Julio Diz

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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de Woody y todo lo demás, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 31 de mayo de 2015

Al cine con amor y Roger Ebert.

Una vida de películas.

Se estrenó Al cine con amor, el documental sobre Roger Ebert, el crítico que hizo su carrera en Chicago, desde la periferia, lejos de los circuitos de prestigio de Nueva York o Los Angeles. Y más tarde, gracias a la televisión, se convirtió en un personaje popular que intentó democratizar la crítica con verdadero espíritu divulgador.



Por Paula Vázquez Prieto

Una voz metálica, casi irreal, sale de la computadora de Roger Ebert en sus últimos meses de internación, hacia fines del 2012. Ha perdido sus cuerdas vocales debido al cáncer, pero aún lucha con ahínco y voluntad desde la cama de un hospital donde lo visita su familia y Steve James, amigo y documentalista, que registra con su cámara esas imágenes casi evanescentes. Entre sábanas, anotadores y tubos de succión, Roger Ebert recuerda y reconstruye su vida de película, no sólo la de las aventuras vividas sino la de las imaginadas. “Nací dentro de la película de mi vida. No recuerdo cómo fue que entré en ella pero aún continúa entreteniéndome”, es la frase que aparece en el inicio de Life Itself –estrenada el jueves pasado como Al cine con amor– como declaración de pertenencia a ese mundo donde el cine no sólo es parte fundamental de la vida, sino que es la forma de conectarse con ella, de hacerla más real, más concreta. La historia de Ebert (quien finalmente falleció en abril del 2013) que Life Itself erige a partir de retazos de su pasado, de fotos viejas y recortes de diarios, del testimonio de directores consagrados como Martin Scorsese o Werner Herzog, de las anécdotas de sus compañeros de trabajo y de las lágrimas de su familia, es atractiva en sí misma más allá de los pergaminos del crítico y ganador del Pulitzer; es lúdica y atrevida por momentos, cálida y emotiva en otros, escapando a cualquier solemnidad o intento de hacer de su personaje un monumento.





Pero, ¿quién fue Roger Ebert? Lo vemos en su ciudad natal de Urbana, en el estado de Illinois, como un chico gordito de anteojos gruesos encerrado en esas fotos en blanco y negro que se conservan en los arcones familiares, tenaz y persistente en la vocación de la escritura que quiso ir a Harvard en los ’60 siguiendo a Kennedy, pero que terminó de redactor en The Daily Illini mientras estudiaba en la universidad local. En la película de Steve James (director de documentales como Hoop Dreams y The Interrupters) esta insistencia rayana en la obsesión define la supervivencia de Ebert en un mundo donde los patrones culturales se edifican en el centro, en ciudades como Nueva York para cierta elite intelectual liberal, y en Los Angeles para un sector más frívolo pero que, en definitiva, es quien maneja los negocios. Ebert coqueteó con el cine desde la periferia, desde una ciudad como Chicago, donde hizo pie después de su partida de Urbana, donde cayó en la columna de crítica del Chicago Sun-Times casi como un paracaidista. Su escritura sencilla y casi a borbotones lo hizo omnipresente y su atención a lo que surgía lo convirtió lentamente en un personaje a tener en cuenta. Bares, alcohol, frío polar, escenas de Bonnie & Clyde, todo ello formó parte del cóctel de la juventud de Ebert, tiempo fértil para ver y hablar de cine, días de gloria de la crítica como estímulo de un cine que rompía estándares y celebraba el riesgo como fueron los años de emergencia del Nuevo Hollywood y los vientos huracanados de los ’70.


Sin embargo, si hay algo que la película de Steve James tiene en claro es quién no fue Roger Ebert. Sí fue el guionista de Más allá del valle de las muñecas (1969), del mítico Russ Meyer, seducido por esos posters de mujeres voluptuosas de armas tomar que serían el emblema de un erotismo insurgente que anticipaba el explotation de la década siguiente; sí fue un conferencista serial gracias a sus histriónicas performances sobre el escenario y su espíritu divulgador y, por supuesto, sí fue el crítico del mainstream estadounidense más allá de sus defensas de algunos cineastas independientes o contraculturales. Pero Ebert se convirtió en una figura popular en Estados Unidos gracias a la televisión, no debido a la acidez de su pluma crítica. Por ello nunca tuvo el prestigio de críticos como Andrew Sarris, quien hizo de la teoría de autor de la revista francesa Cahiers du cinema todo un estandarte en su lectura del cine clásico, ni de Pauline Kael, aquella lúcida guerrera del discurso que hizo de la crítica una forma de arte como lo había anticipado un siglo antes Oscar Wilde. El camino de Ebert fue otro, y así lo atestigua cada minuto de Life Itself: ni su premio Pulitzer de 1975 ni su reconocimiento póstumo son tan esenciales como su intento de acercarse al espectador, como su constante devoción por instalar –con mayor o menor éxito– la discusión como parte integrante de la experiencia fílmica. Lo afirma Stephanie Zacharek desde The Village Voice, cuando celebra su integración casi temeraria al mundo de Internet como una forma de reinventarse a sí mismo, tal vez por necesidad, pero también hallando un profundo placer en esa adaptación.

La película de James va y viene entre presente y pasado, entre los tiempos de la vieja escuela del periodismo impreso y la era del blog y su perfil de Twitter, entre su matrimonio con Chaz, a quien conoció en las reuniones de Alcohólicos Anónimos y quien le dio una nueva familia y un sostén en los tiempos difíciles, y su dupla profesional con Gene Siskel, su némesis del Chicago Tribune, con quien realizó durante décadas el show Siskel & Ebert & the Movies que los hizo tan famosos. El personaje creado por Life Itself nos revela sus costados más extravagantes, sus históricas borracheras, su soberbia casi infantil, su percepción aceitada, su tibio cinismo, sus desopilantes riñas en cámara con Siskel, y también se filtran los claroscuros de la madurez, su luminoso amor por sus hijastros, su frustración ante las limitaciones impuestas por la enfermedad, sus arrebatos de impotencia y su silente rendición después de años de batalla. Todo aparece allí con la fuerza de su descarnada autenticidad, como uno intuye en las páginas de sus memorias, que llevan el mismo título de la película. El Ebert real trasciende, en las diversas aristas que asume James en su recorrido, ese lugar que parecía estarle reservado, el del comentarista estándar, democratizador de la crítica y celebridad de la televisión local. Su figura pública adquiere la contracara de este aventurero fortuito de la escena cinematográfica, simpático y cascarrabias, cultor de su propio ego, que nunca se tomó demasiado en serio, gran observador de los tiempos en los que navegaba, y consciente de que en esta película de su vida lo mejor que podía hacer era divertirse.



Extraído de Pagina 12, suplemento Radar, número 964, 1/3/15.

jueves, 28 de mayo de 2015

Música en espera: ingeniosa y con grandes momentos.

 
 
 
Música en espera es una película argentina protagonizada por Natalia Oreiro y Diego Peretti. Fue estrenada el 19 de marzo del año 2009, y fue el filme más visto en Argentina en su semana de estreno.
 
 
 

Trama

La historia comienza con el músico Ezequiel (Diego Peretti), que tiene unos pocos días para diseñar una banda de sonido para una película, pero sin conseguir inspiración. Su situación se complica por tener deudas bancarias, que sólo podría pagar si lograra colocar una obra suya en la película. Debido a esto habla con el banco, que lo pasa de interno en interno, cada uno con su propia música de espera. Al escuchar brevemente el de la subgerente Paula decide que es lo que buscaba, pero al oírlo tan brevemente no pudo fijarlo.

Por su parte, Paula (Natalia Oreiro) es una mujer embarazada de nueve meses, a quien su pareja Santiago (que no aparece en la película) abandonó poco después de dejarla embarazada. La madre de Paula llega inesperadamente de España para conocer a Santiago, aunque Paula siempre procuró ocultarle que éste la había dejado.


Ezequiel se presenta en el banco para refinanciar su deuda, y aprovecha para presentarse en el despacho de Paula y pedirle oír la música de espera de su interno. Pero no era la que él buscaba, ya que las mismas se reasignan automáticamente. Al terminar su entrevista comienza a recorrer disimuladamente las diversas oficinas, levantando los teléfonos desocupados de cada una para comprobar sus músicas de espera; pero dicha actividad es detectada por los agentes de seguridad del edificio. Al confrontarlo éste alega estar buscando la oficina de Paula y que se habría perdido, por lo que lo escoltan de regreso allí. Al mismo tiempo llegaba la madre de Paula a su oficina, por lo que aprovecha la nueva aparición de Ezequiel para afirmar que él es su novio Santiago.

Luego de conocer sus necesidades mutuas, negocian que Ezequiel se haría pasar por Santiago por un par de días, y luego fingir que debe viajar a Sídney, y a cambio ella lo ayudaría a localizar la canción que buscaba. Tienen una cena afuera de la oficina y un encuentro en el departamento de Paula, tras lo cual éste llama al otro día y Paula lo deriva brevemente a cada interno, mientras busca la melodía; pero en medio del proceso Ezequiel agota su crédito telefónico. Como alternativa, Paula lo lleva a la oficina el otro día y le indica la combinación de teclas requeridas para revisar las músicas de espera disponibles, pero el proceso es interrumpido cuando llegan empleados de la empresa telefónica a cambiar el mecanismo principal. Los siguen a donde lo dejan y se infiltran al lugar para revisar las melodías del aparato; pero el proceso es nuevamente interrumpido cuando Paula comienza a tener contracciones, por lo que Ezequiel abandona la tarea y la lleva al hospital.




Allí nace el bebé, a quien llaman «Sebastián», y Paula decide contarle a su madre la verdad sobre Santiago y Ezequiel. Ezequiel encuentra finalmente la inspiración que buscaba al ver un colgante con el nombre «Seba», que interpreta musicalmente, y así compone la canción para la película. Ezequiel y Paula se enamoran tras los acontecimientos ocurridos.
 
 
 
 
 
¡¡¡Ojo con la sinopsis!!!!

2 de mayo de 2009
 
   
Por zelmarux

          
Soy argentino, pero si no lo fuera, o si fuera un argentino de los tantos que sólo leen las páginas de deportes de los diarios y mira notas policiales por TV, y me encontrara por casualidad con la sinopsis de esta película diría: ni loco voy al cine a ver eso.. ¿músico en problemas se tiene que hacer pasar por esposo de futura madre soltera mientras dure la visita de su (de ella) sobreprotectora y chapada a la antigua progenitora? ¿Y todo a cambio de una musiquita telefónica que la embarazadísima joven puede agenciarle? ¡¡Mamarracho en puerta!!

Pero ocurre que soy un argentino de los tantos que leen páginas de deportes, pero además gusta del cine, y lee críticas, y se entera por ejemplo que Música en Espera cosechó muy buenos comentarios. Entonces me digo, démosle una chance, veamosla..
 
 

Y entonces voy al cine con cierta esperanza porque está Peretti, y porque Burman produce, y porque está Norma Aleandro. Y sí, ok, además está Natalia Oreiro que está mas buena que comer pollo con la mano.. Y afortunadamente me encuentro con una comedia muy entretenida, muy ingeniosa, con grandes momentos (cómo no) de Norma Aleandro, de Diego Peretti que cada vez está mas solvente como comediante, y oh sorpresa, de la Oreiro, que no desentona en ningún momento. Y con su pancita ¿digital? de casi nueve meses y todo, sigue estando mas buena que engullir ave utilizando las extremidades superiores.

Por lo tanto, y luego de ver gran parte sino todas las comedias argentas de los últimos años: No sos vos, soy yo, Tiempo de Valientes, Un novio para mi mujer, Quién dice que es fácil, Los paranoicos, y algunas mas que en este momento no recuerdo (excluyo las de Campanella porque son más que comedias), me atrevo a decir que Música en Espera es, en su género, muy pero muy buena. Y se merece un nueve. No se dejen amedrentar por la sinopsis.
 
 

 

 
 
Extraído de http://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%BAsica_en_espera
http://www.filmaffinity.com/es/reviews/1/323764.html
 

viernes, 22 de mayo de 2015

Sobre "Despues de hora", de Martin Scorsese.


UN DIRECTOR DE CINE ELIGE SU PELICULA FAVORITA: MARCOS MARTINEZ Y DESPUÉS DE HORA (1985), DE MARTIN SCORSESE


El LADO B DE LA NOCHE.




* Por Marcos Martínez

Pileta, primos, calor, asados, siestas, mosquitos y más primos, me esperaban nuevamente en General Pico, La Pampa, para pasar un largo verano. Sería 1987, tendría 12 años y cada vez menos ganas de ir a veranear al único lugar al que podía llevarme mi mamá en esos primeros años de divorciada. Por suerte, unos días antes de viajar, logré que me dejaran invitar a un amigo del barrio: su mamá era amiga de mi mamá. El augurio de un verano diferente se terminó de completar cuando al llegar a la casa de mis tíos me encontré con un nuevo habitante: la videocasetera.

Cuando los rayos de sol del atardecer empezaban a caer en la medianera del fondo del patio, la flamante adquisición nos reunía en el amplio living donde había unos vistosos sillones de madera un poco incómodos que se hacían bien amigables con almohadas traídas de los diferentes cuartos. Casi naturalmente se constituyeron tres sesiones de cine: a la tardecita una película para los más chicos, después de la cena una elegida por los grandes y como cierre la trasnoche, que era nuestro momento de gloria con mi amigo Hernán.

El único videoclub de Gral. Pico era un local medianamente grande que tenía bien a la vista las películas más exitosas de esa época. A la cabeza estaban las de Stallone, las de Schwarzenegger y las comedias seriales estilo Locademia de policía. Todas con sus tapas muy coloridas y diseños de títulos bien grandes y llamativos. Entre esos espejitos de colores, solíamos encontrar algunas de las películas que con aire de agrandados típico de esa edad sentíamos que eran distintas de lo que la mayoría alquilaba.


La rutina consistía en volver del videoclub con la película meticulosamente elegida, una docena de facturas medio mazacotes y una Coca de litro de vidrio. Nos sentábamos en la mesa de madera de la cocina a devorar bastante egoístamente nuestra merienda y a cultivar el placer de la charla divague dominada por el pulso de las películas que veníamos viendo. De música de fondo las últimas zambullidas del día de pileta, los gritos de la decena de primos de variadas edades y las conversaciones políticas de los adultos con mate en mano.

Una de esas tardes de alquiler, el dueño del videoclub, con quien hasta ese momento sólo habíamos tenido el necesario intercambio comercial, nos dijo: “Chicos, tengo una película que me parece que les va a interesar”. Traspasó la puerta que tenía detrás del mostrador y al rato salió del cuartito mágico, como lo bautizamos más adelante, con la caja de un VHS sin ninguna imagen ni título en la tapa. Y apuntó: “Se llama Después de hora”.

El VHS enigmático lo apoyamos sobre la videocasetera esperando nuestro turno de la trasnoche. Recuerdo claramente a los grandes ya durmiendo, el olor a espiral que siempre poníamos en un platito al pie de los sillones, la luminosidad del televisor Grundig como la única luz encendida de la casa y en su pequeña pantalla un oficinista neoyorquino atravesando una aventura nocturna y urbana, fascinante y peligrosa. Casi como hipnotizado, seguí el derrotero circular de ese personaje interpretado por un tal Griffin Dunne que era abordado una vez tras otra por inquietantes mortales. Los ojos vírgenes del gris oficinista eran los míos descubriendo el lado B de la noche en una gran ciudad. La película tenía todo lo que necesitaba a esa edad para deslumbrarme: una cámara movediza, humor negro, chicas lindas, diálogos existenciales, buena música..., lo más parecido a sexo, drogas y rock and roll que podía alcanzar.

Apenas terminaron los créditos, tomé el control remoto para exprimir al máximo la bondad del rebobinado de la videocasetera. Así fui pasando por el protagonista convertido en estatua de papel, los vecinos enajenados persiguiéndolo por sucias calles de Manhattan, la disco punk rebalsada de acción, la excéntrica artista en corpiño desparramada en un sillón y la hermosa Rossana Arquette fumando un porro. Sabía que me esperaba una disfrutable noche insomne con mi cabeza andando a mil.

Del cuartito mágico del videoclub siguieron saliendo películas (nunca supimos si se trataba de copias piratas o si no las ponía en alquiler porque era en vano) que también me fueron asombrando: Blade Runner, Birdy, Terciopelo Azul. Pero ya había en mi cuerpo un antes y un después con Después de hora. Había provocado esos determinantes terremotos emocionales que acontecen pocas veces en la etapa de formación y ebullición.





De vuelta en Buenos Aires, un domingo frío de otoño, encontré con mucha alegría en el diario que la película se proyectaba en la Cinemateca de la SHA, donde fui a disfrutarla en pantalla grande con mi viejo y amigos a los que tanto había taladrado la cabeza contándoles la película. Más adelante, cuando mi vieja logró comprar una videocasetera, fue una de las primeras películas que alquilé en Liberarte. Y en la entrevista para entrar en una escuela de cine dije medio canchero que era la película que hizo que estuviera ahí. Después no la volví a ver más, por lo menos de manera completa. Tampoco la compré en DVD esa vez que decidí gastar completamente mis pocos ahorros de cineasta adquiriendo la mayor cantidad de películas posibles de las que pensaba que no podían faltar en mi casa. Por supuesto siempre está presente en charlas con amigos cuando hablamos de Scorsese. A la distancia pienso que es una especie de continuidad en el tiempo de Taxi Driver en el sentido de radiografiar las calles de Nueva York y al ciudadano medio norteamericano. Y también la semilla de la vorágine de El Lobo de Wall Street, con la pequeña diferencia de que una es sobre un hombre y una noche y la otra sobre un hombre y miles de noches.

Creo que no la volví a ver porque tengo miedo de que ahora no me guste tanto, me parezca un poco naïf, no me provoque ni un pellizco de lo que me generó en su momento. Cada tanto la encuentro empezada en algún canal de cable, pero a los pocos minutos se me borronea la imagen, se va el audio, gracias a que de manera casi automática mi cabeza rebobina ese verano pampeano que inesperadamente inició un viaje de por vida.


* Marcos Martínez nació en 1974 en Buenos Aires. Es fotógrafo y cineasta. En 2006 recibió la Beca Creación del Fondo Cultura Buenos Aires para la realización de un ensayo fotográfico sobre la Villa 21. Realizó cortos experimentales para el canal BTV de Barcelona. Coridigió junto a Hernan Lucas los videos documentales MM, sobre la última noche del siglo; Social, producido con imágenes de fiestas de casamiento, bautismos, comuniones; Edificio,  realizado íntegramente con imágenes de cámaras de seguridad, y Cámara Fría: cine/vida cotidiana en las películas de la última dictadura militar (1976-83), realizado con películas argentinas estrenadas durante ese período. En el 2007, estrenó su primer largometraje documental, Estrellas,  que codirigió junto a Federico Leon. En 2011, rodó el documental Tras la pantalla. Actualmente se puede ver en Malba su segundo largometraje, Sordo.


Extraido del Diario Pagina 12, suplemento Radar, 1/3/15.


lunes, 11 de mayo de 2015

La película olvidada: El largo y cálido verano, 1958, de Martin Ritt.


Por Alberto Abuin

 

‘El largo y cálido verano’ (‘The Long, Hot Summer’, Martin Ritt, 1958) es una de las películas más representativas de la primera etapa como actor de Paul Newman por muchas y diversas razones. La misma supuso su primer encuentro con dos personas muy importantes en su vida. Por un lado el director Martin Ritt —otro de esos de la lista negra del senador McCarthy, aunque en este caso Ritt supo escurrir el bulto—, con el que el actor colaboraría en un buen número de ocasiones, siendo ésta una de las más celebradas —al lado de ‘Hud, el más salvaje entre mil’ (‘Hud’, 1963), sin duda la obra maestra de su director—; y por otro su primer encuentro con Joanne Woodward, que se convertiría en su esposa hasta la muerte del actor. De hecho antes del estreno, la actriz quedó embarazada de Newman, con el que demuestra un feeling que por motivos obvios traspasa la pantalla.

La película supone la primera de una especie de trilogía no intencionada por parte del actor contextualizada en ambientes sureños a lo Tennesse Williams. Las siguientes serían las espléndidas ‘La gata sobre el tejado de zinc’ (‘Cat on a Hot Tin Rof’, Richard Brooks, 1958) y ‘Dulce pájaro de juventud’ (‘Sweet Bird of Youth’, Richard Brooks, 1962). En el caso de ‘El largo y cálido verano’ la película parte de varias obras de William Faulkner, sobre todo la titulada ‘El villorio’ (1940), que el que la haya leído comprobará que las diferencias entre los personajes y muchas de las situaciones están considerablemente cambiadas en el film, cuyo guión fue obra del matrimonio formado por Irvin Ravetch y Harriet Frank Jr. que mezclaron tres obras en concreto del escritor de Mississipi.



(From here to the end, Spoilers) ‘El largo y cálido verano’ da comienzo con un hecho drástico que marcará el resto de la historia. Ben Quick (Paul Newman) es un hombre acusado de provocar un incendio en un granero, expulsado por ello de una comunidad. Caminando por una carretera será recogido por Eula y Clara —Lee Remick y Joanne Woodward— pertenecientes a la familia Varner, comandada por una especie de cacique llamado Will Varner —un pletórico y muy controlado Orson Welles que tuvo sus más y sus menos con el director, quien llegó a tirarlo del coche y dejarlo abandonado en un pantano obligándole a volver andando con los ánimos muy calmados—, dueño de casi todo lo que hay en el pueblo que se convertirá en el nuevo hogar para Quick. Éste establecerá enseguida una muy especial relación con Will que a unos enfadará, caso de Clara, y a otros pondrá peligrosamente celosos, caso del hijo de Will, Jody, papel que hace Anthony Franciosa.

En ‘El largo y cálido verano’ las referencias sexuales están continuamente expuestas en el relato. Empezando por esa atmósfera en la que el calor más sofocante es representación de los deseos —son varias las veces que Newman se pasea con el torso desnudo, aprovechando todo su sex appeal, insinuándose a Clara a quien le ha echado el ojo—, o en algunas de diálogo muy bien metidas, por ejemplo aquella en la que Will alega tener 61 años para negarse a aceptar la proposición matrimonial de Minnie —Angela Lansbury en el papel de una prostituta que dirige una casa de citas— y aquella le responde que sabe a ciencia cierta que no está mayor para ciertas cosas. Por otro lado, la duda de Clara al enfrentarse a un dilema cuando cree estar enamorada de un vecino de toda la vida —un muy correcto Richard Anderson— pero quien le altera verdaderamente es Quick, rebelde, protestón y autosuficiente con una seguridad que asusta.






Una de las cosas que más se disfrutan en la película de Ritt es sin duda el enfrentamiento interpretativo entre Orson Welles y Paul Newman, por aquel entonces, uno casi un recién llegado y el otro un veterano que además gozó de una fama terrible en todos los aspectos. El primer encuentro entre ambos es espectacular, manejado por Ritt con un uso del formato increíble, acoplando los personajes al escenario e intercambiado con primeros planos para marcar el ritmo de una conversación que pasará de advertencia a interés común con una facilidad endiablada y llena de dobles sentidos como todo el relato en sí. Realmente sorprende ver a Welles no hacer uno de sus numeritos de exhibición controlando cada gesto, mirada y palabra de su más que fascinante personaje. Lo mismo ocurre con Newman, en uno de esos roles que parecen hechos a su medida, haciendo todo un despliegue de la técnica del Actor's Studio sin caer en el exceso, aunque el personaje pueda despertar ciertas antipatías entre cierto sector del público.

El enfrentamiento entre clases, grandes familias de renombre obligadas a rebajar sus gastos y hombres surgidos prácticamente del fango labrándose un futuro con el sudor de su frente, aprendiendo a ser tiburones en el siempre despiadado mundo de los negocios, la diferencia entre amor platónico y amor pasional, el amor fraternal, los celos, la posesión, la valía, etc son temas que navegan por una película atrevida con un crescendo dramático que camina hacia una parte final que se prevé explosiva para repentinamente cambiar de tono y proponer un happy end dejando descolocado a más de uno, algo apresurado y desconcertante teniendo en cuenta el camino que llevaba la película. Con todo, muy buena, con a veces cierto tono de western —el forastero que llega a la ciudad y se busca problemas cual pistolero—, género en el que Paul Newman entraría de lleno en su siguiente película dando vida a uno de los personajes más míticos del género.


Extraído de Blog de Cine
http://es.wikipedia.org/wiki/The_Long,_Hot_Summer
 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Los espias más locos del mundo.

Cuando el autor de historietas escocés Mark Millar –uno de los más influyentes del mundo, autor de Kick Ass– decidió volver a juntarse con el director Matthew Vaughn, esta vez para adaptar su comic Secret Service, era esperable que la colaboración saliera bien, pero el resultado, la recién estrenada Kingsman, sobre insólitos espías británicos, supera las expectativas. Autoconsciente y absurda, artificiosa y orgullosa en su operación de reflexión sobre el género, llena de chistes y supervillanos, la protagonizan Colin Firth, Michael Caine y Samuel L. Jackson y, como explica en esta entrevista Mark Millar, se propone como el espejo demencial de las recientes y muy serias entregas de Bond y del espionaje de oficina según Le Carré.





Por Mariano Kairuz

“Todo empezó en un pub, estábamos con Mark, los dos medio borrachos, quejándonos de cómo las películas de espías se habían vuelto demasiado serias. Quiero decir: Operación Skyfall es buena, pero un poco agobiante, y lo cierto es que los productores de James Bond llevan años intentando seguir el modelo de Jason Bourne. Así que nos dijimos: Hagamos una que sea divertida como las de antes. Y entonces Mark se fue, y escribió Secret Service.” Mark es el escocés Mark Millar, uno de los autores de historietas más influyentes y reconocidos de los últimos años, y el que cuenta la anécdota es el cineasta inglés Matthew Vaughn, director de Kick-Ass (la del adolescente convertido en un súper-antihéroe de la vida real) y de X Men: Primera generación (acaso la más interesante entrada de la saga de los mutantes), quien un par de años atrás renunció a hacer otra de los X Men para llevar al cine Secret Service, y devolverle la diversión al universo de los agentes secretos.
 
Kingsman: el servicio secreto es una demencia bastante salvaje que incorporó al título de la historieta original de Millar el nombre de la paragubernamental agencia secreta británica que, mientras salva al mundo casi todos los días, funciona también como escuela de jamesbonds de apodos artúricos (Lancelot, Galahad, Merlín, Arturo), a cargo de sus espías más infalibles: Colin Firth (el ganador del Oscar por El discurso del rey, usualmente el tipo aburrido de cada película que toca, acá en el punto justo de caballerosidad y heroísmo), Mark Strong (villano del Sherlock de Robert Downey Jr.) y, a la cabeza de la institución, Michael Caine, veterano de asuntos afines.

Nacida como contraprograma para el Bond tipo Skyfall y el regreso al cine del espionaje de escritorio de Le Carré, Kingsman muestra sus cartas de inmediato, con la secuencia de secuestro y rescate de un científico interpretado por Mark Hammill, el actor que se hizo conocido por interpretar a Luke Skywalker en La guerra de las galaxias y nunca hizo nada más (relevante) en su carrera, es decir, toda una referencia pop. El agente que llega a salvarlo con total espectacularidad, es liquidado sorpresivamente por una femme fatale con piernas prostéticas como las de Pistorius, pero afiladas y letales. “Una película (de género) es tan buena como su villano”, se dirán más adelante el espía Harry Hart, alias Galahad (Firth) y el villanesco y ceceante Valentine (Samuel L. Jackson, en su vena más descaradamente tarantinesca), una suerte de Mark Zuckerberg/Bill Gates del Mal, quien prepara un maquiavélico y fascista plan de “limpieza” social a través de una sofisticada y desembozadamente ridícula tecnología celular de avanzada. “Las películas de acción ya no son tan divertidas como antes”, se dirán también, entre Big Macs servidos en bandeja de plata; “se han vuelto demasiado serias”. “¡Dame un plan criminal diabólico e imposible!” El propio Valentine tiene como secuaz y asistente de lujo a Gazelle, la citada morocha de las piernas con cuchillas, interpretada además por una de las malvadas más bellas del cine contemporáneo: la modelo y bailarina francoargelina Sofia Boutella. Autoconsciente y deliberadamente absurda, calculadamente artificiosa y regodeándose en su propia operación de reflexión sobre el género –un poco como Kick-Ass con la fiebre nerd por los súper héroes– Kingsman nos arroja en la cara su operación de rescate del espía cool y sin culpa.

“Nuestro modelo de James Bond es el Roger Moore de La espía que me amó”, le cuenta Millar a Radar en entrevista telefónica. “A los dos nos parece que Daniel Craig es un gran actor, pero sentimos que se ha perdido algo de la diversión. Yo recuerdo la sensación que tenía de salir del cine de ver una de las de Bond de antes: quería ser un espía como 007, matar a los malos. Creo que es lo mismo que pasó con los súper héroes: yo antes quería ser Batman, pero la verdad es que uno no sale de los films de El Caballero de la Noche queriendo ser Christian Bale. Y pasa también con la nueva Superman, que pierde demasiado tiempo tratando de ser oscura, cuando Superman, que es uno de mis personajes favoritos, tiene que ser divertido. Antes Bond mataba a sus enemigos mientras hacía chistes, y los villanos eran tipos enormes y absurdos, y los juguetes tecnológicos y las armas sofisticadas estaban buenísimas, así que ¿quién no iba a querer tener todo eso? Pero el Bond de Craig le dispara a alguien y después llora en la ducha, y de verdad, uno se va del cine queriendo pegarse un tiro. Así que lo que queríamos hacer con Matthew era volver a los tiempos de La espía que me amó, con chistes y personajes interesantes. Hace tanto tiempo que no se ve todo eso que con Matthew ya no nos acordamos cuándo fue la última vez que se hizo ese tipo de películas menos realistas, así que ahora probablemente se sientan como algo fresco de nuevo. Creo que Guardianes de la Galaxia consiguió recuperar ese espíritu el año pasado.”

UN ESCOCES EN HOLLYWOOD


A los 45 años de edad, y al mismo tiempo que los súper héroes y las historietas se han convertido en las dos propiedades más redituables en la industria del cine, Millar se ha transformado en una de las mayores estrellas de ambos géneros, y aunque en los últimos tiempos no le fue mal económicamente –en particular desde que creó su propia compañía, Millarworld, y desde que es coproductor de las adaptaciones al cine de sus historias–, no todos sus aportes han sido debidamente acreditados. Curtido en DC y, con mayor éxito, en Marvel, Millar es el autor de infinidad de historietas de súper héroes ajenos: entre sus trabajos más reconocidos está la saga Red Son, que imagina un Superman alternativo, cuya nave cayó en la Unión Soviética en lugar de Occidente. Su serie The Ultimates, reinvención de la banda de paladines de Marvel conocida como Los Vengadores, sirvió de base para los taquilleros films que se están haciendo actualmente, y ya se sabe que los nuevos 4 Fantásticos tomarán mucho de lo que él escribió, y que El Capitán América 3 estará directamente inspirada en su argumento para la serie Civil War, en la que los hombres-en-calzas deben anotarse en una polémica Acta de Registro de Súper Héroes. Millar no ha sido llamado para participar en ninguno de los guiones basados más o menos libremente en su material, pero él no se queja en absoluto. “Mi trabajo en esas historias terminó hace diez años y está perfecto para mí”, dice. “Reconozco que Marvel es dueña de esos personajes, y lo que yo hice fue un trabajo de encargo. Yo sé que mi trabajo con Marvel me permitió generarme un público que hizo que mis historietas, como Kick-Ass, se vendieran mucho más. De no haber hecho antes The Ultimates, probablemente Kick-Ass se hubiera vendido mucho menos y jamás se hubiera convertido en una película, ya que empieza con un personaje masturbándose. Pero pudimos hacerla y fue muy divertido poner todas esas cosas ahí.” Con Se busca (2008), el film de acción y asesinos profesionales con Angelina Jolie y James McAvoy, Kick-Ass y ahora Kingsman, Millar completa la tríada de su incorporación oficial al cine.

UNA CUESTION DE MODALES


Kingsman tiene otro protagonista, que es de hecho el personaje principal de la historia, pero está interpretado por uno de los actores menos conocidos del film: el galés Taron Egerton. “Son los modales los que hacen al hombre”, le dice el atildado Galahad al joven descarriado Gary “Eggsy” Unwin, un muchacho de los barrios bajos con una tendencia a meterse en problemas. Eggsy es el hijo de un Kingsman que murió en acción en los ’90 y con quien Galahad se siente en deuda. Veintipico de años después de la muerte del padre de Eggsy, y tras haber rechazado una importante compensación económica por su pérdida, la madre del chico vive con éste y un novio matonesco y abusivo en un edificio público para gente de bajos recursos. Enterado de las habilidades físicas del chico, y decidido a honrar la memoria de su compañero muerto, Galahad intenta reclutarlo para la agencia, a pesar de su extracción lumpen y los aristocráticos aires que corren entre sus jefes. “No seas snob”, le espeta al director Arthur, que es nada menos que el mercenario Michael Caine, un actor de conocido origen humilde que alguna vez –con films hoy clásicos como El cerebro del millón de dólares– fue Harry Palmer, en su momento considerado “el James Bond de los pobres”. Dentro de la apuesta de Millar y Vaughn por la fantasía y el entretenimiento desvergonzado, éste es el anclaje más, digamos, “realista”, de Secret Service, historieta y película: el origen de clase del héroe, su educación (un poco a lo Pigmalión, cita explícita del film) y su ascenso. Caballero no se nace, se hace: ésa es la moral del guión de Millar y de su adaptación. “Son los modales los que hacen al hombre.”

“Yo provengo de Coatbridge, una de las partes más pobres del oeste de Escocia. Me crié en uno de estos housing estates (alojamientos del gobierno) como el que se ve en la película, y la razón por la que inventé a Eggsy fue justamente que estaba viendo demasiados personajes como él demonizados en las películas y la televisión”, cuenta Millar. “En mi experiencia, la gente de estos lugares no es ni vaga ni desagradable; algunos son gente educada, y docentes que nunca tuvieron el dinero para comprarse una casa. No es como en los complejos habitacionales que se ven en los dramas del Channel 4 inglés, arquetipos horribles escritos por guionistas de clase media. Y de hecho ya no hay protagonistas de orígenes proletarios, héroes de clase trabajadora como los que hacían a principios de los ’60 tipos como Albert Finney, Caine, Terence Stamp. Los únicos personajes proletarios en TV son esos que hacen fila por horas para que Simon Cowell les suba o baje el pulgar a su antojo, en lugar de gente que trabaja duro para aprender su oficio, que es aquello de lo que se trataba la movilidad social en la posguerra. Hoy todos los actores provienen de las escuelas más exclusivas, yo no tengo nada contra ellos, por supuesto, pero es interesante que ahora tengamos una clase aristocrática de nuevo.”

La transformación del protagonista de Kingsman también reconoce una inspiración jamesbondiana: la historia de cómo Terence Young, director de El satánico Dr. No (y otros títulos de 007) tomó al algo rústico Sean Connery y lo dotó de estilo: lo llevó a su sastre, al peluquero, al casino y a los mejores restaurantes, le enseñó a caminar, vestirse y hasta a comer. En la película Eggsy es blanco de las burlas de sus petulantes compañeros de la escuela de aspirantes a Kingsmen, en su mayoría muchachos de familias adineradas que provienen de colegios prestigiosos como Eton. Para ellos, alguien como Eggsy es un grasa sin posibilidades de trascender en este mundo. Para Galahad, es necesario sacarle la gorrita y enseñarle a vestirse como en Savile Row, una de las sastrerías más refinadas del universo, que sirve de fachada a la sede ultrasecreta de los Kingsma (una cueva tipo C.O.N.T.R.O.L., del Superagente 86, pero con un toque más Patrick McNee, paraguas y todo), pero cree que todo el mundo puede ser educado para integrar sus filas. “Después de la guerra, en el Reino Unido tuvimos una gran inversión del gobierno socialista, que significó educación gratuita para todos”, le dice Millar a Radar. “El país se vio transformado; no importaba qué tan pobre fueras, tenías una oportunidad para que te fuera bien en la vida, como cualquier otro. Pero luego, en los ’80, hubo un recorte financiero, particularmente con Margaret Thatcher, y se destinó menos dinero a la educación universal. Yo simplemente quise escribir sobre eso, sobre cómo tenés que esforzarte más para trascender tus orígenes humildes.” En la historieta, el personaje del espía-tutor que el film convierte en Galahad es el tío del protagonista, y también proviene de las residencias públicas, y tanto Millar como su ilustrador –el legendario Dave Gibbons, el mismo de Watchmen– se propusieron mostrar “cómo éste inspiraba a su sobrino para que realizara el mismo viaje”.



 

“Uno está acostumbrado a ver el mundo brillante de series como Downton Abbey y los ambientes horribles que muestran films como Trainspotting”, dice finalmente Millar. “Con Matthew hablamos de filmar un universo en el que ambas cosas puedan coexistir. Pero sin olvidar nunca que al tipo que paga tres o cuatro dólares por un comic (o unos diez) por la entrada al cine, lo primero que hay que ofrecerle es un buen entretenimiento

Extraido de Diario Pagina 12, Suplemento Radar, numero 963, 22/2/15

sábado, 2 de mayo de 2015

Humor cinematográfico 5.

 
Una historieta de Pablo de Santis y Max Cachimba.
 
 
 
 


Extraido de Caro Diario, del 29 Festival Internacional de Cine de Mar Del Plata.