Julio Diz

Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 21 de agosto de 2018

El Angel, y la crítica de Quintin.



(Argentina, España, 2018)
Dirección: Luis Ortega. Guión: Luis Ortega, Rodolfo Palacios, Sergio Olguín. Elenco: Lorenzo Ferro, Chino Darín, Mercedes Morán, Daniel Fanego, Luis Gnecco, Peter Lanzani, Cecilia Roth. Producción: Hugo Sigman, Matías Mosteirín, Sebastián Ortega, Pablo Culell, Pedro Almodóvar, Agustín Almodóvar, Esther García, Leticia Cristi, Axel Kuschevatzky, Micaela Buye, Javier Braier. Distribuidora: Fox. Duración: 126 minutos.

Artistas y ladrones
Desde la primera secuencia, donde se presenta al protagonista mientras suena “El extraño de pelo largo”, queda claro que El ángel no es una película sobre un asesino múltiple, aunque comparta productores con El clan y explote el interés que despiertan los hechos criminales notorios. Carlitos es un adolescente rebelde, lindo, rubio y desenvuelto, que roba para sentirse libre y tiene veleidades de artista. En todo caso, es un ladrón o un asesino glamoroso como Billy the Kid, como Clyde Barrow o como Butch Cassidy en las películas respectivas. Y también es el Tanguito de Tango feroz, que no mataba a nadie pero también era un adolescente ingenuo, conflictuado, movido por el arte y la búsqueda del amor. El Robledo Puch de ficción es una criatura de la mitología y la tradición cinematográficas.
Desde su debut con Caja negra (2001), tres cosas quedaron claras sobre Luis Ortega: que tiene talento como cineasta, que le interesan los marginales y que es parte de una de las grandes familias del show-business argentino. El ángel es la prueba de ese talento y de ese interés, pero también un homenaje a su padre y al show-business argentino, del cual él mismo viene a ser un heredero inesperado pero nítido.



Dos escenas clave de la película tienen a Palito Ortega en la banda de sonido. En la primera, el amigo del protagonista se presenta como aspirante a estrella en un programa de televisión. Canta “Tengo el corazón contento” (en realidad, hace playback del disco de Palito). Carlitos lo ve desde una habitación de hotel y se imagina a sí mismo en la pantalla bailando con su amigo en el set. La escena está inspirada en un clip que Palito hizo con Marisol. El amigo, además, se llama Ramón, como el patriarca de los Ortega.
La película coquetea desde el principio con la androginia del protagonista, con su deseo por ese Ramón que es su compañero de escuela y luego de correrías delictivas, un Ramón que la va de macho pero se presta a ser el amante de Federica, un coleccionista de arte que lo vincula con el espectáculo. Curiosamente, nunca se ve a Carlitos en una escena homosexual explícita, pero sí se ve cuando Federica le hace una fellatio a Ramón (en Rocco y sus hermanos hay una escena parecida). La escena en la casa de Federica vincula a los ladrones con los artistas, a los pibes chorros que traen cuadros robados con el coleccionista y su mundo. Carlitos ve a Ramón con Federica pero también mira con asombro la tertulia que preside Fernando Noy. Lo atraen el lujo y la libertad del ambiente artístico, pero también la suntuosidad de las casas en las que entra a robar y en las que se siente cómodo, lugares que contrastan con la modestia de su propia casa pequeño burguesa con su padre estricto y su madre abnegada.
Pero volviendo a la escena en la televisión, Ramón ve en una posible carrera como cantante una salida del delito. En algún momento se dirá en la película que salvo los artistas y los ladrones, el resto de la gente tiene que salir a trabajar (hay un olvido curioso y significativo en esta taxonomía: los hijos de los ricos tampoco necesitan trabajar). Pero Carlitos lo ve de otro modo: lo que lo atrae del arte es que le deja el corazón contento, como la canción (la película podría ser contada siguiendo los títulos de las canciones). Una y otra vez el personaje deja en claro que el baile, las joyas, los cuadros, la atracción sexual, su propia audacia para delinquir son más importantes que el dinero.
Conviene observar, de todos modos, cómo es el arte que rodea la película, especialmente la música. En la banda de sonido no hay un solo tema que no esté en castellano. Los discos que roba y que escucha Carlitos son también locales. Pero hay una mezcla poco creíble entre los blues de Pappo o de Manal, el rock de Billy Bond, la balada de Gigliola Cinquetti y el rock-pop de El Club del Clan, el grupo de artistas latinoamericanos que inventó la discográfica RCA con enorme éxito y del que Palito formaba parte. Es raro que un joven de zona norte en 1971 no escuche música en inglés, pero la intención de Ortega es dejar afuera la música extranjera, o de filtrarla mediante covers traducidos. Incluso, El Club del Clan es anterior a la época en la que transcurre la película y varias canciones están un poco desfasadas en el tiempo. Pero el efecto es importante: la Argentina de El ángel se autoabastece de cultura, ya que los cuadros son nacionales, los temas musicales también y hasta las referencias son todas criollas (excluyendo una alusión irónica a Frank Sinatra, el gran ídolo de Palito). Hay un momento en el que mientras roban una joyería, Carlos y Ramón se miran en un gran espejo. Los dos tienen un arma en la mano, Carlos se puso joyas encima. Ramón lo toma del hombro y dice: “Somos Fidel y el Che”. Carlitos responde: “No, somos Perón y Evita”. En verdad son Bonnie y Clyde, pero en El ángel, todo está nacionalizado.
Así como las discográficas americanas inventaron una música para consumo latinoamericano (y lo volvieron a hacer décadas más tarde), los estudios cinematográficos decidieron en un momento aceptar, convivir y, de algún modo, cooptar los cines nacionales. Hoy el cine mainstream, el que se estrena con cientos de copias incluye las películas de superhéroes pero también El clan o El ángel (distribuida por Fox). Como espejo de lo que fue El Club del Clan en su momento, hay un cine para consumo local, un cine grande, profesional, con talento en todos sus rubros técnicos. Un cine que remeda el internacional de su época, menos idiosincrásico que el de la era clásica, pero hecho también en casa con altos estándares. Esto no ocurría hace veinte años, cuando el cine argentino era pobre en más de un sentido y estaba separado entre la via mainstream y la via independiente. Hoy, las promesas del ya viejo Nuevo Cine Argentino forman parte del mainstream mientras sus películas se siguen exhibiendo en los grandes festivales: Ortega, Trapero, Caetano, Martel, entre otros nombres, son los artífices del gran cine doméstico donde todo se mezcla, como se mezclan los estilos musicales en la banda de sonido de El ángel.
Ortega demuestra su talento de diversos modos. Por ejemplo, en la dirección de actores. No recuerdo una película argentina donde las actuaciones sean tan brillantes. Por supuesto el hallazgo del debutante Lorenzo Ferro, pero también Chino Darín como Ramón, Daniel Fanego como su padre y jefe de la banda en la que Carlitos empieza a delinquir profesionalmente, Mercedes Morán como su madre. Hasta Cecilia Roth está bien y no sobreactúa como la madre de Carlitos. También la ambientación es prodigiosa: El ángel tiene unas locaciones espectaculares. Creo por primera vez desde que escribo críticas voy a citar a la directora de arte o diseñadora de producción: se llama Julia Freid. Ortega filma con garra e imaginación y logra algunas secuencias memorables, como las ya citadas y como lo que marca la otra aparición de Palito en la banda de sonido, esta vez haciendo un largo cover con letra propia de “La casa del sol naciente”, una canción anónima enormemente versionada (sobre todo porque no paga derechos). La música empieza a sonar cuando Carlitos quema un coche que la banda usó para un delito y se ve una explosión hermosa. Luego, sin diálogos, sigue sonando en una escena muy onírica y poco clara, en la que Carlitos abraza a Ramón y este parece como drogado. Después Carlos maneja un auto en un larguísimo túnel (increíble locación) hasta que (por una razón que no entendí) se lanza contra un coche que viene de frente y lo choca.
Cuando la música termina, Ramón está muerto y allí podría terminar la película. Hasta ese momento, habíamos visto el ascenso criminal de Carlitos, pero también su infatuación amorosa con Ramón (y también con el padre de Ramón, veterano delincuente y drogadicto, quien le enseña a tirar), su descubrimiento de la pintura, de las joyas, su amor por las motos, por los autos, por las armas de fuego, por el riesgo. Es una sinfonía de sensualidad casi inocente, que le permite a Ortega evocar a su propio padre y jugar con la ambigüedad de su personaje, el ladrón que toca el piano y quiere ser artista.
En esa parte de la película, Ortega parece comprometido con su material y entregado a su personaje. Claro que ya habían pasado cosas complicadas. Carlitos había empezado a matar por impulsos repentinos ante situaciones de peligro. La aparición de Miguel (Peter Lanzani), un ladrón mitómano y paranoico le trae a la película un aire lumpen, costumbrista, rastrero. Muerto Ramón, desaparecida también de la escena Malena Villa, que hacía de dos gemelas novias de los dos amigos, solo quedan escenas de traición y de violencia, algunas filmadas vistosamente pero sin alma y El ángel se vuelve una película rutinaria, de chorros que se traicionan y de policías desagradables, corruptos y torturadores. Carlitos se fuga de la cárcel, pero ya el personaje no tiene la misma gracia y las escenas de su captura bordean un poco lo grotesco. En esa última parte, El ángel cambia de tono y de registro, acaso presionada por la obligación de filmar la caída del personaje, de reducirlo a su dimensión histórica de criminal después de haberlo glamorizado y se pliega así a la exigencia de sordidez que sigue pesando sobre el cine argentino. Ortega construyó su personaje como un ángel equívoco, alejado de su realidad histórica pero, en lugar de seguir acompañándolo, se limitó al final a justificarlo con excusas endebles: porque las víctimas son vigilantes, hampones, gente desagradable en general o porque Carlos es, en el fondo, la víctima genérica de una sociedad que no acepta que todo sea de todos.
La comparación entre ladrones y artistas puede funcionar hacia los dos lados. En esa última parte, los delincuentes invocan los códigos del hampa, pero no hacen más que violarlos y traicionarse. Algo parecido le pasa al film, que invoca el arte como un horizonte de liberación y de sensualidad pero, en un momento, deja de respaldar esa apuesta y se vuelve una película de género ordinaria (una vez más la mezcla de la banda de sonido). Allí, El ángel deja de ser un film sobre ladrones que quieren ser artistas para volverse un film en el que los artistas se comportan como ladrones.
Adenda
Me gustaría agregar una idea sobre la película que puede contribuir a aclarar la nota. El ángel está estructurada en base a una doble seducción, la del mundo del arte para el personaje y la del mundo de los ladrones para el director. Creo que la primera funciona mejor que la segunda y es la que más le interesa a Ortega, la inscripción de Carlitos (y de Ramón) en el mundo del arte, el espectáculo y la farándula argentinas de fines de los sesenta, un mundo del que su padre y su madre formaron parte y del que él y sus hermanos lo siguen haciendo en la actualidad. Cuando va en esa dirección, la película es luminosa y divertida, aun cuando se asome a la sordidez del hampa. En ese sentido, los padres de Ramón (el pesado matrimonio de Fanego y Morán) están en el límite: son sórdidos pero originales, son parte de una tradición antigua en la delincuencia. Incluso, el primer crimen de Carlitos, el tiro que se le escapa contra un estrambótico coleccionista de arte, tiene algo de surrealista. Pero cuando aparece en escena Luis, el personaje que hace Peter Lanzani, con sus clichés de tumbero moderno, la película se va dejando infiltrar por el consabido costumbrismo del cine argentino, se nacionaliza en un sentido distinto al anterior. Incluso empieza a moverse en el arco ideológico de la atracción morbosa por el mundo criminal y la corrección política que desemboca en subrayados, en la descripción grotesca de la policía y la sociedad en general. Creo que ese segmento de la película, el que sucede a la operística muerte de Ramón, es mucho más chato y a Ortega le interesa mucho menos. Así la película se apega al guión y se desarrolla, por así decirlo, a reglamento, el reglamento asegurador y de poco riesgo propio del costumbrismo.


© Quintin, 2018 | @quintinLLP


Extraído de http://www.asalallena.com.ar/cine/critica-angel-quintin/

Darín, Morán, y el nuevo film.


“¿Esto es solo cariño? ¿Es amor? ¿Es amistad?” | Ricardo Darín, Mercedes Morán y El amor menos pensado


Por Oscar Ranzani




El paso del tiempo puede consolidar una relación de pareja, hacerla más madura e indestructible o bien pueden emerger conflictos que estaban anquilosados y desatar una crisis profunda. Lo que les pasa a Marcos y Ana no es ni una cosa ni la otra. Hace veinticinco años que formaron matrimonio y ahora que su hijo decide dejar la casa familiar, ellos se dan cuenta de que no funcionan de la misma manera. Es cierto que no hay un desencadenante dramático y mucho menos doloroso, pero ambos deciden separarse. ¿El tiempo acomoda todo, como suele decirse? Mmmm... La vida de solteros les parece fascinante y excitante al principio, pero pronto se torna también monótona para ella y pesadillesca para él. Ricardo Darín y Mercedes Morán son quienes les dan vida a Marcos y Ana en El amor menos pensado, la ópera prima de Juan Vera, quien tiene una amplia trayectoria como productor y ahora debuta como cineasta. El film se estrenará el jueves 2 de agosto y permitirá a los espectadores reencontrarse con esta dupla exitosa, tras la participación de ambos en Luna de Avellaneda, de Juan José Campanella, estrenada hace catorce años. En este caso, se trata de una comedia romántica que, por momentos, tiene humor y en la que también participan Claudia Fontán, Luis Rubio, Andrea Pietra, Jean Pierre Noher, Andrea Politti, Norman Briski y Juan Minujín, entre otros. 


Los unos y los otros

 “Es una película que habla de las preguntas más frecuentes que nos hacemos en las parejas después de un tiempo considerable de estar juntos”, señala Morán en la entrevista con PáginaI12, de la que también participa Darín. “Ellos se preguntan si lo que los une es amor, si todavía están enamorados. Como la pareja está bien y no hay un conflicto que los atraviese, se interrogan: ¿Esto es solo cariño? ¿Es amor? ¿Es amistad? Ellos se hacen esa pregunta y ese es el disparador”, entiende la actriz. A su lado, Darín tiene su propia visión al respecto: “Si hacés foco sólo en los personajes centrales podés hacer un análisis del amor y la convivencia, el amor conyugal. Ahora, creo que la película va un poco más allá de eso porque hace una especie de muestrario de distintas posiciones frente a situaciones diversas en distintas relaciones de pareja”, sostiene.  



–¿Un mapa afectivo?

Ricardo Darín: –Lo hace un poco deliberadamente para poder volver a ocuparse de la pareja central, para alimentar un poco esa relación, pero hace un mapeo. 

–¿El punto de partida del conflicto es el nido vacío?

R. D.:–Es un disparador. El personaje de Mercedes dice: “No es eso lo que nos está pasando”. Y ahí es donde se ponen a intentar profundizar qué es lo que les ocurre a los dos. Y tiene que ver con cuestiones que son más personales que de pareja. Tiene que ver con qué le está pasando en la vida a cada uno y cuál es su pronóstico a futuro. Ella lo dice claramente: “¿Cuál es el próximo evento que va a ocurrir en mi vida? ¿Ser abuela?”.

–¿Estos personajes tienen miedo a envejecer?

Mercedes Morán:–No está desarrollado, pero están atravesando un momento de su vida donde el porvenir los inquieta, los interpela con muchas preguntas: ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mi deseo? ¿En qué me voy a convertir? ¿Qué somos nosotros? ¿Qué nos une? ¿Qué nos separa? Creo que siempre el paso del tiempo te interpela. A un adolescente también.

R. D.:–Eso que decís del deseo es claro. Normalmente hay como una especie de acuerdo tácito universal en que después de veinte años, en una pareja el deseo pasa a otro plano. Y esa es una de las preguntas clave: ¿Por qué pasa a otro plano? Es muy inteligente el guion desde ese punto porque plantea cosas individuales; son personales y metidas en lo que es el contexto de una relación de pareja. Fíjese que cada uno de los personajes (sobre todo los centrales) esgrime en determinado momento algún tipo de argumentación en función de lo que es la individualidad. Marcos dice: “Yo tengo miedo de quedarme quieto, de que no pase nada, que todo esté programado y sea todo previsible, no tener lugar para una sorpresa, no tener espacio para estar solo si se me canta”. 




M. M.:–Los personajes están atravesados por esos conflictos existenciales, y no saben, por estar en el medio de todos ellos, si atribuirlos a la relación de pareja o no. Esta no es una pareja que entre en crisis por alguna cosa concreta y cierta sino que los dos empiezan a hacerse todas estas preguntas y responden así.

R. D.:–Además, se permiten un recreo largo (risas). 

M. M.:–Me parece muy acertada la frase del cartel de la película: “Se casaron, se separaron y fueron felices”. Es como el anticuento, ¿no? Es el anticuento por excelencia. Y me parece que es atractiva porque derriba un montón de lugares comunes. 

–Es interesante lo que dicen acerca de la crisis porque los personajes no se sienten lastimados uno por el otro al separarse. En ese sentido, hay como un punto de llegada en la relación pero que puede transformarse también en un punto de partida, ¿no? 

R. D.:–Todo aquel que haya atravesado una situación complicada y tensa en una relación de pareja sabe que hay zonas, frases, palabras y cosas que no se pueden decir porque es un punto sin retorno. Cuando entrás en el nivel de la agresión, de pasar facturas o pelear por las estupideces más triviales del materialismo es muy difícil volver para atrás y reconstruir. Sólo es posible un universo como el que atraviesan estas dos personas teniendo en cuenta dos cosas: una, que se aman (y dicen que se quieren), y la otra es que no se han permitido atravesar ninguna situación conflictiva. Por eso es que es especial el foco en lo que le pasa individualmente a cada uno; es decir, no se han herido. 

M. M.:–Ellos deciden empezar a responderse esas preguntas que se les están armando en sus cabezas por separado, lo cual es una actitud súper respetable. Por supuesto, el punto de partida es cuando el hijo se va, pero termina algo que han hecho juntos, que es esta construcción o proyecto que llegó a su fin. Fue un éxito porque el hijo va en búsqueda de su destino. Y aparentemente, ellos se quedan sin una cosa en común para hacer. Entonces, es lógico que las respuestas a esto las busquen de manera separada. Me parece que la película desdramatiza algunos temas que está bueno hacerlo, como por ejemplo, la separación.



R. D.:–Lo desacraliza, lo pone en otra órbita. 

–Sin embargo, no está anulado el deseo de uno por el otro. Esa la impresión que queda...

R. D.:–No, esa es una cuerda que, además, no se cortó. Y probablemente mantengan la relación que mantienen, a pesar de estar separados. Hay tensión ahí, incluso sexual. 

M. M.:–Pero también es cierto que ellos no tienen encuentros sexuales estando separados, a pesar de que esa tensión existe.

R. D.:–Pero él la boludea un poco (risas).

–Gabriel Rolón dice que uno puede estar enamorado y, a la vez, desear a otras personas. ¿Qué piensan de esto en relación a sus personajes?

M. M.:–Te puede pasar que pongas el deseo en otro lado. Es el famoso vínculo que tuvimos en Luna de Avellaneda: a nuestros personajes les pasaba eso. Eran amigos, tenían una relación casi de hermanos y un día se atravesaron los papeles y sintieron un deseo, lo llevaron a cabo y al otro día ya estaba, ya había sucedido. 

R. D.:–Lo que pasa es que los deseos se agigantan en la medida en que te sentís muy alejado de ellos. Si los tenés más al alcance de la mano o tenés algún camino de acceso posible, a lo mejor se transforma en una cosa menos dramática o sacralizada. 

–¿Qué factor juega la nostalgia en cada uno de ellos?

R. D.:–No hablo concretamente de nuestros personajes en la película, pero tengo la leve sensación (y espero que me perdonen si esto es una barrabasada) de que el hombre está más cercano a la nostalgia que la mujer. La mujer tiene una reacción que me parece infinitamente más saludable: cuando hay que hacer la valija y mover, mueve rápidamente. Los tipos nos quedamos más enganchados con el tango, con la cosa...Yo me separé de mi mujer hace muchísimos años (por suerte nos volvimos a elegir, para decirlo de una forma perfumada) y yo estuve como tres o cuatro meses que me arrastraba por el piso; me paraba en la esquina de mi casa y hasta que no apagaban las luces de los cuartos de los chicos y del de ella no me podía ir. Se me ocurrían letras de tango, boleros, una cosa ridícula (risas). No digo que ella no lo haya padecido o sufrido pero tenía otra actitud. No sé si son todas las mujeres o es así ella.

–Acá hay una mujer. ¿Cómo lo ve?

M. M.:–Soy bastante parecida a la mujer de Ricardo en ese sentido. Yo tengo una incapacidad de sostener en el tiempo un bajón, una tristeza. No sé si es que me da mucho miedo, pero necesito dar vuelta la página. Y, a medida que pasa el tiempo, como soy consciente de que es menos el tiempo que me queda por delante, se me profundiza eso. No la voy a pasar mal. No es mi naturaleza sino una incapacidad porque me acuerdo que de adolescente me gustaba, por supuesto, regodearme en el dolor. Me veía llorar en el espejo. Había algo del sentimentalismo que me abrazaba con fuerza. Ahora soy más fría (risas).

R. D:–No, pero eso no es frialdad.

–Elabora más rápido los duelos...

M. M.:–Puede ser.

R. D.:–Sí, pero eso no es frialdad. Es el instinto de conservación de la especie. 

–Igual, el amor tiene algo de dolor, ¿no?, sin que llegue a ser patológico...

M. M.:–Por supuesto. No existe un vínculo profundo que no sea atravesado por todos los sentimientos. Así como hay deseo también hay un sentimiento paternal, maternal, de hermanos, de amigos. Por eso es tan indefinible porque es todo. 

R. D.:–Lo que pasa es que lo que más intoxica al amor es el sentido de la posesión. Hemos sido muy mal educados realmente. Hemos sido educados solamente para retener, para acaparar, para agarrar, para anudar. Muy pocas sociedades se encargan de educar a la gente para soltar, para liberar, para acompañar. Ahí entra a jugar el sentimiento de la posesión del otro; es decir, “si yo te quiero sos mío”. Y todos sabemos que no es cierto. 

M. M.:–Es tremendo, incluso desde el punto de vista de la ley: “Sos la señora de”. Después, ¿por qué se nos va a acusar de que el otro te quiera controlar y vos te pongas dependiente? Ya hay algo más que cultural: es algo legal que está marcando eso. Es perverso en ese sentido. Y yo creo que ese tipo de cosas no ayudan a que las relaciones sean exitosas. Si vos tenés que hacerte cargo de ocuparte y ser mi dueño y yo tengo que acostumbrarme a ser tu posesión es difícil que no jodamos esta felicidad que hoy nos toca. Entonces, no conduce a relaciones muy exitosas ni para los hombres ni para las mujeres. 

R. D.:–Por eso, hoy muchos chicos están eligiendo el camino de la experimentación. No se casan a priori, como ocurría décadas atrás que vos veías gente que se casaba tan temprano. Y eligen experimentar sin lazos formales o legales: “Vamos a ver qué pasa”, dicen. Me parece que es como buscar un punto de equilibrio frente a esto que vos decís que es tal cual.

M. M.:–Sí, son unas construcciones tremendas que las hemos naturalizado y nos hemos sentido fracasados cuando no nos fue bien. Hay que cruzar este océano. No es la tormenta creada. No es fácil por más buenas intenciones que tengas.

–Igual, esas cosas se están derribando por la lucha de las mujeres y la reivindicación que han logrado en los últimos tiempos, ¿no?

M. M.:–Sí. Yo soy una convencida de que esta lucha de igualdad de derechos va a contribuir a un mundo más feliz para hombres y mujeres.

–Para encontrarse con uno mismo, como lo buscan estos personajes, ¿hay que estar en soledad?

M. M.:–A veces, ayuda para empezar porque no estás escuchando otra voz que las propias.

R. D.:–En el caso de la esquizofrenia ni hablar (risas).

M. M.:–Hay que empezar a discriminar de todas las voces interiores que escuchás cuáles hablan de deseo, cuáles hablan de mandato, etcétera, pero no como un estado permanente. A mí me gusta. Cada tanto, necesito estar en soledad. No me asusta. Me entretengo. Y me gusta también cómo salgo de ahí para reencontrarme con mis afectos. Hay algo de poder tocar esos opuestos y revalorar las compañías. Nunca lo he padecido porque tampoco nunca estuve condenada a largos períodos de soledad. A lo mejor, si me sucediera eso, no diría lo mismo. Pero para mí ha sido de mucha utilidad. 

R. D.:–Hay momentos y momentos. Hay momentos en que estás más encimado sobre el otro. Hay como una intención inconsciente de formar con la otra persona una unidad. Es como una tendencia casi animal que, en muchos casos termina arrojando como resultado un producto que es precisamente producto de esa fusión. Después, hay otras etapas en la vida, donde el ensimismamiento no contribuye ni a la claridad ni a la salud de la relación. Yo adoro la soledad. Por suerte, con mi mujer tenemos una casa grande y casi diría que tenemos espacios, donde podemos estar en soledad. Mi mujer es una ermitaña por naturaleza y yo creo que también en un punto. Entonces, nos juntamos y nos acercamos cuando nos andamos buscando. Y es muy gracioso porque nos andamos buscando seguido y, a veces, en forma circular (risas). Yo voy por un lado y ella está viniendo por el otro. Esa es la parte humorística de esto. Pero quiero decir que es muy bueno tener períodos de soledad con uno mismo para ser reflexivo y para desintoxicarse de todos los deseos del otro que, en muchos momentos, se puede confundir una cosa con la otra. Hay una negociación permanente y decís: “¿Qué vamos a ver?”, “¿Qué vamos a comer?”. 

M. M.:–No sabés si tomás sopa porque te gusta o porque el otro te la prepara (risas).

R. D.:–Bueno, yo he incorporado elementos alimenticios a mi dieta que aborrecía, pero no me ha quedado más remedio. Si no, me cagaba de hambre (risas). Ahora, estoy comiendo vegetales y legumbres todo el tiempo, que son muy buenos y se lo agradezco, pero son cosas que ni mamado hubiera probado (risas). 


Fuente: https://www.pagina12.com.ar/131576-esto-es-solo-carino-es-amor-es-amistad

miércoles, 15 de agosto de 2018

Una mujer, una pantalla y millones de amantes.

Julia Roberts

El mundo y las cámaras se enamoraron de ella hace ya 29 años, cuando la vieron dentro de una bañera llena de espuma en "Mujer bonita". Viv era el tipo de prostituta con el que más de uno hubiera querido casarse. Desde entonces, con algunos días mejores que otros, el romance perdura.




Por Manuel Ledesma
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Debe ser bastante incómodo que absolutamente todos estén esperando que uno haga algo específico, muy específico, sin variantes, durante toda la vida. Les pasa a los escritores de misterio que no pueden cambiar de género; a los cantantes que no se pueden sacar de encima un hit; le pasó a Adam West con la capa de Batman y también le pasa a Julia Roberts. Todo el mundo querria que siempre hubiera en cartel una comedia romántica con ella de protagonista. Como "Mujer bonita" (1990), como "La boda de mi mejor amigo" (1997), como "Un lugar llamado Notting Hill" (1999). Siempre joven, siempre encantadora, siempre con esa risa de boca enorme y llena de dientes. Sin embargo, hace rato que a Julia ese tipo de papeles la tienen un poco harta. Y también está cansada de que en las conferencias de prensa le pregunten si ya sentó cabeza y si va a interpretar, finalmente, a mujeres de su edad. Esto ocurre invariablemente desde hace años, cuando ganó un Oscar  por encarnar a la tan llamativa como obstinada Erin Brockovich.

Desde ese entonces, la filmografia de Roberts se nutrió de dramas como "Confesiones de una mente peligrosa" (2002), films de acción como "La gran estafa" (2001) y también comedias, pero no las tradicionales historias románticas, sino otras más ácidas, como "La pareja del año" (2001). "Creo que al estar en una película con chicas jóvenes logra transmitir mi edad de manera muy clara, ¿no?, comentó, cortante, la última vez que le hicieron la preguntita de la edad, en el estreno de "La sonrisa de Mona Lisa" (2003), donde encarnaba a una profesora de un colegio muy tradicional en la década del '50. Lo cierto es que, en ese momento,  Julia estaba bastante tensa porque hacía tiempo que trataba de quedar embarazada de su marido, Danny Moder.

La historia de Julia con su esposo es un capítulo aparte, que bien podría haber sido tomado de una de sus películas. Resulta que este buen chico se desempeñó como camarógrafo en la producción de "La mexicana" (2001), Allí conoció a la actriz quien inmediatamente se convirtió en el amor de su vida. Al principio fue un romance turbulento, porque Moder estaba casado con una conocida maquilladora y Julia tuvo que enfrentar a los que la acusaban de "destruye hogares". Pero poco después las aguas se calmaron y la actriz, como casi siempre, se salió con la suya. Se casó con este reservado y tímido hombre, que tuvo que empezar a acostumbrarse a estar del otro lado de los objetivos de las cámaras. Julia lo defendió en un reportaje dado a la revista "In Style". "Siento que mi matrimonio es muy especial y que no hay quiebres, por donde se lo mire. Por lo mismo, cuando veo que publican cosas sobre nosotros, siento que Danny es simplemente un inocente observador. No es justo para él, que no está acostumbrado a esta exposición".

Ahora la preocupación de Julia por no quedar embarazada llego a su fin: la actriz esperó y tuvo mellizos. Cuando se dio a conocer la noticia, durante la filmaciones de "Llevados por el deseo" y "La nueva gran estafa", sus representantes se apuraron en contar que la familia de Julia tiene un largo historial de mellizos, pero todo indicaría que la pareja se habría sometido a algún proceso de fertilizaron asistida para conseguir finalmente tener descendencia.

Vaya suerte la del premiado director Mike Nichols, responsable de "Llevados por el deseo", adaptación cinematográfica de la obra de teatro "Closer". Primero había tenido que dejar de lado en el casting a Cate Blanchett debido a su avanzado embarazo y luego se encontró con la dulce espera de Julia Roberts, que había llegado a la película como reemplazante de Blanchett.

Julia reconoció que su participación en esta película, fue fortuita "No fui la primera opción del director, y la verdad es que ni siquiera me había caído bien la obra cuando la vi en Broadway. Los personajes son demasiado perversos, demasiado antipáticos". Pero en vez de alejarse del cuestionable comportamiento de Anna, su personaje, Roberts decidio explorar sus virtudes y flaquezas, para profundizar en ellas y construir un personaje creíble.

Para romper el hielo con su nueva compañera en "Llevados por el deseo", el primer día de filmación la joven Natalie Portman le regaló a Julia un colgante con un insulto que refiere al carácter del personaje de Julia y a cierta parte de la anatomía femenina (una pista: empieza con "c" y termina con "chuda"). A Julia, una famosa mal hablada de Hollywood, le encantó el regalo, y finalmente disfrutó de participar en el film. "Creo que Mike Nichols sabe transmitir esa avidez de la gente de querer estar más cerca del otro, cerca de algo realmente valioso de la vida. Los personajes buscan en verdad que quizá ninguno de ellos experimente jamás. Eso es lo que secreta o inconscientemente están tratando de lograr", comentó la actriz. Y uno no puede evitar pensar que tal vez sea eso, "algo realmente valioso de la vida". lo que está buscando esta actriz desde hace unos años. Probablemente la respuesta esté en su vientre y seguramente ella también lo intuye. Por eso vendió su casa en Venecia y la cambió por otra mansión en Los Ángeles, más reservada y a salvo de fotógrafos. Por eso, también, anunció que no volverá a trabajar hasta nuevo aviso, para dedicarse a criar a esos bebés que llegan.


Fuente: Revista Cinemanía, número 8, Diciembre de 2004.



lunes, 13 de agosto de 2018

El imperio del sol, el niño que crecía demasiado deprisa.



El P-51, el Cadillac de los cielos!

-Jim Graham

Lo que nadie le puede negar a Steven Spielberg es su capacidad de trabajo, y su interés por proyectos que no aporten algo nuevo a una filmografía densa y dilatada, sobre todo teniendo en cuenta la complejidad de algunos proyectos, y la naturaleza de gran acontecimiento de muchas de ellas. El color púrpura’ era su primera película, por decirlo de una manera grosera, ‘de prestigio’ para los norteamericanos, ‘de autor’ quizá para una mentalidad europea. Sin embargo no logró ninguna estatuilla de su academia, y al igual que Martin Scorsese, ese era uno de sus sueños.


Desde pequeño, Spielberg estaba obsesionado con los pequeños cazas de guerra, concretamente los de la Segunda Guerra Mundial, evento que, además, es considerado por el cineasta como el más importante del siglo XX, y al que ha intentado hacer justicia con varias películas, la primera de las cuales fue la fallida ‘1941’, y la segunda esta extraña, irregular y a ratos hermosa ‘El imperio del sol’, que hoy sigue siendo considerada una de las películas que forman el ramillete de las “fallidas” de su director.

La pérdida de la inocencia

Este es sin duda el tema de esta película, que de manera obvia impregna todas las secuencias en las que un jovencísimo Christian Bale. En realidad, es uno de los temas mayores de su director, junto a nuestra fragilidad frente a los caprichos de la naturaleza y a nuestra imperfección moral. Adaptando la novela semi-autobiográfica de J.G. Ballard, el director se acerca por primera vez, con un estilo ambicioso y serio, a una tragedia de proporciones globales pero personalizado en la figura de un chaval privilegiado que, de pronto, se verá completamente solo en un entorno absolutamente hostil, al que tendrá que adaptarse o morir.
John Williams volvió a trabajar con el director (y le dio uno de sus más sentidos y menos recordados trabajos), y Allen Daviau, el director de fotografía, lo hizo por última vez. El director le pidió que emulara la luz y la densidad de imagen propias de un filme de los años 50, y para ser justos hay que decir que lo consiguió plenamente. No en vano este proyecto ya había pasado por las manos del gran David Lean (y era una historia ideal para él), un director tan admirado por Spielberg que cuando él tomó las riendas le ofreció a su ídolo dirigirla, aunque ya era demasiado tarde.

Fanático irredento de El puente sobre el río Kwai, es imposible observar el tratamiento de los soldados japoneses en esta película sin acordarse de aquella de forma contínua. Claro que la aventura del coronel Nicholson resulta bastante más emocionante, y a la vez contenida (ese extraño “toque Lean”), que la de James Graham, ese niño con voz de ángel que experimentará una larga estancia en el infierno una vez le corten las alas.


Christian Bale debutaba en esta película, después de algunos trabajos televisivos. Después de la excelente dirección de actores infantiles que Spielberg desplegó en ‘E.T.’, parecía muy seguro de sí mismo a la hora de guiar a un chico con un potencial evidente, pero tendente a interpretar en exceso sus secuencias. Bale es, hoy día, uno de los actores jóvenes norteamericanos más conocidos y de mayor proyección del mundo. Y Spielberg puede presumir de haberle descubierto, pero no quizá de haberle ayudado a componer una gran interpretación.




Hay un gran mérito en hacer recaer todo el peso de la historia a un chaval casi sin experiencia, y salir vivo de ello. Bale se dejó literalmente la piel en este difícil trabajo, pero hemos de decir que, aunque muy esforzada su presencia, son demasiados los altibajos que la jalonan, y es cierto que por momentos está insufrible. Para entendernos: Bale es un chaval tan brillante como actor, intenta interpretar tan bien, que se pasa varios pueblos muchas veces, por lo que su interpretación es demasiado obvia. Le ha pasado en otras películas posteriores, ya adulto. A este muchacho hay que contenerle.
A su lado, John Malkovich da vida a uno de sus personajes más apasionantes. El hombre está muy bien, aunque quizá, por contra, demasiado contenido. Pero es uno de los aspectos más notables de la película, pues siempre le observamos con los ojos del chaval, y el aura, finalmente, que obtiene este personaje es indescriptible, casi mística. Spielberg se muestra magistralmente inteligente a la hora de dirigirle, y siempre que está en pantalla la película sube varios enteros.

Conclusiones

Bienintencionada, con un punto de autocomplacencia incontestable, al final le acaban pesando a este buen ‘Empire of the Sun’ su irregularidad y su excesiva duración. Y da la impresión de que Spielberg se lanza en pos de una seriedad y una trascendencia algo forzada, sin creérselo del todo. A su lado, ‘El color púrpura’ parece un relato no sólo mucho mejor acabado, sino más rotundo, menos impreciso.
Pareciera como si Spielberg pidiera permiso para entrar en el grupo de los directores consagrados, importantes o prestigiosos, en lugar de reclamar el puesto que le pertenece. Filma con talento, muchísimo, pero sin convicción, con timidez, como si los grandes logros obtenidos hasta entonces, más que refrendarle, le lastraran. Y esta sensación aún duraría un tiempo con sus películas más ambiciosas.



Extraído de Blog de cine.

Galanes de guante blanco.

Las nuevas aventuras del grupo de estafadores liderado por Danny Ocean

Dirigida por el afamado Steven Soderberg  y con un reparto de lujo, como sus dos antecesoras, esta película narra una historia de venganza con mucho estilo y buen humor.




La banda de ladrones más cool y glamorosa de los últimos tiempos vuelve a la pantalla grande con "Ahora son trece", la tercera y última entrega de la exitosa saga de "La gran estafa". Una película que desde su título anuncia la inclusión de un décimo tercer pez gordo, en un elenco plagado de mega estrellas que permanece casi intacto, nada más y nada menos que el grandioso Al Pacino.

El nuevo objetivo  de los chicos dirigidos por Danny Ocean (George Clooney) no es económico, sino que se trata de algo muy personal: ayudar a un amigo en problemas. Reuben Tishkoff (Elliott Gould), amigo y mentor de Danny, termina internado en el hospital luego de ser traicionado por su socio, el despiadado empresario hotelero Willy Bank (Al Pacino). Ante este escenario, Ocean recurre a sus compañeros de siempre para planificar una venganza memorable que consiste en destruir a Bank durante la noche de su mayor triunfo: la apertura de un nuevo casino, llamado muy apropiadamente "The Bank". El plan ideado para esta ocasión resulta ser el ambicioso y arriesgado que haya encarado la banda hasta el momento, ya que la estrategia consiste en dos etapas. Primero intentarán arruinar financieramente a Willy, saboteando las mesas de juego de su casino para que todos los jugadores hagan quebrar la banca. Pero el golpe de gracia lo darán en el centro del orgullo de Bank, cuando intenten destruir su alta reputación como hotelero.




Coordinar ambas maniobras es algo muy difícil , y, además, se sumará un contratiempo económico que retrasará los objetivos de la pandilla y los obligará a solicitar ayuda financiera para llevar a cabo el plan. A primera vista, el villano de las dos primeras sagas, Terry Benedict (Andy Garcia), sería la última persona de la lista para pedirle un favor. Pero la situación es tan complicada que no queda otro remedio. Luego de una negociación, Terry acepta sumarse al proyecto pero, como contraparte, solicita unos famosos collares de diamantes, propiedad de Bank. Ahora la banda no sólo tendrá que concentrarse en su venganza, sino que también deberán robar el tesoro más preciado del malvado hotelero, custodiado por un sistema de seguridad muy complejo y efectivo.




La mision es complicada, peligrosa y practicamente imposible.... pero no hay límites para este grupo de ladrones cuando se trata de ayudar a un viejo y querido amigo.

El reparto de este film seguramente es la envidia de cualquier superproducción cinematográfica, ya que participan actores tan destacados como Al Pacino, George Clooney, Brad Pitt, Matt Damon, Andy García, Don Cheadley, Bernie Mac, Casey Affleck, Scott Caan, Eddie Jemison, Shaobo Qin, Carl Reiner y Elliott Gould.  Para esta edición, en la que no interviene Julia Roberts ni Catherine Zeta Jones, la figura femenina será Ellen Barkin, una talentosa actriz que sin lugar a dudas está a la altura de sus compañeros de reparto. Ella interpretará el personaje de Abigail Sponder, la mano derecha de Willy Bank. Sin embargo detrás de cámaras, "Ahora son trece" tiene un equipo de lujo, encabezado por el director Steven Soderberg, reconocido por sus trabajos en "Sexo, mentiras y video", "La gran estafa" y "La nueva gran estafa".



Otro de los aspectos interesantes de esta película es que "la escena del crimen" vuelve a situarse en Las Vegas, como en "La gran estafa". Un ambiente que resulta mas que adecuado a la hora de narrar una historia de bandidos que intentan estafar al dueño de un casino. Mientras que algunas escenas exteriores se rodaron en "la ciudad del pecado", el resto de las tomas fueron hechas en un viejo estudio de sonido, reacondicionado por un equipo de producción como elegante y fastuoso casino.


Las cartas estan echadas y todo hace pensar que la Warner Bros., en asociacion con Village Roadshow Pictures, jugará uno de los mejores naipes que tiene bajo la manga para este año. El resultado de la combinación entre grandes figuras del cine y una buena historia de venganza, llena de accion y humor inteligente, hacen que "Ahora son trece" sea una película que se espera con mucha expectativa.


Fuente: Revista Miradas