor para contar mi infancia”

El cineasta Alejandro Agresti se ha atrevido con la autobiografía. En El sueño de Valentín, el autor de El viento se llevó lo que emprende un agridulce y melancólico viaje emocional a los días de su infancia en Buenos Aires. Para esta película de iniciación, Agresti ha confiado todo el peso de la historia en el actor de siete años Rodrigo Noya, enorme descubrimiento que borda uno de los personajes infantiles más carismáticos que se recuerdan. Sobre estas y otras cuestiones cinematográficas, Agresti ha hablado con el El Cultural.

Por Carlos Reviriego

Suponemos que a toda historia autobiográfica conviene acercarse con cierto escepticismo, asumiendo el grado de fabulación, cuando no directamente de mentira, con el que cada uno puede alimentar su propio pasado. Alejandro Agresti ha retrocedido a la dulce edad de sus ocho años para realizar Valentín, y asegura que “la película tiene casi todo de autobiográfico”. No sólo datos y nombres, explica, también emociones y sentimientos. Quizá sólo así se explica que le haya salido una película tan transparente, con la blanca apariencia de lo sencillo, que en apenas ochenta minutos teje la esencia de su discurso: un viaje emocional a través de los ojos y la mente de un niño que se inicia en los agrios recodos de la vida. Valentín es su título original, pero se estrena mañana en nuestras salas como El sueño de Valentín, un nuevo título con el que el realizador argentino no comulga porque “endulza demasiado la historia”. No necesita en verdad más azúcar ni más ternura esta agridulce reconstrucción de su infancia, la de ese chaval solitario que fue Agresti en el Buenos Aires de los años sesenta, un niño extraordinariamente listo y divertido, muy necesitado de afecto y atrapado en un mundo de adultos desencantados.

-Es una historia que siempre ha estado muy cerca de mí, y por lo tanto es una historia muy vieja, pero para mí también muy necesaria. Ahora que tengo mis propios hijos, vuelvo con frecuencia a mirar el pasado, a verme en ellos tal como era, y pensando en mi infancia vi que tenía una bonita historia de iniciación por contar. Hace dos años, esta historia me vino de golpe, y también la necesidad de contarla. Lo más difícil fue acotarla y darle una forma de cuento, porque con el material de uno mismo es muy difícil sopesar lo que importa y lo que no.

Una extraña experiencia

-La historia no se pierde en recuerdos innecesarios. Para llegar a lo esencial, ¿ha realizado muchas versiones del guión?

-La verdad es que de todas mis películas, ésta es con la que menos borradores he trabajado. Fue una experiencia extraña, porque desde el momento en que me puse a escribir, una escena me llevaba a la otra. Los recuerdos venían a mi memoria rapidísimos. Era como si algo me guiara, así que el guión también surgió de forma muy rápida. Lo que más me sirvió fue encontrar y recuperar mi yo infantil, ser capaz de ponerme detrás de los ojos de la criatura que fui. Olvidé todo lo referente a la teoría cinematográfica, porque muchas veces el técnico, el cineasta, está contaminado de influencias, pero en este caso sólo me impulsaba el deseo de contar la historia. Nada más.

-Y el pudor, ¿no le frenaba?

-Lo que más me frenaba era pensar a quién podía interesarle realmente mi infancia. El pudor aparece sobre todo en lo relacionado con mi madre, quien desapareció cuando yo tenía 4 años y no la volví a ver hasta que cumplí los 29. Todo el tema de la necesidad de la madre explica muchas cosas de mi vida diaria, me explica a mí como persona, y eso sí me daba pudor. Es el mismo pudor que me obligaba de pequeño a mentir a mis amigos y decirles que sí tenía madre. De algún modo, he vencido al pudor para poder contar mi infancia.

Interpretado milagrosamente por el pequeño Rodrigo Noya, Valentín es uno de los personajes infantiles más vivos y conmovedores de los últimos años. Vive con su abuela (Carmen Maura), la única persona en el mundo capaz de ofrecerle el afecto que su mirada estrábica demanda a raudales. Con apenas tres años, su madre desapareció, y su padre, por lo visto muy ocupado en encontrar otra madre para el niño, no es capaz de enfrentarse a sus responsabilidades. Buscando soluciones a la desdicha de los que le rodean, siempre con la réplica justa en la boca, Valentín vive amarrado a dos obsesiones imposibles: pisar la luna y recuperar a su madre. En el camino, el niño que nunca calla lo que piensa descubre los auténticos significados del romanticismo, la traición y la muerte; y aprende, en definitiva, que debe madurar antes de tiempo para sobrevivir.

-El sueño de Valentín ha sido comparada con Amelie. ¿Cree que tienen cosas en común?

-Ojalá tuvieran en común el éxito en taquilla (Risas). Pero considero evidente que son películas muy distintas, sobre todo formalmente. Si en algo se parecen, es que el personaje de Valentín, como el de Amelie, se desvive por procurar la felicidad de las personas que le rodean. Quizá por eso la han calificado como “el Amelie argentino”.


Un diamante en bruto


-Rodrigo Noya sostiene toda la película, es quien la cuenta y quien la protagoniza. ¿Cómo encontró a este niño tan dotado para el cine?

-Fue a través de un casting de trescientos chicos. él fue de los últimos al que hice la prueba. Lo que más me sorprendió durante la prueba es que antes de decir sus líneas se tomaba unas pausas. Le pregunté si había olvidado su diálogo, y me contestó: “Es que si le contesto enseguida parece que estoy contestando sin pensar”. Eso me dio la medida de su inteligencia. Lo único que me hizo dudar de que fuera el niño correcto para el papel eran sus ojos estrábicos, pero creo que esa mirada perdida y extraviada finalmente ha ayudado mucho al personaje. Con sólo siete años, este chico es un diamante en bruto.

-Usted interpreta al personaje más duro de la película, a su propio padre. ¿Escogió el papel como una especie de exorcismo?

-Escogí ese papel por varias razones. Primero porque me parezco a él físicamente. De hecho, aumenté de peso para parecerme todavía más. Es un personaje difícil en el sentido de que es un neurótico, y sólo tiene dos escenas. Darle a entender a un actor que tiene que pasar de la dulzura a la neurosis en tan poco tiempo es difícil, y para bien o para mal entendí que yo sí podía hacerlo porque conocía a mi padre.

-Antes de llegar al cine, escribió varias novelas. ¿Cree que el cine es el proceso natural de su evolución artística o creativa?

-Lo que más paz me genera es escribir, es algo que me hace bien como persona. El cine conserva de la literatura el contar historias. Y uno es ante todo un contador de historias. Además, el cine llega a más gente, y creo que también llega más adentro que la literatura para contar breves historias. Con la novela, claro, ocurre todo lo contrario.

-Ha dicho en alguna ocasión que se decidió a hacer cine cuando vio Husbands. ¿Qué es lo que queda de Cassavettes en su cine?

-Sobre todo el sentimiento. Pronto se da uno cuenta de que ese sentimiento procede de un lugar muy misterioso, y por más que uno trate de imitarlo, nunca va a lograr transmitir las mismas sensaciones. Lo que me queda de Cassavettes es ese misterio, y a la hora de escribir o agarrar la cámara es algo que uno tiene adentro en relación con sus personajes y el modo de dirigirlos.

-¿Se refiere a su relación con los actores?

-Sí. Creo que ahí está la influencia más clara de Cassavettes, en la importancia que da a los actores. El arte del cine está en tres cosas: en el guión, en la actuación y en la edicion de las imágenes. Pero el arte sucede sobre todo en frente de la cámara, y la mayor responsabilidad del cineasta es filmar ese arte, estar ahí para recogerlo. Al final, dónde pongas la cámara o lo que hagas con ella no importa tanto como lo que ocurre frente a ella. La interpretación de los actores es lo más fundamental.




El gran salto

-Tengo entendido que su próximo proyecto será en Hollywood.

-Sí. He firmado un contrato con Harvey Weinstein de Miramax para dirigir tres películas, todas con elenco americano y en inglés. La primera será Renato’s Luck, adaptación de una novela de Jeff Shapiro que estoy rematando en estos momentos, aunque todavía no está claro el reparto. Después rodaré El perfume de los libros.

-¿No teme perder su libertad creativa en la industria americana?

-Por supuesto siempre está esa paranoia, pero yo trato de convencerme a mí mismo que el cine americano puede hacer lo peor y también lo mejor. De momento, esta experiencia es un sueño, y por ahora les gusta lo que hago, así que trabajo en completa libertad.

Adiós al viejo cine

Cineastas como Juan José Campanella, Fabián Bielinsky, Marcelo Piñeyro, Adolfo Aristaráin, Pablo Trapero o el propio Alejandro Agresti (que obtuvo la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de 1998 con El viento se llevó lo que), han caído en gracia con la audiencia española, reflejo de un cine, el argentino, que vive una de sus épocas más dulces. “Yo creo que el talento de los argentinos para narrar historias ha estado siempre allí -sostiene Agresti-, sólo que se han pasado por periodos negros en los que no se recibían muchas ayudas”. él estudio cine en la Escuela Panamericana de Arte, en una época, los años setenta, en la que “la creatividad de la cinematografía argentina estaba sometida a unos moldes de películas risibles y tontas”. “Los argentinos nos quejamos mucho -continúa el autor de Buenos Aires viceversa-, pero por más que haya miles de problemas en La Argentina, ahora tiene una nueva generación de cineastas que, como en España, ha sabido desprenderse del viejo cine”.


Extraído de http://www.cineismo.com/criticas/buenos_aires_viceversa.htm
http://www.elcultural.es/revista/cine/Alejandro-Agresti/6785

lunes, 13 de abril de 2015

Adiós al Sr. Spock.


MURIÓ LEONARD NIMOY, EL ACTOR QUE SE METIÓ EN LA CULTURA POPULAR COMO EL SR. SPOCK

SALUDO VULCANO




Por Mariano Kairuz


Ser o no ser, ésa fue la cuestión fundamental a lo largo de al menos treinta años en la carrera de Leonard Nimoy, veinte de los cuales separaron sus dos autobiografías: I Am Not Spock (Yo no soy Spock, 1975) y I Am Spock (Yo soy Spock, 1995). Durante largo tiempo, Nimoy lamentó haberle puesto ese título al primero de sus libros, porque si bien su intención había sido la de asumir su identificación con el oficial intergaláctico mitad humano-mitad vulcano con el que ingresó de cabeza y para siempre en la cultura popular entre los ’60 y los ’70, a la vez que dar cuenta de cómo esa misma popularidad puede convertirse en una trampa para un actor, fue muy resistido por los fans de Viaje a las estrellas, que interpretaron que estaba renegando del extraterrestre de orejas puntiagudas.

Lo que quería decir Nimoy, en todo caso, como cualquier actor-estrella que se ha sentido atrapado en su personaje más famoso, es que él no fue nunca únicamente Spock, y se propuso demostrarlo con perseverancia y por infinidad de medios: escribió y publicó libros de poesía, editó cinco discos en los que cantó y hasta compuso, hizo muchas obras teatrales –como actor y como director– y también fue un no exactamente consumado, pero sí taquillero director de cine, asumiendo las riendas de la tercera y cuarta películas de Star Trek en los ’80, y consiguiendo un hito hoy no del todo recordado, cuando su comedia Tres hombres y un bebé se convirtió en la película que más recaudó en Estados Unidos en 1987.





Antes y después de Spock, Nimoy tuvo infinidad de participaciones en series, films y telefilms; en sus inicios componiendo personajes definidos por su fuerte etnicidad –cherokees, mexicanos, italianos– y en general bastante cretinos, una recurrencia de sus experiencias de casting que se debía a su larga, desgarbada y algo ominosa presencia, y que pronto le dio la pauta de que jamás sería un leading man hollywoodense. Después de Spock se internó dos temporadas en la serie Misión: Imposible, y fue nominado por cuarta vez al Emmy (las tres primeras habían sido por el vulcano) por su interpretación de Morris Meyerson, el marido de la primera ministra Golda Meir en el tele-biopic A Woman Called Golda, con Ingrid Bergman. Aunque incluso ese papel estuvo ligado a Spock, ya que habría sido un ofrecimiento que le hizo la Paramount como incentivo para que regresara a Star Trek para una segunda película. A lo largo de una carrera que se extendió por seis décadas, Nimoy trabajó mucho gracias a Spock, y trabajó mucho para salirse un poco de Spock, pero cuando, en plena campaña demócrata, hace ocho años, se encontró por primera vez con Barack Obama, el por entonces próximo presidente, éste lo recibió con la mano en alto y los dedos separados al medio: el saludo vulcano. En las vísperas de su viaje final a las estrellas –Nimoy murió hace nueve días, a los ochenta y tres años, a causa de una obstrucción pulmonar–, el propio actor-director-poeta-músico y más, volvió a referenciar su ADN alienígena ante el universo cerrando su último tuit con la frase, reconocida por los fans del orejudo en todo el globo, “larga vida y prosperidad”.

Acaso el trabajo que más satisfacciones y elogios le prodigó por fuera de su alienígena fue su obra fotográfica –un arte con el cual forjó relación desde muy chico–, especialmente las muestras que montó en la última década y pico de su vida. Dos de ellas obtuvieron mucha atención; en particular la polémica The Shekhina Project, publicada como libro en 2002, y en la que exploró “el aspecto femenino de Dios” a través del judaísmo, una serie de imágenes suavemente eróticas de mujeres semidesnudas, incluyendo algunas que utilizan accesorios rituales propios de los varones de esa fe. Este trabajo le valió respuestas encendidas de varios personajes importantes de la comunidad judía norteamericana, de la que el propio Nimoy –descendiente de ucranianos exiliados– siempre se sintió parte, aunque, decía, en un sentido más “espiritual que institucional”; el saludo vulcano no es de hecho sino la imitación de un gesto de bendición ritual que él mismo observó de chico en el templo.




En 2005, Nimoy publicó The Full Body Project, que se compone de una contundente saga de fotos en blanco y negro de mujeres obesas, completamente desnudas. Su propósito original, explicó el autor, fue hacer una réplica varios talles más grande de algunos trabajos que el célebre Herb Ritts realizó con sus supermodelos; buscan esencialmente la sensualidad de sus modelos no convencionales. “La mujer americana promedio pesa un veinticinco por ciento más que las que exhiben la ropa que les pretenden vender”, explicó Nimoy dándole una suerte de corte militante a una obra que le había sido sugerida por una mujer de 130 kilos que se acercó a una exposición de su muestra de Shekhina en Nevada y se ofreció a ser fotografiada, pero que, por su innegable atractivo y sugestión, se convirtió para el fotógrafo en un proyecto profundamente personal. Cuatro años después inauguró otra muestra, titulada Who Do You Think You Are? (¿Quién te creés que sos?), cuya imagen más comentada fue la de rabino gay que aparece retratado con una campera de cuero sobre el torso desnudo.

Toda la obra de Nimoy parece, en última instancia, provenir de la misma fuente que hizo de Spock un personaje tan conflictivo y por lo tanto creíble e irresistible, de la compleja autenticidad que lo convirtió en el inesperado legado y contraseña nerd de la serie creada por Gene Roddenberry. Del hecho de que, por sus raíces, por su educación, por su fisonomía, Nimoy siempre se sintió un poco marciano en este mundo. “La interpretación que Nimoy hizo de Spock sirvió como un sutil puente entre épocas de invisibilidad y asimilación, y transparencia y orgullo, y ésta es en buena parte la razón por la que el mestizo Spock dejó una impresión tan fuerte en los espectadores que se sentían, de un modo u otro, marginales”, escribió Matt Zoller Seitz en su obituario para el sitio Vulture. “Los destellos shakespeareanos de la serie están muy documentados, y Spock fue el personaje más cercano al Bardo: un Otelo de sangre verde que debe ser el doble de bueno que los oficiales de pura sangre humana para ganarse su respeto, que debe reprimir sus impulsos naturales a pesar de las permanentes provocaciones racistas y las dudas sobre su lealtad. Parte de esto surgía de su apariencia incómodamente diabólica, que flirteaba con los estereotipos antisemitas así como una insinuación de un Otro de piel oscura.”

Nimoy fue consciente de esta búsqueda de la condición humana que animaba al marciano favorito de todos, y supo expresarlo en términos sencillos y personales. “Al venir de una familia judía de Boston, una ciudad muy católica, siempre estuve en la minoría. Así que cuando me convertí en Spock, supe perfectamente de qué se trataba



Extraído de http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-10449-2015-03-11.html


viernes, 10 de abril de 2015

¡Robots en el cine!: R2D2 (Arturito) y C3PO.



Si me dan a elegir entre C3PO y su pequeño acompañante, me quedo con el segundo —ojo, sin desmerecer al primero— por el carisma arrollador y lo entrañable que resulta, más impresionante aún cuando dichas características se consiguen con simples giros de su cabeza y ruiditos que todo el mundo ha intentado imitar más de una vez. Su periplo al lado de Luke Skywalker en ‘El imperio contraataca’ (‘The Empire Strikes Back, Irvin Kershner, 1980) para conocer a Yoda es uno de los momentos más queridos por el público de toda la saga galáctica.

Como el gordo y el flaco, la sal y la pimienta, o un plato alpujarreño y los ardores de estomago posteriores, la existencia de C3PO no se entiende sin R2D2 (o Arturito como lo llaman en latinoamérica) y viceversa. Son un dúo artístico. Son los Don Quijote y Sancho Panza de la galaxia que cobraron vida a finales de los años 70 de la mano de George Lucas y el episodio IV de la saga Star Wars.




Las dos criaturas son perfectamente complementarias. Uno, C3PO, es un androide de protocolo cuya principal misión es servir e interactuar con seres vivos pensantes, androides y máquinas, para lo que es capaz de comunicar en más de 6 millones de formas distintas. Debido a su función principal se trata de un robot miedoso y cobarde, y además está pintado de un color dorado horrible. El otro, R2D2, es un droide astromecánico, y como tal sus tareas primarias son la astronavegación y el mantenimiento/reparación de naves. R2D2 es intrépido y capaz, es diminuto (sólo mide 96 centímetros) y se comunica mediante una serie de pitidos agudos. 





Sin embargo, pese a sus diferencias, C3PO y R2D2 contemplan los disparates ilógicos de los humanos, en especial la relación entre la Princesa Leia y Han Solo, con un dignidad insolente. No le falta razón al pobre C3PO cuando afirma, en una de las escenas de la serie, que él a veces no comprende el comportamiento humano. Más razón que un santo, y eso si haber visto los disparates que ahora somos capaces de hacer en nuestra era. Si lo viera su modulo de protocolo de antipatía se sobrecargaría y nos gritara aquello de...MUERAN, PERROS HUMANOS, aunque acto seguido se disculparía y reflexionaría sobre el mal uso que un androide de protocolo habría hecho de las palabras.


Extraído de http://robotsencullar.blogspot.com.ar/

viernes, 27 de marzo de 2015

Wild: El movimiento se demuestra andando.

CINE. SE ESTRENA WILD, DE JEAN-MARC VALLEE, CON REESE WITHERSPOON Y GUION DE NICK HORNBY

 

Por Mercedes Halfon

Una chica sola en el camino, en el desierto, en la montaña, en los refugios, durmiendo en su pequeña carpa, haciendo autostop. Está atravesando el Sendero de la Cresta del Pacífico, una travesía que va desde el calor abrasador del desierto de Mojave hasta la frontera de EE.UU. con Canadá, un total de 1800 kilómetros que ella va a recorrer a pie. Esto es Wild, la nueva película de Jean-Marc Vallée, el director de Dallas Buyers Club (2013), por la que Reese Witherspoon está nominada al Oscar como mejor actriz por segunda vez en su vida, después de llevarse ese premio por su adorable y sufrida June Carter en Walk The Line (2006). Y acá también está caminando en línea recta, entregada a su papel de Cheryl Strayed, tal vez el más importante y el menos simpático de su carrera. En la película se ve su rostro todavía juvenil cubierto de polvo y su cuerpo diminuto agotado y tenso, portando una mochila descomunal que, tanto real como metafóricamente, viene a ser la razón por la que está ahí. Hay algo muy físico en la entrega de Reese para este rol, igual (aunque menos, claro) a lo que fue el trabajo de Matthew McConaughey en Dallas Buyers Club, como si ese ponerse en el cuerpo de otro que significa la actuación fuera, para este director de origen canadiense, una búsqueda casi literal.
Wild está basada en la novela homónima escrita por la Cheryl Strayed real, una mujer que hace veinte años decidió hacer esa experiencia extrema, por el extremo Oeste de los Estados Unidos.




Hacía poco tiempo había muerto su madre de un cáncer fulminante con sólo 44 años. Cheryl, entonces, se entregó a placeres tanáticos que terminaron destruyendo su matrimonio con un hombre al que todavía quería. Rota por dentro y por fuera, tratando de volver a alguna clase de principio, decide iniciar esa caminata de varios meses por el Sendero de la Cresta del Pacífico (PCT, por sus siglas en inglés), una excursión para la que no está para nada preparada, pero justamente algo de esa dificultad, de esa imposibilidad, es lo que lo que hace la empresa atractiva para ella. Se trata de un camino para el que los aficionados al senderismo (algo similar al trekking) se preparan durante años y ella llega hasta ahí sin más que un equipo de camping que fue comprándose durante los seis meses que se tomó para ahorrar las propinas de su trabajo de mesera. Strayed se había especializado en literatura inglesa y estudios de género en la universidad, pero eso fue antes de la muerte de su madre y su espiral hacia el sexo con desconocidos y la heroína. Todo esto, con eje central en la narración de la travesía, fue escrito algunos años después, con un estilo simple y directo, mezclando autobiografía, diario de viaje y tips de autoayuda por Strayed. Y se convirtió en best seller a la velocidad de la luz. Acá en Argentina acaba de publicarlo Rocaeditorial con el título de Salvaje.


Y hoy todo esto llega a la pantalla de la mano de Witherspoon como productora y protagonista, Nick Hornby como guionista, y dirección de Vallée. La película viene a continuar la saga de recientes historias de supervivencia en la gran pantalla, del estilo Hacia rutas salvajes (2007), de Sean Penn, o 127 horas (2011), de Danny Boyle. Aquí también se trata de una historia real, escrita por su misma protagonista. Pero sin duda la particularidad de Wild es que esta experiencia extrema la vive una mujer, por lo que los sentidos que se abren –ante la soledad en la naturaleza, o el poder de un cuerpo desafiando sus propios límites– son otros. La película se inicia con una toma muy poco heroica, casi desde el pedregullo, donde se pueden ver las cumbres escarpadas y las ramas de los pinos más altos, en un día de sol. De fondo se escucha el jadeo doloroso de la protagonista que está llegando a la cima, donde se saca las botas de escalar que tanto la están lastimando. Tiene los pies ensangrentados y va a arrancarse una uña amoratada ahí mismo. La imagen –y el grito que emite– es perturbador, porque hay algo de la supuesta fragilidad del cuerpo femenino que está en juego en este personaje, aquí y a lo largo de toda la película: un cuerpo sobre el que parecen sentirse más fuertes los golpes, los magullones y uñas caídas, pero que a la vez, en su resistencia, revela un modo mucho más profundo de lucha. Justamente porque pone en duda las concepciones extendidas sobre lo que es duro y lo que es frágil. Y lo que la dureza de ese cuerpo puede significar.




“¿Qué clase de mujer eres?”, le pregunta un camionero que la lleva en un momento del trayecto. “¿Eres como Jane, la novia de Tarzán?” No parece fácil de explicar ser simplemente una mujer sola que decide fortalecerse en la naturaleza. “Eres la chica linda sola en el bosque”, le dice mirándola fijo otro excursionista, que toma cerveza y se aparece como un fantasma en las inmediaciones de su carpa, dándole un susto de muerte. La película –y la autobiografía– se cuidan de emitir un juicio sobre la vida de la protagonista; sin embargo, los hombres con los que eventualmente se cruza, no dejan de remarcarla. “Una chica sale sola de excursión y se lleva doce condones”, dice ella ante la mirada atónita de una especie de refugiero que la ayuda a reordenar su mochila. En esa imagen de mujer facetada, contradictoria y fuerte radica la novedad que aporta Wild a la saga de films de supervivencia. Mucho antes de estar en medio del PCT Cheryl le había dicho a una amiga: “Soy de las que dicen que sí, cuando otras dicen que no” y podría completarse: una mujer cuya positividad consiste en ir hacia su deseo, afirmar su libertad, aunque ésta sea nadar hasta el fondo del agua negra de su angustia y permanecer sumergida hasta casi quedarse sin aire, para luego salir a la superficie, lista para empezar de nuevo.




Wild está filmada con preferencia por la luz natural, volviendo más enceguecedor el mediodía, melancólica la tarde y, fundamentalmente, más rústica la imagen de los paisajes y la actriz. La cámara apenas se pierde por las estampas imponentes de Sierra Nevada, vuelve rápido a su seguimiento personal de la protagonista y sus devaneos mentales. Como si dijera: esto no es un folleto turístico filmado, es un film que adapta una autobiografía, vamos a respetar esa verdad. Va hacia adelante en el camino y hacia atrás en el recuerdo, con los oscuros flashbacks sobre su tour de force por la heroína y la enfermedad seguida de muerte de su madre, que golpean una y otra vez.

Y hay algo más en el planteo Wild que la hace interesante y la diferencia de otras películas de supervivencia: aquí no es alguien que vence las dificultades o triunfa por sobre el rigor de la naturaleza y en eso confirma su fortaleza; es al revés: una mujer que logra integrarse al ritmo que propone el desierto y a ese paso lento que le impone su mochila demencial –la de su vida, y en la que porta su equipo de camping– logra reinventarse, encontrar el poder que se escondía en algún punto de su interior. Y ésa era la razón por la que estaba ahí. El movimiento se demuestra andando, en esta película también y ésa era la búsqueda, ponerse en el camino de la belleza, como le decía su madre a Cheryl Strayed, un movimiento que no concluye sino que empieza recién cuando termina de recorrer el Sendero de la Cresta del Pacífico.

Extraido del diario Pagina 12, suplemento Radar, numero 963, 22/2/15

martes, 17 de marzo de 2015

Entrevista a Julio Chavez.

 "Tengo más dones para la plástica que para la actuación"

Entrevista. Brilla en teatro en el rol de un pintor torturado. Justamente, la pintura es su segunda vocación. Historia de una pasión subterránea.





 Por Miguel Frias


En el taller de pintura de Julio Chávez, un PH antiguo que alquiló a la vuelta del suyo, cerca de la placita Serrano, hay, además de los objetos lógicos de cualquier taller, un sillón y un banquito de plástico: únicos asientos a la vista. “Sentate vos en el sillón.” “No, sentate vos.” “No, sentate vos.” “No, sentate vos.” El diálogo entre el actor y el periodista, así de cortés y absurdo, se repite hasta que Chávez se sienta de prepo sobre el banquito, en gran estado físico, mate en mano, ropa negra, ojotas rojizas. Está muy suelto, sonriente, distendido: más o menos lo contrario de lo que uno intuía. Pero no hay que confiarse. En la charla va a lanzar: “Aun en la fiesta más amable, me gusta tener un rifle al lado”. Epa. Igual, no nos adelantemos ni nos expongamos al generalizado “ustedes los periodistas siempre sacan de contexto”, que suele ser cierto. Volvamos al tema que nos convoca: Chávez en su faceta de artista plástico.

“A los 22 años, cuando ya trabajaba de actor, comenté en una fiesta que quería estudiar pintura. Lo dije por decirlo; no había pensado en dedicarme a eso. Me recomendaron a Nora Dobarro, con la que estudié nueve años, hoy curadora de mi obra. Siete años después conocí a Elena Visñas, que me formó durante 12 o 13 años. Nora y Elena tenían miradas completamente distintas sobre las artes plásticas. Me nutrí de ambas. Me gustaban las dos: les era infiel, como un marido con dos casas. Produje obra y la expuse, por primera vez, en el ‘87. Te diría que la pintura y la actuación son elementos diferentes pero con el mismo erotismo. Si lo relacionamos con lo sexual, en las artes plásticas el polvo se te vuelve autónomo. Se te planta enfrente: podés observarlo, dar un paso atrás. En teatro estás demasiado pegado a lo que hacés, no tenés distancia”.

Por estos días, sus objetos del deseo se fusionan en Red, de John Logan, dirigida por Daniel Barone, en la que interpreta al pintor Mark Rothko. Bueh: no sólo interpreta. Chávez también aportó su mirada y sus ideas en esta suerte de reflexión sobre la condición humana y el sentido del arte. Red le sirvió para retomar la actividad. “Tuve una crisis fuerte en el 2005, 2006. Después de dos o tres exposiciones de pintura figurativa en la Recoleta, me corrí al objeto escultórico. Mostré lo que llamo mueblecitos inútiles en la galería Sonoridad Amarilla. La exposición era bastante importante y creo que buena. Pero sentí que el mundo de la pintura no simpatizaba conmigo. Y que yo no podía correrme del lugar del actor que pinta. Además, me estaba expandiendo mucho como actor. Así que tuve un cierre absoluto del taller y me quedé seis años sin mover un pincel, paralizado. Hace un par de años me di cuenta de que estaba hambriento de producción y apareció la posibilidad de Red. Entendí que en mi interior no había un estudiante de pintura sino un artista plástico.”




 ¿Qué más cambió para que volvieras a las artes plásticas?

Había adquirido mayor autonomía actoral. Sentía una menor necesidad de que la mirada del otro me aprobara. Después de esa exposición, me había quedado enojado. Tenía cierta voracidad de ser aceptado, pero como tuve muchos mimos actorales en la última década, mucha benevolencia, algo se tranquilizó en mí y me permitió que apareciera una nueva necesidad expresiva con lo pictórico, ya no en términos de una guerra con el medio de la pintura; guerra que no tenía y no tiene sentido. Hoy creo que tengo más dones para el mundo de la plástica que para el de la actuación.

¿Los “mueblecitos inútiles” tienen algo que ver con el oficio de tu viejo, que era carpintero?

Mucho. Ahora que tengo mi primer taller de plástica, estoy rodeado de herramientas que eran de él. Me considero muy torpe, muy tosco; empecé el industrial y me tuve que ir porque era un desastre. Todo me salía torcido, como a mi padre, que era un pésimo carpintero. A sus muebles siempre les faltaba algo para estar derechos, siempre algo venía fallado. Mi padre ocultaba las deficiencias y yo pensaba que sus clientes lo iban a matar cuando se dieran cuenta; algunos llamaban insultando. Ahí en lo que mi padre fallaba encontré una expresión. Me gusta trabajar con lo que parece que no se va a sostener. Como dice Cioran: sostenerse en lo inconsistente. Mi padre, que era un hombre inconsistente, está presente en mí, en lo que hago. Cada vez tengo mis manos más parecidas a las de él: me impresiona notarlo al tomar una herramienta.

Te sentís vulnerable ante la mirada ajena, pero elegís actividades de alta exposición. ¿Por qué?

Viste cómo somos de contradictorios, ¿no? Es parte de la batalla. Soy vulnerable. Pero, si bien pueden partirme con bastante facilidad, también tengo mi lado de fortaleza. Me apasiona la astrología. Soy de Cáncer, que es bien metido para adentro. La casa, el hogar, la familia. Un maestro mío de astrología me explicó cosas sobre mi signo. Me habló de una pequeña tribu alrededor de una fogata, en un bosque oscuro e inhóspito, con una abuela que cuenta una historia y todos se sienten protegidos. Tengo ascendente en Leo, y el leonino es el que se sale de la tribu con el escudo de la familia para mostrarle al mundo quién es.

En pintura, la mera palabra “exposición” suena fuerte...

Sí. Es complejo. Como dice Rothko en Red: una obra vive cuando es mostrada y muere también en ese instante. En mis clases hablamos sobre el modo en que relegamos nuestra mirada sobre el mundo para, supuestamente, buscar armonía con ese mundo. Es un problema muy grande y fascinante: esa contradicción de que me importe lo que otros miran y al mismo tiempo tener que cagarme en lo que ven. Hay personas que tienen enorme talento, pero no la fortaleza para bancarse las tempestades del afuera. Van contentos a un taller de pintura, con la tela en blanco, pero a la primera pincelada ya están metidos en el problema. Algunos entran en la batalla; otros, al primer soldado caído dicen no quiero. Yo, en teatro, tuve la suerte de haberlo tenido a Agustín Alezzo antes que a Augusto Fernandes. La mirada tierna de Alezzo me dio confianza. Sin ella no hubiera resistido la mirada de Fernandes. Cuando Fernandes me agarró, yo tenía 26 o 27 años, ya tenía las pelotas para encarar el problema.





¿Qué sentís ante esos artistas a los que no les importa la mirada ajena?

Admiración. Sobre todo si no les resulta indiferente su voz. Les tengo respeto y envidia a los que están en comunión con su sonido y construyen casi sin interferencias. Soy un trabajador y paso que doy, paso en que se me aparece la mirada del otro. Tengo que estar todo el tiempo limpiando mi camino. Es una batalla. Pero me construyo en el interior de esa batalla. Además, ya no sé muy bien qué es “mirada ajena”: si me afecta ya no es ajena. Formo parte de la generación del psicoanálisis: mambo del otro, vos no tenés que sentir culpa, no te hagas cargo, que cada uno se haga cargo. Pero estoy en un punto en que ya no sé muy bien qué es el problema del otro.

Ya que hablás de psicoanálisis, ¿por qué firmabas tus pinturas como Julio Hirsch, tu verdadero nombre, y ahora firmás Julio Hirsch Chávez?

En los ‘70, cuando empecé, era muy común cambiar de nombre. En el conservatorio, cada uno decía cómo iba a llamarse. Además, el Julio Hirsch siempre me dio trabajo. Imaginate en el colegio: Gómez, Fernández, Díaz, Hich, Hitch, Hirsh. Siempre había algo de diferenciación, y se ve que yo estaba con necesidad de escaparme de cierta condena histórica. Le pregunté a mi padre si tenía inconveniente con que me cambiara el apellido. Me dijo que no. Entonces pensé en ponerme Jabes, el apellido de mi madre. Pero mi primera película fue No toquen a la nena y Juan José Jusid me explicó que Julio Jabes tenía muchas jotas. No sé con qué autoridad, si él era JJJ (ríe). Así que quedó Chávez.

Pero en las artes plásticas ahora pasaste de Hirsch a Hirsch Chávez.

Cuando empecé a pintar, me pareció que el Hirsch iba a diferenciarme de mi trabajo como actor. Pero ahora produje un matrimonio y pasé al Julio Hirsch Chávez. Los demás tienen una tendencia a eliminar el Hirsch porque Chávez tiene más popularidad. Ahí ya no me meto, me quedo con el Julio Hirsch Chávez, que une y deja de diferenciar. ¿Quién hace Red? ¿Chávez o Hirsch? Los dos. Si no hubiera estado en el problema de la pintura no podría hacer Red.

Algunos se acercarán a tus exposiciones por la admiración que te tienen como actor. ¿Qué te provoca?

Lo entiendo. En la actuación se establece algo más de tribu, se crean íconos. ¿Qué voy a decirle a quien se me acerca desde ese lugar? ¿Que desearía que se pusiera más en contacto con mi pintura? También pasa al revés. Hay personas que, para no quedar como cholulas, me hablan de pintura sin mencionar nada de mi trabajo como actor. Otras vienen a las exposiciones para ver si me encuentran, para sacarse una foto conmigo. Creo que uno no debe meterse mucho con el espectador; hay que dejarlo hacer su viaje solo.

Mencionaste tu popularidad de los últimos años. Hace poco más de una década hablaban de vos como una revelación y ya llevabas una larga y notable carrera en teatro...

Es verdad. ¿Sabés? Siempre, y en este sentido también me parezco a mi padre, hay alguna fallita que hace que mis estantes no lleguen a estar completos. Eso me gusta. Me gusta no terminar de estar completo. Soy una carenciado. Agradezco esa carencia y la falta de resentimiento. Porque a veces la carencia resiente y eso es un problema. Pero, cuando sentís carencia y fe en tu capacidad de lucha, se forma un buen matrimonio.

Hoy el desajuste podría ser cierta indulgencia hacia vos, la idea de que cualquier cosa que hacés está bien...

Por suerte no es así. Recibo muchos halagos y algunos bifes, que muchas veces me sirven. Soy muy guerrero. Aun en la fiesta más amable me gusta tener el rifle al lado. Estoy tratando de cumplir con algunos temas de la existencia. Uno es cómo se puede vivir dejando de ser tan guerrero: además de guerrero, soy ambicioso. Y mi ambición me dice que ser guerrero no es buen negocio.

Te imagino muy obsesivo, ¿no?

Voy al teatro dos horas y media antes de cada función de Red y paso la obra entera. Veo que las acomodadoras me miran con cara de “este tipo está enfermo, las 5 y media de la tarde de un lindo domingo y él acá, ensayando”. Yo mismo tengo una voz que me dice “podrías evitar esto” y otra que me dice “no señor, la batalla es grande”. Podría ir a cada función como a una fiesta. Llegar una hora antes. Pero me gusta tener al lado la bayoneta, veo todo como una batalla. Aunque, volviendo a la pintura, estoy construyendo desde la no preocupación, me permito signos menos cargados de lo que es mi naturaleza: el exceso de preocupación. Pero, a veces, en busca de la despreocupación uno se termina encamando con la desidia. Y tampoco quiero eso.


Extraído de http://www.clarin.com/viva/revista_Viva-Julio_Chavez_0_1308469354.html

martes, 3 de marzo de 2015

Sobre "Los muertos" de John Huston.

UNA DRAMATURGA ELIGE SU PELICULA FAVORITA. CARLA MALIANDI Y LOS MUERTOS, DE JOHN HUSTON.
 

Por Carla Maliandi*

Hace muchos años mi mamá me regaló una edición de Dublineses, de Joyce, con la especial recomendación de que leyera el último cuento del libro: “Los muertos”. Lo empecé y lo dejé varias veces, algunos problemas me tenían más distraída que de costumbre en esa época. Estaba enamorada, había empezado la facultad y mi familia estaba por mudarse a Mar del Plata. Yo, que ese año iba a cumplir diecinueve, tenía algo claro: no me iba a mudar con mis padres. Hubo discusiones con gritos y algunas lágrimas, pero finalmente mi familia apoyó la decisión de quedarme en Buenos Aires.
 
En un momento más sereno retomé la lectura del cuento y en alguna visita a Mar del Plata lo comenté con mi mamá. A ella le intrigaban sobre todo las tías de Gabriel Conroy, el protagonista de la historia. Le gustaba la forma en que fantaseaban sobre el continente, ese lugar donde sucedían las cosas importantes, no como en la Dublín olvidada y solitaria donde les había tocado hacer su vida. La sola evocación del continente las hacía suspirar con la nostalgia infinita de lo que nunca se tuvo ni se tendrá. Yo recordaba sobre todo a la esposa de Gabriel, Gretta (que en la película es interpretada por Anjelica Huston). Es el final de una fiesta cuando queda estupefacta al escuchar una canción que le trae el recuerdo de su primer amor, un noviecito que ha muerto muy joven por esperarla largas horas bajo la nieve. De pronto su recuerdo la toma por completo y al llegar donde se hospedan le confiesa a su marido, entre extraviada y adormecida, que la remuerde la culpa, que no hubo ni habrá un amor igual a ese de su juventud. A mí no se me había muerto ningún novio, pero ya sabía cómo era llorar por el fin de un amor hasta quedar dormida.

Cuando más tarde vi la película de John Huston, recordé el cuento entero con sus procesos narrativos y el momento en que me tocó leerlo. Y toda aquella mudanza o éxodo colosal de mi familia. En ese recuerdo yo aparezco zambullida en un mar de papeles dentro del escritorio de mi papá, preguntándole a los gritos por qué guarda monografías de alumnos de la década del 60. El escritorio es sólo un ambiente más. Hay cosas por todos los rincones de la casa, chiquitas, grandes, frágiles, antiguas, cachadas, insólitas, casi ninguna de valor en dinero pero todas cargadas de historia y de emociones intransferibles a otros objetos. Yo finjo ante mi papá querer tirar todo y agilizar la tarea, pero cada cosa que aparece me fascina. Y cuando algún amigo se acerca a ayudarnos y sugiere deshacernos de lo que es en apariencia inservible, soy yo quien da la orden en voz baja: acá no se tira nada. Embalar todo eso fue el milagro de una voluntad misteriosa, tal vez nacida de las mismas cosas envueltas. La mayoría de esas cosas hoy sigue conviviendo con mis papás y aparece de pronto como si el tiempo no existiera, como si todas las casas en las que han vivido fueran la misma casa.

En “Los muertos” vemos el transcurso de una celebración familiar. No importa que sea en Dublín, que las mujeres usen vestidos largos, que nieve y que los personajes lleguen en carruaje. En Mar del Plata, cuando festejamos Navidad o Año Nuevo, hace calor y los turistas chancletean sus ojotas por la peatonal. Para llegar tengo que atravesar las terminales de ómnibus atestadas de gente. Pero se siente parecido. Siempre hay un momento de enojo o de malhumor, de algo que sale mal, un fastidio que sólo pueden provocar las familias y que no sabría explicar bien pese a los años de psicoanálisis. Después eso pasa. Se busca el mantel de fiesta, se sacan las copas de la vitrina, se apretujan las sillas alrededor de la mesa y se festeja en serio.

Hay una escena de la película que ahora me impresiona más. En plena fiesta la cámara se detiene sobre algunos objetos repartidos por la casa de las viejas tías de Gabriel Conroy. Esas cosas, que posiblemente sólo tengan valor para las dueñas de casa, seguirán estando cuando ellas mueran y ya nadie sabrá encontrarles sentido. Es devastador, pero la mirada de Huston lo convierte también en algo hermoso.

Sé poco y nada sobre la carrera de John Huston y escribo esto en pleno enero, de vacaciones en medio de las sierras, casi sin conexión a Internet. No dudo de que habrá suficiente información escrita sobre la película y la historia de su filmación, pero como no puedo acceder a ella me la voy a imaginar. Sé que Huston estaba enfermo durante el rodaje y que pasó esos días trabajando junto a su hija. Imagino que a Anjelica le habrá costado un gran esfuerzo concentrarse viendo a su padre mover la silla de ruedas entre sondas que le entraban y salían del cuerpo. Una locura. Un acto de valentía y libertad. En un diálogo imaginario John felicita a Anjelica; su majestuosa presencia escénica permitió otra toma perfecta; ella le pide que no se esfuerce, que se tire a dormir una siesta, que no se olvide de tomar el remedio de la tarde.

Huston, Joyce, los objetos insignificantes que cargamos, más perdurables que nosotros, todo nos recuerda sin maldad que vamos a morir, que los que más queremos se irán también y que los que ya murieron todavía nos acompañan, nos enojan, nos enamoran, nos dejan solos. No existe un mundo de los vivos y un mundo de los muertos, la nieve cae encima de todos por igual.

John Huston murió dos días antes del estreno y dejó, entre otras cosas, una película preciosa.
Había llegado a una edad envidiable, lleno de afecto, de respeto por su trabajo y con ganas de seguir viviendo. En este mundo tan injusto todo eso es un feliz privilegio. Anjelica debe extrañarlo como loca.

 

*Sobre Carla Maliandi

Hija de padres argentinos, nació en Venezuela en 1976. Es dramaturga, directora, investigadora y docente. Es parte del colectivo autoral Rioplatensas, con el que realiza la publicación periódica que lleva ese nombre y los encuentros performáticos en la Biblioteca Nacional y autora, junto a este grupo –que integran también Aldana Cal y Bibiana Ricciardi– del programa televisivo Rioplatensas, interpretado por la actriz Cristina Banegas. Junto a Pablo García escribió y dirige La tercera posición, interpretada por Eduardo Iacono y Anahí Pankonin, que puede verse en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, los jueves a las 21.
 



Extraído del diario Pagina 12, Suplemento Radar, número 963, 22/2/15

viernes, 27 de febrero de 2015

Werner Herzog: El Sacrificio.




Por Mariana Enriquez

Para Werner Herzog, como para toda su generación de cineastas, Lotte Eisner era el faro, la maestra, la mujer que les dio legitimidad. En la laudatio que escribió en ocasión de la entrega del premio Helmut Kaütner (y que Del caminar sobre hielo incluye como epílogo), Herzog dice que Eisner es la conciencia del Nuevo Cine Alemán y repasa la vida de esta mujer fascinante: pionera de la crítica de cine, firma ineludible de Cahiers du Cinéma, autora del fundamental La pantalla demoníaca y de libros sobre F. W. Murnau y Fritz Lang que son considerados clásicos. Eisner escapó del Tercer Reich a Francia en 1933 pero fue atrapada durante la guerra y detenida en un campo de concentración de Aquitania, en el que sobrevivió. Trabajó cuarenta años en la Cinémathèque Française junto a Henri Langlois y restauró miles de películas. Y, sobre todo, su departamento en París era lugar de reunión constante de jóvenes, especialmente de jóvenes cineastas alemanes que la escuchaban con devoción y disfrutaban de su calidez (Wim Wenders, por ejemplo, le dedicó Paris, Texas). Herzog explica: su generación es una generación sin padres. Está quebrada por el horror del nazismo. El puente histórico-cultural para conseguir la legitimidad como cineastas se lo dio Eisner. Una vez ella le dijo: “Escúcheme, la historia del cine no les permite a los jóvenes realizadores alemanes como usted que se den por vencidos”.
 
Ese invierno de 1974, cuando Lotte Eisner se enfermó gravemente, a Herzog se le antojó una fecha demasiado temprana para la muerte de esta mujer que estaba ayudando a la (re) construcción de una nueva cultura alemana. Por eso, en un impulso, decide ir a visitarla caminando: a pie desde Munich hasta París, donde ella vive. Un exorcismo para alejar la muerte. Si uno hace un sacrificio impresionante, un sacrificio que es como un grito, los dioses escuchan. También si se siguen las reglas más o menos rígidas del ritual. Así, Herzog decide visitar a Lotte Eisner como peregrino y en la línea más recta posible. Cree que, si lo logra, Eisner vivirá. Y sucede lo que típicamente le sucede a Herzog, un hombre que construye su mitología personal con la ayuda de la intuición, la suerte y su enorme talento: Eisner vive, y vivirá nueve años más. El joven peregrino invernal e intenso salva a la anciana sabia.

Del caminar sobre hielo (Entropía, traducción de Ariel Magnus) se escribió como diario en noviembre y diciembre de 1974 y se publicó cuatro años después. Tiene el “tono Herzog”, casi siempre lúgubre, romántico y salpicado de breves epifanías, destellos de luz e incluso de humor. Es un libro hermoso y a veces onírico: por momentos, éstos podrían ser los diarios de Rimbaud, el poeta que alguna vez también recorrió Europa a pie –aunque él lo hizo por motivos misteriosos y con un frenesí más feroz–. Y se ubica en la obra de Herzog a la perfección. Gran parte de la filmografía herzoguiana trata su obsesión por el hombre contemporáneo ubicado en la naturaleza, no necesariamente luchando contra ella sino tratando de conquistarla, y siempre la conclusión es la misma: es imposible hacerlo. Sin embargo, persevera y se fascina con quienes perseveran. Esta relación obsesiva con la naturaleza está en los largos de ficción de Herzog y en sus documentales, en las condiciones de rodaje, en las locaciones, en los temas: los cinco meses de producción de Aguirre o la ira de Dios (1972) sobre el río Amazonas en la selva peruana: los actores y equipo abrieron caminos a machetazos y navegaron en balsas construidas por los aborígenes.

Fitzcarraldo (1982) y su barco que hay que hacer pasar sobre una montaña y el sueño de construir una ópera en Iquitos para que cante Enrico Caruso. Grito de piedra (1991), sobre una expedición que escala el Cerro Torre en Patagonia. Hasta Maldito policía en Nueva Orleans, (2009) donde uno de los protagonistas es el Huracán Katrina: la película está filmada con gran parte de la ciudad todavía bajo el agua. Y los documentales: Fata Morgana de 1969, con narración justamente de Lotte Eisner, una visión particularísima del Sahara con recitado del Popol Vuh; Diamante blanco, de 2004, sobre Graham Dorrington, un ingeniero aeronáutico que sobrevuela la selva de Guyana tratando de capturar la fauna que vive sobre los árboles inalcanzables; el extraordinario Grizzly Man, sobre Timothy Treadwell, activista ecologista amateur que termina su vida comido por los osos que quería proteger en Alaska; la maravillosa Encuentros en el fin del mundo, sobre esa frontera de la naturaleza que es la Antártida. Siempre, en cada película, Herzog tiene algo para decir, y siempre negativo, sobre esa naturaleza inasible en la que se sumerge una y otra vez: “Lo que me perturba”, dice en Grizzly Man, con su hermosa voz grave y su inconfundible acento alemán, “es que en las caras de todos los osos que Treadwell filmó no encontré parentesco, ni entendimiento, ni piedad. Sólo veo la apabullante indiferencia de la naturaleza. Sólo veo la mirada ciega que muestra un interés aburrido por la comida”. Y en El peso de los sueños (1982), el documental sobre Fitzcarraldo, después de que Klaus Kinski habla del erotismo de la naturaleza, Herzog apunta: “Yo veo obscenidad. La naturaleza aquí es vil y básica. Sólo veo fornicación y asfixia y estrangulamiento y pelea por la supervivencia y crecimiento... y veo cómo todo se pudre. Por supuesto, hay mucha desdicha. Es la misma que está alrededor de nosotros. Los árboles aquí son desdichados, los pájaros también. No creo que canten, gritan de dolor... No hay armonía en el universo. Tenemos que acostumbrarnos a esa idea. Pero cuando lo digo, lo digo lleno de admiración por la jungla. No la odio, la amo. La amo con locura. Pero la amo en contra de mi mejor juicio”.

Del caminar sobre hielo es el registro de una de las primeras experiencias de Herzog con ese amor contra la razón, con su intencional e invocada falta de juicio. Y también de su personal y vagamente pagana búsqueda de trascendencia.


Pagina 12, suplemento Radar, numero 963, 22/2/15