Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

jueves, 8 de marzo de 2012

Carol Reed, la recreación de la atmósfera.

Carol Reed

(Londres, 1906 - 1976) Director de cine británico. Debutó como actor en Londres, en 1924, con la troupe de Sybil Thorndike. Eran tiempos donde sólo había lugar para papeles pequeños; pero tres años después comenzó a trabajar para Edgar Wallace, encargándose de adaptar sus obras a los escenarios.


Reed se sumó a la industria cinematográfica a comienzos de los años treinta, como ayudante del director Basil Dean. Su primera película, Midshipman Easy (1935), ambientada durante la campaña peninsular de la Guerra Napoleónica, ya preconiza la relación con el cine de propaganda. El hecho de que sus primeros títulos -Sucedió en París (1935), codirigida por Robert Wyler y con guión de John Huston; Penny Paradise (1938), sobre los avatares de la fortuna; o El amor manda (1938), protagonizada por Margaret Lockwood, actriz asidua del cine de Reed- fueran producciones de bajo presupuesto, no impidió que comenzara a forjarse una reputación.

Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo la oportunidad de formar parte de la unidad fílmica del ejército británico. Un corto propagandístico titulado A Letter from home (1941); un manual de entrenamiento para nuevos reclutas, The New Lot (1942), y un largometraje documental con guión de Peter Ustinov, The Way Ahead (1944), quedan como algunos de los mejores documentales de los tiempos de guerra. En 1945 codirige con Garson Kanin The True Glory, un relato documental de la invasión aliada de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, recopilada a partir del metraje de casi 1.400 cámaras, y que recibió en 1946 el Oscar al mejor documental.

Su siguiente éxito se tituló Larga es la noche (1947) y se centraba en la caza del líder de una organización irlandesa clandestina. Protagonizada por James Mason y basada en la novela de F. L. Green, prefirió centrarse en los golpes de efecto y los detalles, sin intención de adentrarse en la realidad política del Norte de Irlanda. El montaje fue nominado al Oscar. Su siguiente película, El ídolo caído (1948), volvió a estar cerca de los Premios de la Academia. El hijo de un diplomático es la excusa para retratar la complejidad de la vida adulta desde el punto de vista de los jóvenes. El guión, escrito por Graham Greene, fue nominado junto con el director.


En 1949, y coincidiendo más o menos con la mitad de su carrera, llegó su obra maestra: El tercer hombre (1949). Esta segunda película que Reed hizo para Korda (la primera había sido El ídolo caído) se convirtió en un éxito internacional. Tres de sus cuatro protagonistas habían sido importados de Estados Unidos -Joseph Cotten, Orson Welles y Alida Valli-; el cuarto era Trevor Howard. El tercer hombre, cuya historia también era de Graham Greene, consolidó la reputación del director con un trabajo ambientado en la Viena de postguerra. Tomando a un criminal de guerra con una doble vida y a un escritor americano que se topa con una situación a punto de costarle la vida, Reed creó, con la ayuda de grandes sombras y la música de Anton Karas, una atmósfera propicia para la pesadilla.

El tema de la huida seguirá presente en su trabajo, enlazando vía marítima con El desterrado de las islas (1952), basada en una novela de Joseph Conrad y protagonizada también por Trevor Howard. Después de haberse enfrentado durante varios títulos con las mezquindades y los miedos, presta atención a los sueños en El niño y el unicornio (1955), una fábula que conjuga la fe, la inocencia y la caridad como cualidades redentoras de las clases bajas.


La década de los cincuenta se cierra con dos títulos dispares, con el denominador común de una mujer como catalizador de los fantasmas que arrastran los hombres que giran a su alrededor. Trapecio (1956) adapta la novela The Killing Frost, de Max Catto, permitiendo a Burt Lancaster hacer alarde de su entrenamiento circense. La llave (1958) acude una vez más al escenario de la guerra para mostrar a Sophia Loren pasando de mano en mano, con la ayuda de Michael Caine, William Holden y Trevor Howard.

La década de los sesenta es una de las más variadas en el cine de Reed. Comienza con una comedia, Nuestro hombre en La Habana (1960), la historia de un vendedor de aspiradoras que se introduce en el servicio de inteligencia británico y ha de inventarse las conspiraciones porque parece que nunca ocurre nada. Algo parecido a lo que muchos años después hará Ben Kingsley en La isla de Pascali. Aunque no aparece en los títulos de crédito, Reed se encarga de rodar, dos años más tarde, algunas escenas para Rebelión a bordo (1962).

Un año después reúne a Laurence Harvey, Lee Remick y Alan Bates en El precio de la muerte (1963), en la que un hombre finge su muerte para saldar una deuda con la compañía de seguros. El tormento y el éxtasis (1965) recoge la tortuosa relación entre el pintor Michelangelo Buonarroti y el Papa Julio II, el pontífice obsesionado con dejar obras monumentales que le recordaran después de muerto. Basada en la novela de Irving Stone, le ofreció a Charlton Heston la oportunidad de componer una de sus mejores interpretaciones. La película obtuvo seis nominaciones: dirección artística, fotografía, diseño de vestuario, banda sonora y sonido.

Reed se quitaría la espinita de las simples nominaciones con una incursión en el musical, para la que nuevamente echó mano de la literatura. Oliver (1968), basada en la novela de Charles Dickens, recogió cinco Oscars (dirección artística, banda sonora, sonido, película y director) y otras dos nominaciones al guión y la fotografía. Sus dos últimas películas serían sendas comedias: Un indio altivo (1970), protagonizada por Anthony Quinn y Shelley Winters, y Sígueme (1972), con Mia Farrow y Topol.


Se cerraba así la carrera de Reed cuatro años antes de su muerte. Su legado se centra en el especial tratamiento de las historias, que se desarrollan en escenarios locales, donde lo más importante son los detalles. Su habilidad para recrear atmósfera, para desarrollar la trama y tratar los personajes, hace que muy pocas de sus historias tengan fisuras, si acaso compensadas por la autenticidad de su tono narrativo.


Filmografía

1935- Sucedió en París (“It Happened in Paris”), codirección con Robert Wyler.
1935- Midshipman Easy.
1936- Laburnum Grove.
1937- Dime con quién andas (“Who's Your Lady Friend?”).
1937- Talk of the Devil.
1938- Penny Paradise.
1938- El Amor manda (“Bank Holiday”).
1939- Cuidado con lo que haces (“Climbing High”).
1939- The Stars Look Down.
1939- A Girl Must Live.
1940- Tren nocturno a Munich (“Night Train to Munich”).
1941- A Letter from Home.
1941- Kipps.
1941- Su nombre en los periódicos (“Girl in the News”).
1942- El vencedor de Napoleón (“The Young Mr. Pitt”).
1944- The Way Ahead.
1945- The True Glory.
1947- Larga es la noche (“Odd Man Out”).
1948- El ídolo caído (“The Fallen Idol”).
1949- El tercer hombre (“The third man”).
1951- Men of the Sea.
1952- Desterrado de las islas (“Outcast of the Islands”).
1953- Se interpone un hombre (“The Man Between”).
1955- El niño y el unicornio (“A Kid for Two Farthings”).
1956- Trapecio (“Trapeze”).
1958- La llave (“The Key”).
1959- Nuestro hombre en La Habana (“Our Man in Havana”).
1963- El precio de una muerte (“The running man”).
1965- El tormento y el éxtasis (“The Agony and the Ecstasy”).
1968- Oliver! (“Oliver!”).
1970- Flap.
1972- Follow Me.




Fuentes: www.biografiasyvidas.com/biografia/r/reed_carol.htm
es.wikipedia.org/wiki/Carol_Reed

sábado, 11 de febrero de 2012

Revisitando clásicos: Vértigo, 1958, de Alfred Hitchcock.

Título original: Vértigo

Dirección: Alfred Hitchcock
Producción: Alfred Hitchcock para Paramount
Productor asociado: Herbert Coleman
Guión: Alec Coppel y Samuel Taylor, según la novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac “De entre los muertos”
Fotografía: Robert Burks, ASC
Efectos especiales: John Fulton
Decorados: Hal Pereira, Henry Bumstead, Sam Corner y Frank McKelvey
Colores: Technicolor
Asesor: Richard Mueller
Música: Bernard Herrman, dirección de Muir Mathieson
Montaje: George Tomasini
Sonido: Harold Lewis y Winston Leverett
Títulos: Saúl Bass
Secuencia especial diseñada: John Ferren
Estudios: Paramount
Exteriores: San Francisco
Duración: 123 minutos



Intérpretes:
James Stewart, John “Scottie” Ferguson
Kim Novak, Madeleine Elster y Judy
Barbara Bel Geddes, Midges
Henry Jones, el oficial del juzgado
Tom Helmore, Gavin Elster
Raymond Bailey, el doctor
Ellen Corby, la administradora del hotel
Konstantin Shayne, Pop Liebl
Lee Patrick, un vecino



Por Julio Diz


Hitchcock se identifica completamente con James Stewart.


En 1992, una asamblea de críticos internacionales nombrada para designar a las diez mayores obras maestras del cine votó a Vértigo. Desde su reposición en las salas, en 1983, este film resultó favorecido por una clasificación impresionante. Sin embargo, en 1958, el momento de su estreno, el público quedó algo desorientado. ¿Vértigo fue un fracaso comercial? “Cubrió los gastos”, dirá Hitchcock lacónicamente a François Truffaut.

Es necesario decir que la campaña publicitaria estaba completamente desfasada respecto del contenido del film. En los afiches se prometía un nuevo “thriller romántico”, con dos grandes estrellas en el fondo de una ciudad de ensueño (San Francisco). Ahora bien, el espectador se sumerge desde los primeros planos en un clima totalmente deprimente, y el suspenso se desvanece en las dos terceras partes de la acción. Como Hitchcock había basado su guión en un libro de Boilleau y Narcejac, los críticos de la época insistieron en comparar, en su perjuicio, Vértigo con Las Diabólicas, la película de Henri-Georges Clouzot, estrenada dos años antes según la novela de los mismos autores. En ambos casos, había un falso asesinato y un personaje que sufría de una discapacidad. Clouzot había convertido a la verdadera víctima en un cardíaco. Hitchcock nos muestra a un James Stewart sometido al vértigo. Algunas malas lenguas llegaron a decir que Hitchcock estaba celoso del éxito del director francés, en quien veía a un futuro rival. Es seguro que había estado muy interesado en la novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, a tal punto que había intentado comprarles los derechos. Pero Clouzot había sido más rápido. ¿Boileau y Narcejac lo sabían? ¿Escribieron De entre los muertos, novela que dió origen a Vértigo, para una adaptación a la pantalla? Es lo que afirma François Truffaut y ambos escritores. “Hacia tres años que esperábamos un nuevo gesto de interés por parte del maestro”, explican. Pero la novela se publicó antes de que el gesto se manifestara, y fue la Paramount quien se comunicó con Hitchcock. Este confió primero la adaptación de la novela a Maxwell Anderson, de quien, sin embargo, tenía razones para desconfiar, puesto que su trabajo para, El hombre equivocado le había parecido muy pobre. De hecho, la copia que le entrego fue catastrófica: era imposible extraer algo de ese guion que Anderson había titulado “Sombra, escucho”. Pero Hitchcock tenía tiempo. James Stewart a quien había decidido otorgarle el papel principal, estaba ocupado. Entonces, mientras esperaba, pensaba en el film. Tenía en la cabeza imágenes obsesivas, muy claras. “Esta historia requiere un escenario urbano sofisticado, y de todos los que se conocen en Estados Unidos –se decía-, San Francisco es el que más conviene”. Si bien los personajes no se perfilaban todavía muy claramente, Hitchcock ya había elegido algunos lugares esenciales: un viejo cementerio, un bosque de sequoias, un museo y una misión católica española.



Llamaron a un nuevo guionista. De hecho, Alec Coppel fue impuesto por los dirigentes de la Paramount. El trabajo resultó mucho más lamentable. En ese, momento Vera Miles le anunció a Hitchcock que estaba embarazada y que no podría hacer la película. Después de unos años, el director se había ingeniado para hacer de ella una criatura puramente Hitchcokiana.

Hitchcock, desesperado, tuvo que conformarse con aceptar a Kim Novak, que la sociedad de producción le sugería. Pero la actriz era un tanto caprichosa. “Llego con todo tipo de ideas preconcebidas –recuerda Edith Head, la vestuarista del rodaje-. Se negaba a llevar un tailleur gris y escarpines marrón oscuro, puesto que le acentuaban las pantorrillas que consideraba muy gordas. Entonces, le dije que releyera el guión”. Hitchcock ya no quería seguir perdiendo tiempo. Se abalanzó sobre la estrella en una empresa de desestabilización psicológica. Al hablarle de todo menos de cine, “logró –según Herbert Coleman, el productor asociado- producirle el sentimiento de que era una niña desamparada, ignorante y sin instrucción. Al final del día estaba dócil, obediente e incluso un poco perturbada”. De todas maneras, Hitchcock nunca la querrá, puesto que ella había tenido la desgracia de querer escapar a su influencia. “La señora Novak llego al set con ideas que desafortunadamente me resultaba imposible compartir”, dirá muchos años después, mientras que la opinión unánime fue que ella estuvo excelente en el film.

Durante ese tiempo, ante las lagunas del guion, Hitchcock recurrió a un tercer guionista, Samuel Taylor, un dramaturgo de San Francisco. El, al menos, tendrá conocimiento del terreno, se decía “No leí la novela francesa –recuerda Taylor-. Hitchcock no lo deseaba. Sabía exactamente lo que quería. Pero le faltaba la historia y no había aun verdaderos personajes. Nos pusimos a trazar en líneas generales escena por escena. Me di cuenta de que los personajes necesitaban ser individualizados y humanizados y de que había que darles más vida. Por ejemplo, el siempre tenía en la mente la escena del cementerio. Pero los acontecimientos que conducían hacia ella permanecían completamente vagos e inexplicados”.

Samuel Taylor tomo su trabajo muy seriamente. Recorrió palmo a palmo los lugares señalados para impregnarse de ellos y volvió con personajes sólidos… y un titulo, Vértigo, que le gusto enseguida a Hitchcock.




Hitchcock transforma la novela de Boileau-Narcejac.

Debido a esta nueva manera de trabajar, Hitchcock tomo distancia de la novela de Boileau y Narcejac, de la cual solo conservo a fin de cuentas la idea original. La acción de De entre los muertos se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial en Francia. Que Hitchcock haya suprimido esta alusión histórica no es sorprendente, puesto que el público norteamericano se hubiera desorientado. En el libro el suspenso es total. Solo se descubre la verdad en las últimas páginas. El héroe termina estrangulando a Madeleine al esforzarse por arrancarle confesiones. Ella muere, pero le quedara una horrible duda. “El posaba sus labios sobre su frente pálida y le decía: “Te esperare” –explican los autores-. El mito es más fuerte. Era un suspenso que se perpetuaba mas allá del punto final.”

Al contrario, Hitchcock revela la intriga en los dos tercios del film: Madeleine y Judy son una sola y misma persona. James Stewart fue víctima de una maquinación que apuntaba a hacer desaparecer a otra mujer. Además, hace que muera accidentalmente Madeleine en el último segundo, cuando por fin había dicho la verdad.

El hecho de que el suspenso se haya desplazado en la mitad del film tiene también otra explicación: para Hitchcock, la maquinación cuya víctima es James Stewart no tiene ninguna importancia, porque Vértigo no es un thriller común. Nada que ver con sus películas anteriores, donde la acción desemboca naturalmente en la resolución de un enigma. Aquí, en las primeras imágenes nos sumergimos en un universo oscuro, poblado de fantasmas y de símbolos donde la lógica no tiene cabida. Porque, ¿de qué se trata? Hay una mujer que afirma estar obsesionada por una muerta, y que finalmente se suicida. Un hombre sometido al vértigo que obliga a una desconocida a que se asemeje a la desaparecida. Y, al final, dos seres que ya no saben quiénes son.



Innumerables fueron las interpretaciones psicológicas, filosóficas, psicoanalíticas, incluso esotéricas de este film. Además, Boileau y Narcejac dan una de las claves del film cuando explican lo siguiente: “Retomamos el mito de Orfeo que va a recuperar a su amada en el reino de los muertos. Es a Eurídice a quien nuestro héroe lleva de la mano y trae de ese país de donde no se vuelve”.

El fracaso de del film y el del mito griego son también análogos. Eurídice desaparece en el momento mismo en el que Orfeo iba a lograr traerla al mundo de los seres vivos. “Lo que más me interesaba eran los esfuerzos que hacia James Stewart para recrear a una muerta”, subrayara Hitchcock. Desafortunadamente, nada es simple en este film donde todas las apariencias son engañosas y donde todo se relaciona con todo. Porque esta mujer a la que James Stewart se esfuerza por resucitar modelándola nunca está realmente muerta. La que tiene en sus brazos es la que él conoció, pero con otra identidad. Y cuando James Stewart hace de Pigmalión, retoma el camino que había seguido el hombre que había transformado a Judy en carnada para tenderle una trampa. Un verdadero rompecabezas. El vértigo del cual sufre James Stewart es también al que el director lleva a sus espectadores.




Un guión repleto de referencias autobiográficas.

Por la fuerza de su estructura, por la complejidad de las relaciones entre los personajes, Vértigo toma el aspecto de un testamento donde nada esta dejado al azar, donde cada plano fue programado hasta en sus más mínimos detalles. “Cada elemento de la película –escribe Donald Spoto- está asociado con los demás; cada color, cada accesorio decorativo o de vestuario, por mas minúsculo que sea. Cada palabra del diálogo, cada ángulo de la cámara, cada gesto, cada mirada, tiene un vinculo orgánico con el conjunto.” No es casualidad que la película utilice muchos espejos donde, de reflejo en reflejo, el ojo se pierde. Las asociaciones de ideas brotan: para vencer su vértigo, el héroe debe enamorarse. Algunas secuencias se superponen y el espectador pierde sus marcas. Así, en la gran escena del beso, la cámara gira siguiendo un ángulo de 360 grados. El decorado comienza a cambiar y pasa de una habitación a un monasterio, lugar del drama.”Era para causarle a Scottie el sentimiento de regreso al punto de estabilidad”, comenta Hitchcock.

Se comprende: Hitchcock se adueñó completamente del guión para hacer de él el soporte de sus propias fantasías, Samuel Taylor, el guionista, tuvo conciencia de ello: “De la primera a la última imagen, fue su película, Hitchcock estaba allí en cada instante, y todos los que lo vieron durante la dirección pudieron comprobar como yo hasta qué punto la vivía”. James Stewart también tendrá conciencia de haber interpretado indirectamente el papel del director: “Es un logro incomparable de parte de Hitchcock –explica-. Y puedo decir que era para él un film muy personal en el momento incluso en el que lo estábamos filmando”.

Entre los innumerables rasgos autobiográficos de la película, existe el cuidado muy particular y bastante demoniaco que pone Scottie en vestir de pies a cabeza a Judy de manera que ella se parezca a Madeleine (en los años sesenta, esta escena resultó chocante a las feministas norteamericanas, que vieron en ello una prueba abrumadora de misoginia). Hitchcock también tenía este tipo de preocupaciones. A Tippi Hedren, su actriz de Los pájaros, le ofreció un guardarropa suntuoso. ¡Y Grace Kelly revelo que se interesaba en detalles tan ínfimos como el color de un par de zapatos! Cuando el psiquiatra pronuncia respecto a James Stewart un veredicto inapelable: “melancolía aguda y complejo de culpa”, el biógrafo de Alfred Hitchcock, Donald Spoto, lo interpreta como un auto condena del director. Este último atraviesa una etapa difícil durante la preparación y la filmación de Vértigo. Se enfermó gravemente dos veces y debieron operarlo de una hernia con urgencia.



Cerca de los sesenta años. Está obsesionado por la muerte. De hecho, su obra se teñirá de preocupaciones más graves, y los films siguientes –Intriga internacional, Psicosis, Los pájaros- se sumergen en la misma clase de ambiente.

Hitchcock seguirá conservando una debilidad para Vértigo. A comienzos de los años setenta prohibirá la explotación comercial de la película, bloqueando su difusión tanto en salas como en videocasetes hasta su muerte. Sabía que esa película de una extraña belleza tendría una segunda oportunidad…


François Truffaut, Alfred Hitchcock y Vértigo…

François Truffaut: Vértigo (De entre los muertos) está basado en una novela de Boileau y Narcejac que se titula “De entre los muertos” y que fue escrita especialmente para usted, para que a partir de ella realizara el film.

Alfred Hitchcock: Pero ya era un libro antes de que se compraran los derechos para mí…

F.T. Sí, pero ese libro fue escrito especialmente para usted.

A.H. ¿Usted cree? ¿Y si yo no lo hubiese comprado?

F.T. Hubiera sido comprado en Francia debido al éxito de Las diabólicas. Boileau y Narcejac han escrito cuatro o cinco novelas basadas en el mismo principio de construcción y, cuando se enteraron de que usted hubiera querido comprar los derechos de Las diabólicas, se pusieron al trabajo y escribieron “De entre los muertos” que la Paramount ha comprado en seguida para usted. ¿Qué era lo que le interesaba más en este asunto?



A.H. Lo que me interesaba más eran los esfuerzos que hacia James Stewart para recrear una mujer, a partir de la imagen de una muerta.
Como usted sabe, hay dos partes en esta historia. La primera parte llega hasta la muerte de Madeleine, y su caída desde lo alto del campanario, y la segunda comienza cuando el héroe encuentra a la muchacha morena, Judy, que se parece a Madeleine. En el libro, al comienzo de la segunda parte, el héroe encuentra a Judy y la obliga a parecerse más a Madeleine. Solo al final el lector descubre, al mismo tiempo que el héroe, que se trataba de una misma mujer. Es una sorpresa final. En el film, yo he procedido de otra manera. Cuando comienza la segunda parte, cuando Stewart ha encontrado a la muchacha de cabello castaño, decidí desvelar en seguida la verdad, pero solo para el espectador: Judy no es una muchacha que se parezca a Madeleine, es Madeleine misma. A mi alrededor, todo el mundo estaba en contra de este cambio, pues pensaban que esta revelación no debía producirse más que al final de la película. Yo me imaginé que era un chiquillo sentado en las rodillas de su madre que le cuenta una historia. Cuando la mamá cesa de contar, el niño pregunta invariablemente: “Mamá, ¿Qué sucede después?” Encontré que en la segunda parte de la novela de Boileau y Narcejac, cuando el individuo ha encontrado a la muchacha castaña, ocurre como si no pasara nada después. Con mi solución, el muchachillo sabe que Madeleine y Judy no son más que una misma y única mujer y ahora el pregunta a su madre: “Y, entonces, ¿no lo sabe James Stewart? –No.”


Henos aquí de nuevo ante nuestra alternativa habitual: ¿suspense o sorpresa? Ahora, tenemos la misma acción que en el libro; Stewart, durante cierto tiempo, va a creer que Judy es Madeleine, luego se resignará a la idea contraria a condición de que Judy acepte parecerse, punto por punto, a Madeleine. Pero, por su parte, el público posee la información. Por tanto, hemos creado un suspense fundado en esta interrogación: ¿Cómo reaccionará James Stewart cuando descubra que ella le ha mentido y que es efectivamente Madeleine?

Este es nuestro pensamiento principal. Añado que existe en el film un interés adicional, pues se observa la resistencia de Judy a convertirse de nuevo en Madeleine. En el libro, había una muchacha que no quería dejarse transformar, eso es todo. En la película, hay una mujer que se da cuenta de que este hombre la desenmascara poco a poco. Eso en cuanto a la intriga.

Hay otro aspecto que llamaría “sexo psicológico” y es, aquí, la voluntad que anima a este hombre para recrear una imagen sexual imposible; para decirlo de manera sencilla, este hombre quiere acostarse con una muerta; esto es necrofilia.

F.T. Precisamente las escenas que prefiero son aquellas en las que James Stewart lleva a Judy a la modista para comprarle un traje idéntico al que llevaba Madeleine, el cuidado con que él le elige los zapatos, como un maniático…




A.H. Es la situación fundamental del film. Todos los esfuerzos de James Stewart para recrear la mujer, cinematográficamente son presentados como si intentara desnudarla en lugar de vestirla. Y la escena que más me interesa es cuando la muchacha vuelve después de haberse teñido de rubia. James Stewart no está completamente satisfecho, porque no se ha peinado el cabello formando un moño. ¿Qué quiere esto decir? Quiere decir que esta casi desnuda ante él, pero todavía se niega a quitarse la braguita. Entonces James Stewart se muestra suplicante y ella dice “Está bien, de acuerdo”, vuelve al cuarto de baño. James Stewart espera. Espera que ella vuelva desnuda esta vez, dispuesta para el amor.

F.T. No había pensado en eso, pero el primer plano de James Stewart esperando que salga del cuarto de baño es maravilloso. Tiene casi lágrimas en los ojos.

A.H. Usted recuerda que, en la primera parte, cuando James Stewart seguía a Madeleine en el cementerio, los planos de ella la hacían bastante misteriosa, pues los rodamos a través de filtros de niebla; conseguíamos así un efecto coloreado de verde por encima del brillo del sol. Más tarde, cuando Stewart encuentra a Judy, la hice residir en el Empire Hotel de Post Street porque hay en la fachada de este hotel un anuncio de neón verde, que parpadea constantemente. Esto me permitió provocar de manera natural, sin artificio, el mismo efecto de misterio sobre la muchacha, cuando sale del cuarto de baño; está iluminada por el neón verde, vuelve verdaderamente de entre los muertos. Luego se encuentra a Stewart que la contempla y de nuevo a la muchacha, pero esta vez filmada normalmente, pues Stewart ha vuelto a la realidad. Sea como sea, James Stewart ha sentido durante un momento que Judy era la misma Madeleine y se siente aturdido hasta que descubre el medallón. Entonces comprende que han jugado con él.

F.T. Todo ese aspecto erótico del film es apasionante. Pienso en otra escena hacia el principio, después de que James Stewart rescata a Kim Novak, que se había arrojado al agua. La volvemos a ver en casa de James Stewart, acostada desnuda en la cama. Entonces, ella se despierta y eso nos demuestra que él la ha desnudado, que la ha visto desnuda, y sin que en el diálogo se haga referencia alguna a ello. El resto de la escena es extraordinario, cuando Kim Novak se pasea con la bata de Stewart, cuando se ven sus pies desnudos deslizarse por la alfombra y cuando James Stewart pasa una y otra vez por detrás de ella… Hay en Vértigo cierta lentitud, un ritmo contemplativo, que no se encuentra en sus otros films, a menudo construidos sobre la rapidez, la fulguración.

A.H. Exacto, pero ese ritmo es perfectamente natural, ya que contamos la historia desde el punto de vista de un hombre que es un emotivo.
¿Le gustó el efecto de distorsión cuando Stewart mira en la caja de escalera del campanario? ¿Sabe como se hizo?


F.T. Pensé que era un “travelling” hacia atrás combinado con un efecto de “Zoom” hacia adelante, ¿no es eso?



A.H. Eso es. Ya cuando rodé Rebecca, en la escena en que Joan Fontaine debe desmayarse, quería mostrar que experimenta una sensación especial, que todo se alejada ella antes de su caída. Me acordaba de que una tarde, en el baile del Chelsea Art, en el “Albert Hall” de Londres, me había emborrachado de una manera terrible, y había tenido esta sensación: todo se alejaba de mí. Quise conseguir este efecto en Rebecca, pero fue en vano, pues he aquí el problema: al permanecer fijo el punto de vista, la perspectiva debe alejarse. Pensé en ello durante quince años. Cuando volví a pedir este efecto en Vértigo, solucionamos el problema sirviéndonos de la “Dolly” y del “Zoom” simultáneamente. Pregunté: “¿Cuánto me costará eso? –cincuenta mil dólares-. ¿Por qué? Porque debemos colocar la cámara en lo alto de la escalera y construir todo un sistema de andamios para elevar la cámara, mantenerla en el vacío, establecer un contrapeso, etcétera”. Entonces yo dije: “No hay personaje en esta escena, es un punto de vista. ¿Por qué no construir una caja de escalera en maqueta, ponerla horizontalmente sobre el suelo y hacer nuestra toma de vista: “travelling-zoom” horizontalmente? Esto nos costó más que diecinueve mil dólares.

F.T. ¡Ah, ya, de todas maneras…! Tengo la sensación de que le gusta mucho Vértigo.

A.H. Me molesta por el fallo que hay en el relato. El hombre, el marido que ha arrojado el cuerpo de su mujer desde lo alto del campanario, ¿Cómo podía saber que James Stewart no iba a subir las escaleras? ¿Por qué padecía de vértigo? ¡Pero no había garantías de que fuese a ocurrir así!

F.T. Es cierto, pero yo creía que se ajustaba perfectamente a este postulado… El film, creo, no ha sido ni un éxito no un fracaso, ¿no?

A.H. Cubrió gastos.

F.T. ¿Para usted es, por tanto, un fracaso?


A.H. Supongo que sí. Usted sabe que una de nuestras debilidades, cuando algunos de nuestros films no marcha bien, es acusar al servicio de ventas. Por lo tanto, para respetar la costumbre, critiquemos al servicio de ventas, diciendo “¡Han vendido mal el film!”
Ya sabe usted que concebí Vértigo para Vera Miles. Hicimos ensayos definitivos y todo el vestuario estaba hecho para ella.


F.T. ¿Fue la “Paramount” quien no la quiso?

A.H. La “Paramount” estaba de acuerdo. Lo que ocurrió fue así de sencillo: quedó embarazada, poco antes de rodar el papel que la iba a convertir en una estrella. Luego, perdí el interés por ella, ya no tenía el mismo ritmo.

F.T. Sé que en muchas entrevistas se ha quejado usted de Kim Novak, pero, sin embargo, la encuentro perfecta en la película. Correspondía muy bien al papel, sobre todo a causa de su lado pasivo y bestial.

A.H. La señorita Novak llegó al estudio con la cabeza llena de ideas que, desgraciadamente, no podía compartir. Nunca me opongo a ningún actor durante el rodaje, para no mezclar en ello a los eléctricos. Fui a ver a la señorita Novak a su camarín y le expliqué qué trajes y qué peinados debía llevar: los que había previsto desde hacía varios meses. Le hice comprender que la historia de nuestra película me interesaba mucho menos que el efecto final, visual, del actor en la pantalla en el film acabado.

F.T. Todos estos problemas previos le hacen ser injusto con el resultado, pues le aseguro que a todo el mundo que admira Vértigo, le gusta Kim Novak en el film. No se ve todos los días una actriz americana tan carnal en una pantalla. Cuando la volvemos a encontrar en la calle, en el papel de Judy, con su cabellera rojiza, resulta muy animal debido al maquillaje y quizás también porque bajo su jersey no llevaba sujetador…

A.H. En efecto, no lo lleva, y, además, es una cosa de la que se jacta constantemente.




Hitchcock/Boileau-Narcejac

Pierre Boileau (1906-1989) y Thomas Narcejac (nacido en 1908) forman el tándem de autores de novelas policiales francesas más prolífico del siglo. Una larga carrera marcada por éxitos, desde “Las diabólicas”, que dio origen a la película de Clouzot del mismo nombre, hasta “La dernière cascade” (1985), pasando por “Las lobas” (1973) y, por supuesto, “De entre los muertos” (Vértigo). Cuando Hitchcock decidió tomarse libertades con su obra, tuvo la delicadeza de avisarles a los autores. La escena tuvo lugar en la Plaza Athènèe, un palacio parisino al que el cineasta solía ir. “Ese día –cuentan Boileau y Narcejac- nos tomó a cada uno del brazo y nos dijo que la adaptación de nuestra novela le había planteado problemas, el final especialmente”. Ambos autores comprendieron el punto de vista del cineasta. Pero intentaron explicarle la historia, “subrayando la importancia del tema de la guerra”, Hitchcock no los dejó continuar, y dijo entonces estas palabras: “la guerra… ¡Yo no tuve la suerte de conocerla!”. Boileau y Narcejac entonces dijeron que sí a todo. Para agradecerles, el director sacó de su bolsillo un sobre completamente arrugado y, con un lápiz, dibujó el plano de la última escena, la que se desarrolla en lo alto del campanario. En conclusión, para ambos autores la película y la novela no tienen mucho en común. “No es la misma historia –afirman-, aunque el film, serio, concentrado, a veces un poco solemne, prodigue momentos de una gran belleza. Vértigo es el único film grave de Hitchcock, como si el amor de ese hombre por una mujer marcada por la muerte fuera un sentimiento que prohibiera cualquier sonrisa”. Boileau y Narcejac tampoco reconocieron a su Madeleine en la actuación de Kim Novak: no la encontraron “bastante atormentada por una obsesión mortal”. Luego, escribieron para Hitchcock otro guión… que permaneció por siempre en el fondo de un cajón en Hollywood.


Panorama sobre los actores


Kim Novac

De esta actriz nacida en 1933 se dice que era un “Témpano fracasado”. Al emplearla en Vértigo, Hitchcock probó que esa calificación no se adecuaba en absoluto a la realidad. En 1953 esta antigua modelo obtuvo su primer papel en una película de George Sherman. Luego, aparece en los títulos de “El hombre del brazo de oro”, de Otto Preminger y, poco después, triunfa en “Picnic”, de Joshua Logan, junto a William Holden. El año en que se estrena Vértigo también es la pareja de James Stewart en “Bell, Book and Candle”, de Richard Quine. Cuando Hitchcock filma con ella, Kim Novak ya está en la cima de su gloria. Incluso harán de ella una competidora de Marilyn Monroe. En el transcurso de los años sesenta se la ve en comedias como “Bésame, tonto” de Billy Wilder, donde se encuentra muy cómoda, y en superproducciones como “The great bank robbery” de Hy Averback. A partir de los años setenta la carrera de Kim Novak comenzó a decaer.


James Stewart

Nacio en 1908, James Stewart es uno de los últimos monstruos sagrados de Hollywood, uno de esos héroes de gran corazón que los Estados Unidos adoran. Durante la segunda guerra mundial, en el pináculo de su popularidad, no duda en comprometerse y pasa del grado de simple soldado al de general. En la pantalla, es estupendo en comedias como “Caballero sin espada”, 1939, de Frank Capra, en westerns pro indios como “La flecha rota”, de Delmer Daves, o en “Un tiro en la noche”, de John Ford. No es sorprendente, entonces, que James Stewart haya sido empleado por los grandes directores de Hollywood. Hitchcock ofreció a ese playboy portador de tantos valores positivos, papeles muy diferentes en “La ventana indiscreta”, “El hombre que sabía demasiado” y, sobre todo “Vértigo”.


Henry Jones

Nació en 1912 en Filadelfia y comenzó su carrera con papeles cómicos. Pero también reveló enormes posibilidades en el género siniestro y perverso. En 1956 se lo ve en “La mala semilla” de Melvin Le Roy. También forma parte del reparto de “La bomba de rock and roll”, de Franklin Tashlin, acompañado de grandes estrellas del rock and roll. En los años sesenta, Henry Jones interpreta, con Paul Newman y Robert Redford, “Butch Cassidy”, de George Roy Hill.


Bárbara Bel Geddes

Nació en 1922. Debutó en las tablas de Broadway donde se creó una excelente reputación. Obtiene incluso, en 1945, el premio de los críticos dramáticos. En cine no superó el rango de papel secundario, y en este concepto fue nominada para los Oscar. Se destacan en su filmografía “Atrapados”, 1945, “Sangre en la luna”, 1948, de Robert Wise, y “The todd killing”, de 1971.


La historia

John “Scottie” Ferguson fue obligado a abandonar la policía porque es propenso al vértigo. Gavin Elster, un antiguo compañero, le pide que siga a su mujer, Madeleine. Ella está obsesionada por una de sus parientas que se suicidó hace muchos años. Pasa sus días contemplando su retrato en el museo y visitando su tumba. Scottie logra impedir que se ahogue. La consuela, comienza a interesarse seriamente en ella y, por su amor, se esfuerza por alejarla de sus fantasías. Ella le habla de un monasterio que atormenta sus sueños. Scottie le hace saber que existe realmente. La pareja se dirige allí. Enseguida, Madeleine, corre hasta lo alto de una torre, Scottie no puede seguirla a causa de su vértigo. Entonces, la joven se precipita al vacío. Encuentran su cuerpo destruido sobre un techo. Scottie se repone difícilmente de ese drama. Incluso lo atiende un psiquiatra. Unos meses más tarde, observa a una mujer que le recuerda a Madeleine. Logra abordarla. El espectador se entera, entonces, de que se trata efectivamente de la que él creía desaparecida. Se llama Judy y se hizo pasar por Madeleine para ayudar a Gavin Elster a deshacerse de su mujer arrojándola desde lo alto del campanario. Scottie, intrigado, le pide a la joven que se vista con la ropa de Madeleine, la mujer que amó. Judy se somete a todos sus caprichos porque está enamorada de él. Pero terminará traicionándose al ponerse el collar que tenía el día del drama. Entonces, Scottie la obliga a subir hasta lo alto del campanario. Ella termina confesando la verdad, pero se mata al caer accidentalmente.



Gran repercusión en la crítica

“Si no existe arte más que en la confusión, entonces Vértigo es la mayor expresión de la confusión artística. Confusión intelectual y confusión sexual. Sin duda, nunca Hitchcock liberó a tal punto sus fantasías, sus pulsaciones, su imaginario y su libido. Aquí el gran Hitchcock se deja llevar por la pendiente del más fatal romanticismo y necrofilia. Es la película del loco amor en la acepción surrealista del término. El amor más fuerte que la muerte.”

Michel Boujut, Les nouvelles littéraires, 22 de marzo de 1984

“Una película como Vértigo, que la mayoría de los especialistas de cine juzgó negativamente en el momento de su estreno, fue redescubierta después como una de las obras maestras de Hitchcock. Todos los críticos, todos los teóricos del séptimo arte lo piensan ahora.”

Robert E. Kapsis, Hitchcock, the making of a reputation.

“Desde cualquier punto de vista que se tome el film, todo vuelve allí: Vértigo es una historia de necrofilia. ¿La investigación que realiza el ex inspector James Stewart por cuenta de un amigo? Pretexto, ¿El descubrimiento, en la calle, de una mujer que se parece a una muerta? También pretexto, ¿La solución final, una vulgar estafa? Aún pretexto. El director hace la intriga imposible de resumir, manipula a sus personajes y, como de costumbre, aparece como extra panzón en el recoveco de una escena.”

François Forestier, L’Express, 29 de marzo de 1984

“La puesta en escena está conducida con tal maestría que uno respira como James Stewart, invadido por su obsesión. Hitchcock se atreve a una jugada de póker: revela la solución “racional” del enigma para cambiar de percepción. Y gana la apuesta. Nos incita a asistir con angustia al viaje de Ferguson hasta el extremo de su locura necrofilica que lo lleva a modelar un rostro y un cuerpo de mujer.”

Jacques Siclier, Le Monde, 19 de marzo de 1984.

“Para mí, Vértigo es una obra perfecta sobre el plano formal y de una pureza absoluta. Paralelamente, sus imágenes son de una belleza tan estupenda que el espectador se ve arrastrado al reino de la experiencia hipersensible donde la gente tantea dolorosamente para encontrar cierta estabilidad. Es una película de una madurez y de una profundidad de pensamiento que no dejan de inquietar.”

Donald Spoto, L’Art d’Alfred Hitchcock



Un escritor elige su escena de película favorita

Por Alan Pauls

Vi Vértigo por primera vez de chico, por televisión, pasada a blanco y negro y asediada por un contexto que sin duda no la favorecía. Comparada con Intriga internacional, cuya fachada de película de espías la convertía en un rehén televisivo dócil, incluso obsecuente, Vértigo tenía todo para escandalizar y aburrir (porque hubo un paraíso donde esos dos verbos eran sinónimos) al telespectador axiomático que yo era: psicología, música untuosa, trajes sastre grises, muchos problemas de peinados, cuadros antiguos y ese viejo que balbuceaba con un sombrero en la mano mientras una mujer le desorbitaba los ojos. Reprobé la película y la dejé de lado. ¿Qué pito podía tocar ese bodrio feminoide en un panteón donde reinaban el ridículo deportivo de La carrera del siglo, el glamour ítalo ilegal de Los siete hombres de oro, la ética triangular de Los aventureros, la mujer lingote de Goldfinger? No me di cuenta entonces, pero algo de la película debió quedar de este lado, conmigo, como cuando pegamos una etiqueta en la tapa de un cuaderno escolar y el resto de adhesivo que sobrevive de contrabando en las yemas de dos dedos empieza a besuquear todo lo que tocamos después.

Me di cuenta algunos años más tarde, cuando ya había nuevas autoridades en el panteón y –buscando seguramente alguna bikini que llevarme al baño– tropecé con un artículo sobre Hitchcock en Films & Filming, una revista que se coleccionaba en mi casa y traía (promediaban los años ‘70) portfolios muy serios de chicas desnudas y secuencias de orgías comentadas por los mejores críticos de la época. En una página había tres planos de Vértigo en serie: en el primero, Judy (Kim Novak) y Scottie (James Stewart) están en el cuarto de hotel de Judy; siguiendo las órdenes de Scottie, ella está vestida con el traje sastre gris de Madeleine (la muerta a la que idolatra) y se ha teñido el pelo de rubio; pero hay algo que falta para que deje de parecerse y sea Madeleine: que se recoja el pelo en ese rodete espiralado al que Scottie sucumbió alguna vez; en el segundo (un primer plano de James Stewart), Scottie espera que Judy vuelva del baño en un trance doloroso de ansiedad, con la boca entreabierta y los ojos llenos de lágrimas; en el tercero (contraplano del anterior), Judy, ya peinada como Madeleine, avanza hacia él muy seria, rígida como una poseída, bañada en el famoso resplandor verde, mientras su sombra se proyecta contra la pared del fondo y parece tomar un rumbo propio.

Ahí, en el cine de papel satinado de Films & Filming, vi tres cosas que no había visto: el color, esa morbidez gloriosa y casi física de cuyos generosos intereses sigue viviendo gente bastante original como David Lynch; el plano que venía inmediatamente después, que la revista no incluía pero hacía desear, con el beso extraordinario que corona la metamorfosis de Judy en Madeleine; la película entera –la historia de amor más tortuosa y razonable que haya filmado el cine contemporáneo–, intacta, como la había preservado en mí el olvido (que según Proust es el más poderoso de los conservantes y el único eficaz). El olvido, para ser justos, y la televisión, el medio donde la había visto por primera vez. Gozamos hablando mal de la televisión, y aunque ese goce sea el rasgo que más radicalmente la singulariza (a tal punto que podríamos decir que es del orden de la televisión todo aquello de lo que gozamos hablando mal), a menudo empaña algunos de sus efectos colaterales más benéficos: su función de formalizar el arte, por ejemplo. La televisión, que tenía la indiferencia, la vulgaridad y la voluntad de control necesarias para borrar a Vértigo del mapa, terminó conservándola, al menos para mí, telespectador arrogante y axiomático, como lo que en realidad era: un tesoro radiactivo.

Desde entonces vi Vértigo muchas veces. La enseñé, leí y escribí sobre ella y la adopté para corromper espectadores inocentes. Cada vez que vuelvo a verla (a menudo por televisión, cuando el control remoto literalmente choca contra la belleza de piedra de Kim Novak), cada vez que vuelvo a temblar con la espera de Scottie en ese cuarto de hotel, caigo en la evidencia de que, más que sobre el factor necrófilo o pigmalionesco de la experiencia amorosa, es una película sobre la imposibilidad de ver por primera vez. Sólo se ve demasiado tarde, dice Vértigo: sólo por segunda vez, y algo siempre ya visto. Deja vu. Platónica y fúnebre, esa condición de la visión (y del amor) dice también algo decisivo sobre el modo específico, absolutamente único, en que se da a ver un arte moderno como el cine.

Vi Vértigo por última vez hace algún tiempo. Cumplía años. Mi padre me regaló un ejemplar del diario La Razón del día en que nací. Lo hojeé con una mezcla de nostalgia, curiosidad científica y aprensión, como hubiera mirado a una forma rarísima de hermano gemelo. De todo lo que La Razón dice que sucedió ese día recuerdo sólo esto: que acababan de estrenar Vértigo en un cine de la calle Lavalle.



Fuentes: trelcovsky@yahoo.com.ar
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4743-2008-08-01.html
El cine según Hitchcock, por François Truffaut, Alianza Editorial, 1974

martes, 31 de enero de 2012

Buenas lecturas, Martin Scorsese.

MIS PLACERES DE CINÉFILO.


Por Nicolas Saada

Este libro nace de la voluntad de ver reunidos en un solo volumen el conjunto de los textos y declaraciones de Scorsese publicados por Cahiers du cinéma desde hace algunos años. Martin Scorsese habla con la misma precisión de sus películas que de los films de los otros, y estos textos de homenaje, testimonios o análisis brillantes transmiten un amor ilimitado por el cine, ya sea de ayer o de hoy.

Este libro retoma parcialmente el contenido del numero 500 de Cahiers du cinéma, en el que Martin Scorsese aceptó desempeñar el papel de jefe de redacción invitado. Tambien se incluye la entrevista concedida en 1995 acerca de su documental, codirigido con Michael Henry Wilson, A personal journey through American movies. A éstos se añaden numerosos textos, entre ellos uno inédito, una apasionante mesa redonda acerca de la historia y su representación en compañía de Simon Schama y Kent Jones.





Los únicos textos que no sonde Martin Scorsese son la entrevista con su montadora Thelma Schoonmaker, que aporta informaciones valiosas acerca de su trabajo, así como la filmografia, que tomamos prestada del libro Scorsese por Scorsese (publicado por Faber & Faber en Londres y por la editorial de Cahiers du cinéma en París).

Cineasta cinéfilo, Martin Scorsese une asi la practica de su arte con el recuerdo de las películas que han marcado su vida de espectador. Como los grandes creadores, Martin Scorsese nunca separa la vida de su trabajo. Ambos se reencuentran en un movimiento secreto, intimo, que se expresa tanto en sus películas como en sus textos, que a menudo son profundamente emocionantes.

La preparación del numero 500 es, sin duda, uno de los recuerdos más bellos de la redacción de Cahiers du cinéma. asociado a las pocas semanas pasadas junto a uno de los talentos más singulares y más potentes del cine norteamericano.

Más que una recopilaciÓn, este libro está construido como una variación en torno a tres ideas: la vida, las películas y el trabajo, a partir de las cuales se dibuja un índice en tres capitulos, independientes e insociables al mismo tiempo, a imagen de esta obra cinematográfica única en la que pasado y presente forman un todo. Cinéfilo pragmático, Martin Scorsese construye su pasión por el cine en forma de vinculo viviente, que busca la inspiración en la obra de los maestros para expresar su visión atormentada y apasionada del mundo. El amor al cine nutre permanentemente el deseo de hacer películas. Este libro intenta, muy modestamente, hacer participe de este amor y esta pasión al lector, sea éste cinéfilo o cineasta, con la esperanza de que al compartirlos se convierta un poco en ambos.


Mis placeres de cinéfilo, Martin Scorsese, Ediciones Paidós, 1998

domingo, 22 de enero de 2012

Werner Herzog y La cueva de los sueños olvidados.

Viernes, 30 de diciembre de 2011

WERNER HERZOG HABLA DE LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS, SU FILM 3D SOBRE LAS PINTURAS EN CHAUVET

“Un precedente completo del cine”

El realizador alemán explica la fascinación que lo llevó a encarar un trabajo ciertamente complejo, que incluyó riesgos para la salud: “Descubrir esa caverna fue como meterse de un solo golpe en una especie de museo paleolítico perfecto”.


Por Stephanie Wright *

A lo largo de su carrera, Werner Herzog había investigado la vida de la gente de pequeña estatura (También los enanos nacen pequeños), la de los sordos y ciegos (Tierra del silencio y la oscuridad), la de los vecinos de un volcán a punto de entrar en erupción (La Soufrière), la de los nómades del Sahara (Wodaabe, pastores del sol), la de los budistas de la India (La rueda del tiempo) y la de quienes viven en la Antártida (Encuentros en el fin del mundo), entre otras formas extremas de la supervivencia sobre la Tierra (y hasta fuera de ella, como en el falso documental astronáutico The Wild Blue Yonder). Más recientemente le llegó el turno de tomar contacto con los albores mismos de la humanidad, en una cueva ubicada en el sur de Francia. Todo comenzó con una nota publicada en la revista The New Yorker, que daba cuenta, con considerable retraso, del descubrimiento de una caverna, cuyas pinturas rupestres se estimaban de 30.000 o 35.000 años atrás: el doble de antigüedad que las conocidas hasta ahora. Herzog leyó el artículo en 2008 y poco más tarde ya estaba en contacto con el ministro de Cultura de Francia. Rendido por su admiración, Frédéric Mitterrand no dudó en conceder al autor de Fitzcarraldo el permiso para filmar en esa gruta, a la que hasta ese entonces y durante tres lustros sólo un reducido grupo de arqueólogos, geólogos y paleontólogos tenía permitido ingresar.

“Es el despertar del alma humana moderna”, afirma Herzog en la entrevista que sigue, maravillado aún por el encuentro con lo que constituye, hasta el momento, la más antigua manifestación artística del hombre. No es que los celosos custodios de la caverna le hayan dado vía libre a Herzog y su equipo. El realizador de Aguirre contó con sólo una semana y jornadas de cuatro horas, para transportar finalmente al espectador a lo que él define como “una cápsula del tiempo, perfectamente preservada durante 30.000 o 35.000 años”. Junto con Pina, de su compatriota Wim Wenders –y, más recientemente, Hugo, de Martin Scorsese, y, parcialmente, Twixt, de Francis Coppola–, La cueva de los sueños olvidados, estrenada ayer en la cartelera porteña, representa una de las avanzadas de lo que podría denominarse “3D artístico”. “Cuando vi el relieve de la caverna comprendí que el único modo de transmitir cabalmente la noción de ese espacio era filmándolo en tres dimensiones”, dice Herzog.


–¿Qué despertó su interés por las pinturas de la caverna de Chauvet?

–Un conocido me habló de la nota de The New Yorker y de inmediato sentí un enorme interés por el asunto. Desde la preadolescencia soy un apasionado por el arte paleolítico, cuando descubrí por primera vez un libro sobre el tema en una librería de Munich, donde nací y me crié.

–¿Su abuelo era arqueólogo, no?

–Sí, se llamaba Rudolph Herzog. A comienzos del siglo XX, durante unas excavaciones en Grecia, en la isla de Kos, dio con los restos de un monumento llamado Asklepieion. Estaba dedicado a Asclepios, el dios de la medicina para los griegos. Era algo así como un hospital y centro de reposo. En su juventud mi abuelo era un académico especializado en cultura clásica, enseñaba griego antiguo en la universidad. Pero cuando descubrió, en un texto antiguo una referencia al Asklepieion, decidió dejar atrás sus clases y partió a Grecia en busca de él, junto con mi abuela.

–¿No es acaso en la isla de Kos donde usted filmó su primera película, Señales de vida?

–Sí. A los 15 años había partido a Grecia para conocer el Asklepieion, siguiendo los pasos de mi abuelo, a quien amaba. Tiempo más tarde filmé allí mi primera película, en 1968.

–Volviendo a Chauvet...

–Descubrir esa caverna fue como meterse de un solo golpe en una especie de museo paleolítico perfecto. Es como una cápsula del tiempo, perfectamente preservada durante 30.000 o 35.000 años. No sólo eso: la calidad artística de estas pinturas, que están entre las más primitivas que jamás haya producido el hombre, es asombrosa. En verdad, frente a estas pinturas la propia noción de “primitivismo” parece errónea: se trata de un arte consumado, como si hubiera surgido ya totalmente acabado. Viéndolas, se tiene la sensación de que el despertar humano no fue algo gradual sino abrupto, repentino. Claro que lo abrupto es, en este caso, algo que insumió en total unos 20.000 años de historia.


–¿Qué sintió la primera vez que entró a la caverna?

–Uhhh... (suspira profundamente). Lo que sentí es indescriptible... Un sentido de asombro, de maravilla, que no tiene parangón. Eso es lo que quería transmitir al espectador con la película.

–¿A qué se refiere cuando sostiene que esas pinturas marcan el despertar del alma humana moderna?

–Me refiero a que son contemporáneas del Hombre de Neanderthal, y el Hombre de Neanderthal era un cazador sin producción cultural alguna. Por lo que se sabe, no dejó pictogramas de ninguna clase, ni instrumentos musicales ni esculturas. Nada... Al mismo tiempo, estos hombres de Aurignac desarrollaban un arte que aún hoy nos parece extraordinario. Quiero decir: tal vez el día de mañana nos enteremos de que hubo antes que ellos otros hombres haciendo pintura rupestre. Pero hasta que no sepamos eso, éstos fueron los primeros hombres en producir manifestaciones culturales, y a eso me refiero.

–La sensación de movimiento que transmiten las pinturas lo lleva a caracterizarlas como un posible proto-cine. ¿Se siente heredero de esos antiguos pintores?

–En un momento de la película hablo sobre las briznas de carbón que fueron halladas cerca del que llamamos “Panel de los caballos”, que servían para iluminarlo. Esas briznas están ubicadas de forma tal que, en el momento de encenderlas, la sombra del observador debía proyectarse sobre la pared. Lo cual da a pensar que esa sombra fue pensada por el artista como parte del propio panel. De ser así, esa puesta en escena sería un precedente completo del cine, en tanto incluye las ideas de representación, iluminación y proyección, en busca de lograr determinado efecto.

–Para poder filmar en la cueva tuvo que aceptar severas restricciones.

–Sí, y es comprensible. Tenga en cuenta que en otras cavernas, el turismo indiscriminado obligó a cerrarlas al público. Quiero decir, en el curso de las décadas la respiración humana, la transpiración, el aliento fueron afectando las pinturas, y ese daño es irreparable. Es por eso que para poder entrar en Chauvet nos fijaron una serie de condiciones innegociables: un equipo técnico de sólo cuatro personas, sólo equipamiento autorizado, pequeño y manual, tres paneles de luces y un estrechísimo puentecito metálico, que era el único camino que podíamos seguir. De ninguna manera estábamos autorizados a pisar el piso de la caverna o colocar un trípode para la cámara. Pero además había restricciones de tiempo: sólo una semana para filmar, a razón de cuatro horas diarias como máximo.

–¿El encierro no se volvía sofocante?

–Ocasionalmente sí. En un sector de la caverna, donde está el que se llama “Panel de los leones”, el nivel de dióxido de carbono es peligrosamente alto. En otras partes hay radiaciones bastante considerables de gas radón, que afecta los pulmones. Es un ambiente bastante tóxico y radiactivo.


–¡Y a usted no se le ocurrió nada mejor que filmar en 3D, que exige un equipamiento complejo, más pesado que una cámara digital común y corriente!

–Esa idea se me impuso unos meses antes de comenzar el rodaje, cuando las autoridades que están a cargo de la caverna me permitieron visitarla, sólo por una hora, para planificar el rodaje. Allí descubrí que las paredes no eran planas sino llenas de relieves, columnas, hendiduras, pendientes, estalactitas y estalagmitas. Por lo tanto, las propias pinturas no se apoyaban sobre superficies planas, sino que se adaptaban a esas irregularidades. Aquellos artistas las usaron, debería decir, aprovechándolas en función expresiva. Allí fue que comprendí que el único modo de dar cuenta de eso sería filmando en 3D.

–¿Cuál es su opinión sobre la explosión de 3D que está atravesando la industria del cine?

–Soy bastante escéptico con respecto a sus resultados. Creo que se trata de fuegos de artificio, y como tales tienden a taponar lo que le sucede interiormente al espectador cuando va al cine. Al ver una película uno de algún modo la reconstruye interiormente, crea como una segunda película, que es propia. Cuanto más fuertes son los fuegos de artificio, menos posibilidades de hacerlo, y creo que eso es lo que sucede con el 3D.

* Traducción, selección e introducción: Horacio Bernades.




LA CUEVA DE LOS SUEñOS OLVIDADOS, DOCUMENTAL EN 3D DIRIGIDO POR EL CINEASTA ALEMAN

Werner Herzog viaja a la prehistoria

Sin caer en la trampa del didactismo, el realizador da otra mirada a las imágenes creadas por el ser humano más antiguas.



Por Diego Brodersen


El siglo XXI encuentra al alemán Werner Herzog en una nueva etapa de producción, frenética y creativa, una suerte de renacimiento artístico que en realidad no es tal: el director de Aguirre, la ira de Dios no estaba muerto, sólo que sus películas no parecían correr en paralelo con el zeitgeist cinematográfico. Ahora su nombre goza nuevamente de los favores de los programadores de festivales y de la crítica en general y, tal vez por ello, productores de distintas extracciones aceptan sus proyectos y le acercan otros con la intención de tentarlo, tanto en el terreno de la ficción como en el documentalismo. Una de las características históricas del documental herzoguiano es hacer propio lo ajeno, en el sentido de acercarse a una idea, temática o personaje y, a partir de allí, construir una poética personal, partiendo de cierta instancia objetiva para transformarla completamente a través del filtro de su mirada.

Es el caso de algunos de sus films de no ficción más recientes como Encuentros en el fin del mundo (2007) o Grizzly Man (2005). Y también el de La cueva de los sueños olvidados, una fascinante investigación sobre la necesidad humana de crear y legar imágenes de su propia existencia y su entorno que, en más de un momento, semeja una película de ciencia ficción donde un grupo de astronautas descubriera los vestigios de una cultura alienígena. Sin alejarse del planeta Tierra, las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, descubiertas en 1994 en el sur de Francia, son las imágenes creadas por el ser humano más antiguas conocidas a la fecha. Unos 30 mil años atrás, esa región –como la mayor parte de Europa– era un territorio vasto y frío habitado por diversas especies animales, entre ellas los últimos descendientes del hombre de Neanderthal y los más evolucionados homo sapiens. Fueron éstos últimos los encargados de darles forma a las imágenes que decoran las paredes de esta gigantesca cueva, oculta durante milenios a la mirada humana –y a las inclemencias del clima– gracias a un desprendimiento de material rocoso que taponó su entrada, transformándola en una verdadera cápsula temporal.

Herzog y su reducido equipo técnico lograron un permiso excepcional para ingresar a la caverna y registrar en vivo y en directo esas ilustraciones paleolíticas. Para ello utilizaron una pequeña cámara 3D que, en determinados pasajes del film, logra transmitir las curvaturas y protuberancias de esa gigantesca tela con forma de muro y contagiar el sentimiento de prodigio espiritual, casi religioso, que todos aquellos que ingresaron en el lugar afirman haber experimentado. Pero también hay tiempo para admirar las estalactitas y estalagmitas que encuadran las diversas criptas, los huesos de osos y otros animales que habitaron el lugar, las pisadas y rastros de carbón que denotan la presencia humana. En otras instancias, La cueva de los sueños olvidados se acerca conceptualmente al audiovisual institucional por encargo, destinado a destacar las virtudes del equipo de científicos que investigan y protegen el lugar. Pero Herzog escapa de esa trampa más temprano que tarde, haciendo hincapié en la belleza de las pinturas –particularmente la de ese grupo de caballos que evidencia un enorme talento artístico alejado de cualquier idea de primitivismo– o bien tomando algunos desvíos excéntricos o irónicos, como ese científico que le saca las notas del himno norteamericano a la reproducción de una flauta prehistórica.

El documental parece en ciertos pasajes una oda solemne ofrendada a los albores de la inteligencia y la sensibilidad artística de la raza humana, enmarcada por la banda de sonido de Ernst Reijseger –grave y majestuosa– y la voz impostada del propio Herzog. Pero cuando se hace difícil discernir si el realizador se ha embrollado en la enredadera de la pretenciosidad, ahí está el inserto de Fred Astaire bailando con sus propias sombras o las imágenes de los cocodrilos albinos que cierran el film para certificar que La cueva de los sueños olvidados es un Herzog de pura cepa: más interesado en generar imágenes extrañadas y portentosas que en seguir un derrotero marcado por el didactismo o la divulgación.

La cueva de los sueños olvidados

(Cave of Forgotten Dreams)

Canadá/EE.UU./Reino Unido/Francia/Alemania, 2010)

Dirección y guión: Werner Herzog.
Fotografía: Peter Zeitlinger.
Montaje: Joe Bini y Maya Hawke.
Música: Ernst Reijseger.

Fuente: Diario Pagina 12, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-23935-2011-12-29.html

miércoles, 18 de enero de 2012

Cineastas de hoy: Daniel Hendler.

El director debutante.

Nuevo horizonte, el director de “El abrazo partido” presentó su opera prima como cineasta: “Norberto apenas tarde”. Es un film sobre el deseo.


Por Pablo Scholz

El festival de Toronto tiene por costumbre inaugurar sus ediciones con films canadienses, que no siempre siguen el rigor artístico de la programación internacional que alberga “Score: A Hockey Musical” de Michael McCowan, film que combina el hockey sobre hielo –pasión por estas tierras- con el musical, lo hizo anoche, en un Roy Thomson Hall, la casa de la Orquesta Sinfónica de Toronto, repleto. Es una manera de celebrar la pertenencia, el nacionalismo bien entendido, ante todo lo que se verá.

En un segundo viaje a Toronto, ya que acompañó a Ana Katz, su mujer, cuanto trajeron “Una novia errante”, Daniel Hendler sabe de qué se trata este festival “No creas”, bromea el actor y director, que presentó en función de prensa, y hoy mostrará al público “Norberto apenas tarde”, su opera prima. Lo acompañan la productora Micaela Solé, de Cordón Films, y el productor Sebastián Aloi. La comedia, por momentos dramática, es coproducción con Uruguay, donde se rodó. Trata sobre un personaje que prueba suerte como vendedor en una inmobiliaria, pero, hastiado de su vida y de su pareja, descubre en un curso de teatro lo que podría ser su vocación.


Fernando Amaral, el protagonista, es uruguayo como el director. “Cuando dirigí un taller de teatro en Montevideo lo conocí como alumno, y me quedó buena impresión de él. Escribí el guión hace un tiempo. Empezó siendo una película coral; luego lo reformulé: el personaje daba vueltas en el guión anterior, y me acordé de él.

¿Cuándo supiste que tenías ganas de dirigir?

Cuando empecé a actuar, no sabía que iniciaba una carrera como actor; integraba un grupo de teatro en el que todos dirigíamos y actuábamos. Luego, lo de actuar se volvió un trabajo, y empecé a vivir de eso. Se detuvo la experiencia de director. Había dirigido teatro en Montevideo, pero desde que vivo en Buenos Aires, hace seis años, tenía relegado el proyecto de director.

Hendler había realizado un cortometraje y codirigido otro par. “El que dirigí solo, trataba de una separación, y podía tener que ver con “Norberto…, pero el tono era distinto, era más romántico. Este film es más triste y, al mismo tiempo, tiene más humor, aunque no es chistoso”, prefiere aclarar.


En tus palabras, ¿Cuál es el tema que aborda la película?

La soledad, que no es el tema, pero tiene que ver también el deseo y la dificultad con él. Norberto está alienado en una vida que parece enajenarlo, no se da cuenta de lo que le pasa.

¿De qué no se da cuenta?

Está respondiendo ante el mundo exterior desde la persona que ha construido. Él se aleja de esa persona, y toma una decisión cuando a sus amigos y esposa les dice “quiero quedarme viendo esta obra, esperen un poquito, a ver qué me está pasando; ahí, inicia una aventura.


El actor de “El abrazo partido” tiene claro que no se dirigió a sí mismo. “Primero, porque no hubiera podido dirigir la película si actuaba, ni lo imaginé. En eso, tenés razón, mi mujer es más hábil –sonríe-, y el personaje tenía que ser un poquito mayor que yo”, Hendler exhibirá su film en la sección Horizontes latinos, en San Sebastián.








Nombre real: Daniel Hendler
Nacimiento: Montevideo, Uruguay 3 de enero de 1976 (36 años)
Ocupación: Actor, director de cine y teatro, guionista
Rol debut: Ariel Goldstein en Esperando al Mesías
Año de debut: 1996
Pareja: La actriz Ana Katz
Hijos: Helena


Filmografía

Como actor de cine

Mi primera boda (2011)
Los Marziano (2011)
Fase 7 (2011)
Socket 2 (2011; cortometraje)
Cabeça a prêmio (2009)
Los paranoicos (2008)
La ronda (2008)
Una novia errante (2007)
Derecho de familia (2006)
Cara de queso -mi primer ghetto- (2006)
La perrera (2006)
Los suicidas (2005)
Reinas (2005)
Whisky (2004)
El abrazo partido (2004)
El fondo del mar (2003)
No sabe, no contesta (2002)
El ojo en la nuca (2001; cortometraje)
Sábado (2001)
Todas las azafatas van al cielo (2001)
25 Watts (2001)
Esperando al Mesías (2000)


Como director y guionista

Norberto apenas tarde (2010)
Cuarto de hora (2004, cortometraje)36
Perro perdido (2002, cortometraje)
6 de enero (2001, cortometraje)37
31 de diciembre (1996, cortometraje)38


Como actor en televisión

Los graduados (2012)
Televisión x la inclusión (2011)
Los únicos (2011)
Cuando me sonreís (2011; un capítulo)
Para vestir santos (2010)
Mujeres asesinas (2008)
Aquí no hay quien viva (2008)
Epitafios (2004; dos capítulos) (miniserie)
Sin código (2004) (sin acreditar)
Mujeres en rojo: Despedida (2003; cortometraje)
Walter (2001-2002; campaña publicitaria para la empresa Telefónica)


Teatro

Apenas el fin del mundo (2007)39
Hamelin (2006)40
La vida Real Doméstica (Montevideo, 2002)41
Los magníficos (autor y director, Montevideo, 2001)42
La historia del soldado (Bs. As., 2001)43
Bulimia (Montevideo, 2000)44
Playback (autor y director, Montevideo, 1999)
Centurias (Montevideo, 1999)
El amateur (Montevideo, Porto Alegre; 1998)
La valija (Montevideo, Porto alegre, Manizales, Madrid, Barcelona, Miami; 1997)
Pequeños Asesinatos (Montevideo, 1997)
Bartleby, el escribiente (Montevideo, New York; 1996)
Berenice (Montevideo, 1996)
Rompiendo Códigos (Montevideo, 1996)
Crímenes y Resfríos (autor y director, Montevideo, 1996)


Premios

Festival Internacional de Cine de la Ciudad de México (2011) - Mejor guion por Norberto apenas tarde45
Festival Internacional de Cine de San Sebastián (2009) - Premio TVE por Norberto apenas tarde46
Festival de Lima (2009) - Mejor actor por Los paranoicos
Festival Internacional de Cine Latinoamericano de Biarritz (2008) - Mejor actor por Los paranoicos
Encuentros de Cine de Touluse 2004 - Homenaje
Festival Internacional de Cine de Berlín (2004) - Oso de Plata a la mejor interpretación masculina por El abrazo partido
Lleida Latin-American Film Festival (2004) - Mejor actor por El fondo del mar
Asociación de críticos del Uruguay (2001) - Mejor actor por 25 Watts
Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (2001) - Mejor actor por 25Watts
Asociación de Críticos de Montevideo (2000) - Actor Revelación por Esperando al Mesías
Premios Clarín (2000) - Actor Revelación por Esperando al Mesías
Premio Morosoli (2000) por su trabajo teatral en Uruguay47
Premio Cutcsa en la 13ª Muestra de teatro Joven (1996) - distinciones especiales al texto y la propuesta plástica por Crímenes y Resfríos



Fuente: Diario Clarín, suplemento espectáculos, viernes 10 de septiembre de 2010,
http://es.wikipedia.org/wiki/Daniel_Hendler

miércoles, 4 de enero de 2012

50 Películas que deberías ver: "Hasta el fin del mundo" de Wim Wenders.

Wenders y su desafío más grande.

Por Pablo O. Scholz


Fue –siempre- el gran desafío para Wim Wenders. Primero, cuando imaginó su historia catorce años atrás, estando de paso por Australia, y luego al estrenarla en septiembre de 1991 en Bonn, en la Alemania unificada. “Hasta el fin del mundo” era un eslabón más en su ajustada cadena de personajes trashumantes, viajantes sin rumbo fijo, por 1978, pero después de los éxitos de “París Texas”, 1984 y “Las alas del deseo”, 1987 se convirtió en un dilema. Con su película soñada, ¿Wenders mostraría preocupación por el público “mass media” o seguiría su trayectoria de veinte años en el cine de autor, y que venía desmenuzando desde siempre? A saber: un antihéroe en búsqueda de su identidad.

En enero de 1978, entonces, Wenders tenía 36 años y escribía la historia de un científico que mostraba a su esposa ciega imágenes de una catástrofe nuclear. En eso estaba cuando recibió un telegrama que luego maldijo haberlo contestado. Francis Ford Coppola quería conversar acerca de “Hammett”, proyecto que entre rodajes y peleas al alemán le insumió energías alternadas por cuatro años. Cuando retomaba la idea, surgían bosquejos de otras, sobre películas de más fácil realización. Por lo menos no pedían traslados por cuatro continentes. Tampoco un costo de 23 millones de dólares.

“Hasta el fin del mundo” tuvo 120 días de rodaje, cuyo registro filmó con un equipo total de 600 técnicos diseminados en Alemania, Francia, Portugal, Italia, los Estados Unidos, China, la Unión Soviética, Japón y Australia, y que le insumió catorce meses en una sala de montaje para alcanzar su versión óptima, la que lo satisfizo por entero. De nueve horas la bajó a seis. La definitiva, la que se conoció en Bonn, en Europa y los Estados Unidos, apenas duraba la mitad.

“Yo me veía como un narrador, era ante todo un realizador de imágenes. Y narrar, para mí, era alinear una situación detrás de la otra. Mi intensión en “Hasta el fin del mundo” fue contar un viaje de fin de siglo, una extrapolación de como se lo conoce en la actualidad. Así, los lugares y los personajes se cruzan nada más que
por incidencia.”



La francesa Claire (Solveig Dommartin) y el americano Sam (William Hurt) se persiguen mutualmente por quince ciudades.

El escritor irlandés Eugene (Sam Neill) parte en busca de su amada Claire, ayudado por un detective alemán (Rudiger Vogler), quienes a su vez son perseguidos por gente misteriosa y de otras nacionalidades. La razón por la que buscan a Sam es que posee una cámara que “hace ver” a los ciegos. Con la creación de su padre Henry (Max Von Sydow), escondido en algún lugar, Sam continua viajando y grabando las imágenes para que su madre ciega (Jeanne Moreau) pueda comprenderlas. Es el año 1999 y se avecina a la tierra un satélite nuclear, que está a punto de chochar con nuestro planeta.



“Es un film de ciencia ficción, trama policial y de amor”, resumió no muy convencido el director, que recurrió a su habitual modo de trabajo mientras duró el rodaje, esto es preescribir el guión por la noche, reprogramando escenas, diálogos y situaciones, para filma a la mañana siguiente.

No contó esta vez con el escritor Peter Handke (Las alas del deseo) en el guión. Sino con Peter Carey, luego de construir el esqueleto definitivo de la historia con Solveig Dommartin, la trapecista de “Las alas… y también su mujer. En el aspecto visual adquieren preponderancia los adelantos técnicos de que se valió el realizador de “El amigo americano” para la creación de las secuencias oníricas, utilizando video de alta definición.

Para la banda sonora de “Hasta el fin del mundo”, Wenders se dejó entusiasmar por lo que él definió “una buena colección de rock and roll futurista”. La banda incluye 17 temas, y entre ellos están los Talking Heads, Lou Reed, R.E.M., Elvis Costello, los Depeche Mode, el infaltable amigo de Wenders, Nick Cave, y los irlandeses U2 con Until the End of the World.



Angustias en la carretera

Por Claudio D. Minghetti


La idea de la que partió Wim Wenders para hacer “Hasta el fin del mundo” no aparece demasiado clara en el resultado. Pero nada tiene que ver que la copia que se estrenó en la Argentina difiera en su duración con la presentada en otros países (136 minutos frente a los 158 que se vieron en Estados Unidos y 179 en Francia). El film está claramente dividido en dos partes: empieza como una “road movie” ambientada en 1999, en un mundo invadido por la tecnología de las imágenes y al borde del apocalipsis. Después de una hora y media, para sorpresa de los que ya se había acostumbrado a las idas y vueltas de la supuesta protagonista, el film se convierte al “home movie”.

Claire Tourneur (Solveig Dommartin) es una mujer que quiere escapar de Eugene (Sam Neill), el intelectual aburrido con el que vivía, de la rutina y de sí misma. En su camino se tropieza con un dúo de ridículos ladrones de banco y termina siguiendo los pasos de Sam (William Hurt), un hombre enigmático, que también huye, empeñado en devolver a su padre el instrumento capaz de reconstruir las imágenes que registra –como una cámara- en el cerebro de los ciegos.



En la segunda parte, Wenders reniega de la estética del camino para sumergirse en un viaje crepuscular por el desierto australiano donde Sam se reencuentra con su padre (Max Von Sydow), un hombre de ciencia que quiere poner luz en los ojos ciegos de su esposa (Jeanne Moreau). Ellos forman parte de un “fin del mundo” que sólo tiene como manifestación externa la desactivación de los sistemas que responden a computadoras.

Wenders sigue atado a su obsesión por escapar de su país, incluso hasta el fin del mundo, para reconstruir su herencia y, en ese sentido, su propuesta es deliberadamente autobiográfica. A diferencia de otras obras de su cosecha –como “Alicia en las ciudades” y “París, Texas”, donde las historias eran transparentes-, en “Hasta el fin del mundo” la fractura en “road” y “home movie” complica la lectura. Sin embargo, todo el relato está signado por la mirada subjetiva que, por lo visto, responde a experiencias poco comprensibles para el espectador desprevenido. En buena medida, Claire Tourneur (su apellido es el de Jacques Tourneur, un director de films clase B amado por Wenders) es la misma Solveig Dommartin, trapecista en “Las alas del deseo”. Ella comparte su amor con dos hombres que, en realidad son uno mismo. El nómade Sam y el intelectual Eugene son, en realidad, las dos facetas del mismo Wenders.

La ruptura entre una y otra parte es contraproducente. Al ritmo sostenido de la aventura de Solveig se opone la parsimonia de ese otro viaje por el universo interior de Sam que, como el de Wenders, merece un análisis que supera los límites del cine. “Hasta el fin del mundo” es un espejo por el que se escapa Wenders en busca de respuestas, con una paisaje que resulta tan desequilibrado y heterogéneo como el modelo terminado, poco entretenido para los que piensan que el cine tiene que ajustarse a la realidad tal como la ve. Wenders, sin embargo, sigue convencido de que hacer cine es como soñar y llevar de la mano a otros soñadores por sus laberintos, aun a riesgo de caer en la monotonía.


Anomalía de Wim Wenders

Por Marcos Méndez

Hasta el fin del mundo (Wim Wenders, 1991) articula elementos de diferentes géneros introduciéndolos en un relato magmático en plena ebullición, invocando desde el cine de espías hasta la aventura más cosmopolita; desde el cine negro hasta la ciencia-ficción más desatada. Es este un filme más sensorial que intelectual, cambiante, ingenuo, de apariencia ridícula (por paródica), subordinado en buena medida al grado de complicidad que decida aportar cada espectador en el transcurso del viaje.



No importa tanto la línea argumental (o, mejor, la convergencia o divergencia de las diferentes aristas del relato) como la modalidad narrativa y los recursos de estilo que Wenders ha escogido para dar coherencia (y cordura) al guión multitentacular que escribió con Peter Carey. La homogeneidad estructural nace de la vivacidad de los colores, fríos o cálidos, la preponderancia de los objetos sobre las reacciones emocionales de los personajes y la cualidad cósmica de un espacio que gira entre lo teatral y lo paródico sin perder un ápice de personalidad.

Este último rasgo certifica el carácter desmitificador de la película en tanto coopera, junto a la radicalidad de la interpretación de Solveig Dommartin (compañera sentimental de Wenders por entonces), a poner de manifiesto la trampa de la ficción y desvelar el efecto de representación. Decía el propio Wenders tras El amigo americano (1977) que ya no existen ficciones inocentes, ficciones que no hagan referencia al cine, a sueños que ya han sido soñados. Si en el filme protagonizado por Bruno Ganz y Dennis Hopper trabajaba su parentesco con el cine clásico americano, en Hasta el fin del mundo Wenders asume esa influencia hasta ponerla en evidencia. La muerte del cine que presagiaba la magistral En el transcurso del tiempo (1976) se ha reconvertido en una desconcertante amalgama de ficciones impuras que van mucho más allá del orgulloso juego intertextual.



En este sentido, la depuración formal de las road movies wenderianas (Alicia en las ciudades -1974-, Falso movimiento -1975- y En el transcurso del tiempo) alcanza en Hasta el fin del mundo un punto de no retorno: podríamos decir que las interpretaciones de los actores en la película (fundamentales para entender el sentido integral del filme) son continuadoras de la anterior El cielo sobre Berlín (1987), mientras los recursos de montaje enlazan ya con la etapa wenderiana de los años noventa. El parentesco evidente con Ozu presente en sus primeros filmes se ha transformado en una despreocupación absoluta por cuestiones de ritmo que lastra este trabajo y los siguientes, muy lejos de las irresistibles sugerencias en la planificación presentes en sus mejores logros, En el transcurso del tiempo y París, Texas (1984).

"La depuración formal presente en las primeras road movies de Wim Wenders (Alicia en las ciudades -1974-, Falso movimiento -1975- y En el transcurso del tiempo -1976-) alcanza en Hasta el fin del mundo un punto de no retorno, cuando los recursos de montaje enlazan con la posterior y menos sugerente etapa del realizador, ya en los años noventa"

La última parte de la película, al margen ya de la historia de espionaje y ambientada toda ella en algún lugar de Australia, nos deja algunos de los mejores momentos, como aquel en que el satélite nuclear indio parece haber explotado provocando la quiebra tecnológica total: una avioneta cuya hélice deja de girar, relojes que no funcionan y una frase que los personajes repiten en diferentes idiomas: "es el fin del mundo". De fondo, el Blood of Eden de Peter Gabriel provoca un encantamiento total en el espectador a la vez que contagia a la película de una energía que las imágenes son incapaces de producir por sí mismas.



El espacio rural se une al ambiente retrofuturista del laboratorio que Henry Farber (Max von Sydow) utiliza para proyectar los sueños de las personas en una pantalla, para dejar clara la fuga de los protagonistas en el desenlace a partir de las historias escritas y los ritos atávicos de los aborígenes. Después de tanta parafernalia cientifista lo más memorable de Hasta el fin del mundo es la imagen de Eugene (Sam Neill) mientras pulsa las teclas de una vieja máquina de escribir en medio de la locura generalizada ante la necesidad (creada) de la memoria como imagen.

A veces parece que a los personajes de Hasta el fin del mundo les pasa un poco lo que a los de La letra escarlata (1973), cuya extrañeza ante los sucesos que puntúan el drama puede llegar a provocar una sonrisa paternalista en más de un espectador. Es la parte buena de los filmes frustrados: siempre puedes fingir que estás viendo una comedia.



Fuentes: Diarios Clarín y Pagina 12, noviembre de 1992,Kane 3, de España,http://www.kane3.es/dvd/hasta-el-fin-del-mundo.php